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Monday, July 11, 2011

Cuánto ha hecho el Señor por nosotros y qué pobre es nuestra respuesta


Ex. 2, 1-15;

Sal. 68;

Mt. 11, 24-30

Mira tú esa persona qué desagradecida, con todo lo que han hecho por ella… pensamos y hasta decimos muchas veces; pero claro, siempre refiriéndonos a los demás. Pero sería bueno que fuéramos sinceros con nosotros mismos y nos miremos hasta donde llegan nuestras propias actitudes de gratitud o de desagradecimiento. Y no se trata ya solamente en nuestras mutuas relaciones, sino en la respuesta o no respuesta que nosotros damos a Dios con nuestra vida.

Es el primer pensamiento que me sugiere el texto del evangelio que hemos escuchado. Hay un reproche grande de Jesús hacia las gentes de aquellos lugares donde tanto se ha prodigado en su predicación del Reino y en los signos que ha ido realizando de la cercanía del Reino de Dios que va anunciando. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’, dice el evangelista.

Se contraponen en el texto aquellos lugares de Galilea donde Jesús realizaba principalmente su actividad, Cafarnaún y sus alrededores, aquellos lugares de Galilea por los que iba predicando, anunciando el Reino y realizando tantos milagros, con otras ciudades paganas como Tirón y Sidón en Fenicia y Sodoma castigada por su pecado.

Se hace referencia especial a Cafarnaún que sale con mayor frecuencia en el relato de los evangelistas y Corozaín y Betsaida, ciudades cercanas que no son tan nombradas en los evangelios, pero que por la mención de Jesús eran lugares frecuentemente visitados. Naturales de Betsaida eran Pedro, Andrés y Felipe. Se hace mención de algunos milagros allí realizados y probablemente en sus cercanías pudiera haber sido el sitio de la multiplicación de los panes y los peces.

‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido…’ Lo mismo recrimina a Cafarnaún ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al Abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy’. En referencia a la destrucción de Sodoma y Gomorra y aquellas otras ciudades llenas de perversión y pecado que nos relata el Génesis cuando la historia de Abrahán y su sobrino Lot.

Pero como decíamos al principio tenemos que mirarnos a nosotros mismos y ver nuestra respuesta. Cuánto nos ha dado el Señor y qué pobre es nuestra vida. Cuántas gracias ha derramado el Señor sobre nuestras vidas. Cuántas llamadas y cuántas oportunidades. Cuántas veces se nos ha proclamado la Palabra de Dios y se nos ha invitado a convertirnos al Señor. Cuántas veces hemos recibido la gracia de los sacramentos a lo largo de la vida. Cuántas señales podemos apreciar del amor de Dios que realiza maravillas cada día para nosotros.

El Señor tiene un amor preferencial por nosotros. Podríamos haber nacido en otros países. Podríamos haber tenido otras familias. Podríamos vernos ahora abandonados y despreciados por todos. Pero desde que nacimos hasta la última hora el Señor va poniendo en nosotros su mirada de amor, tendiéndonos su mano para levantarnos, llamándonos allá en lo hondo del corazón esperando una respuesta.

Pero, ¿seremos lo suficientemente santos? ¿Damos en verdad frutos de amor y de santidad en nuestra vida o seguimos con nuestro pecado, nuestras frialdades espirituales, nuestras rutinas que no nos dejan despertar a una vida de más amor y entrega, nuestras desganas y cansancios? Qué desagradecidos somos con la gracia del Señor.

Pero el Señor es paciente con nosotros y no se cansa de esperarnos. Llama a la puerta del corazón cada día con una nueva gracia esperando nuestra respuesta de amor. No nos hagamos sordos a las llamadas del Señor. No endurezcamos nuestro corazón sino dejémonos conducir por la gracia del Señor, por la fuerza y el fuego de su Espíritu. Démosle una respuesta agradecida al Señor con nuestra santidad y nuestra entrega de amor.

