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Wednesday, June 29, 2011

Nuestra disponibilidad de sacrificio por el Señor


Gén. 22, 1-19;

Sal. 114;

Mt. 9, 1-8

¿Hasta dónde estaríamos nosotros dispuestos a llegar en los sacrificios que ofrezcamos a Dios? Buscando en el diccionario lo que significa la palabra sacrificio entre otras cosas nos dice que figuradamente es ‘acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño’. Acto de abnegación, o sea el hecho de negarnos algo que para nosotros consideramos importante, y que inspirados por el amor que tenemos a quien se lo ofrecemos – dice vehemencia - somos capaz de negárnoslo para nosotros para darlo o entregarlo a aquel a quien amamos.

La palabra sacrificio tiene una connotación también de algo sagrado, porque en su origen es la ofrenda de algo que hacemos a Dios; ya no la queremos para nosotros, sino que la queremos para Dios, lo que la convierte de alguna manera en algo sagrado. La raíz de la palabra sacrificio iría en ese sentido.

En las religiones antiguas se ofrecía a Dios de aquello que era su vida o el fruto de sus trabajos, lo que se consideraba lo mejor. Se ofrecían los mejores animales de sus ganados, que son los sacrificios habituales que vemos en la antigüedad; o se ofrecían los mejores frutos de la tierra, por eso eran las primicias las que se ofrecían, los primeros frutos. Así lo vemos a lo largo de todo el Antiguo Testamento y que en los libros del Pentateuco se describe muy bien cómo habían de ser aquellos sacrificios, ofrendas y holocaustos.

Pero en el texto que ha motivado este comentario, el sacrificio de Isaac, ya no es el fruto de sus trabajos o lo mejor de sus ganados lo que se va a ofrecer al Señor. ‘Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré’. Tenemos que entender muy bien el sentido de este sacrificio que Dios pide a Abrahán.

Era habitual en muchos pueblos vecinos a Israel el que se ofreciesen también sacrificios humanos, porque era una forma de ofrecer lo mejor y lo más querido que se pudiera tener, como era el caso de un hijo. Veremos que en la ley del pueblo de Israel estos sacrificios están proscritos, aunque veremos algun otro caso a lo largo del Antiguo Testamento como consecuencia de un voto hecho a Dios. No es ese el sacrificio que Dios nos pueda pedir.

En este caso es una prueba muy dura a la que somete Dios a Abrahán, que ha ya tenido que renunciar a su casa y a su tierra para ponerse en camino para ir allá a donde le pida Dios. Y abrahán obedece. Dios le ha prometido ser padre de un pueblo numeroso y sólo le ha dado un hijo, Isaac, que le pide ahora en sacrificio. ‘Dios puso a prueba a Abrahán’, dice el texto sagrado. ¿Será Abrahán capaz de tal sacrificio por la fe que ha puesto totalmente en el Señor? ¿Hasta ahí llegará la vehemencia de su fe y de su amor? Y Abrahán se puso en camino a lo que le pedía el Señor.

Dios le estaba pidiendo a Abrahán lo mejor de su vida que ya no eran ni los animales que pudiera sacrificar, ni los holocaustos que pudiera ofrecer del fruto de sus trabajos, ni tampoco ahora la muerte de su hijo sacrificado para Dios. Es algo más hondo lo que Dios le está pidiendo a Abrahán, le está pidiendo su corazón, su voluntad, su fidelidad hasta el extremo de dar lo mayor y mejor de sí mismo.

No será el hijo, Isaac, lo que Dios le esté pidiendo a Abrahán, pues no permitirá Dios ese sacrificio cruento, pero Abrahán ha sido capaz de darle su corazón a Dios. Es el acto de abnegación suprema, recogiendo lo que definíamos del sacrificio, motivada por la fe y por el amor hasta el extremo que Abrahán tiene a Dios.

