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Wednesday, July 13, 2011

Una palabra de Jesús que es vida y siempre nos llena de vida


Ex. 3, 1-6.9-12;

Sal. 102;

Mt. 11, 28-30

El texto del evangelio, unido al que ayer proclamamos, no hace muchos días que se nos proclamó en la liturgia dominical y ya reflexionamos sobre él. Pero la riqueza de la Palabra de Dios hace que cada vez que nos acerquemos a ella, aunque sean los mismos textos los que proclamemos, siempre sea palabra de vida para nosotros y siempre podamos sentir lo que el Señor allá en lo hondo del corazón quiere trasmitirnos.

Nunca la Palabra que Dios nos dice es una repetición ni se agota en sí misma, sino que siempre es palabra de vida y que nos llena de nueva vida. Somos nosotros más bien los que la escuchamos con rutina y desgana y es por lo que tantas veces no sabemos encontrar la riqueza de gracia que siempre el Señor nos ofrece.

‘Venid a mí…’ nos dice el Señor. Y en el Señor siempre encontraremos paz, descanso, vida, gracia, salvación. Venid a mi, cansados y agobiados, confusos y desorientados, tantas veces fríos en nuestro corazón o desganados porque otras cosas nos han cautivado el corazón. Vayamos a Jesús, busquemos a Jesús, querramos encontrar en Jesús toda esa vida que nos ofrece. Vayamos a Jesús y encontraremos esa paz que necesitamos. Vayamos a Jesús con fe, con confianza, con deseos hondos de encontrarle para llenarnos de su vida.

Y es que muchas veces tan confundidos y desorientados estamos que no buscamos a Jesús porque creemos que ya lo hemos encontrado todo para nuestra vida en otras cosas. Y al final nos sentimos hastiados de esas cosas donde hemos apegado el corazón; al final estaremos tan confundidos que todo se nos pueda llenar de tinieblas. En ocasiones no queremos ir hasta Jesús porque nos puede parecer duro y exigente, y lo que nos dice se nos puede volver como pesada carga. Pero nos dice que no, que su ‘yugo es llevadero y su carga ligera’.

Nos da un poco de miedo esta palabra, yugo. Nos pudiera parecer pesada obligación que incluso nos coartara nuestra libertad. Y no es así que ya nos dice en otro lugar que quien cree en él y le sigue alcanza la libertad verdadera.

Esta expresión, yugo, era corriente en la literatura judía y equivalía a la obediencia fiel de la ley del Señor. En el discurrir de la vida del pueblo judío esa ley del Señor podía haberse convertido en carga pesada, porque a la ley del Señor le habían añadido tantas cosas que la convertía en algo farragoso llenos de leyes y prohibiciones. Era lo que pasaba con los fariseos en la época de Jesús con sus interpretaciones muy peculiares de la ley del Señor en que al final lo que era realmente más importante tenía el peligro de convertirse en secundario.

Pero Jesús nos dice que su yugo no es pesado; que esa obediencia de la fe que nosotros hemos de hacer será para nosotros ligera y llevadera. Jesús nos hará centrarnos en lo que verdaderamente es principal. Y el mandamiento del Señor es el cauce por donde ha de discurrir nuestra vida con la que le tributemos la mayor gloria a Dios, pero donde también nosotros alcancemos la verdadera felicidad.

‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Cargar con el yugo del Señor es entrar en el camino de la mansedumbre y de la humildad, porque es hacernos como El, de El tenemos que aprender. Y una vida llena de mansedumbre, una vida llena de amor es una dicha que nos hace pregustar la gloria del cielo.

Buscamos a Jesús, como decíamos antes, vamos hasta Jesús y queremos llenarnos de su vida. Vamos a Jesús y queremos parecernos a El porque queremos amar con un amor como el amor con que El nos ama. Vamos a Jesús y encontraremos alivio y paz, encontraremos descanso y dicha. Vamos a Jesús y encontraremos el verdadero camino de la verdadera felicidad.

Saturday, July 9, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Is. 55, 10-11;

Sal. 64;

Rm. 8, 18-23;

Mt. 13, 1-23

‘El que tenga oídos que oiga’ sentencia Jesús al terminar de decir la parábola. Una invitación a reflexionar, a pensar hondamente en el significado de lo que Jesús quiere decirnos. No nos podemos contentar con decir qué cosas más bonitas nos dice el Señor, qué bella es la parábola. Es cierto que es una página bien hermosa, pero de un contenido grande. Por eso ‘el que tenga oídos que oiga’, el que sea capaz de reflexionar, de escucharla allá en lo hondo del corazón, que lo haga. Es lo que queremos hacer.

‘Salió el sembrador a sembrar…’ comienza la parábola. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a El tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…

En el evangelio lo vemos como el pescador, como el pastor, como el maestro. Diversas imágenes que nos hablan de Jesús y de su misión. ‘Os haré pescadores de hombres’, que era hacerlos como era El. ‘Yo soy el Buen Pastor’, y nos dirá que cuida a las ovejas y las alimenta, y busca a las perdidas. Es el Señor y el Maestro, que así lo llaman sus discípulos. Hoy lo contemplamos como el sembrador que siembra la semilla de la Palabra de Dios y que quiere que dé fruto abundante. ‘Salió el sembrador a sembrar… y les habló mucho rato en parábolas…’

El sembrador echa la semilla en la tierra y espera pacientemente que dé fruto. La semilla aunque nos pueda parecer pequeña e insignificante es vida que nos fecunda de vida. Pero la semilla ha de enraizar bien en la tierra y la tierra tiene que ser buena y preparada para poder obtener toda su fecundidad. No puede ser tierra endurecida y pateada convertida en caminos endurecidos; no puede ser tierra árida llena de pedruscos o de malas hierbas. Tiene que ser tierra cuidada y cultivada para hacerla brotar y pueda llegar a dar fruto.

Como tantas veces reflexionamos cuando escuchamos esta parábola esa tierra somos nosotros. No podemos tener embotado el corazón ni endurecido el oído. Ya Jesús se queja recordando las palabras del profeta. ‘Está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos…’ Hemos de saber abrir los ojos y los oídos del corazón para poder acoger esa semilla, para poder sintonizar con ese mensaje divino, con esa Palabra de Dios que llega a nosotros.

El agricultor que prepara la tierra para la siembra lo hace con todo cuidado. Hemos visto todos como se labra la tierra, como se quitan las malas hierbas, se limpia de pedruscos y de abrojos, se abona y se refresca cuidadosamente para que cuando caiga la semilla encuentre la humedad adecuada, los abonos pertinentes y la tierra bien preparada para que pueda germinar, brotar, crecer y llegar a dar fruto.

Ojalá escuchemos que Jesús nos dirige a nosotros estas palabras: ‘¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!’ Con cuánto cuidado hemos de disponer nuestro corazón y nuestra vida para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cómo hemos de predisponer nuestro espíritu para recibirla porque es un tesoro precioso, el más precioso, que bien merece la pena dejarlo todo para acogerla en nuestro corazón.

