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Saturday, July 16, 2011

Transformemos el campo de nuestro mundo en tierra de buenos frutos


Sab. 12, 13.16-19;

Sal. 85;

Rm. 8, 26-27;

Mt. 13, 24-43

Un campo concienzudamente trabajado y prometedor de hermosos frutos, pero en el que pronto se verán resurgir las malas hierbas que pueden ahogar los ansiados y esperados buenos frutos. Es la imagen que nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña que nos ha propuesto hoy en el evangelio. ¿Qué nos quiere enseñar? También hoy Jesús al finalizar de proponernos las parábolas nos dirá ‘el que tenga oídos, que oiga’.

Allí están los impacientes jornaleros prontos a arrancar si el amo se los permite la mala cizaña que ha surgido en medio del trigo. Pero el amo es paciente y no quiere correr el riesgo de que puedan ser arrancadas al mismo tiempo las plantas de buena semilla. ‘Dejadlos crecer juntos hasta la ciega…’ Alguno podrá pensar en su impaciencia ¿y no hay el peligro de que las malas hierbas ahoguen la buena planta? El amo tiene otra visión.

Es lo que Jesús quiere hacernos comprender. Porque ese campo sigue siendo nuestro mundo, como en la parábola del sembrador ya meditada. Y en ese mundo estamos unos y otros, buena y mala semilla. Y digo estamos unos y otros, porque ese campo somos nosotros. Claro que siempre pensamos que la mala semilla son los otros, cosa que tendríamos que revisarnos en lo hondo de nuestra conciencia con sinceridad.

Somos conscientes de cómo el mal está presente en el campo del mundo, de aquel mundo que cuando Dios lo creó ‘vio que todo era bueno’. Tenemos que ser conscientes también que en nuestro propio corazón también están mezcladas ambas cosas, porque no todo es bueno en nosotros, porque también tenemos semillas del mal en nuestro corazón.

Ya sé que nos surge la pregunta de por qué Dios permite el mal y cuando nos cuesta encontrar respuesta eso algunas veces nos desestabiliza en nuestra fe. En nuestra impaciencia, como aquellos siervos del amo del campo en el que apareció la cizaña, también alguna vez levantamos la voz contra Dios de por qué no arranca del mundo esos hombres injustos y llenos de maldad; por qué no los castiga, nos decimos muchas veces.

El amo es paciente, Dios es paciente porque no se trata simplemente de una planta a arrancar, sino que es mal está metido en el corazón de unas personas de las que Dios siempre está esperando su conversión y su vuelta a El. ¿No somos nosotros también pecadores de quienes Dios pacientemente está esperando nuestra respuesta de conversión? ¿Y si cuando cometidos aquel pecado nos hubiera arrancado violentamente de la vida como tantas veces pensamos o deseamos que Dios haga con los demás?

La cizaña no se podrá convertir en trigo – las parábolas son siempre imágenes o ejemplos, pero el mensaje va mucho más allá de la literalidad de unas palabras – pero el corazón del hombre si se puede cambiar. Es lo que espera Dios de nosotros. Está en juego nuestra libertad que Dios nos respeta, pero está también presente la gracia del Señor que nos previene contra ese mal y nos fortalece en nuestra lucha contra la tentación y el pecado.

Por eso nos habla también de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que una vez plantada hará surgir una planta más alta que el resto de las hortalizas en las que puedan incluso anidar los pájaros del cielo. O nos habla también del puñado de levadura que la mujer echa en las tres medidas de harina para hacer fermentar la masa.

Es la gracia de Dios que fortalece nuestro corazón que, aunque débil y herido por el pecado, sin embargo se puede transformar en corazón bueno. Es la gracia de Dios que nos acompaña y fortalece para que, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes en medio del mundo, sintamos que podemos hacerlo fermentar para lo bueno y podemos ayudar también a cambiar el corazón de los hombres nuestros hermanos.

Pero quizá tendríamos que decir algo más. ¿Cómo y en qué se manifiesta la grandeza y el poder del Señor? Hemos de reconocer que en su amor y en su misericordia. El Dios poderoso que se manifiesta en medio de la grandiosidad de las fuerzas más espectaculares de la naturaleza – podríamos recordar algún hecho o texto del Antiguo Testamento – es el Dios que se manifiesta también a Moisés y a Elías tras un susurro que repetía una y otra vez ‘Dios clemente y compasivo’ o como hemos recitado hoy en el salmo ‘tú, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y leal mírame, ten compasión de mí’.

En ese sentido nos decía el autor del libro de la Sabiduría en la primera lectura ‘tu poder es el principio de la justicia y tu soberanía universal te hace perdonar a todos... Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuanto quieres…’ Así se nos manifiesta el poder y la grandeza del Señor, en el perdón y en la indulgencia.

Y nos enseñaba a tener nosotros también un corazón humano y paciente también con los demás. Frente al mal que nos rodea no podemos volvernos nunca intransigentes sino que hemos de tener también un corazón misericordioso y comprensivo con los demás, como el Señor lo tiene con nosotros. Nos creemos que somos fuertes cuando somos intransigentes con los demás y no le pasamos una al que nos haya hecho mal, pero tendríamos que reconocer que seremos fuertes en verdad cuando llegamos a tener la valentía de saber perdonar a los demás. Eso sí que es fortaleza y valentía. ‘En el pecado, das lugar al arrepentimiento’, terminaba diciéndonos el texto sagrado.

Hagamos en verdad que el campo de nuestro mundo pueda dar esos hermosos y ansiados frutos a pesar de las malas semillas que el maligno siembra en medio de nosotros. Tratemos nosotros de ser siempre buena semilla y semilla transformadora que mejore día a día nuestra sociedad, ese mundo concreto en el que vivimos.

No permitamos que las malas cizañas se metan en el campo de nuestras familias, en el campo de nuestras relaciones sociales, en el campo donde convivimos cada día, en el campo de nuestro trabajo. Tenemos una tarea que realizar. Cuidemos nuestro campo, nuestras familias, nuestros lugares de convivencia. Ayudemos a que brille siempre el bien y la bondad.

Tenemos que ser buena semilla siempre con nuestra palabra, con nuestro ejemplo con esas cosas buenas que podamos hacer aunque nos puedan parecer pequeñas e insignificantes pero que contagian de bien y de bondad a los demás. Hagamos por nuestro buen corazón que puedan ser felices siempre los que nos rodean. Seamos levadura de la buena en la masa de nuestro mundo. Es la tarea que el Señor nos confía y nos da su gracia para que podamos realizarlo. La fuerza del Espíritu del Señor está con nosotros.