Sunday, March 13, 2011

Santos reflejando la santidad y el amor de Dios en nuestra vida


Lev. 19, 1-2.11-18;

Sal. 18;

Mt. 25, 31-46

‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Hermosa invitación que escuchamos ya desde el principio de la Cuaresma. Ser santos. Una exigencia. Una exigencia surgida desde nuestra fe en Dios. ‘Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’.

Es bueno que lo tengamos en cuenta desde el principio de este camino cuaresmal en el que estamos casi aún en sus inicios. Bueno, eso tiene que ser el ideal y la meta de todo creyente, en todo momento, en toda su vida. Claro que ahora, cuando estamos en este camino de renovación que es para nosotros la Cuaresma, tenemos que escucharlo con mayor intensidad y exigencia.

Seguir a Jesús, tener fe en él comporta un estilo de vida. Porque la fe tiene que envolver toda nuestra existencia. Porque la fe no son solo palabras que decimos en un momento determinado. La fe compromete todo con una congruencia grande en la vida, entre lo que creemos y lo que hacemos.

Hoy se nos dice que tenemos que ser santos. ¿Cuál es el camino que se nos propone para vivir esa santidad en la que nos asemejaremos, nos parecernos a Dios? Los mandamientos que nos desgrana el libro del Levítico van por una vida de rectitud y justicia, por una vida de respeto del nombre del Señor, pero sobre todo por una vida de amor en nuestra relación con los demás. Ni robos ni explotaciones; ni maltratos ni actos que puedan dañar a los otros ni con palabras ni con obras; ni odios ni resentimientos, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Lo que el Levítico nos dice señalándonos lo que no tenemos que hacer, en el evangelio que hoy nos propone la liturgia se nos presenta de un modo más positivo diciendo lo que tenemos que hacer a favor de los demás pero sintiendo que se lo hacemos al Señor. Hoy nos propone Jesús la alegoría del juicio final, donde se nos va a examinar del amor. Como decía san Juan de la Cruz, y lo hemos recordado en estos días, ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’.

Muchas veces hemos escuchado y meditado estas palabras de Jesús. ‘Tuve hambre… estaba sediento… estaba desnudo… enfermo o en la cárcel… y me diste de comer… de beber… me vestiste… me visitaste…’ Siempre surge la pregunta ¿cuándo te vimos así… y te atendimos?

‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’. El Señor nos facilita las cosas dándonos motivaciones. Su mandato es el amor, pero bien sabemos que muchas veces nos cuesta amar, como hemos dicho en alguna ocasión, cuando le ponemos rostro, nombre y apellidos a ese amor. Pero, cuando en ese rostro que quizá nos cueste aceptar nosotros seamos capaces de ver el rostro de Cristo que nos está tendiendo la mano o esperando una acogida amorosa por nuestra parte, podíamos decir, que nos sentimos más motivados para hacerlo. Amamos siempre al otro, sea quien sea, siempre porque es un ser humano y es un hermano. Pero amamos al otro, sea quien sea o cueste lo que nos cueste, porque en él estamos viendo también el rostro de Cristo.

Es entonces cuando resplandecerá nuestra santidad; y nuestra santidad no es otra cosa que reflejar la santidad de Dios. Dios es el único bueno, como le dijo Jesús al joven rico, y seremos buenos y santos cuando reflejemos en nuestra vida esa bondad y esa santidad de Dios, cuando estemos dando cumplimiento a ese mandato del Señor de ser santos. Seremos santos amando con un amor como el que Dios nos tiene que a todos ama, sea quien sea.

Vayamos dando pasos, subiendo peldaños, creciendo cada día más y más en nuestro amor. Así iremos creciendo en esa santidad que el Señor nos pide, pero para que podamos realizarla El siempre nos dará su fuerza y su gracia. Pidámosla con confianza.

Friday, January 21, 2011

Necesitamos voces proféticas que nos despierten para vivir el Reino de Dios hoy


Hebreos, 9, 2-3.11-14;

Sal. 46;

Mc. 3, 20-21

‘Vinieron a llevárselo,, porque decían que no estaba en sus cabales’. Mientras la gente se agolpa a la puerta de la casa de Jesús ‘que no los dejaban ni comer’, sus familiares quieren llevárselo, porque no terminan de entender lo que Jesús está haciendo.