Y una forma hermosa sería prepararnos invocando al Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría y de conocimiento de Dios para que nos ilumine. Creo que siempre la escucha de la Palabra de Dios hemos de hacerlo en espíritu orante. Es el Señor que nos habla, que quiere entrar en diálogo de amor con nuestro corazón. Importante, pues, esa actitud orante, de oración, porque también nos pide una respuesta. Y permítanme decir que espiritu orante no es estar rezando padrenuestros o avemarías mientras escuchamos la Palabra, sino espíritu y corazón abierto a Dios para escucharle. Es la tierra preparada.

Cuántos ruidos de la vida tenemos que evitar para poder escucharla debidamente en nuestro corazón; cuánto silencio hemos de hacer en nuestra alma. Es el silencio externo ya sea en nuestra lectura personal ya sea en nuestras celebraciones, y el el silencio del corazón. ¡Qué lástima cuando en nuestras celebraciones mientras se proclama la Palabra de Dios se están haciendo cosas o hay gente que se está moviendo y dando vueltas por el templo, o alguie está más preocupado por las cosas que haya que preparar para el resto de la celebración!

Quitar los abrojos o los pedruscos que nos dice la parábola para que sea tierra limpia y buena. La semilla cae en tierra y hay que darle su tiempo para que germine y pueda surgir la planta que luego dé fruto. Pero si en ese crecimiento interior choca, podríamos decir, con nuestras maldades, nuestros vicios y rutinas, todo eso ahogará esa Palabra plantada en nuestro corazón. ‘El maligno roba lo sembrado en el corazón’ que decía Jesús. Una actitud y un deseo de purificación interior tendríamos que tener, y eso con la ayuda de la gracia del Señor que pedimos también en nuestra oración.

Fortalecernos en el Señor para ser constantes y perseverar en ese cultivo de la semilla de la Palabra de Dios en nuestro espíritu. ‘La acepta con alegría… pero no tiene raíces, es inconstante, que nos dice Jesús en la explicación, y en cuanto viene la dificultad o la persecusión, la tentación, sucumbe…’

‘El que tenga oídos para oír que oiga’, nos decía Jesús. Hemos de masticar muy bien este alimento de la Palabra que escuchamos para que sea en verdad alimento de nuestra vida. Jesús no sólo nos ha proclamado la parábola sino que también nos la ha explicado; nos ha dicho cómo tenemos que aplicárnosla a nosotros, pero también nos da pautas para ser esa tierra buena, para preparar nuestro corazón a esa semilla que se planta cada día en nuestra vida.

Y también tenemos que ayudarnos los unos a los otros en ese acogida a la Palabra para dar fruto. Que nunca seamos obstáculo para los demás. Es más, tenemos que ser sembradores también de esa semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo. Como Jesús llamaba a Pedro y a los demás discípulos para que también fueran pesacadores de hombres y sembradores del Reino, a nosotros también nos confía esa misión y esa tarea.

Desde nuestra forma de acogerla y escucharla podemos ser testimonio y estímulo para los que nos rodean. Que vean que en verdad es importante la Palabra de Dios para nosotros por nuestra forma de escucharla, acogerla y plantarla en nuestra vida. Todo es contribuir para la gloria del Señor. Y damos en verdad gloria a Dios si logramos que otros muchos escuchen el anuncio de la Palabra y se dispongan también a plantarla en su vida. Una hermosa tarea que tenemos por delante.

‘La semilla cayó en tierra buena y dio fruto’.

Wednesday, June 22, 2011

Seguros y bien cimentados en nuestra fe


Gén. 16, 1-12.15-16;

Sal. 105;

Mt. 7, 21-29

La imagen que nos propone Jesús de la casa edificada sobre arena o sobre roca es muy rica en significado. Seguro que nadie concientemente quisiera edificar sobre arena sino que buscaría unos cimientos bien sólidos para su construcción.

Y eso en todos los ámbitos de la vida, porque no se trata únicamente de la construcción de un edificio material, sino de cosas más hondas como puede ser la propia vida con sus principios o el sentido que le hayamos querido dar y por supuesto en el ámbito de la fe y de la vida cristiana. Tendría que hacerrnos pensar mucho. Porque bien zarandeados nos vemos por muchos embates de la vida y por muchos problemas de los que no sabemos a veces cómo salir o cómo resolver.

¿Por qué a veces nos sentimos inseguros en nuestra fe y ante el menor problemilla que nos aparezca en la vida de lo que quizá menos echamos manos sea precisamente de esa fe que decimos que tenemos? Cuantos primero se manifestaban muy religiosos con participación en muchas manifestaciones religiosas, pero de la noche a la mañana abandonaron la práctica religiosa, se tambaleó su fe y terminaron muchas veces en la indiferencia o el ateismo incluso.

No nos vale creernos que nos lo sabemos todo, sino que es necesario darle mayor profundidad, hondura y compromiso a esa fe en nuestra vida. Hemos de reconocer que algunas veces en este orden somos demasiado orgullosos y rehusamos el que nos puedan enseñar, el que nos puedan iluminar mejor esa fe que tenemos. Cuántas veces decimos a mi edad qué es lo que ya me van a enseñar.

Jesús nos está diciendo que necesitamos poner sólidos cimientos a nuestra fe. Nos lo dice claramente que no vale decir solamente ‘Señor, Señor’, sino que es necesario algo más. No nos vale decir si yo creo como el que más y hago esto y lo de más allá, sino que es necesario darle un fundamento grande a esa fe, desde la escucha de la Palabra del Señor, pero una escucha que sea en verdad plantarla en nuestra vida poniendo en práctica lo que nos dice o enseña el Señor.

Jesús nos ha hablado claramente. ‘No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Y luego nos dirá de forma muy concreta: ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece al hombre prudente que edificó su casa sobre roca… el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena…’ Vendrán las lluvias y los temporales, pero la edificado sobre roca no se hundirá porque está bien cimentada, pero el que ha edificado sobre arena verá cómo todo se derrumba. Son claras las palabras de Jesús.

Tengamos verdaderos deseos de crecer más y más en nuestra fe; aprovechemos cuanto llega a nuestra mano para formarnos debidamente en todo lo que es nuestra fe, alejando de nosotros esos orgullos tontos, como decíamos antes, de qué es lo que vamos a aprender a nuestros años. Esta oportunidad que tenemos aquí cada día de escuchar la Palabra del Señor y reflexionar sobre ella es una gracia del Señor que tenemos que hacer fructificar en nuestra vida. Y si en determinados momentos algo más se nos ofrece en este sentido tendríamos que saberlo aprovechar.

Reconocemos cuánto cuesta en nuestras parroquias que la gente tenga esos verdaderos deseos de formarse debidamente en la fe cristiana para poder llegar a un verdadero compromiso. Mucho le cuesta a los párrocos que los mayores, los adultos asistan a reuniones de formación, a catequesis para adultos para formarse debidamente en su fe. El que esto escribe ha sido párroco muchos años y tiene experiencia en este sentido; hoy mi labor pastoral es acompañar a unas religiosas y a varios centros de ancianos que llevan estas religiosas, además de un grupo de discapacitados cristianos. Pero a través de este medio de internet quiere llegar a mucha gente - gracias a tantos que siguen este blog diariamente - y quisiera en todos despertar esta inquietud por la formación en la fe.