Monday, July 11, 2011

Cuánto ha hecho el Señor por nosotros y qué pobre es nuestra respuesta


Ex. 2, 1-15;

Sal. 68;

Mt. 11, 24-30

Mira tú esa persona qué desagradecida, con todo lo que han hecho por ella… pensamos y hasta decimos muchas veces; pero claro, siempre refiriéndonos a los demás. Pero sería bueno que fuéramos sinceros con nosotros mismos y nos miremos hasta donde llegan nuestras propias actitudes de gratitud o de desagradecimiento. Y no se trata ya solamente en nuestras mutuas relaciones, sino en la respuesta o no respuesta que nosotros damos a Dios con nuestra vida.

Es el primer pensamiento que me sugiere el texto del evangelio que hemos escuchado. Hay un reproche grande de Jesús hacia las gentes de aquellos lugares donde tanto se ha prodigado en su predicación del Reino y en los signos que ha ido realizando de la cercanía del Reino de Dios que va anunciando. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’, dice el evangelista.

Se contraponen en el texto aquellos lugares de Galilea donde Jesús realizaba principalmente su actividad, Cafarnaún y sus alrededores, aquellos lugares de Galilea por los que iba predicando, anunciando el Reino y realizando tantos milagros, con otras ciudades paganas como Tirón y Sidón en Fenicia y Sodoma castigada por su pecado.

Se hace referencia especial a Cafarnaún que sale con mayor frecuencia en el relato de los evangelistas y Corozaín y Betsaida, ciudades cercanas que no son tan nombradas en los evangelios, pero que por la mención de Jesús eran lugares frecuentemente visitados. Naturales de Betsaida eran Pedro, Andrés y Felipe. Se hace mención de algunos milagros allí realizados y probablemente en sus cercanías pudiera haber sido el sitio de la multiplicación de los panes y los peces.

‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido…’ Lo mismo recrimina a Cafarnaún ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al Abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy’. En referencia a la destrucción de Sodoma y Gomorra y aquellas otras ciudades llenas de perversión y pecado que nos relata el Génesis cuando la historia de Abrahán y su sobrino Lot.

Pero como decíamos al principio tenemos que mirarnos a nosotros mismos y ver nuestra respuesta. Cuánto nos ha dado el Señor y qué pobre es nuestra vida. Cuántas gracias ha derramado el Señor sobre nuestras vidas. Cuántas llamadas y cuántas oportunidades. Cuántas veces se nos ha proclamado la Palabra de Dios y se nos ha invitado a convertirnos al Señor. Cuántas veces hemos recibido la gracia de los sacramentos a lo largo de la vida. Cuántas señales podemos apreciar del amor de Dios que realiza maravillas cada día para nosotros.

El Señor tiene un amor preferencial por nosotros. Podríamos haber nacido en otros países. Podríamos haber tenido otras familias. Podríamos vernos ahora abandonados y despreciados por todos. Pero desde que nacimos hasta la última hora el Señor va poniendo en nosotros su mirada de amor, tendiéndonos su mano para levantarnos, llamándonos allá en lo hondo del corazón esperando una respuesta.

Pero, ¿seremos lo suficientemente santos? ¿Damos en verdad frutos de amor y de santidad en nuestra vida o seguimos con nuestro pecado, nuestras frialdades espirituales, nuestras rutinas que no nos dejan despertar a una vida de más amor y entrega, nuestras desganas y cansancios? Qué desagradecidos somos con la gracia del Señor.

Pero el Señor es paciente con nosotros y no se cansa de esperarnos. Llama a la puerta del corazón cada día con una nueva gracia esperando nuestra respuesta de amor. No nos hagamos sordos a las llamadas del Señor. No endurezcamos nuestro corazón sino dejémonos conducir por la gracia del Señor, por la fuerza y el fuego de su Espíritu. Démosle una respuesta agradecida al Señor con nuestra santidad y nuestra entrega de amor.

Friday, May 13, 2011

Conversión y vocación de Saulo instrumento elegido del Señor


Hechos, 9, 1-20;

Sal. 116;

Jn. 6, 53-60

‘Ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas…’ Es el designio de Dios para Saulo. Misteriosos y maravillosos los caminos del Señor.

Cuando Ananías le dice al Señor que se le manifiesta en una visión que ‘ha oído a muchos hablar del daño que ese individuo ha hecho a tus fieles de jerusalén. Y además trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre’, está reflejando la verdad de por qué Saulo ha ido a Damasco. Ya le habíamos contemplado aprobando la lapidación de Esteban presente en aquel momento y cómo ‘se ensañaba contra la Iglesia penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres’. Con esa misión se encaminaba a Damasco.

Pero el Señor le salió al encuentro en el camino. En el designio de Dios era un elegido para una misión muy grande. ‘Dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes y a los israelitas’. Quienes hemos escuchado este texto y estamos reflexionando sobre él bien conocemos lo que fue la obra de Saulo, después llamado Pablo. Natural de Tarso, en Cilicia, Asia Menor hoy Turquía, había sido educado a los pies de los mejores doctores de la ley en Jerusalén, como él mismo contará en sus cartas. Y destacaba por su conocimiento de la Ley y el fervor que ponía en cumplirla y hacerla cumplir, pues pertenecía también al grupo de los fariseos.

El Señor nos sale al encuentro en los caminos de la vida. Lo vemos repetido en la Biblia – hace poco contemplábamos como salía al encuentro de los caminantes de Emaús - y todos podemos tener la experiencia de cómo el Señor llega a nuestra vida, nos sale también al encuentro allí donde estamos y donde caminamos, cualquiera que sea nuestra situación. Porque este salir Jesús al encuentro de Saulo en el camino de Damasco tenemos que verlo también como un venir Jesús a nuestro encuentro, llamarnos y hablarnos porque el Señor siempre tiene algo que decirnos, que pedirnos, o que interrogarnos por dentro.

‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Fue como un rayo que cayera sobre él y lo derribara al suelo cegado por su luz. La Luz que venía a iluminar al mundo quería vencer la resistencia de las tinieblas manifestada en los deseos de Pablo que le llevaban a Damasco. ‘¿Quién eres, Señor?... Soy Jesús, a quien tu persigues’. Allí está Jesús que viene a buscar al hombre, como el pastor que busca la oveja descarriada. Allí está Jesús que quiere contar con Saulo; es un vaso de elección, un instrumento elegido; grande es la misión que Jesús quiere confiarle.

Y aquel que se resistía a Jesús y se oponía y perseguía a todos los que confesaran el nombre de Jesús, desde ese encuentro se va a dejar conducir por Jesús. ‘Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.

Ananías va a venir en nombre de Jesús. Ananías va a recibir en la comunidad a aquel que uya Jesús había elegido y había marcado. Ananías le abriría los ojos del todo para que comenzara a anunciar a Jesús. ‘Recobró la vista, se levantó, lo bautizaron… se quedó unos días en Damasco y luego se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios’.