Nos preguntábamos a principio, ¿hasta donde estaremos dispuestos nosotros a llegar en el sacrificio que le ofrezcamos a Dios? Ya ha habido quien se ha ofrecido en sacrificio de expiación por nosotros, porque Dios mismo nos ha entregado a su propio Hijo que por nosotros ha muerto en la cruz para nuestra redención y salvación. No necesitamos ahora nosotros ofrecerle cosas a Dios, aunque algunas veces pareciera que eso nos es más fácil.

¿Estaremos todavía nosotros en el sentido del Antiguo Testamento o más atrás aún por lo que habitualmente queremos ofrecerle a Dios? Porque nos es más fácil desprendernos de una cosa por muy valiosa que sea, que darle nuestro corazón, nuestro yo, la obediencia de nuestra fe al Señor. ¿Seremos capaces de ofrecerle nuestro corazón, nuestro amor total en el sentido del amor que nos enseña y vemos en Cristo, la fidelidad absoluta en el cumplimiento de los mandamientos del Señor?

Wednesday, June 15, 2011

Cristo, mediador de una nueva alianza tiene el sacerdocio que no pasa

Is. 52, 23-53, 12;

Sal. 39;

Hebreos, 10, 12-23;

Lc. 22, 14-20

‘Cristo, mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Estas palabras tomadas de la carta a los Hebreos nos las ofrece la liturgia hoy como antífona de entrada a esta Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta eminentemente sacerdotal que nos hace mirar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para considerar ese sacerdocio real con que nos ha dotado a todos desde nuestro bautismo al hacernos miembros de un pueblo santo y sacerdotal, pero que nos hace mirar a aquellos a quienes el Señor ha escogido de manera especial para hacerlos partícipes de su sagrada misión en el sacerdocio ministerial.

Aunque el jueves santo los sacerdotes contemplamos y junto a la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor celebramos también la institución del Sacerdocio, en este jueves posterior al domingo de Pentecostés queremos celebrar de manera especial esta participación en el Sacerdocio de Cristo, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, sumo y eterno Sacerdote.

‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides sacrificio expiatorio… entonces yo digo: Aquí estoy, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…’ Así rezábamos con el salmo. Es el grito de Cristo en su entrada en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y obediente al Padre se entrega; su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre; su venida es la mayor manifestación del amor de Dios que tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo único; su presencia en el mundo nos redime y nos santifica; viene a ofrecer el sacrificio único y definitivo, la ofrenda de su sangre para la Alianza Nueva y Eterna. Hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos, ‘Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio… con una sola ofrenda nos ha consagrado para siempre’.

Como nos diría en otro lugar la carta a los Hebreos ‘así pues, ya tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe’. Tenemos ya entrada libre en el santuario de los cielos en virtud de la sangre de Jesús. Por eso lo llamamos sacerdote, pontífice, mediador de la Alianza nueva y eterna.

Pero, como decíamos y diremos en el prefacio, ‘con amor de hermano elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial que nos hace partícipes del sacerdocio de Cristo. Somos los llamados por el Señor para que en nuestro ministerio sacerdotal renovemos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparemos el banquete pascual, presidamos al pueblo de Dios en el amor y lo alimentemos con la palabra y con la gracia de los sacramentos.

Ministerio grande y maravilloso que el Señor nos confía. Ministerio que nos exige una unión profunda con Cristo, un configurarnos cada día más con Cristo cuando en su nombre tenemos que hacer llegar la gracia de la salvación a todos los hombres. Ministerio que nos exige una vida totalmente entregada y santa en la fidelidad y en el amor. Somos conscientes de tanta grandeza que no merecemos, pero que ha sido un don y un regalo del Señor, es gracia de Cristo para nosotros y para el pueblo de Dios.

Pero es ahí donde el pueblo cristiano ha de saber amar y valorar ese sacerdocio de Cristo ejercido por sus ministros lo que exigirá en consecuencia al pueblo cristiano saber estar al lado de sus sacerdotes y pastores apoyándolos con su oración. Para nosotros los sacerdotes este fiesta de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, es una exigencia de santidad y de entrega al mismo tiempo que una ocasión más para dar gracias al Señor por su elección y la confianza que el Señor sigue poniendo en nosotros; pero para el pueblo cristiano tiene que convertirse en una jornada de especial oración por los sacerdotes.