Gozo de un sacerdote es cuando surgen esos pequeños grupos con esos deseos y ver cómo luego van creciendo en animación, en compromiso en su fe a través de tantas cosas que dan vitalidad grande a nuestra parroquias, a nuestra iglesia. Un consuelo que nos da el Señor a los sacerdotes es ver cómo con el paso de los años aquellas personas con las que se trabajó fuertemente en ese sentido siguen comprometidas frente quizá muchas dificultades y que son el alma de muchas parroquias o movimientos. Un poco desde la distancia al no estar en parroquias veo el fruto en muchas personas comprometidas que un dia sintieron la llamada del Señor para una mayor formación y viven un compromiso muy grande en sus comunidades. Es un gozo y una satisfacción para mi y doy gracias al Señor por ello.

Recemos fuertemente al Señor para que mueva nuestro corazón en esos deseos y para que sean muchos también los que sientan esa llamada para sentirse firmes así en su fe.

Tuesday, May 24, 2011

Así seréis discípulos míos


Hechos, 15, 1-6;

Sal. 121;

Jn. 15, 1-8

‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. La gloria de Dios, fruto abundante, ser discípulos de Jesús. Queremos ser discípulos de Jesús, seguirle; queremos en verdad dar gloria a Dios, pero ¿damos frutos y frutos abundantes?

Nos propone una hermosa alegoría, que tantas veces habremos meditado. La vid y los sarmientos, nosotros, Jesús y el Padre. La imagen de la viña aparece en los profetas y Jesús mismo la empleará en sus parábolas. Con esa imagen de la viña, como tantas veces hemos meditado, nos muestra lo que es el amor de Dios por su pueblo; un pueblo, nosotros, que ha de dar fruto, pero que no siempre lo damos.

Hoy nos dice Jesús que El es la vid y nosotros los sarmientos; el Padre es el labrador. Pero será necesario que los sarmientos estén unidos a la cepa, a la vid; desgajados o arrancados para nada sirven; enfermos.inútiles o llenos de ramajes infructuosos de nada nos valen. Por eso nos habla de unión y de limpieza o purificación.

‘A todo sarmiento que no da fruto lo arranca; y al que da fruto lo poda, para que dé más fruto’. Confía Jesús que nosotros estemos limpios o seamos sarmientos fructuosos. El nos ha alimentado con su Palabra y esa Palabra tendría que llenarnos de vida y mantenernos purificados. Pero seamos humildes y reconozcamos que necesitamos una poda en nosotros por tantas cosas, tantos ramajes que dejamos apegar a nuestra vida que necesita purificación. Es la poda y la purificación de nuestros pecados y de todo aquello que nos pueda llevar o inducirnos al mal.

Necesitamos permanecer unidos a Jesús. ‘El sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí’. Y nosotros tantas veces queremos actuar por nuestra cuenta. Nos lo sabemos todo. Nos creemos que nos bastamos con nuestras propias fuerzas. ¿Quién me va a enseñar a mí?, pensamos tantas veces. Yo sé lo que tengo que hacer y no necesito que nadie me esté diciendo nada. Repito, seamos humildes y reconozcamos que necesitamos estar unidos a Jesús para recibir la savia de su gracia.

‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada…’ nos dice Jesús tajantemente.

¿Cómo vivimos esa unión con Jesús? ¿Cómo llega su gracia a nosotros? Dios en su sabiduría infinita y en su poder puede hacernos llegar su gracia de mil maneras por decirlo de alguna forma. Pero tenemos unos medios claros y certeros: la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos. Un cristiano sin la Palabra, sin oración y sin la gracia de los sacramentos será un cristiano sin vida, sin fruto.

Mucho podríamos y tendríamos que decir en este sentido. La importancia de la escucha de la Palabra que nos ilumina, que nos revela a Dios, que nos hace ver el camino, que nos alimenta. Con qué atención, con qué amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón.

La oración que nos hace encontrarnos con Dios, con su Misterio, con su Palabra; la oración que nos une a Dios y nos hace vivir profunda e íntimamente unidos a El; la oración en la que nos sumergimos en Dios, y en la que dejamos que Dios en su inmensidad también nos llene y nos inunde. La oración que nos hace escuchar a Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos, nos señala caminos, nos corrige en nuestras desviaciones y errores, nos hace mirar la cruda realidad de nuestra vida. La oración en la que le hablamos, suplicamos, pedimos, le invocamos, le damos gracias o cantamos su alabanza y también le pedimos perdón; cuántas cosas podemos decirle a Dios.

Finalmente los sacramentos, cauces de la gracia de Dios; participación en el misterio de Cristo, fortaleza y alimento de nuestra vida en el caminar de cada día, presencia salvadora de Cristo en nosotros y con nosotros. Mucho tendríamos que decir de cómo nos unimos a Cristo en todos y cada uno de los sacramentos en su momento o en la situación que cada uno vivamos.

‘El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante y con esto recibe gloria mi Padre… y seréis discípulos míos’.

Wednesday, March 30, 2011

No endurezcáis el corazón


Jer. 7, 23-28;

Sal. 94;

Lc. 11, 14-23

‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Así hemos rezado y repetido en el salmo. Una llamada del Señor y un deseo por nuestra parte. Queremos escuchar la voz del Señor, aunque algunas veces nos cuesta, nos distraemos con otras voces, o cerramos nuestros oídos.

El salmo nos recuerda aquellos momentos difíciles del pueblo peregrino por el desierto. Les costaba hacer el camino y se rebelaban contra el Señor. No tenían agua para calmar su sed, aunque el Señor por medio de Moisés haría saltar agua de la roca. Lo recordamos el pasado domingo. ‘No endurezcáis vuestro corazón como en Masá y Meribá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras…’

Ante nuestros ojos tenemos tantas obras maravillosas que hace el Señor; desde la propia naturaleza con todas sus bellezas que nos puede hablar de la belleza y del poder del Señor; o en tantas otras obras donde sentimos la presencia del Señor que nos guía, que está a nuestro lado, que nos cuida, nos previene de males o nos da fuerzas para el caminar de nuestra vida. Seguro que cada uno de nosotros tiene experiencias de este tipo en su vida. Pero muchas veces cerramos los ojos. No somos capaces o no queremos contemplar las maravillas del Señor cuando tendríamos que irlas contando continuamente a todos los que nos rodean.

En la lectura del profeta está la palabra dolorida del Señor. ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien. Pero no escucharon ni prestaron oido, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado…’ Y les recuerda como les ha enviado profetas que no han escuchado, sino que más bien endurecieron su corazón.

En este mismo sentido es el rechazo de Jesús que vemos en el evangelio de tal manera que atribuyen el poder de Jesús a las obras del maligno. Veían las obras de Jesús, sus milagros, su vida, su palabra y no eran capaces de reconocer las obras de Dios. ‘Si yo echo los demonios con el Dedo (el poder) de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, les dice Jesús.

La palabra de Dios que vamos escuchando cada día es esa llamada que nos va haciendo el Señor una y otra vez. Una palabra que nos tiene que hacer mirar a nosotros mismos, mirar nuestro corazón, mirar la respuesta que le estamos dando al Señor. Muchas cosas tenemos que examinar, porque muchas veces se nos cierra el corazón, se nos endurece, o nos hacemos oídos sordos a la llamada del Señor.