‘Los fariseos se habían puesto a planear con los herodianos la forma de acabar con Jesús’ porque no entendían la manera de actuar de Jesús, que como decían ellos no respetaba el sábado. Antes los escribas dirán que es un blasfemo porque se atribuía el poder de Dios de perdonar pecados. Ahora será la familia también la que no entiende y quieren llevárselo a casa.

Algo nuevo estaba sucediendo con el anuncio del Reino de Dios que Jesús hacía y con su forma de actuar. Había pedido conversión, cambio del corazón para aceptar la Buena Noticia que anunciaba, pero a muchos les podía parecer que eran muchos los cambios. Sin embargo la gente sencilla descubre esas maravillas que Jesús hace y como decían en ocasiones ‘un gran profeta ha aparecido entre nosotros’. Pero eso sucede siempre que se plantean cosas nuevas. ‘Tú estás loco, no sabes lo que haces…’ frases así escuchamos muchas veces en gentes que quieren afirmarse en su inmovilismo frente a alquien que plantea cosas nuevas.

Y los profetas siempre encontraron oposición a sus mensajes denunciadores de una vida no concorde con lo que era la voluntad del Señor. Los santos que arriesgan todo por una radicalidad de vida conforme al Evangelio y según lo que sienten en su interior que les pide el Espíritu del Señor también han encontrado reacciones de ese tipo. Visionarios, radicales, ilusos son las cosas más suaves que escuchan cuando plantean la radicalidad del seguirmiento de Jesús.

Necesitamos profetas y santos en nuestro mundo de hoy que nos despierten porque algunas veces parece que andamos adormilados y tenemos el peligro de caer en una rutina que nos lleva a una tibieza de vida y que nos puede hacer caer en una muerte espiritual. Por otra parte tenemos el peligro de dejarnos envolver por esos contravalores que nos ofrece el mundo y como vemos que todos lo hacen así y pueden parecernos tan felices nosotros podemos caer también en esas redes.

Pero el Señor siempre nos ha enviado esos profetas de Dios en todos los tiempos para ayudarnos a despetar. En todos los momentos de la historia y cuando parecía que las cosas podían ser más difíciles para la iglesia o para el cristianismo siempre han surgido esos santos que como profetas nos han hecho mirar de frente al evangelio para que en verdad nos convirtamos a él.

Podríamos repasar la historia, aunque no es éste el momento más apropiado, pero recordamos a santos y santas como Teresa de Jesús, Juan de Dios, Ignacio de Loyola que en tiempos que no eran fáciles para la humanidad surgieron en la Iglesia. O pensemos en el siglo XIX que no fue un siglo fácil cuantos santos y cuantas congregaciones religiosas surgieron en la Iglesia para mantener esa voz profética que la iluminara con la luz de Dios. En nuestra cercanía tenemos a Santa Teresa Jornet con su congregación de las Hermanitas de los ancianos desamparados, por ejemplo. En nuestro tiempo también el Señor ha ido haciendo surgir esos santos con voz profética, pienso en Teresa de Calcuta, en Juan XXIII o en Juan Pablo II, a quien pronto veremos beatificado, que han ayudado a ese despertar de la Iglesia. Asi podríamos nombrar muchos más.

Que el Señor nos haga descubrir esos profetas de nuestro tiempo y escuchar su voz, aunque para algunos pueda parecer estentórea, que nos ayuden a mirar más de frente al evangelio y a meterlo en el corazón para hacer ese seguimiento vivo de Jesús. Y es que el mundo nos necesita a nosotros también para que con nuestra vida humilde y sencilla, pero iluminada por la luz de Jesús, llevemos también esa luz de Cristo que disipe tantas tinieblas.