Sólo con la gracia del Señor podemos ejercer y vivir nuestro ministerio. Y esa gracia tenéis que conseguirla para nosotros desde vuestra intensa oración al Señor. Siempre y en todo momento el pueblo cristiano ha de orar por los sacerdotes.

Recordad el sacerdote que os bautizó para haceros hijos de Dios y cristianos; el sacerdote que tantas veces os ha traído el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia y os ha servido de consuelo, ayuda y consejo en vuestras luchas y dificultades; el sacerdote que ha celebrado la Eucaristía tantas veces a lo largo de vuestra vida en la que habéis comulgado el Cuerpo del Señor de sus manos; el sacerdote que os ha anunciado y explicado una y otra vez la Palabra del Señor; el sacerdote que en la parroquia o en cualquier otra función pastoral os ha ayudado de tantas maneras; el sacerdote que ungió a vuestros padres o familiares enfermos u os acompañó en su muerte celebrando sus exequias; el sacerdote que habéis conocido y con el que habéis tenido amistad; el sacerdote... bueno, todo sacerdote, conocido o no, porque por todos hemos de rezar.

Tuesday, March 8, 2011

La cuaresma, camino de purificación en el espíritu nos lleva a la Santa Pascua

Joel, 2, 12-18;

Sal. 50;

2Cor. 3, 20-6, 2;

Mt. 6, 1-6.16-18

Hoy es miércoles de ceniza. No descubro nada nuevo. Iniciamos la cuaresma, cuarenta días que nos conducen a la celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Decir miércoles de ceniza nos recuerda un rito, el de la imposición de la ceniza, y otros muchos signos externos nos están diciendo que comenzamos un tiempo litúrgico nuevo: el color de los ornamentos litúrgicos, la ausencia de ornamentación floral en torno al altar, la ausencia del aleluya o el himno del gloria en la celebración litúrgica... Pero, ¿sólo eso nos hará la Cuaresma?

Nos conviene detenernos un momento y hacernos una reflexión que nos ayude a comprender mejor su sentido y nos impulse a vivir este tiempo de gracia. Ya nos lo ha dicho la Palabra de Dios proclamada. ‘Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’, que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Pero también el profeta nos ha convocado al sonido de la trompeta para que nos congreguemos en este tiempo y escuchemos la invitación que de parte del Señor nos hace a la conversión.

Quiero centrarme en esta reflexión en el mensaje del papa Benedicto XVI para esta Cuaresma que nos ha recordado: ‘La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante… que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma)’.

Intensificamos, sí, ese camino de purificación y lo hacemos recordando nuestro Bautismo. Es algo que a través de todo el camino cuaresmal iremos recordando porque en cierto modo la cuaresma viene a ser como una gran catequesis bautismal. ‘Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva’, nos dice el Papa en su mensaje. ‘El Bautismo, por tanto, es el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo’.

Por eso nos dirá a continuación: ‘Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia’.

Vamos, pues, a tener muy presente el Bautismo a través de todo este tiempo cuaresmal y así podremos llegar a la noche de la Vigilia Pascual bien preparados para hacer la renovación de nuestro bautismo, de nuestras promesas bautismales. La Palabra del Señor nos irá guiando día a día en nuestra celebración. Sobre ella reflexionaremos para irla plantando de verdad en nuestro corazón.

Pero yo diría que no se puede quedar ahí la escucha de la Palabra, sino que tendríamos que saber sacar otros momentos del día para volver a encontrarnos con ella, para que nos sirva para intensificar nuestra oración personal en un encuentro vivo con el Señor. Que sepamos tener a mano la Biblia, el Evangelio para esos momentos de lectura y reflexión personal. Sería un buen propósito que nos hiciéramos en este primer día de Cuaresma el procurarnos esa Biblia o esos Evangelios para nuestra lectura y meditación.