Llamada del Señor que nos llega de muchas manera; nos llega en la voz de la Iglesia, en sus pastores y en la predicación que escuchamos; llamada del Señor que nos llega en este tiempo con la liturgia que nos ayuda con todas sus celebraciones a prepararnos para la pascua; llamada del Señor que nos llega también a través de muchas señales que podemos ver a nuestro alrededor en personas, en acontecimientos, en hechos quizá muchas veces sencillos pero que son una voz del Señor que quiere llegar a nuestro corazón.

También en ocasiones, como decíamos antes, hay tantas cosas que nos distraen con sus ruidos que nos impiden escuchar la voz y la llamada del Señor. O, como decía el profeta, preferimos caminar por nuestros caminos según nuestras ideas. Con sinceridad tenemos que acercarnos al Señor reconociendo nuestros caminos errados tantas veces, pero acogiéndonos una y otra vez a la misericordia del Señor.

Ojalá escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, sino que abramos nuestra vida a la gracia.

Tuesday, March 29, 2011

La ley del Señor es sabiduría que nos conduce a la vida y a la plenitud


Deut. 4, 1.5-9;

Sal. 147;

Mt. 5, 17-19

Vida, sabiduría, prudencia, presencia de Dios, plenitud son las palabras que destacaría y subrayaría en el mensaje de la Palabra proclamada hoy.

‘Escucha los mandatos y decretos que yo te enseño a cumplir, así viviréis…’ les dice el Señor por medio de Moisés a su pueblo elegido. Cumplir la voluntad del Señor es alcanzar la vida. Algunos podrían pensar que estar sometidos a leyes y mandatos no es tener vida, porque esos mandatos restringen y no podemos vivir como queremos. Pero olvidamos que los mandatos del Señor no nos restringuen ni coaccionan, sino todo lo contrario, son como el cauce por el que dejándonos conducir por ellos nos ayudan precisamente a una mayor dicha y felicidad, pero esa dicha y felicidad será para todos.

‘Guardadlos y cumplidlos, nos sigue diciendo el Deuteronomio, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos que dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente esta gran nación…’ Sabiduría es algo más que tener conocimiento de cosas; es sabio no solo el que pueda tener muchos conocimientos, sino el que tiene el saber de la vida; el que desde la hondura de todo lo que ha vivido va encontrando un sentido hondo y profundo a las cosas. En el mandamiento del Señor tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia, porque nos ayuda a comprender ese sentido de la vida y nos da esa prudencia para saber actuar en cada momento buscando siempre lo mejor.

Pero en el mandamiento del Señor se nos manifiesta algo más, la cercanía y la presencia de Dios. El Dios que nos ama y que nos cuida; el Dios que nos señala caminos que nos llevan a la dicha y a la felicidad; el Dios que se hace presente junto a su pueblo en su caminar. ‘Es un pueblo sabio y prudente esta nación, porque ¿cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuáles de todas las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy os voy a promulgar?’

Jesús nos viene a completar este pensamiento que vamos desarrollando con el libro del Deuteronomio. Jesús viene a dar plenitud a toda esa ley del Señor. El es la plenitud y la vida. El es nuestra Sabiduría y la presencia de Dios en medio nuestro. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Por eso Jesús nos lo centrará todo en el amor. Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos forman parte del sermón de la montaña, y bien sabemos cómo Jesús al proclamarnos lo que sería como el centro de su mensaje nos habla de la sublimidad con que hemos de vivir el amor. En él encontraremos esa plenitud. Y en el cumplimiento de la ley del Señor, de lo que es su voluntad encontraremos nuestra grandeza. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’, termina diciendonos hoy Jesús.

En este camino que día a día vamos haciendo en nuestra cuaresma hoy la liturgia en la Palabra proclamada nos ofrece esta reflexión sobre cómo hemos de acoger la ley del Señor. Como hemos ido subrayando, la ley del Señor es nuestra vida y nuestra sabiduría, nuestra prudencia y nuestra plenitud. Conocer y meditar la ley del Señor nos hace sentirle más cercano a nosotros y nos impulsa a ir dando nuestra respuesta de amor.

Nos hace falta esa profundización en lo que es la voluntad del Señor. Que ha de empezar para muchos por el conocimiento de los mandamientos que tendríamos que repasar en el catecismo. La gente suele decir muchas veces ‘yo no mato ni robo, luego yo no tengo pecados’; pero tendríamos que preguntarnos ¿y cuántos son los mandamientos? Falta muchas veces en nuestros cristianos una buena formación catequética y una buena formación cristiana, para ahondar de verdad en esa sabiduría de Dios que encontramos en su palabra. Ojalá surgiera esa inquietud en nuestro corazón en esta cuaresma.

Wednesday, March 23, 2011

Hundamos las raíces de nuestra vida en la acequia de gracia de la Palabra de Dios


Jer. 17, 5-10;

Sal. 1;

Lc. 16, 19-31

¿En qué o en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza? ¿seremos como árbol plantado al borde de la acequia que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas, o seremos como cardo en la estepa que habita en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita?

¿En quién ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza?, volvemos a preguntarnos. ¿Sólo confiamos en nosotros mismos, en nuestras fuerzas o nuestras capacidades, nuestro saber o nuestro poder humano, nuestras riquezas o nuestras posesiones materiales, o por encima de todo eso ponemos nuestra confianza en el Señor?

Es lo que nos plantea el profeta, con lo que hemos orado en el salmo, y lo que nos quiere hacer reflexionar Jesús en el Evangelio. En el fondo de todo esto está un sentido de la vida y descubrir el valor que han de tener las cosas para nosotros. Es en cierto modo si vivimos solo para nosotros mismos o consideramos que la vida más hermosa es cuando nos abrimos a Dios y nos abrimos a los demás, o sea, entramos en una relación de verdadero amor.

La parábola del evangelio la hemos reflexionado muchas veces. Al escucharla seguramente siempre sentimos repugnancia para la actitud de aquel hombre rico que no pensaba sino en sí mismo y no tenía ojos para ver más allá de lo que fueran sus intereses o deseos de pasarlo bien. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día’. Tan encerrado en sí mismo estaba que no caía en la cuenta de quien estaba a su puerta en la mayor de las miserias ‘cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’. Era como un hombre invisible que los ojos egoístas no son capaces de ver.

Esto que venimos comentando hasta aquí ya podría darnos para muchas reflexiones y para muchas preguntas en nuestro interior. No vestiremos de púrpura ni banquetearemos cada día, pero podría sucedernos que sin embargo viviéramos tan encerrados en nosotros mismos, en lo bueno o en lo malo que tengamos o nos pueda pasar, que no tengamos ojos para ver lo que hay a nuestro alrededor. No vemos quizá ni las cosas bellas que Dios pone a nuestro lado en corazones buenos que se dan y se desgastan por los demás, o no vemos el sufrimiento, la soledad o las angustias por las que quizá muchos puedan estar pasando y pensamos que nuestro sufrimiento es el peor.

