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Monday, July 11, 2011

Cuánto ha hecho el Señor por nosotros y qué pobre es nuestra respuesta


Ex. 2, 1-15;

Sal. 68;

Mt. 11, 24-30

Mira tú esa persona qué desagradecida, con todo lo que han hecho por ella… pensamos y hasta decimos muchas veces; pero claro, siempre refiriéndonos a los demás. Pero sería bueno que fuéramos sinceros con nosotros mismos y nos miremos hasta donde llegan nuestras propias actitudes de gratitud o de desagradecimiento. Y no se trata ya solamente en nuestras mutuas relaciones, sino en la respuesta o no respuesta que nosotros damos a Dios con nuestra vida.

Es el primer pensamiento que me sugiere el texto del evangelio que hemos escuchado. Hay un reproche grande de Jesús hacia las gentes de aquellos lugares donde tanto se ha prodigado en su predicación del Reino y en los signos que ha ido realizando de la cercanía del Reino de Dios que va anunciando. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’, dice el evangelista.

Se contraponen en el texto aquellos lugares de Galilea donde Jesús realizaba principalmente su actividad, Cafarnaún y sus alrededores, aquellos lugares de Galilea por los que iba predicando, anunciando el Reino y realizando tantos milagros, con otras ciudades paganas como Tirón y Sidón en Fenicia y Sodoma castigada por su pecado.

Se hace referencia especial a Cafarnaún que sale con mayor frecuencia en el relato de los evangelistas y Corozaín y Betsaida, ciudades cercanas que no son tan nombradas en los evangelios, pero que por la mención de Jesús eran lugares frecuentemente visitados. Naturales de Betsaida eran Pedro, Andrés y Felipe. Se hace mención de algunos milagros allí realizados y probablemente en sus cercanías pudiera haber sido el sitio de la multiplicación de los panes y los peces.

‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido…’ Lo mismo recrimina a Cafarnaún ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al Abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy’. En referencia a la destrucción de Sodoma y Gomorra y aquellas otras ciudades llenas de perversión y pecado que nos relata el Génesis cuando la historia de Abrahán y su sobrino Lot.

Pero como decíamos al principio tenemos que mirarnos a nosotros mismos y ver nuestra respuesta. Cuánto nos ha dado el Señor y qué pobre es nuestra vida. Cuántas gracias ha derramado el Señor sobre nuestras vidas. Cuántas llamadas y cuántas oportunidades. Cuántas veces se nos ha proclamado la Palabra de Dios y se nos ha invitado a convertirnos al Señor. Cuántas veces hemos recibido la gracia de los sacramentos a lo largo de la vida. Cuántas señales podemos apreciar del amor de Dios que realiza maravillas cada día para nosotros.

El Señor tiene un amor preferencial por nosotros. Podríamos haber nacido en otros países. Podríamos haber tenido otras familias. Podríamos vernos ahora abandonados y despreciados por todos. Pero desde que nacimos hasta la última hora el Señor va poniendo en nosotros su mirada de amor, tendiéndonos su mano para levantarnos, llamándonos allá en lo hondo del corazón esperando una respuesta.

Pero, ¿seremos lo suficientemente santos? ¿Damos en verdad frutos de amor y de santidad en nuestra vida o seguimos con nuestro pecado, nuestras frialdades espirituales, nuestras rutinas que no nos dejan despertar a una vida de más amor y entrega, nuestras desganas y cansancios? Qué desagradecidos somos con la gracia del Señor.

Pero el Señor es paciente con nosotros y no se cansa de esperarnos. Llama a la puerta del corazón cada día con una nueva gracia esperando nuestra respuesta de amor. No nos hagamos sordos a las llamadas del Señor. No endurezcamos nuestro corazón sino dejémonos conducir por la gracia del Señor, por la fuerza y el fuego de su Espíritu. Démosle una respuesta agradecida al Señor con nuestra santidad y nuestra entrega de amor.

Thursday, September 30, 2010

¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…!