Friday, September 10, 2010

María, nombre cargado de divinas dulzuras


Ecles. 24, 17-22;
Sal. Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

‘La virgen se llamaba María…’ nos dice el evangelista. El nombre, María. Dulce nombre, santo Nombre. Es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra madre, porque así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Hace pocos días celebramos su nacimiento; hoy queremos recordar y celebrar su nombre – aunque nos adelantemos un día por coincidir con el domingo – porque queremos gozarnos con María, invocar a María, tener muy presente en nuestros labios el nombre de María.
"Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas.
En este sentido podemos recordar lo que nos decía el libro del Eclesiástico que la liturgia quiere aplicar hoy a María: ‘Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa… mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia, mejor que los panales…’
Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado. Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica.
Se suele decir que el nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena.
¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor.
San Efrén dice "que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo," Y San Buenaventura "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcísimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Y San Bernardo: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón." María, cuyo Nombre cantan los cielos y la tierra, ¡bendita seas!... "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.
Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".
Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria.
Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."
Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

Wednesday, August 25, 2010

A la Iglesia de Dios en Corinto…

1Cor. 1, 19;
Sal. 144;
Mt. 24, 42-51

‘Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Así comienza Pablo su carta, que vamos a leer a lo largo de tres semanas. Una carta extensa y con un mensaje grande y hermoso para animar a aquella comunidad, corregir y orientar que a nosotros nos vale también, pues para nosotros es también Palabra de Dios.
Vamos a fijarnos en algunos aspectos de este saludo inicial de la carta que escribe Pablo, como dice, ‘llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios’. Nos deja por así decirlo su tarjeta de presentación y la autoridad con la que escribe a aquella comunidad que él había iniciado con la predicación del evangelio en su segundo viaje.
Comienza, pues, dirigiéndose ‘a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Es la comunidad de los que creen en Jesús que se sienten iglesia, porque se sienten convocados por el Señor. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el significado de la Palabra Iglesia. Pero añade algo más, es la comunidad de ‘los consagrados por Jesucristo, el pueblo santo que El llamó (convocó = iglesia) y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos’.
Subrayemos, los consagrados, el pueblo santo… que invoca el nombre de Jesús. Todo esto tenemos que mirarlo en nosotros, que somos también esa Iglesia de Dios que peregrina en ese lugar concreto donde vivimos, pero que somos consagrados y somos pueblo santo. Consagrados, ungidos con el Espíritu del Señor, porque toda nuestra vida ha de estar dedicada a la gloria de Dios. Como un lugar consagrado, un lugar, es separado, por así decirlo, para dedicarlo sólo a Dios, así nosotros también. En el Bautismo fuimos ungidos, luego consagrados, para la gloria del Señor.
Por eso somos ese pueblo santo. Es a lo que estamos llamados y es la santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida. Nos miramos y nos vemos pecadores y nos decimos cómo es que se nos puede llamar pueblo santo. Pues lo somos desde esa consagración de nuestro Bautismo. Es el pueblo de los santos y esos santos tenemos que serlo nosotros. Cuando Pablo se dirige a las diversas comunidades a las que escribe sus cartas es de esa manera cómo los llama, a los santos de… y menciona el lugar, la iglesia.
Todo esto, pues, tiene muchas consecuencias para nuestra vida. Nos recuerda lo que somos y la exigencia de santidad de santidad que tiene que haber en nuestra vida. Es una invitación a vivir esa vida santa, a superar nuestras debilidades y pecados, a que todo lo que hagamos sea siempre la gloria de Dios, para que en todo momento invoquemos el nombre del Señor.
‘En mi acción de gracias, nos dice Pablo, siempre os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús… El os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro’. Vivamos en consecuencia.