En nuestra reflexión hemos querido ir viendo ese encuentro de Jesús con Pablo, también como nuestro encuentro personal con Jesús que a nosotros también nos llama. Fue la conversión de Pablo y fue la llamada del Señor. Podemos y tenemos que hablar de conversión y de vocación. Se manifiesta aquí y ahora esa llamada del Señor, de aquel que luego diría que el Señor le había llamado y marcado desde las entrañas de su madre. Así son los designios de Dios que desde toda la eternidad nos ama y nos llama, aunque luego esa llamada se manifieste claramente en un momento determinado como sucede en esta ocasión con Pablo.

¿Sentimos nosotros en nuestro interior esa llamada, esa vocación del Señor, que siempre nos está invitando a ir hasta El, convertir nuestro corazón, y seguirle como discípulo suyo? ¿Tendremos la prontitud de Saulo a quien vemos hoy cómo se deja conducir por el Señor?

Sunday, May 1, 2011

Un nuevo nacimiento en el agua y el Espíritu

Hechos, 4, 23-31;

Sal. 2;

Jn. 3, 1-8

La transformación que se produce en el hombre que se ha encontrado con Cristo y llenándose de su gracia quiere vivir su misma vida es como un nuevo nacer, un nuevo nacimiento. Cuando decimos que creemos en Jesús y queremos llamarnos cristianos no se trata simplemente de acomodar o ajustarnos en algunas cosas a lo que nos enseña Jesús. Es algo mucho más hondo. Es un comenzar a vivir una nueva vida.

Esta expresión de renacer o un nuevo nacimiento es algo que decimos con toda propiedad cuando hablamos de convertir nuestra vida a Cristo, aceptarle por la fe y querer comenzar a vivir su vida. Es lo que decimos que significa el Bautismo en nuestra vida. No un mero rito como si fuera simplemente una inscripción que hacemos en una sociedad, sino una conversión para comenzar a vivir una nueva vida.

Es de lo que nos habla hoy el evangelio. ‘Un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío, fue a ver a Jesús de noche…’ nos dice el evangelio. Era un hombre principal, magistrado no sólo por su posible pertenencia al Sanedrín, como en otro lugar del evangelio aparece, sino en el sentido también de que era maestro en Israel, maestro de la Ley. Más adelante Jesús lo llamará así, maestro de Israel.

Seguía a Jesús no abiertamente sino como a ocultas. Va de noche a ver a Jesús. A la hora de la condena de Jesús dará la cara y dirá que en Israel no se puede juzgar a nadie sin que se le escuche, y a la muerte de Jesús le veremos junto a José de Aritmatea encargándose del cuerpo de Jesús para darle sepultura.

Va a ver a Jesús porque hay inquietud en su corazón. Le interrogan por dentro las cosas que ve en Jesús. ‘Nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él, por eso sabemos que has venido de parte de Dios’, le dice a Jesús para iniciar la conversación que traía tantas inquietudes en el corazón.

Es cuando Jesús habla de ese nacer de nuevo, de la radicalidad que tiene que significar seguirle. ‘Te lo aseguro el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios’. Jesús ha comenzado a hablar del reino de Dios y lo primero que ha pedido a la gente es la conversión, tal como nos lo expresan los evangelios sinópticos. Ahora en el evangelio de Juan se nos habla de nacer de nuevo. Es una nueva vida. Sin ese cambio, sin esa transformación no se puede ver el Reino de Dios, no se puede entender el Reino de Dios. Hay que ver las cosas de distinta manera, es algo nuevo lo que Jesús nos está ofreciendo.

No entiende Nicodemo las palabras de Jesús y hace una interpretación literal de lo que Jesús está diciendo. ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’ Es Nicodemo el primero que tiene que cambiar para entender las palabras de Jesús. Como buen fariseo se aferra a la letra de la ley o de lo que se dice y asi es difícil entender el verdadero sentido de lo que Dios nos quiere decir o pedir. Es algo que en su ritualismo e interpretaciones literales hacen de forma habitual los fariseos. Hay que dejar que entre el Espíritu en el corazón del hombre para poder entender el misterio de Dios, la Palabra que Dios nos dice.

‘Te lo aseguro, el que no nazca de agua y Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios… no te extrañes de que te haya dicho . Lo que nace del Espíritu es espíritu… así es todo el que ha nacido del Espíritu’. No es, pues, un nacimiento que hagamos por nosotros mismos. Es algo que en verdad viene de Dios, se realiza por la fuerza del Espíritu de Dios. No lo hacemos nosotros. Tenemos que dejar actuar al Espíritu de Dios en nosotros. Y podremos, entonces, entenderlo; y podremos realizarlo; y podremos ser entonces ese hombre nuevo.

Nos habla del agua y del Espíritu y nos está hablando del Bautismo, de un nuevo bautismo, que no es sólo un baño purificador o penitencial como el Bautismo de Juan allá en el Jordán. Utilizaremos, es cierto, el signo del agua porque es baño, pero el que actúa de verdad en el corazón del hombre es el Espíritu Santo, que realizará esa transformación, ese nuevo nacimiento a una nueva vida con todas sus consecuencias. Y eso lo podremos entender por la fe. Eso podrá realizarse en nosotros desde la fe.

Cuánto tendríamos que reflexionar sobre todo lo que significa el bautismo en nuestra vida. Cuánto tenemos que valorar ese Bautismo que un día recibimos para que en verdad lleguemos a vivir esa nueva vida que ha nacido en nosotros.

Thursday, March 31, 2011

Te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre

Oseas, 14, 2-10;

Sal. 80;

Mc. 12, 28-34

‘Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino. Te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre’.

Vuelvo a fijarme hoy en el salmo para iniciar esta reflexión en torno a la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia en este viernes de cuaresma. Rezamos los salmos con mucha frecuencia – nos los ofrece la liturgia siempre junto a la proclamación de la Palabra en la Eucaristía cada día y se tienen también en el Oficio Divino, la liturgia de las Horas, que es la oración de toda la Iglesia a lo largo de cada jornada - pero quizá no le sacamos todo el jugo, por decirlo de alguna manera, del mensaje que nos ofrecen para nuestra oración y para nuestra vida. Creo que tendríamos que fijarnos más en esa hermosa oración que son los salmos, cantados en el Antiguo Testamento, pero que tanta riqueza dan también a la liturgia de la Iglesia.

Una nueva invitación a la conversión que nos hace el Señor en su Palabra. ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado… volved al Señor y decidle: perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios…’ Y quienes dan la vuelta a su vida y se convierten al Señor reciben el perdón del Señor con muchas bendiciones. El oráculo del profeta es bello en sus imágenes ofreciéndonos como un idílico paraíso para quienes son fieles al Señor. Es como un bello jardín lleno de flores y de azucenas, con árboles que dan sombra en el bochorno y dan frutos abundantes. Aquello que rezábamos en el salmo: ‘Te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre’.

¿Qué es necesario para dar señales de esa conversión y esa vuelta al Señor? Poner toda nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. En El está nuestra fuerza y nuestra vida. No confiamos en poderes humanos ni convertiremos en dioses de nuestra vida aquellas cosas que simplemente están para nuestro uso y utilidad. En nuestra vida tendrá que resplandecer el amor.