Job. 38, 1.12-21; 39, 33-35;
Sal. 138;
Lc. 10, 13-16

El orgullo de que somos cristianos viejos, cristianos de siempre queda bien herido con las palabras de Jesús a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún.
Eran pueblos y ciudades del entorno del lago de Tiberíades, de la zona geográfica, podemos decir, donde Jesús de manera especial realizó su actividad pública. El evangelio nos repite varias veces que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea. Allí predicaba anunciando el Reino de Dios, allí realizó la mayoría de los milagros que nos narran los evangelios. Pero, ¿cuál era la respuesta?
Hoy les dice Jesús que ‘si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza’. Tiro y Sidón eran ciudades cananeas, ciudades paganas más al norte del territorio de Palestina. Por allá llegó Jesús cuando la curación de la hija de la Cananea y a Cesarea de Filipos que quedaba ya en el límite cuando la confesión de fe de Pedro. Recordamos también la respuesta de Jesús a la petición de la cananea que ‘el pan de los hijos no se da a los perros’, en referencia a que había venido a anunciar la salvación directamente en Israel.
Nos sucede tantas veces que porque somos religiosos, porque vivimos una cierta práctica de vida cristiana, porque escuchamos con frecuencia – en nuestro caso todos los días – la Palabra de Dios, ya nos creemos convertidos lo suficiente y nos parece que ya no necesitamos hacer nada más. Vivimos a la sombra del campanario de nuestra Iglesia y ya con eso pensamos que estamos salvados. Le sucede a mucha gente en nuestros pueblos que viven en la cercanía de la Iglesia, o que se hacen muy presentes en la fiesta del santo del pueblo, y ya piensan que con eso está todo hecho.
Es que siempre hemos de estar abiertos a la Palabra de Dios. No nos podemos hacer oídos sordos, porque pensamos que ya nos la sabemos o la conocemos. Es un peligro de rutina en el que podemos fácilmente caer. Pero ser cristiano es una vida y una vida siempre está en crecimiento; cuando no crece se muerte. Por eso en la respuesta que le damos al Señor con nuestra vida cristiana, con nuestro seguimiento del Evangelio no podemos pensar que ya lo tenemos todo hecho. Siempre tiene que haber en nuestra vida un espíritu de superación y unos deseos de crecimiento.
Espíritu de superación porque siempre podemos ser mejores, porque siempre habrá cosas que purificar en nuestro corazón, porque siempre podemos crecer en la virtud. Deseos de crecimiento decimos, porque además es cuestión de respuesta de amor. Y el amor nunca se agota, ni se queda estabilizado. El amor tiene que crecer más y más nuestro amor al Señor, como respuesta a ese amor inmenso que El nos tiene, siempre tiene que estar en crecimiento.
No nos valen orgullos de cosas pasadas, de todo lo que hice, de la fe que siempre he tenido, sino que cada día tengo que dar mi respuesta, cada día tiene que crecer mi amor, cada día tiene que ser mayor mi entrega y mi compromiso, cada día tienen que resplandecer más mis virtudes, cada día tiene que ser más grande mi santidad.
‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…! y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’ Que no oigamos la queja del Señor porque no le demos esa respuesta de amor cada día más creciente y más fructífera.

Monday, August 16, 2010

Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja

Ez. 28, 1-10;
Sal.: Dt. 32, 26-36;
Mt. 19, 23-30

‘Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja…’ Era como un refrán o una sentencia muy utilizada por los rabinos en Israel para expresar que algo era difícil, poco menos que imposible. Podemos pensar en el ojo de una aguja que se utiliza para coser, por muy grande que sea, o podemos pensar, como se suele interpretar, en las puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de una ciudad junto a la puerta mayor por la que entraran los carruajes o las bestias de carga, pero a las que sería imposible pasar por esa puerta pequeña. Más un camello con la forma de llevar la carga con sus angarillas laterales o por las petas propias del animal.
Jesús lo aplica a los ricos que quieren entrar con todas sus riquezas en el reino de los cielos. ‘Más fácil que un rico entrar en el reino de los cielos’. Es el comentario que sigue a la tristeza del joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo que tenía para seguir a Jesús. Los apegos del corazón hacen bien difícil el seguimiento del camino de Jesús. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’, diría Jesús en otra ocasión.
En la primera lectura hemos escuchado al profeta Ezequiel en un oráculo-profecía contra el rey de Tiro. Esta ciudad era famosa por sus riquezas y por sus sabios, puesto que sus habitantes eran muy dados al comercio. ‘Con tu talento y tu habilidad, te hiciste una fortuna; acumulaste oro y plata en tus tesoros; con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna y tu fortuna te llena de presunción’. Así le dice el profeta y le denuncia que se ha engreído tanto su corazón que se cree dios y no hombre, y se jacta de sus riquezas y de sus sabidurías. ‘Te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa, en el corazón del mar’, les anuncia el profeta. Es que el Señor resiste a los soberbios, o como escuchábamos en el cántico de María ‘derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos’.
La reacción de los discípulos cuando escuchan a Jesús es que ‘entonces, ¿quién puede salvarse?... para los hombres es imposible, no para Dios’, les responde Jesús. costará y será difícil ese desprendimiento, ese vivir desapegado a las riquezas, pero con la ayuda y la gracia del Señor todo es posible. Tendremos que utilizar esos medios materiales y pecuniarios en nuestras relaciones humanas para la adquisición de aquello que necesitamos. Pero no hagamos nunca que el dinero sea nuestro Dios. Que los talentos y habilidades que nos ha dado el Señor sean siempre para lo bueno y para la gloria del Señor.
Los discípulos se preguntan y a ellos que les pasará, porque lo han dejado todo para seguirle. Un día dejaron la barca allá junto al lago los que eran pescadores, o le mostrador donde cobraba los tributos Leví, el publicano, como cada uno de los apóstoles cuando se habían decidido a seguir a Jesús lo habían dejado todo por estar con El..
‘Cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir las tribus de Israel…’ Lo han dejado todo, padre, madre, hermano, casa, tierra y Jesús, el hijo del Hombre que aparecerá con todo poder y gloria, les dirá ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre, pasad a heredar el Reino de mi Padre, preparado para vosotros desde la fundación del mundo… heredarán la vida eterna’.
Que merezcamos nosotros alcanzar también la vida eterna. Que vivamos con ese corazón desprendido y generoso.
 

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