Pero la parábola quiere decirnos muchas cosas más. No podremos en la brevedad de esta reflexión abarcarlas todas. Nos habla de la muerte y de la vida futura; nos habla del premio por lo bueno o por la confianza que hayamos puesto en Dios, o del vernos alejados de Dios para siempre como consecuencia de una vida donde habíamos prescindido de Dios porque quizá nos hicimos dioses de nosotros mismos. Es la suerte del pobre en el seno de Abrahán y del rico en la hondura del abismo en su castigo.

Brevemente destaquemos otras cosas. ‘Te ruego, le dice el rico, que mandes a Lázaro a casa de mi padre porque tengo cinco hermanos, para que con su testimonio evites que vengan a este lugar de tormento’. Y ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan a Moisés y los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.

Tenemos la Palabra del Señor como una llamada constante a nuestra vida invitándonos a la conversión, como ahora en este tiempo con mayor intensidad estamos escuchando. Sin embargo, parece que los hombres le diéramos más importancia a milagros o cosas extraordinarias – parece que es lo que estamos esperando siempre – que a la Palabra que Dios nos dirige cada día. Escuchemos la Palabra del Señor, y a la luz de esa Palabra del Señor seamos capaces de leer nuestra vida con una nueva visión, para que nos sintamos invitados a la conversión y al amor.

Esa acequia – empleemos la imagen del salmo – de la Palabra de Dios riega continuamente nuestra vida. hundamos nuestras raíces en ella para que en verdad lleguemos a dar frutos de vida eterna.

Tuesday, March 15, 2011

Pregona allí el pregón que te diré para que se conviertan de su imperfecta vida


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 50;

Lc. 11, 29-32

Suena de nuevo en nuestro camino cuaresmal la palabra conversión. El profeta es enviado a Nínive, aunque bien le costó aceptar aquella misión de la que en principio quería huir embarcándose en camino contrario. Pero Dios le había confiado una misión que tenía que cumplir y aunque los caminos fueran tortuosos al final terminó aceptando y cumpliendo aquella misión. Conocemos por otros momentos lo de la tormenta en el mar, lo del cetáceo que se lo tragó y demás cosas.

‘Vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive, la gran capital y pregona allí el pregón que te diré’. Y Jonás hizo como le había dicho el Señor. ‘Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando lo que el Señor le decía: Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada’.

Es admirable la prontitud con que la ciudad entera acogió la llamada del profeta. Todos se visten de penitencia convirtiéndose al Señor de su mala vida y de las maldades cometidas. Y el Señor vio el arrepentimiento del pueblo y para ellos hubo perdón.

Nosotros también escuchamos esa invitación al arrepentimiento y a la conversión que el Señor nos va haciendo en la Palabra que la Iglesia nos proclama cada día. De forma concreta iremos escuchando cada día lo que la Palabra nos va señalando de las cosas que tenemos que ir transformando, cambiando en nuestra vida.

La Cuaresma va siendo ese momento de reflexión, de examen, de mirarnos la vida, pero de mirar la gran bondad del Señor que nos acompaña con su gracia. En nosotros está ahora la respuesta que tenemos que ir dando en esa purificación de nosotros mismos, en esa renovación de la vida, en esa conversión sincera al Señor.

Jesús se queja hoy, en el evangelio que hemos escuchado, de aquella generación porque una y otra vez piden signos y señales, pero tienen los ojos cegados y no terminan de descubrir todo lo que les está ofreciendo. ‘Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’. A la hora del juicio se levantará la reina del Sur que vino a escuchar la sabiduría de Salomón, se levantarán los ninivitas que escucharon las palabras del profeta y se convertirán en acusación. Allí está quien es más que Salomón con toda su sabiduría, porque allí esta la Palabra viva de Dios; allí está alguien que es más que Jonás que solo era un profeta, porque está el Hijo de Dios con su salvación.

¿Qué dirá el Señor de la respuesta que ahora nosotros damos? ¿Estaremos también cegados o aplomados en nuestras rutinas de siempre pensando que ya somos buenos y que de nada tenemos que convertirnos? Muchas veces nos cegamos. Yo no tengo pecados, decimos tantas veces. Nos falta inquietud en nuestro corazón para crecer cada día más como personas y como cristianos. Nos falta finura espiritual para ir purificándonos más y más de esas cosas que nos pueden parecer pequeñas e insignificantes pero que tanta rémora pueden ser en nuestra vida para ese crecimiento espiritual.

Saben ustedes que los cascos de los barcos hay que estar haciéndoles continuamente un mantenimiento no solo pintándolos para evitar la corrosión en el contacto contínuo con el agua, sino además para limpiarlos de muchas cosas, algunas pueden parecer pequeñas, rémoras que se van adhiriendo a su superficie y que les impedirán el que puedan deslizarse con fluidez en medio de las aguas.

Así en nuestra vida. Necesitamos quitar esas pequeñas cosas que también nos impiden realizar con toda prontitud y fluidez en esa carrera espiritual de nuestra vida. Esa purificación nos hará crecer espiritualmente; esa purificación nos conducirá a esa vida santa a la que estamos llamados arrancándonos de esas imperfecciones en nuestros gestos, en nuestras actitudes, en las cosas que hacemos, decimos o pensamos, que tanto nos limitarían.

Escuchemos sin miedo esa invitación a la conversión, a la purificación, al crecimiento espiritual, en una palabra, a la santidad.

Monday, March 14, 2011

Palabra y oración, regalo de Dios


Is. 55, 10-11;

Sal. 33;

Mt. 6, 7-15

Palabra y oración. Regalo de Dios. ¿No es un regalo de Dios que podamos escuchar su Palabra? ¿No es un regalo que podamos dirigirnos a El con la confianza de los hijos y gozarnos de su presencia y de su amor?

Quizá podría parecer que no sea necesario decir más. Nuestras palabras se quedan cortas ante la inmensidad de su Palabra. Y Dios nos la regala. Dios se acerca a nosotros y quiere hablarnos. Y su Palabra será siempre una palabra de amor y de vida. Una palabra de amor porque siempre nos está manifestando todo lo que es el amor de Dios. Una palabra de vida porque es siempre lo que produce en nosotros.

Nos lo decía el profeta. Una palabra que penetra en nosotros y nos transforma. Una palabra que llega a nosotros y nos llena de vida. El profeta nos habla en imágenes que son muy ricas de contenido en su sencillez. Como una lluvia que nos empapa; como una lluvia que hace fecunda la tierra y de ella brotan plantas nuevas llenas de vida y prometedoras de hermosas flores y ricos frutos.

‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así mi palabra que sale de mi boca…’

Pero tiene que ser lluvia que dejemos que nos empapa, semilla que plantemos en nuestro corazón, planta que cultivemos con esmero. Es la acogida que en nuestro corazón y nuestra vida tenemos que hacer de la Palabra. La escuchamos, la acogemos en nuestro corazón convertido en tierra buena, la reflexionamos y la rumiamos masticándola una y otra vez en nuestro corazón para sacarle todo su jugo, para enriquecernos con toda su vida, para dejarnos transformar por la salvación que nos ofrece.

Y esa palabra que escuchamos nos lleva al otro regalo de Dios que es la oración. Bueno, tendríamos que decir que ya es oración esa escucha de la Palabra, porque es escuchar a Dios, es entrar en diálogo con Dios. Y es así como tiene que ser nuestra oración. Jesús nos dice cómo no debemos hacer y nos da como una plantilla de aquello que hemos de tener en cuenta siempre que nos acercamos a Dios.