Nos hablaba el Papa de ese camino de purificación en el espíritu. Desde esa reflexión orante que vamos haciendo de la Palabra del Señor iremos descubriendo de todo aquello de lo que tenemos que arrancarnos para alejar de nosotros el pecado para siempre. Nos exigirá esfuerzo y dominio de nosotros mismos con la gracia del Señor. Por eso seremos capaces de ofrecerle ese sacrificio del corazón, esos sacrificios en renuncias a cosas buenas incluso para así sentir mejor la fuerza de la gracia del Señor que nos ayude en esa purificación.

Cuando hablamos de cuaresma solemos hablar de sacrificios, de ayunos, de abstinencias, de compartir lo que tenemos con el hermano necesitado. Un espíritu penitencial, decimos. Podremos o no podremos hacer ayunos o abstinencias quizá dispensados por los años o por otras razones, pero eso no significa que no podamos ofrecer esa renuncia o sacrificio quizá en otras cosas de las que sí podemos privarnos sin quebranto para nuestra salud. Un cafecito de menos, por ejemplo, que nos tomemos al día, unas horas menos de televisión, un control en conversaciones ociosas o quizá que pudieran ser hirientes para los demás… cosas si queremos encontramos donde podamos ofrecerle un sacrificio al Señor. Y sobre todo el compartir, el prestar un servicio, el tender una mano para ayudar a otras personas saliéndonos de nuestros egoísmos individualistas. Oportunidades tenemos de hacerlo si queremos.

No lo vamos a hacer por apariencias ni vanidades. Ya nos previene Jesús en el Evangelio. Vamos a hacerlo desde lo más profundo de nuestro corazón. No importa que nadie lo note o lo vea. Como nos dice Jesús ‘tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará, re recompensará’.

Vamos a dejar que caiga la ceniza sobre nuestra frente escuchando en las palabras del Sacerdote esa invitación del Señor que nos recuerda lo poca cosa que somos, ¿unas cenizas?, pero sobre todo la invitación a cambiar nuestra vida para vivir más intensamente según el evangelio de Jesús. Que este momento de la imposición de la ceniza lo vivamos con intensidad sintiendo, repito, esa llamada del Señor en nuestro corazón.

No nos quedaremos en cosas externas. Los signos de la liturgia tienen que ayudarnos a darle esa profundidad y esa intensidad. Toda la celebración tiene que ser esa llamada del Señor, como escuchábamos en el profeta. Nos sentimos congregados en el Señor para ser por El santificados. Dejemos que esa gracia santificadora llegue a nuestra alma. Como nos decia san Pablo: ‘Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’.

Monday, February 28, 2011

Como flor de harina sea nuestra ofrenda de amor al Señor


Eclesiástico, 35, 1-15;

Sal. 49;

Mc. 10, 28-31

‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’. Así hemos expresado en el salmo 49.

¿Cuál es el sacrificio agradable y acepto a Dios? Es la pregunta que se hace el sabio del Antiguo Testamento en el libro del Eclesiástico y que se responde en el texto que hoy hemos escuchado. Es la pregunta también que le repiten continuamente los profetas al pueblo de Israel para que en verdad busquen siempre lo que agrada al Señor. Ya tendremos oportunidad en el principio de la Cuaresma de escuchar este mensaje de los profetas.

‘Honra al Señor con generosidad y no seas mezquino en tus ofrendas; cuando ofreces, pon buena cara, y paga de buena gana tus diezmos. Da al Altísimo como El te dio: generosamente según tus posibilidades…’ Pero ¿se trata de ofrecer solamente cosas materiales, el diezmo del trigo o del vino que hayas cosechado, o lo mejor de las reses y ganados? Es lo que trata de respondernos el texto sagrado. No son simplemente cosas las que tenemos que ofrecer al Señor. Es la tentación que todos tenemos de una forma o de otra. Es algo más que tiene que surgir desde lo más hondo de nuestra vida.