Es lo que, por su parte, nos enseña hoy el evangelio. ¿Qué es lo que tiene que ser principal y primero para nuestra vida? Sólo Dios y su amor. Ahí tenemos que centrar todo. Nada podrá estar por encima ni ocupar el lugar de Dios. Es por ahí por donde tendríamos que expresar con toda radicalidad nuestra conversión al Señor haciendo que en verdad en El sea en quien pongamos toda nuestra confianza, toda nuestra fe y toda nuestra vida.

‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Quizá aquel escriba quería poner a prueba a Jesús, como tantas veces sucediera, para ver si Jesús se estaba saliendo de lo que era la ley del Señor. Ya podemos recordar que Jesús nos ha dicho – lo escuchamos en estos días pasados – que El no ha a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Por eso Jesús le contestará con las palabras del Deuteronomio que todo buen judío se sabía de memoria y repetía una y otra vez en los distintos momentos del día.

‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.

En estas reflexiones que cada día nos vamos haciendo en nuestro camino hacia la Pascua, bien nos viene a todos recordar este mandamiento del Señor. Pero no sólo para sabérnoslo de memoria y repetirlo, sino para ahondar en todo su sentido. Como tantas veces hemos dicho cuando nos preguntamos si amamos a Dios en nuestro examen de conciencia damos por sentado que sí lo amamos. Pero tendríamos que preguntarnos si en verdad lo amamos tal como nos dice aquí el texto sagrado: ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Así, con la totalidad de nuestra vida. O como decimos cuando recitamos los mandamientos ‘sobre todas las cosas’, pero así con toda radicalidad sobre todas las cosas.

Cuando aquel escriba viene como a corroborar las palabras de Jesús, no será él quien tenga la última palabra, sino que será Jesús el que le diga: ‘No estás lejos del Reino de Dios’. Creo que merece la pena preguntarnos si eso mismo nos diría Jesús a nosotros: ‘no estás lejos del Reino de Dios’, porque así vivamos el mandamiento principal y primero de la ley de Dios.

Monday, March 21, 2011

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien defendiendo al oprimido, al huérfano y a la viuda


Is. 1, 10.16-20;

Sal. 49;

Mt. 23, 1-12

‘Oíd la palabra del Señor… escucha la enseñanza de nuestro Dios…’ ¿Cuál es la verdadera penitencia que es agradable al Señor, el arrepentimiento que Dios nos pide?

El profeta invita al pueblo a purificarse y arrepentirse de sus malas acciones y pecados. Como un símbolo del pueblo pecador menciona a Sodoma y Gomorra, a sus príncipes y a todo el pueblo. Eran imagen de iniquidad y perversión por lo que habían sido castigadas aquellas ciudades con fuego bajado del cielo. Pero ahora invita a la penitencia y al arrepentimiento asegurándole que ‘aunque sus pecados sean como la grana, como nieve blanquearán, aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán…’ Ya sabemos cómo nos lava y purifica la sangre de Cristo derramada para nuestra salvación.

¿Qué es lo que habrán de hacer? ‘Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda…’ No se trata solamente de corregir lo malo que se esté haciendo, cambiar la conducta, sino que hay que volcarse en las obras de la justicia, del amor y la misericordia. El amor y la misericordia con que actuemos nos será tenido en cuenta para el perdón de nuestros pecados; el amor y la misericordia con la que actuemos con los demás serán las mejores señales de nuestro arrepentimiento y cambio de vida. ‘Al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios’ fuimos repitiendo en el salmo.

Hemos de tenerlo muy en cuenta en este camino de arrepentimiento y conversión que vamos haciendo mientras nos preparamos para la pascua. Podríamos recordar muchos textos y momentos del evangelio. A la que mucho amó, se le perdonaron sus muchos pecados. Y la señal grande que Zaqueo daba de su arrepentimiento y cambio de vida, fue precisamente no sólo el devolver generosamente lo que había robado, sino también compartir todos sus bienes con los pobres y necesitados. Serán señales de autenticidad y de verdad.

Es de lo que nos habla Jesús en el evangelio. Entre los discípulos de Jesús no caben actitudes hipócritas, no valen las apariencias, sino lo que importa es una autenticidad de vida en lo que hacemos. No vale el decir, sino el hacer. No nos podemos quedar en señales externas como para que nos vean sino lo que salga desde lo más profundo de nuestra interioridad. Las señales externas de nada servirían si no van acompañadas de esa autenticidad que nace del corazón.

Y aunque tengamos una función de responsabilidad dentro de la comunidad nunca podemos sentirnos superiores sobre los demás, sino que precisamente por eso es más importante la sencillez y la humildad. Radicalmente hay que alejar de nosotros esas posturas en que nos veamos por encima de todos y lo que busquemos sean reverencias y honores.

‘No os dejéis llamar maestro… no os dejéis llamar padre… no os dejéis llamar jefes… el primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Qué bueno sería que supiéramos escuchar estas palabras de Jesús y convertirlas en norma y estilo de nuestra vida.

Caminos de humildad, sencillez y amor que hemos de recorrer. Son las señales que hemos de ir dando en nuestra vida que verdad queremos seguir los caminos de Jesús. Es también la señal de nuestro verdadero arrepentimiento y conversión al Señor alejando de nosotros todo pecado.

Thursday, March 17, 2011

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?...


Ez. 18, 21-28;

Sal. 129;

Mt. 5, 20-26

‘Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?... Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y El redimirá a Israel de todos sus delitos’. Qué bueno es el Señor, tenemos que reconocer. De El viene la misericordia. El quiere darnos siempre el perdón. Nos está regalando su amor continuamente. Como dice, ‘redención copiosa’, así con generosidad, desbordante es el amor del Señor. Consuelo, esperanza, llamada al amor y a la conversión.

Con este salmo hemos seguido saboreando lo que nos decía el profeta. No quiere el Señor la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Es la hermosa conclusión que podemos sacar. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos… ciertamente vivirá y no morirá, no se recordarán los delitos que cometió, por la justicia que ha hecho, vivirá…’ Qué generoso es el corazón del Señor. ‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su camino y viva?’

Sentir el gozo del perdón del Señor es un gozo grande para el corazón. Saber que el Señor no tiene en cuenta nuestros delitos y pecados una vez que nos hayamos convertido y El nos haya perdonado, nos llena de esperanza y de confianza. Es el Señor dispuesto a perdonar y olvidar para siempre nuestro pecado. Es el Señor bueno que siempre premiará nuestras obras buenas como El sabe hacerlo.

Pero también es una exigencia para nuestra vida. Hemos de convertirnos guardando los preceptos del Señor, practicando el derecho y la justicia, como nos dice el profeta. Hemos de dar señales de esa vida buena que queremos vivir cumpliendo los mandamientos del Señor. No podemos decir que nos convertimos al Señor y seguimos haciendo el mal.