Nos dice que no andemos ‘con muchas palabras como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’, pero nos da pautas de la sencillez y el amor con que hemos de acercanos a Dios para disfrutar de su amor de Padre, para gozarnos en su presencia y así surja de toda nuestra vida la mejor alabanza, para sentirnos comprometidos con El, en su obra, en su reino, en su amor, en ese mundo nuevo, de nuevas relaciones que tenemos que aprender a hacer.

Por ahí tenemos que empezar siempre, disfrutando y gozándonos en lo más hondo del corazón de poder llamar a Dios Padre. El nos llama hijos, nos ha hecho hijos. Cuando Jesús sintió en el Jordán la voz de Dios que le llamaba Hijo – ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’ – se marchó al desierto para durante cuarenta días seguir escuchando en su corazón y saboreandoi en el alma esa dulce voz de Dios, que era su Padre. Y nosotros lo decimos tan rápido que la miel pasa por nuestros labios y no terminamos de cogerle su sabor.

Es un regalo de Dios que así podamos dirigirnos a El, y alabarle, y buscar su voluntad, y querer realizar su Reino. ‘Santificado sea tu nombre’, le decimos. Nunca el nombre de Dios en nuestros labios para tomarlo en vano, pero la rapidez y la incosciencia con que lo mencionamos no podría asemejarse a eso. Seamos conscientes de cada palabra. Si no lo decimos sino una sola vez porque el gozo que sentimos en el alma nos hace pregustar ya la gloria y felicidad del cielo, es que lo estamos diciendo bien. Cuando saboreamos nuestro encuentro con el Señor en la oración no se nos hace una eternidad de cansancio el tiempo de oración, sino que nuestro tiempo lo convertimos en eternidad de dicha y felicidad de la que no querríamos salir nunca.

Disfrutemos de esos dos regalos de Dios: Palabra y oración. No es necesario que digamos nada más.

Thursday, March 10, 2011

Unas obras piadosas, un ayuno empapado de amor y de misericordia


Is. 58, 1-9;

Sal. 50;

Mt. 9, 14-15

El tiempo de cuaresma es un momento propicio para que intensifiquemos todas nuestras prácticas piadosas en un deseo de acercarnos al Señor y sentir su gracia y su misericordia sobre nosotros. Surgen actos piadosos que ya son tradicionales en estas fechas, al tiempo que de mano de la Iglesia tratamos de hacer más intensa nuestra oración o nuestra escucha de la Palabra del Señor. Son momento y ocasión para ofrecer sacrificios y penitencias al Señor como los tradicionales del ayuno y la abstinencia que intentamos practicar más asiduamente en estos días. Oración, ayuno y limosna son como los tres actos especiales que se nos proponen en este tiempo de manera especial.

Pero la Palabra del Señor que se nos va ofreciendo en la liturgia de estos días, ya desde el principio de la Cuaresma, trata de iluminarnos para que a todo eso que queremos hacer le demos toda su profundidad y sentido. Tenemos el peligro y la tentación de hacer las cosas así porque sí, de una forma ritual pero que se puede convertir en rutinaria haciéndole perder su verdadero sentido.

Es en lo que quiere iluminarnos hoy de manera especial la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. La palabra del profeta tiene, por así decirlo, un sentido de denuncia de aquello que el pueblo no está haciendo con la verdadera profundidad y sentido. ‘Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta…’ dice el Señor, ‘denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados…’

Son gente aparentemente piadosa, pero hay algo que está fallando. Rezos, oraciones, ayunos, mortificaciones, pero al mismo tiempo su vida sigue llena de pecado. No se han convertido de verdad al Señor. ¿Cuál es el ayuno que agrada al Señor? El que va unido a una vida de conversión al Señor alejándose y arrepintiéndose de todo pecado, pero que también nace de un corazón justo y lleno de misericordia con los demás.

Es lo que el Señor le denuncia a aquel pueblo. ‘Mirad, ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad… buscáis vuestros intereses y apremiáis a vuestros servidores… ¿es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?’

¿Nos estará queriendo decir algo el Señor a nosotros? ¿Qué nos estará pidiendo? Sencillamente con lo que estábamos diciendo que practicamos ahora de manera especial en este tiempo cuaresmal, que nuestras prácticas piadosas, nuestros sacrificios o nuestras penitencias, nuestros rezos y oraciones y todo el culto que queremos darle al Señor sea siempre algo puro que nazca de un corazón lleno de amor y de misericordia.

Seamos misericordiosos, compasivos, serviciales con los que nos rodean; vivamos en un auténtico espíritu de comunión y amor sabiendo aceptarnos y perdonarnos, evitando todo lo que pueda dañar o herir al hermano, al que está a nuestro lado, desterremos de nuestros labios palabras hirientes o insultantes, no haya nunca en nosotros actitudes despectivas o descalificadoras hacia los demás. Así nuestra vida será agradable al Señor. Será ese el verdadero sacrificio, la más santa ofrenda que desde el amor podamos hacer al Señor.

Poner esas actitudes en nuestro corazón, y realizando todos esos actos de amor manifestarán lo que es nuestra verdadera conversión al Señor. Estaremos haciendo lo que agrada al Señor: llenar nuestra vida de amor. ‘El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne…’ Todo esto se traduce en aquellas actitudes de amor, de acogida, de comprensión, de misericordia y comunión de las que hablábamos antes.

No olvidemos que de eso es de lo que nos van a examinar en el atardecer de la vida. Recordemos lo que nos dice Jesús que va a ser el Juicio Final.

Tuesday, March 8, 2011

La cuaresma, camino de purificación en el espíritu nos lleva a la Santa Pascua

Joel, 2, 12-18;

Sal. 50;

2Cor. 3, 20-6, 2;

Mt. 6, 1-6.16-18

Hoy es miércoles de ceniza. No descubro nada nuevo. Iniciamos la cuaresma, cuarenta días que nos conducen a la celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Decir miércoles de ceniza nos recuerda un rito, el de la imposición de la ceniza, y otros muchos signos externos nos están diciendo que comenzamos un tiempo litúrgico nuevo: el color de los ornamentos litúrgicos, la ausencia de ornamentación floral en torno al altar, la ausencia del aleluya o el himno del gloria en la celebración litúrgica... Pero, ¿sólo eso nos hará la Cuaresma?

Nos conviene detenernos un momento y hacernos una reflexión que nos ayude a comprender mejor su sentido y nos impulse a vivir este tiempo de gracia. Ya nos lo ha dicho la Palabra de Dios proclamada. ‘Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’, que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Pero también el profeta nos ha convocado al sonido de la trompeta para que nos congreguemos en este tiempo y escuchemos la invitación que de parte del Señor nos hace a la conversión.

Quiero centrarme en esta reflexión en el mensaje del papa Benedicto XVI para esta Cuaresma que nos ha recordado: ‘La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante… que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma)’.

Intensificamos, sí, ese camino de purificación y lo hacemos recordando nuestro Bautismo. Es algo que a través de todo el camino cuaresmal iremos recordando porque en cierto modo la cuaresma viene a ser como una gran catequesis bautismal. ‘Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva’, nos dice el Papa en su mensaje. ‘El Bautismo, por tanto, es el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo’.