Recordemos simplemente lo que nos ha dicho. ‘El que observa la ley hace una buena ofrenda, el que guarda los mandamientos ofrece sacrificios de acción de gracias, el que hace favores ofrenda flor de harina, el que da limosna ofrece sacrificio de alabanza. Apartarse del mal es agradable al Señor, apartarse de la injusticia es expiación’.

Todo ha de pasar, pues, por la observancia y el cumplimiento de los mandamientos y de la ley del Señor; todo tiene que estar muy lleno de la generosidad del corazón para compartir y para amar; todo ha de conducirse por una vida recta lejos de toda injusticia y de toda maldad porque de lo contrario no sería agradable al Señor. Hacemos expiación de nuestros pecados arrepintiéndonos de ellos y dándole la vuelta al corazón para caminar por caminos de bien.

Si no lo hiciéramos así sería un contrasentido y una incongruencia grande. Lo que tiene que ser en verdad agradable al Señor tiene que ser nuestra vida llena de rectitud y de amor; una vida vivida con sinceridad y haciendo siempre el bien al tiempo que se busca en todo la justicia.

¿Queremos bendecir y alabar al Señor y seguimos al mismo tiempo en nuestro pecado? La mejor alabanza al Señor tiene que arrancar de nuestra conversión a El, de nuestro arrepentimiento y cambio de vida. Luego con ello podemos hacerle ofrendas de cosas que arrancamos de nuestra vida porque queremos que sean para el Señor; son los sacrificios que hacemos con nuestras ofrendas que tienen que mostrar ese amor que le tenemos a Dios, pero que lo reflejamos también necesariamente en los hermanos.

‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, que decía el salmo. Seguimos ese buen camino, estamos dispuestos a seguir al Señor aunque eso signifique muchas renuncias en nuestra vida. Pero en el Señor tendremos la recompensa y la plenitud del gozo y la alegría. Es de lo que nos habla también el evangelio cuando Pedro le pregunta qué es lo que van a obtener ellos que lo han dejado todo por seguirle. ‘Recibirá cien veces más… y en la edad futura, la vida eterna’.

Quien se entrega y en su entrega tiene que renunciar a cosas por seguir a Jesús, aunque le cueste, va a sentir en lo hondo de su corazón una alegría y una satisfacción tan grande que ninguna otra cosa aquí en la tierra se la podrá dar. Algunos no entienden que para seguir a Jesús en el sacerdocio o la vida consagrada se renuncie a cosas que son buenas porque son queridas también por Dios como puede ser el matrimonio. No entienden ni el celibato ni la consagración virginal al Señor en la vida consagrada. Se renuncia, es cierto, a algo bueno y lícito, pero el gozo que Dios nos da el corazón puede superar todas esas felicidades humanas.

Pedidle al Señor para que quienes nos hemos entregado así por el Reino tengamos siempre la fuerza del Señor para vivir nuestra entrega y consagración.

Tuesday, January 18, 2011

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec


Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal, 109; Mc. 3, 1-6

‘Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec’, es lo que hemos repetido en el salmo. Aunque muchas veces la liturgia nos ofrece este responsorio, sacado precisamente del mismo salmo 109 que hoy hemos rezado y con el que hemos respondido a la Palabra de Dios que se nos ha ido proclamando no sé si a todos nos dice o significa algo lo que decimos.

El texto de la carta a los Hebreos hoy proclamado ha hecho referencia también a Melquisedec del que nos dice que es ‘rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo’ y que ‘su nombre significa rey de justicia y lleva también el título de rey de Salem, es decir, rey de paz’. Abraham a la vuelta de la batalla contra sus enemigos, cuando le sale al encuentro Melquisedec que le da pan y vino y lo bendice, le ofrece los diezmos de toda su conquista.