Por eso cuando en el catecismo hablamos de las cosas necesarias para celebrar bien el sacramento de la penitencia en el que el Señor nos concede su perdón y su paz, una de las condiciones es el propósito de la enmienda, o sea, el propósito de corregirnos, de evitar de nuevo el pecado. Es costoso pero necesario. Costoso porque está nuestra inclinación al mal y la tentación a la que estamos sometidos continuamente. Necesario porque tenemos que dar señales de un verdadero arrepentimiento. Es algo que no podemos olvidar de ninguna manera.

Por eso es fuerte también lo que nos dice el Señor por el profeta. ‘Si el justo se aparta de su justicia y comete la maldad, imitando las abominaciones que cometía el malvado, no se recordará la justicia que hizo… por el pecado que cometió morirá’. Es para pensarlo bien. Cómo echamos a perder nuestra vida por el pecado y dejándonos seducir por la tentación. Eso nos pide esa vigilancia con que hemos de vivir para no caer en la tentación. Vivamos un arrepentimiento sincero y llenemos nuestra vida de las obras del amor y de la justicia.

El texto del evangelio, que forma parte del Sermón del Monte, lo hemos escuchado y reflexionado no hace muchos días. Subrayar lo que entonces decíamos de cuál es la medida y la delicadeza de nuestro amor; cómo el Señor nos pide esa comunión y armonía de hermanos y de personas que se quieren que nos llevará a no ofender nunca, y a saber perdonar y reconciliarnos con sinceridad siempre. Si, como decíamos, el Señor es generoso en su amor y su perdón para con nosotros que de la misma manera con esa generosidad del amor sepamos actuar y relacionarnos con los que nos rodean. Es una manifestación de nuestra sincera conversión al Señor.

Tuesday, March 15, 2011

Pregona allí el pregón que te diré para que se conviertan de su imperfecta vida


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 50;

Lc. 11, 29-32

Suena de nuevo en nuestro camino cuaresmal la palabra conversión. El profeta es enviado a Nínive, aunque bien le costó aceptar aquella misión de la que en principio quería huir embarcándose en camino contrario. Pero Dios le había confiado una misión que tenía que cumplir y aunque los caminos fueran tortuosos al final terminó aceptando y cumpliendo aquella misión. Conocemos por otros momentos lo de la tormenta en el mar, lo del cetáceo que se lo tragó y demás cosas.

‘Vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive, la gran capital y pregona allí el pregón que te diré’. Y Jonás hizo como le había dicho el Señor. ‘Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando lo que el Señor le decía: Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada’.

Es admirable la prontitud con que la ciudad entera acogió la llamada del profeta. Todos se visten de penitencia convirtiéndose al Señor de su mala vida y de las maldades cometidas. Y el Señor vio el arrepentimiento del pueblo y para ellos hubo perdón.

Nosotros también escuchamos esa invitación al arrepentimiento y a la conversión que el Señor nos va haciendo en la Palabra que la Iglesia nos proclama cada día. De forma concreta iremos escuchando cada día lo que la Palabra nos va señalando de las cosas que tenemos que ir transformando, cambiando en nuestra vida.

La Cuaresma va siendo ese momento de reflexión, de examen, de mirarnos la vida, pero de mirar la gran bondad del Señor que nos acompaña con su gracia. En nosotros está ahora la respuesta que tenemos que ir dando en esa purificación de nosotros mismos, en esa renovación de la vida, en esa conversión sincera al Señor.

Jesús se queja hoy, en el evangelio que hemos escuchado, de aquella generación porque una y otra vez piden signos y señales, pero tienen los ojos cegados y no terminan de descubrir todo lo que les está ofreciendo. ‘Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’. A la hora del juicio se levantará la reina del Sur que vino a escuchar la sabiduría de Salomón, se levantarán los ninivitas que escucharon las palabras del profeta y se convertirán en acusación. Allí está quien es más que Salomón con toda su sabiduría, porque allí esta la Palabra viva de Dios; allí está alguien que es más que Jonás que solo era un profeta, porque está el Hijo de Dios con su salvación.

¿Qué dirá el Señor de la respuesta que ahora nosotros damos? ¿Estaremos también cegados o aplomados en nuestras rutinas de siempre pensando que ya somos buenos y que de nada tenemos que convertirnos? Muchas veces nos cegamos. Yo no tengo pecados, decimos tantas veces. Nos falta inquietud en nuestro corazón para crecer cada día más como personas y como cristianos. Nos falta finura espiritual para ir purificándonos más y más de esas cosas que nos pueden parecer pequeñas e insignificantes pero que tanta rémora pueden ser en nuestra vida para ese crecimiento espiritual.

Saben ustedes que los cascos de los barcos hay que estar haciéndoles continuamente un mantenimiento no solo pintándolos para evitar la corrosión en el contacto contínuo con el agua, sino además para limpiarlos de muchas cosas, algunas pueden parecer pequeñas, rémoras que se van adhiriendo a su superficie y que les impedirán el que puedan deslizarse con fluidez en medio de las aguas.

Así en nuestra vida. Necesitamos quitar esas pequeñas cosas que también nos impiden realizar con toda prontitud y fluidez en esa carrera espiritual de nuestra vida. Esa purificación nos hará crecer espiritualmente; esa purificación nos conducirá a esa vida santa a la que estamos llamados arrancándonos de esas imperfecciones en nuestros gestos, en nuestras actitudes, en las cosas que hacemos, decimos o pensamos, que tanto nos limitarían.

Escuchemos sin miedo esa invitación a la conversión, a la purificación, al crecimiento espiritual, en una palabra, a la santidad.

Friday, March 11, 2011

El consuelo de que Jesús es el médico que viene a curarnos y salvarnos


Is. 58, 9-14;

Sal. 85;

Lc. 5, 27-32

‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores…’ Qué consuelo más grande son estas palabras de Jesús. Consuelo y esperanza que nos mueven a más amar, que nos mueven a la conversión.

Cuando uno se siente abrumado por el mal que ha hecho, por sus pecados, quiere alejarse de todo y por supuesto no quiere estar en presencia del que es bueno y justo y su vida puede ser una recriminación para nuestro pecado. Quizá nos habrá pasado en alguna ocasión que cuando nos sentimos turbados por el pecado que hayamos cometido, no sabemos ni qué decirle al Señor y casi lo que quisiéramos es alejarnos y apartarnos de su presencia porque no nos consideramos dignos de estar ante El. ‘Apártate de mí que soy un pecador’, exclamó Pedro cuando sintió el poder y la grandeza del Señor en la pesca milagrosa en el lago, él que había tenido la tentación de no confiar en la Palabra de Jesús que le mandaba echar las redes.

Por eso digo qué consuelo escuchar estas palabras de labios de Jesús porque así nos da la confianza de acercarnos a El sabiendo que en El vamos a tener la salud y la salvación. Es el médico y el Salvador que viene a restaurar nuestra vida.