Por eso nos dirá a continuación: ‘Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia’.

Vamos, pues, a tener muy presente el Bautismo a través de todo este tiempo cuaresmal y así podremos llegar a la noche de la Vigilia Pascual bien preparados para hacer la renovación de nuestro bautismo, de nuestras promesas bautismales. La Palabra del Señor nos irá guiando día a día en nuestra celebración. Sobre ella reflexionaremos para irla plantando de verdad en nuestro corazón.

Pero yo diría que no se puede quedar ahí la escucha de la Palabra, sino que tendríamos que saber sacar otros momentos del día para volver a encontrarnos con ella, para que nos sirva para intensificar nuestra oración personal en un encuentro vivo con el Señor. Que sepamos tener a mano la Biblia, el Evangelio para esos momentos de lectura y reflexión personal. Sería un buen propósito que nos hiciéramos en este primer día de Cuaresma el procurarnos esa Biblia o esos Evangelios para nuestra lectura y meditación.

Nos hablaba el Papa de ese camino de purificación en el espíritu. Desde esa reflexión orante que vamos haciendo de la Palabra del Señor iremos descubriendo de todo aquello de lo que tenemos que arrancarnos para alejar de nosotros el pecado para siempre. Nos exigirá esfuerzo y dominio de nosotros mismos con la gracia del Señor. Por eso seremos capaces de ofrecerle ese sacrificio del corazón, esos sacrificios en renuncias a cosas buenas incluso para así sentir mejor la fuerza de la gracia del Señor que nos ayude en esa purificación.

Cuando hablamos de cuaresma solemos hablar de sacrificios, de ayunos, de abstinencias, de compartir lo que tenemos con el hermano necesitado. Un espíritu penitencial, decimos. Podremos o no podremos hacer ayunos o abstinencias quizá dispensados por los años o por otras razones, pero eso no significa que no podamos ofrecer esa renuncia o sacrificio quizá en otras cosas de las que sí podemos privarnos sin quebranto para nuestra salud. Un cafecito de menos, por ejemplo, que nos tomemos al día, unas horas menos de televisión, un control en conversaciones ociosas o quizá que pudieran ser hirientes para los demás… cosas si queremos encontramos donde podamos ofrecerle un sacrificio al Señor. Y sobre todo el compartir, el prestar un servicio, el tender una mano para ayudar a otras personas saliéndonos de nuestros egoísmos individualistas. Oportunidades tenemos de hacerlo si queremos.

No lo vamos a hacer por apariencias ni vanidades. Ya nos previene Jesús en el Evangelio. Vamos a hacerlo desde lo más profundo de nuestro corazón. No importa que nadie lo note o lo vea. Como nos dice Jesús ‘tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará, re recompensará’.

Vamos a dejar que caiga la ceniza sobre nuestra frente escuchando en las palabras del Sacerdote esa invitación del Señor que nos recuerda lo poca cosa que somos, ¿unas cenizas?, pero sobre todo la invitación a cambiar nuestra vida para vivir más intensamente según el evangelio de Jesús. Que este momento de la imposición de la ceniza lo vivamos con intensidad sintiendo, repito, esa llamada del Señor en nuestro corazón.

No nos quedaremos en cosas externas. Los signos de la liturgia tienen que ayudarnos a darle esa profundidad y esa intensidad. Toda la celebración tiene que ser esa llamada del Señor, como escuchábamos en el profeta. Nos sentimos congregados en el Señor para ser por El santificados. Dejemos que esa gracia santificadora llegue a nuestra alma. Como nos decia san Pablo: ‘Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’.

Saturday, March 5, 2011

Habrá que poner unos buenos cimientos al edificio



Deut. 11, 28.36-28.32;

Sal. 30;

Rom. 3, 21-25.28;

Mt. 7, 21-27

Habrá que poner unos buenos cimientos al edificio… No piensen que ahora me he dedicado a la construcción y estoy compartiendo los problemas que se me puedan presentar en lo que construya. Bueno, quizá, bien mirado sí estoy dedicado a la construcción, porque en fin de cuentas es la tarea que he de realizar también como sacerdote cuando ayudo a los demás a vivir su fe y su encuentro con el Señor. Y claro, tendré que preocuparme de que tengamos sólidos cimientos para nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Es lo que hoy nos está pidiendo Jesús en el evangelio cuando habla del hombre prudente que construye su edificio sobre roca, o el necio que construye sobre arena. Será hombre prudente y sabio el que escucha la Palabra de Jesús y la ponga de verdad como fundamento de su vida, la plante en lo más hondo de sí para que nuestra vida no se derrumbe ante cualquier adversidad y además, como una buena planta, llegue a dar buenos frutos. ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica’, nos dice Jesús.

No nos basta decir ‘Señor, Señor’, nos enseña hoy Jesús. No nos vale decir es que soy una persona muy religiosa y no abandono nunca mis oraciones; no nos basta decir es que yo soy cristiano de toda la vida… no nos valen las palabras de protesta diciendo que creemos como el que más o palabras bonitas que nosotros podamos decir, sino que esa fe que decimos que tenemos, esa religiosidad de nuestra vida tiene que plasmarse en obras, en lo que hacemos, en nuestra manera de vivir y de actuar, en los planteamientos que me vaya haciendo frente a los diferentes problemas que nos van apareciendo en la vida. ‘El que cumple la voluntad del Padre… el que las pone en práctica…’ nos viene a decir Jesús.

La Palabra de Dios que escuchamos no es solamente para que nos encante en nuestros oídos cuando la escuchamos, o para que admiremos la belleza literaria incluso que puedan tener los textos bíblicos que proclamamos. La Palabra tiene que hacerse vida en nosotros, plantarla en nuestra vida y hacer que fructifique. No es un adorno que nos pongamos para realzar nuestra figura como si fuera una prenda bonita, sino una vida que vivamos sintiéndonos en verdad comprometidos y transformados por ella.

‘Sé la Roca de mi refugio, Señor’, le pedíamos en el salmo. ‘Un baluarte’ que me dé seguridad y fortaleza. Como decía Jesús en su parábola cuando la casa está bien asentada sobre roca podrán venir todos los embates de las tormentas que no se irá abajo porque tiene buen fundamento, buenos cimientos. Es lo que necesitamos nosotros, porque por muchas razones o motivos no siempre nos es fácil mantener nuestra fe y nuestra fidelidad, hacer frente a todas las adversidades o problemas con que tenemos que irnos enfrentando en la vida. ¿Tenemos bien fortalecidos los cimientos de nuestra fe?

Será desde dentro de nosotros mismos desde donde brote muchas veces la tentación en pasiones descontroladas, en actitudes de orgullo y amor propio que nos corroen el corazón, en malos sentimientos o en malos deseos con los que reaccionamos en muchos momentos. Es entonces cuando se tiene que ver la fortaleza de nuestra fe.