Sunday, August 15, 2010

Vende lo que tienes, dalo a los pobres y vente conmigo


San Roque de Montpellier
Ez. 24, 15-24;
Sal: Dt. 32, 18-21;
Mt. 19, 16-22

El camino de nuestra vida cristiana arranca siempre por el cumplimiento fiel de lo que es la voluntad del Señor manifestada en los mandamientos. Es un camino de fidelidad y de amor a Dios en la búsqueda de su voluntad, que nos irá produciendo un crecimiento interior para buscar cada día con más intensidad cómo mejor servir y amar a Dios, cómo poner todo nuestro corazón en El, de manera que nos desprendamos de nosotros mismos para encontrar toda la riqueza de nuestra vida sólo en Dios.
Entre la gente que seguía a Jesús, escuchaba el anuncio del Reino que El iba haciendo realizando con sus palabra y los signos que hacía, surgía también ese deseo, esa ansia de una mayor perfección y santidad, esa búsqueda de cómo mejor alcanzar esa vida eterna que Jesús anunciaba y prometía.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Se acercó una a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Deseos de más, ansia de mayor perfección, búsqueda de cómo alcanzar la vida eterna. Y Jesús responde recordando los mandamientos. ‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’. Y los detalla Jesús. Y allí había un hombre bueno que ya buscaba en su vida lo que era la voluntad de Dios. ‘Todo eso lo he cumplido’.
Es el paso adelante al que Jesús nos invita. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego vente conmigo’. Exigencia de perfección. Exigencia de desprenderse totalmente de uno mismo, que no es sólo desprenderse de unos bienes que ya va incluido. Buscar el tesoro del cielo, no el de la tierra. Desprenderse y compartir. En el evangelio que escuchamos aquel paso no fue capaz de darlo aquel joven. ‘Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico’.
Quizá podemos pensar, ¿para qué nos pone esto el evangelio si no encontramos un buen testimonio de respuesta por parte de aquel joven? No importa. Primero porque Jesús tiene que decirnos cuál es el camino al que El nos invita a seguir. Pero también porque ese contra-testimonio y esas palabras de Jesús han servido a muchos a través de los tiempo para sí dar el paso adelante en ese camino de perfección que lleva a la vida eterna. El santoral está lleno de testimonio de los santos que así lo hicieron. Y seguramente a nuestro lado, quizá no lo apreciemos, pero haya muchas personas que viven ese desprendimiento. Pensemos en quienes se han consagrado a Dios y viven con fidelidad su vocación.
Pero el santo del que hacemos hoy memoria es un buen testimonio. San Roque de Montpellier siguió ese camino del evangelio. No fue sacerdote ni religioso en su sentido más estricto. Sin embargo siguió ese camino de santidad en el desprendimiento generoso y total para darse por los demás. Era rico también como el joven del evangelio. Sus padres vivían en buena posición en Montpellier. Se queda huérfano de padre y madre en su juventud, pero seguramente habría escuchado este evangelio porque hizo al pie de la letra lo que Jesús hoy nos enseña. Se desprendió de todo, lo dio a los pobres y comenzó un camino de peregrinación y servicio hasta su muerte.
Jesús dijo ‘vende lo que tienes… y vente conmigo’. Roque se puso en camino de ese seguimiento de Jesús. Quiere peregrinar a Roma y como un pobre recorre los caminos primero del sur de Francia y luego del norte de Italia, pero va repartiendo su mayor riqueza que es el amor. Allí donde hay un pobre o un enfermo que servir allí está el ofreciendo su amor. Epidemias de peste maligna hacen que sean muchos los que enfermen y mueran y allí esta Roque sirviendo a los enfermos hasta incluso quedar él contagiado de la enfermedad. Retazos de su historia hablan de cómo se refugia en un bosque pensando quizá morir y milagrosamente un perro lo alimenta cada día con un pan que le trae. Es el perro que aparece en su iconografía. Se recupera y sigue prestando sus servicios de amor, intenta volver a Montpellier – los historiadores no se ponen de acuerdo si llegó o no – pero incluso va a sufrir cárcel porque es tenido por un pordiosero. Allí morirá en la más absoluta pobreza, o mejor, allí nacerá a la vida porque alcanzará esa vida eterna que deseaba, puesto que la muerte no es sino el paso a la vida eterna en Dios y con Dios.
Brevemente es su testimonio y su ejemplo de cómo llevar a la vida con toda radicalidad el evangelio de Jesús que hoy hemos escuchado. San Roque nos da ese ejemplo de desprendimiento, de generosidad, de espíritu de servicio; san Roque es el hombre peregrino que quiere seguir a Cristo porque sabe donde está la verdadera patria, la verdadera meta de la vida, que es la vida eterna. Cuánto nos puede enseñar para nuestra vida. Que el Seños nos conceda el don de la generosidad, del desprendimiento para arrancarnos de nuestros egoísmos. Que en verdad sintamos deseos de vida eterna en nuestro corazón.