Sin embargo, qué distinto pensaban los fariseos y los escribas que aparecen por allí. Jesús ha invitado a Leví a seguirle ‘y él dejándolo todo, se levantó y lo siguió’. Pero en su gozo por seguir a Jesús le ofrece un banquete. Allí está Jesús y sus discípulos, pero allí están también los amigos y colegas de profesión de Leví, los publicanos. Pero ya sabemos a todos se les medía con la misma medida y porque eran recaudadores de impuestos ya todos eran pecadores.

‘¿Cómo es que Jesús come con publicanos y pecadores?’ fue la pregunta, el reproche, la queja o hasta la denuncia que los que se creían justos y perfectos hacen a Jesús por comer con los recaudadores amigos de Leví, su nuevo discípulo. Es más, no se lo dicen directamente a Jesús, sino que van a decírselo a los discípulos. ¿Una forma de querer desprestigiar al maestro? Era sembrar la duda.

Pero pronto está la réplica de Jesús que tanto consuelo nos da y que nos llena de esperanza a pesar de que nos consideremos pecadores y no dignos de estar con Jesús. Pero Jesús ha llamado a un publicano para ser de sus discípulos y Jesús se sienta a la mesa del publicano rodeado de todos los recaudores amigos de Leví que por su sola profesión ya eran considerados pecadores.

Cuando sentimos así la compasión y misericordia del Señor en nuestra vida nos sentimos más motivados para ponernos en el camino de Jesús arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando nuestra vida y nuestro corazón. Por eso en nosotros ha de haber actitudes nuevas. Por eso nuestra vida ahora se va a llenar de luz.

Cuando realices ese cambio de tu vida, esa conversión y haya esas actitudes nuevas, ‘cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, la oscuridad se volverá mediodía’; se volcarán sobre nosotros las bendiciones del Señor, como nos sigue describiendo el profeta.

Es que ‘el Señor es bueno y clemente, rico en misericordia y escucha la voz de mi súplica…’ ¿Qué le vamos a pedir al Señor? Lo que le hemos dicho en el salmo. ‘Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad’. Que aprendamos, sí, los caminos del Señor y los sigamos. ¡Cómo no vamos a seguir a quien tanto nos ama y nos trae la salvación! ‘Mira compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros tu mano poderosa’, le pedíamos también en la oración litúrgica.

Tuesday, March 8, 2011

La cuaresma, camino de purificación en el espíritu nos lleva a la Santa Pascua

Joel, 2, 12-18;

Sal. 50;

2Cor. 3, 20-6, 2;

Mt. 6, 1-6.16-18

Hoy es miércoles de ceniza. No descubro nada nuevo. Iniciamos la cuaresma, cuarenta días que nos conducen a la celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Decir miércoles de ceniza nos recuerda un rito, el de la imposición de la ceniza, y otros muchos signos externos nos están diciendo que comenzamos un tiempo litúrgico nuevo: el color de los ornamentos litúrgicos, la ausencia de ornamentación floral en torno al altar, la ausencia del aleluya o el himno del gloria en la celebración litúrgica... Pero, ¿sólo eso nos hará la Cuaresma?

Nos conviene detenernos un momento y hacernos una reflexión que nos ayude a comprender mejor su sentido y nos impulse a vivir este tiempo de gracia. Ya nos lo ha dicho la Palabra de Dios proclamada. ‘Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’, que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Pero también el profeta nos ha convocado al sonido de la trompeta para que nos congreguemos en este tiempo y escuchemos la invitación que de parte del Señor nos hace a la conversión.

Quiero centrarme en esta reflexión en el mensaje del papa Benedicto XVI para esta Cuaresma que nos ha recordado: ‘La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante… que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma)’.

Intensificamos, sí, ese camino de purificación y lo hacemos recordando nuestro Bautismo. Es algo que a través de todo el camino cuaresmal iremos recordando porque en cierto modo la cuaresma viene a ser como una gran catequesis bautismal. ‘Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva’, nos dice el Papa en su mensaje. ‘El Bautismo, por tanto, es el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo’.

Por eso nos dirá a continuación: ‘Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia’.

Vamos, pues, a tener muy presente el Bautismo a través de todo este tiempo cuaresmal y así podremos llegar a la noche de la Vigilia Pascual bien preparados para hacer la renovación de nuestro bautismo, de nuestras promesas bautismales. La Palabra del Señor nos irá guiando día a día en nuestra celebración. Sobre ella reflexionaremos para irla plantando de verdad en nuestro corazón.

Pero yo diría que no se puede quedar ahí la escucha de la Palabra, sino que tendríamos que saber sacar otros momentos del día para volver a encontrarnos con ella, para que nos sirva para intensificar nuestra oración personal en un encuentro vivo con el Señor. Que sepamos tener a mano la Biblia, el Evangelio para esos momentos de lectura y reflexión personal. Sería un buen propósito que nos hiciéramos en este primer día de Cuaresma el procurarnos esa Biblia o esos Evangelios para nuestra lectura y meditación.

Nos hablaba el Papa de ese camino de purificación en el espíritu. Desde esa reflexión orante que vamos haciendo de la Palabra del Señor iremos descubriendo de todo aquello de lo que tenemos que arrancarnos para alejar de nosotros el pecado para siempre. Nos exigirá esfuerzo y dominio de nosotros mismos con la gracia del Señor. Por eso seremos capaces de ofrecerle ese sacrificio del corazón, esos sacrificios en renuncias a cosas buenas incluso para así sentir mejor la fuerza de la gracia del Señor que nos ayude en esa purificación.

Cuando hablamos de cuaresma solemos hablar de sacrificios, de ayunos, de abstinencias, de compartir lo que tenemos con el hermano necesitado. Un espíritu penitencial, decimos. Podremos o no podremos hacer ayunos o abstinencias quizá dispensados por los años o por otras razones, pero eso no significa que no podamos ofrecer esa renuncia o sacrificio quizá en otras cosas de las que sí podemos privarnos sin quebranto para nuestra salud. Un cafecito de menos, por ejemplo, que nos tomemos al día, unas horas menos de televisión, un control en conversaciones ociosas o quizá que pudieran ser hirientes para los demás… cosas si queremos encontramos donde podamos ofrecerle un sacrificio al Señor. Y sobre todo el compartir, el prestar un servicio, el tender una mano para ayudar a otras personas saliéndonos de nuestros egoísmos individualistas. Oportunidades tenemos de hacerlo si queremos.

No lo vamos a hacer por apariencias ni vanidades. Ya nos previene Jesús en el Evangelio. Vamos a hacerlo desde lo más profundo de nuestro corazón. No importa que nadie lo note o lo vea. Como nos dice Jesús ‘tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará, re recompensará’.