Nuestra fortaleza la tenemos en el Señor. No es sólo decir bueno ya me controlaré yo que para eso tengo fuerza de voluntad y ya iré ordenando todo para vivir la vida con rectitud. Muchas veces la tentación es fuerte porque el enemigo malo nos quiere arrastrar hacia el mal y hace muchas cosas para embaucarnos diciéndonos que eso no es tan malo, que nuestro amor propio hemos de tener, que no tenemos por qué estar controlando siempre nuestros sentimientos sino dejémoslos correr. Y caemos en la pendiente y nos sentiremos zarandeados por la tentación y el pecado. Por eso hemos de buscar nuestra fuerza en el Señor y en el que es la verdadera Roca de salvación de mi vida tengo que anclarme fuertemente, como el barco que con ancla bien encajada en el lecho marino afrontará todas las tempestades sin irse a pique.

Pero serán también los problemas que van surgiendo en la lucha de cada día en nuestra propia supervivencia o en nuestra convivencia con los demás, ya sea en la familia, en el lugar de trabajo o allí donde compartimos muchos momentos de nuestro vivir. Hay contratiempos que nos aparecen en la vida, situaciones difíciles en las que muchas veces no sabemos qué hacer. En ocasiones vamos a encontrar vientos en contra desde un mundo adverso que nos hará la guerra que puede llegarnos hasta la persecusión.

La lucha que hemos de realizar en la construcción del Reino de Dios, tratando de impregnar todos los valores del Reino en nuestro mundo no es fácil porque enfrente nos vamos a encontrar a otros que quieran imponer sus contravalores a ese sentido cristiano de la vida que nosotros tenemos. Ya sabemos como se quiere borrar todo signo religioso o reducirlo al ámbito meramente privado o desterrar todo lo que lleve el sabor de lo cristiano.

Y enfrentarnos a todas esas situaciones no siempre fáciles lo hemos de hacer desde la fortaleza y la luz que Dios nos va regalando allá en lo hondo de nuestro corazón y en la Palabra que escuchamos y que ilumina nuestra vida para saber obrar en toda ocasión con rectitud y con amor.

Para un cristiano, para un creyente de verdad, tiene que estar siempre muy presente la Palabra del Señor que nos ilumina y nos guía. ‘Meteos estas palabras mías en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo, ponedlas de señal en la frente… pondréis por obra todos los mandatos y decretos que yo os promulgo hoy’. Así les decía el Señor por medio de Moisés al pueblo de Israel. Se lo tomaban tan en serio que lo querían cumplir al pie de la letra, de ahí las filacterias y demás señales que los judíos más ortodoxos y estrictos llevaban atadas a las muñecas o enrolladas a su frente. Todos habremos visto más de una vez esas imágenes.

Pero no son señales externas de ese tipo las que tenemos que llevar, sino bien metida en nuestro corazón y en nuestra alma la Palabra del Señor. externamente se tendrá que reflejar en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, al tiempo que en la proclamación valiente de nuestra fe. ¿Qué significan entonces esas palabras del Deuteronomio? Eso significa no olvidar nunca el mandamiento del Señor, examinar continuamente nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios, dejar que nos interpele y nos haga reaccionar. Cómo tendríamos que tener continuamente a mano la Biblia, los evangelios para que sea nuestro alimento en la lectura diaria y en la meditación contínua. Cómo tendríamos que saber llevar a nuestra oración esa Palabra que el Seños nos dice para rumiarla una y otra vez en la presencia del Señor y así sentir su luz y su fuerza como verdadero alimento y fortaleza de nuestra vida.

Pongamos, sí, un sólido cimiento al edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana apoyándonos siempre en la Palabra del Señor.

Wednesday, January 26, 2011

La Palabra que recibimos allá en lo escondido del corazón es para que salga a la luz


Hebreos, 10, 19-25;

Sal. 23;

Mc. 4, 21-25

El candil no se mete debajo de la mesa, sino que se pone en alto para que ilumine a todos y todos puedan beneficiarse de su luz. No tendría ningun sentido encender una luz para ponerla en un lugar oculto. Una imagen muy sencilla que tiene un hermoso significado.

Eso fue Jesús para todos cuando apareció por los caminos de Palestina, por los pueblos y aldeas de Galilea. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande’. Ya hemos escuchado como los discípulos recordaban lo anunciado por los profetas cuando Jesús comenzó a predicar. Y la gentes se sentían atraídas por esa luz.

Pero Jesús nos está diciendo más. Eso tenemos que ser nosotros cuando hayamos encontrado esa luz, cuando nos hemos llenado de esa luz. No podemos escondernos. No podemos esconderla. En otros lugares nos dirá Jesús que tenemos que ser luz para las gentes y que vean nuestras buenas obras para que glorifiquen al Padre del cielo. ‘Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal de la tierra’.

Es cierto que todo arrancará quizá allá en lo secreto de nuestro corazón. Porque será allá en lo más hondo de nosotros mismos donde sentiremos esa Palabra del Señor que nos habla, que nos ilumina, que nos hace recapacitar, que nos hará levantarnos de nosotros mismos con un sentido nuevo, con un valor nuevo, con una gracia nueva que nos habrá transformado profundamente. Qué importante abrir el corazón para escuchar la Palabra que se nos proclama.

Ahora mismo se nos está proclamando públicamente, en alta voz podíamos decir, la Palabra del Señor. No basta sólo que la oigamos como tantas otras palabras que oímos a lo largo del día o de la vida. No es una Palabra más ni una Palabra cualquiera. Es la Palabra del Señor que siempre es palabra de vida. Tendrá que ser una Palabra que dejemos penetrar allá en lo más hondo de nosotros mismos, escuchándola lejos de tantos otros ruidos. Con suavidad como mansa lluvia, o como espada penetrante que va hundiéndose en nuestro corazón hemos de dejar que llegue allá a lo más secreto de nuestro yo.

Ponemos nuestros sentidos o toda la fuerza de nuestro amor para escucharla, y dejar que nos hable, y nos diga cosas, y nos manifieste el amor de Dios, y nos interrogue por dentro, y nos señale cosas o pautas para nuestro camino. Es importante la actitud con que la acojamos. Nunca podemos dejarnos llevar por la rutina o el simple ritualismo de hacerlo porque hay que hacerlo y nada más. Es la Palabra de Dios que se nos proclama y que tenemos que saber escuchar.

Creo que también cuando la proclamamos en nuestra celebración tenemos que cuidar mucho en la manera de hacerlo el que pueda llegar esa palabra a lo más hondo de nosotros. Y es una lástima que no siempre se haga así. Y no podemos andar con prisas. Y no podemos temer los silencios para la reflexión, para masticar una y otra vez esa Palabra que el Señor nos dice. Hay gente que le tiene miedo al silencio, pero si no hacemos ese silencio difícilmente podremos escuchar ese susurro de amor de Dios que se nos comunica en la Palabra. Con generosidad grande abrimos el corazón a lo que el Señor quiera decirnos.

Pero todo eso que vamos a sentir por dentro no es para guardarlo ahí sólo para nosotros. Sino que será una luz que brille en nuestro interior pero que tendrá que reflejarse también en lo que vivamos por fuera. Porque con esa luz tenemos que ir a iluminar también a los demás. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Porque con esa misma medida de generosidad tenemos que llevar esa luz a los demás. Eso que allá en lo escondido de nuestro corazón hemos sentido y hemos vivido, ‘es para que salga a la luz’, como nos dice Jesús.

 

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