Thursday, July 22, 2010

Que sea Cristo quien vive en mí

Gál. 2, 19-20;
Sal. 13;
Jn. 15, 1-8

Los santos son para nosotros espejos en los que hemos de mirarnos para ayudarnos a descubrir las altas metas a las que estamos llamados por ser cristianos seguidores de Jesús. Tenemos el peligro de vivir como embotados en medio del ajetreo de la vida de cada día y muy preocupados por esas realidades humanas y terrenas en medio de las cuales estamos perder ese norte, olvidarnos de esas metas y simplemente dejarnos arrastrar por la vida sin esos ideales que en verdad nos tendrían que hacer grandes.
Cuando contemplamos la vida de los santos tendríamos que sentirnos elevados, impulsados a darle ese sentido profundo a nuestra vida, a poner esos ideales y esas metas en nuestro corazón, a sentir el deseo de vivir esa santidad que ellos en su vida nos reflejan que no es otra que la santidad de Dios que todos estamos llamados a vivir.
Nos tendríamos que preguntar con toda seriedad si lo que hemos escuchado hoy en la carta de san Pablo a los Gálatas en verdad es deseo, meta e ideal de nuestra vida. ‘Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’. Es cierto que no es fácil. Lo que nos suene a pasión y a cruz nos cuesta aceptarlo en nuestra vida. Asemejarnos así a Jesús es una tarea fuerte, aunque sabemos que no imposible, porque para Dios nada hay imposible y si queremos emprender esa tarea sabemos que Dios está con nosotros.
Precisamente santa Brígida a quien hoy estamos celebrando destaca por esa espiritualidad en torno a la pasión y a la cruz de Cristo. Un biógrafo de la santa decía que ‘no podía pensar en la pasión sin derramar lágrimas y experimentaba una dulzura tal al contemplar las llagas del Salvador, que se sentía a veces abrasada por completo de amor’. Bien nos vendría a nosotros esa más asidua contemplación de la pasión del Señor para mejor sentirnos movidos al amor y a una vida santa meditando todo lo que es la entrega de Jesús por nosotros.
Eso tendría que llevarnos a vivir su vida, a hacer que nuestra vida no sea sino la suya, que sea Cristo quien vive en mí, como decía san Pablo. Pero eso tendría que nacer de esos deseos de estar unidos a Cristo totalmente. Es lo que nos ha dicho el evangelio. Como los sarmientos unidos a la vida para poder tener vida, porque sin Cristo nada podemos hacer, nada podemos ser.
¿Cómo nos unimos a Cristo? Podríamos decir viviendo nuestra espiritualidad bautismal. Desde el Bautismo ya estamos injertados en Cristo para vivir su vida. Pero eso tenemos que hacerlo, vivirlo en el día a día. Ahí tenemos, pues, los sacramentos. Con qué profundidad tendríamos que vivir nuestra Eucaristía de cada día. En ella nos alimentamos de Cristo, que se nos da en el Palabra que se nos proclama, la Palabra que Cristo cada día quiere decirnos; y nos alimentamos en su Cuerpo y Sangre que comulgamos. Con qué devoción, fe, amor tenemos que vivir la Eucaristía. Qué oportunidad más hermosa tenemos. Qué regalo del Señor.
Y por supuesto, nuestra oración personal. Ese vivir en la presencia de Dios, escucharle allá en lo más hondo del corazón, entrar en ese hermoso diálogo de amor con El. Quienes no se tratan no podrán llegar a conocerse profundamente. Y eso nos pasa muchas veces en nuestra relación con el Señor. Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano. Con qué fe y con que amor hemos de saber venir al encuentro con el Señor. No nos puede faltar. Tiene que ser algo que sepamos vivir con toda intensidad. Cuántas cosas podríamos y tendríamos que decir. Que nazca ese deseo profundo en nuestro corazón y lleguemos a ese convencimiento serio y sincero que sin ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración no podremos llegar a vivir plenamente su vida.
 

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