Vamos a dejar que caiga la ceniza sobre nuestra frente escuchando en las palabras del Sacerdote esa invitación del Señor que nos recuerda lo poca cosa que somos, ¿unas cenizas?, pero sobre todo la invitación a cambiar nuestra vida para vivir más intensamente según el evangelio de Jesús. Que este momento de la imposición de la ceniza lo vivamos con intensidad sintiendo, repito, esa llamada del Señor en nuestro corazón.

No nos quedaremos en cosas externas. Los signos de la liturgia tienen que ayudarnos a darle esa profundidad y esa intensidad. Toda la celebración tiene que ser esa llamada del Señor, como escuchábamos en el profeta. Nos sentimos congregados en el Señor para ser por El santificados. Dejemos que esa gracia santificadora llegue a nuestra alma. Como nos decia san Pablo: ‘Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’.

Monday, January 24, 2011

Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia


Hechos, 22, 3-16;

Sal. 116;

Mc. 16, 15-18

‘Soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Son palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la última cena, y palabras que toma la liturgia para acompañar la aclamación del aleluya del Evangelio en esta fiesta de la conversiön de san Pablo.

Palabras que vemos reflejadas también en lo que le dice Ananías a Saulo cuando este llega a Damasco después de la maravillosa experiencia que ha tenido de encuentro con el Señor. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído’. Y vaya si iba a dar fruto abundante en la vida de Pablo y en bien de la Iglesia de Dios.

Elegido del Señor para ser su testigo. Saulo que había destacado – él mismo lo cuenta – por el fanatismo con el que perseguía a los que seguían el camino del Señor. ‘Yo perseguí a muerte este nuevo camino metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres’. Era la razón de su viaje a Damasco. Pero el Señor le había elegido y le había salido al paso en el camino. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues’. Y su vida cambió. Cegado por el resplandor de la luz divina que como un relámpago hirió sus ojos, pronto comenzaría a ver otra luz. Al recibir el Bautismo sus ojos se abrirían para siempre.

Perseguía Saulo a todo el que creyera en el nombre de Jesús, pero era Jesús a quien perseguía. Como comenta san Agustín: ‘No dice Cristo: ¿Por qué persigues a mis siervos? Sino: ¿Por qué me persigues? La cabeza se quejaba por sus miembros y los transfigura en ella misma’. Nos recuerda lo dicho Jesús en otro lugar del evangelio ‘todo lo que hicisteis a uno de estos humildes hermanos, a mí me lo hicísteis’.

Conoce ahora Saulo lo que es la voluntad del Señor y tras esa experiencia viva de encuentro con Jesús, se convierte en testigo. ‘No podemos callar lo que hemos visto y oído’ dirían otros apóstoles cuando les prohiben hablar del nombre de Jesús. No podrá callar de ahora en adelante lo que Pablo, asi será su nuevo nombre, ha visto y ha oído. Es un testigo que irá hasta los confines del mundo. Ya conocemos sus viajes, sus caminos, su predicación de la Buena Nueva de Jesús por todas partes. Hasta nuestra tierra española la tradición lo trae a predicar el evangelio, porque ese deseo había manifestado en la carta a los cristianos de Roma. Es el cumplimiento del mandato de Cristo que hemos escuchado en el evangelio: ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’.

Algun comentarista ha dicho que hasta san Pablo se prolonga la Epifanía del Señor,- recordamos que hace poco celebrábamos la Epifanía como culminación de las fiestas de Navidad - y es que hoy estamos contemplando cómo Cristo resucitado se le manifiesta a Pablo en el camino de Damasco. Pero es que Pablo con su ardiente palabra se convertirá en Epifanía de Jesús porque por todas partes ira manifestando su nombre, proclamando su salvación, anunciando el camino nuevo del Reino de Dios.

En las oraciones de esta celebración hemos pedido que ‘como él lo ha sido, nos convirtamos nosotros en testigos de tu verdad ante el mundo’. Por otra parte hemos pedido que ‘nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol Pablo a la propagación de tu evangelio’. Y finalmente que ‘estos sacramentos nos enciendan en el fuego de amor que abrasaba el corazón de Pablo y le impulsaba solícito al servicio de todas las iglesias’. Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia.

Sunday, January 16, 2011

Ser odre nuevo para el vino nuevo del Evangelio


Hebreos, 5, 1-10;

Sal. 109;

Mc. 2, 18-23

Cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios invitaba a la gente a la conversión para creer en el Evangelio que proclamaba. Los signos acompañaban su predicación como un medio, podríamos decir, para acrecentar la fe en El y se fuera logrando esa transformación de los corazones.

Pero muchas veces tenemos como endurecido el corazón en las cosas que hacemos y nos cuesta aceptar lo nuevo que nos propone Jesús y aceptar que tenemos que cambiar nuestra mentalidad y nuestro corazón para llegar a comprender el sentido del Reino que Jesús nos anuncia.

Es lo que vemos que le va sucediendo a la gente cuando escucha a Jesús o cuando contemplar su nueva forma de actuar o la novedad del evangelio. La gente sencilla y humilde se entusiasma con Jesús y sus corazones se llenan de esperanza, pero hay gente, sin embargo, a los que les cuesta aceptar toda esa novedad del Evangelio de Jesús porque eso quizá les obligará a un cambio de actitudes y posturas, o a un cambio en la forma de vivir y de entender incluso la relación con Dios.

Por fijarnos en algunas de las cosas aparecidas en los textos del evangelio escuchados en los últimos días, primero fue el aceptar que Jesús tuviera poder para perdonar pecados y así mostrara su corazón misericordioso y compasivo para decirnos que así es el amor que Dios nos tiene.

Luego sería la llamada de Leví y el sentarse Jesús a la mesa con toda clase de gente, con publicanos y pecadores, porque como nos decía el médico es para los enfermos y no para los sanos y el ha venido no a llamar a los justos sino a los pecadores. Hoy es la cuestión del ayuno, que si los discipulos de Juan y de los fariseos ayunan y los discípulos de Jesús no lo hacen.

La respuesta de Jesús es contundente, porque si había dicho que El venía a buscar no a los justos sino a los pecadores, ahora les pone la imagen del novio y de la boda, que si los amigos están en el banquete de bodas no van a estar ayunando sino que estarán participando de la alegría del novio, de la alegría del banquete de bodas. La llegada del Reino de Dios, nos dirá en sus parábolas será como un banquete de bodas al que todos estamos invitados y en ese banquete tendrá que brillar la alegría, la comunión y la amistad y no tiene por qué estar cargada de tintes negros.

Pero Jesús nos dirá más. Habla del remiendo que no se puede poner con un paño nuevo en un paño viejo y ajado, ni de los odres viejos que no podrán contener la fuerza del vino nuevo. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Recordemos lo que ya comentábamos de lo anunciado por Jesús. Para aceptar la buena nueva del Reino hay que convertirse de verdad, hay que darle la vuelta a la vida. No valen los apaños, los arreglitos, las componendas, sino que el corazón tenemos que hacerlo nuevo porque tenemos que ser hombres nuevos.

Y eso nos cuesta. Queremos nadar y guardar la ropa. Queremos nadar entre dos aguas. Y no quiero poner otras frases más fuertes. De ahí la tibieza con que andamos en la vida. ‘Porque no eres frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’, escucharemos al ángel del Apocalipsis decir en nombre del Señor a una de las Iglesias de la antigüedad. Ya nos dirá Jesús que con Él o contra Él, porque ‘el que no recoge conmigo, desparrama’.

Eso nos va pidiendo más valentía y radicalidad a la hora del seguimiento de Jesús. Pero eso lo iremos logrando en la medida en que nos sintamos cogidos desde lo más hondo del corazón por el amor del Señor. Por eso es tan importante ese conocimiento que hemos de tener de Jesús cada vez más grande, ese crecimiento en el amor considerando en verdad cuánto es el amor que El nos tiene.

Pidámosle al Señor que nos conceda ese don de ser ese odre nuevo para ese vino nuevo que El nos ofrece en el Evangelio.

Monday, December 13, 2010

El hijo que hizo de verdad lo que quería el padre aunque pareciera rebelde


Sof. 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-32

‘¿Quién de los dos hijos hizo lo que quería el padre?’ Tantos dicen pero no hacen. Es cierto que el primero parecía a primera vista rebelde y desobediente. Su primera reacción fue decir ‘no’, pero se arrepintió e hizo lo que el padre pedía. Ya vemos el otro, de entrada buenas palabras, pero en la realidad fue el desobediente. Un arrepentimiento a tiempo es importante.

Jesús quiere destacar la actuación del Bautista, que fue capaz de mover a la conversión a los que se consideraba los peores pecadores mientras que los que se consideraban justos no hicieron nada para acercarse al Reino de Dios que Juan anunciaba que era inminente. ‘Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creístes; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y asún después de ver esto, vosotros no os arrepentísteis ni le creísteis’.

El profeta Sofonías nos hablaba en nombre del Señor: ‘Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora. No obedecía a la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a Dios’. Una descripción del pecado: huída de Dios, desobediencia, desconfianza, falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira… De ello nos habla la profecía. Es lo que tenemos que reconocer que hacemos tantas veces. Estamos diciendo no a Dios, como aquel hijo del que habla la parábola.

Pero viene el Señor que nos purifica porque nos perdona – ‘daré a los pueblos labios puros’ – y podemos y tenemos que invocar el nombre del Señor. Reconocemos nuestro pecado y el Señor transformará nuestro corazón soberbio y orgulloso que incluso pretendía ocupar el lugar de Dios. Reconoceremos finalmente que El es nuestro único Dios y Señor.

‘Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor…’ Pueblo pobre y humilde que busca la justicia y la santidad; pueblo pobre y humilde que se goza con los mandamientos del Señor; pueblo pobre y humilde que se confía en el Señor y vive siempre alabando el nombre del Señor.

Pueblo pobre y humilde, como nos enseñará Jesús en el evangelio, que será el preferido del Señor; pueblo pobre y humilde que será dichoso porque ‘de ellos es el Reino de los cielos’ como proclamará Jesús en las Bienaventuranzas.

En nuestro camino de Adviento, escuchando la voz del Bautista que viene a preparar los caminos del Señor, nuestro primer paso ha de ser el querer convertirnos al Señor. Ver ese ‘no’ que tantas veces le hemos dado al Señor de nuestra vida con nuestro pecado para darle la vuelta y convertirlo en un ‘sí’ de querer escuchar a Dios, seguir su camino, cumplir los mandamientos del Señor.

Mirémonos con sinceridad y no nos creamos ya justificados. Esa palabra que el Señor nos dirige es una palabra dicha directamente a nosotros, a nuestra vida y espera una respuesta: la conversión, la vuelta al Señor, porque en no todo somos fieles y nuestra vida está llena de flaquezas y debilidades. Con la gracia del Señor podremos seguir sus caminos.

Friday, December 10, 2010

Mirados por Dios en su amor para volvernos hacia El y alcanzar la salvación


Eclesiástico, 48, 1-4.9-11;

Sal. 79;

Mt. 17, 10-13

‘Preparad los caminos del Señor; allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios’. Es el mensaje repetido durante todo el Adviento, pero no por repetido hemos de tomarlo en menor consideración. Los profetas y el bautista nos hacen oír una y otra vez esa llamada, esa invitación. ‘Todos verán la salvación de Dios’.

Hoy hay una referencia al profeta Elías, ‘un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido’. Se nos hace esta referencia en relación a Juan el Bautista que aparece bastante clara en el evangelio. Un profeta celoso del verdadero culto a Yavé, al Dios vivo y verdadero, que le haría obrar maravillas en nombre de Dios, y por cuya causa también sufriría persecusiones como todos los que defienden el nombre de Dios.

Le preguntan a Jesús ‘¿por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías?’ El profeta Malaquías había anunciado ‘yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; él hará que padres e hijos se reconcilien…’ a lo que está haciendo referencia el libro del Eclesiástico en su elogio al profeta Elías. ‘Te reservan… para reconciliar a padres con hijos y restablecer la tribus de Israel’. En la historia del profeta Elías se había hablado de que fue arrebatado al cielo ante los ojos de Eliseo en un carro de fuego. Ahora se hablaba de su vuelta y de ahí la pregunta de los discípulos.

Pero estas mismas expresiones a que hemos hecho referencia tanto del Eclesiástico como de Malaquías las veremos repetidas cuando el ángel del Señor le anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Con ello se nos está señalando la misión y la obra de Juan como Precursor del Mesías el que había de preparar los caminos del Señor para llegar a ver la salvación de Dios.

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús a la pregunta. ‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Y nos comenta el evangelista que ‘entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista’. Hay un anuncio y referencia a su pasión y su pascua.

Escuchamos la voz de los profetas, escuchamos la voz de Juan Bautista que tiene la misión de ‘preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Es la invitación a la conversión, a preparar los caminos del Señor que venimos escuchando una y otra vez y en la que estamos empeñados en este camino de Adviento.

‘Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve’, hemos pedido una y otra vez en el salmo. Bien sabemos que el salmo es esa respuesta que con la misma Palabra de Dios vamos dando a la Palabra que se nos proclama.

Que brille el rostro del Señor sobre nosotros, que vuelva su rostro y recibamos su mirada de amor y de gracia. Sentirnos mirados por Dios es sentirnos amados, y en ese amor sentimos cómo hemos de renovar nuestra vida.

Que esa mirada de Dios sobre nosotros nos llene de su salvación, nos impulse de verdad a enderezar nuestros caminos para nosotros llegar a ver también la salvación de Dios. Mirados por el amor de Dios volvemos nuestra mirada hacia Dios y en ese amor nos sentimos transformados y salvados.

 

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