¿Quién era este personaje al que vemos en relación con Abrahán al que le salió al encuentro y lo bendijo a la vuelta de sus batallas y a quien ofrece pan y vino? Aparece en el Génesis y realmente todo lo que se nos dice es lo que ahora nos ha repetido la carta a los Hebreos. Y como se nos explica en la carta es imagen del Sacerdote eterno que es Cristo Jesús, el que tiene ‘el sacerdocio que dura para siempre’.

Por eso para nosotros es imagen del nuevo sacerdocio en Cristo Jesús. No es imagen del sacerdocio de la Antigua Alianza, del Antiguo Testamento, el Sacerdocio de Aarón que tenía una ascendencia y una prolongación familiar. No es imagen del sacerdocio donde se ofrecían sacrificios y holocaustos de animales todos los días, sino del sacerdocio de Cristo el que se ofreció de una vez para siempre por nosotros en el sacrificio de la cruz. El Sacerdocio de Cristo es único e irrepetible porque es un sacerdocio para siempre. Cristo Jesús el Pontifice que además es sacerdote, víctima y altar al mismo tiempo. Pues es Cristo mismo el que se ofrece a si mismo como ofrenda y como víctima de salvación y redención para todos nosotros.

‘El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito del Melquisedec’, sacerdote para siempre, pero que nos hace participar de su sacerdocio real como nos enseñaría la carta de san Pedro. ‘Vosotros, en cambio, sois linaje escogido, sacedocio regio y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable’.

Consagrados fuimos en el Bautismo con el Crisma Santo para ser con Crito ‘sacerdotes, profetas y reyes’. Así pues nos unimos a Cristo para con Cristo también nosotros ofrecernos al Padre, para ofrecer el sacrificio espiritual y verdaderamente agradable a Dios. Como decimos en la primera plegaria eucarística, el canon romano, ‘dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abraham nuestro padre en la fe, y la oblación pura de su sumo sacerdote Melquisedec’.

Cristo es, pues, el que tiene el sacerdocio eterno, el sacerdocio para siempre. Cristo, como Melquisedec, rey de paz y rey de justicia. Así lo proclamamos y lo reconocemos cuando cantamos a Cristo Rey y cuando cantamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote. Cómo nos recuerda el pan y vino ofrecido por Melquisedec a Abraham el pan y vino de la Eucaristía donde es Cristo mismo el que se nos ofrece en el signo del pan y el vino eucarísticos como alimento y como vida y salvación para nosotros. Una imagen de la Eucaristía en la que Cristo se nos da.

Muchas cosas podríamos concluir para nuestra vida. Unidos a Cristo sacerdote y unidos al sacrificio de Cristo ofrecemos también nuestra vida con sus dolores y alegrías al Señor como ofrenda agradable a Dios. Cada uno de los momentos de nuestra vida unidos a Cristo adquieren un valor y una riqueza grande, porque en todo lo que es nuestra vida hemos de saber ver siempre la gracia del Señor que nos ama. Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo que es al mismo tiempo rey de justicia y rey de paz nos recuerda cómo hemos de vivir nosotros ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es reino de paz y de justicia, de amor y de perdón.

Tuesday, November 9, 2010

Hagamos Eucaristía de toda nuestra vida

Tito, 3, 1-7;
Sal. 22;
Lc. 17, 11-19

Este texto del evangelio nos ha servido muchas veces para motivarnos a la acción de gracias al Señor y sigue siendo un hermoso punto de referencia para analizar hasta donde llegamos en nuestro reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida. Unos leprosos que claman pidiendo misericordia y compasión, y de los que al ser curados de su enfermedad sólo será capaz de dar la vuelta para primero que nada manifestar su agradecimiento por su curación ‘alabando a Dios a grandes gritos y echándose por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Creo que una reflexión sobre este hecho ha de movernos al reconocimiento y a la gratitud por cuanto por benevolencia y misericordia recibimos; tendría que movernos a hacer de verdad eucaristía de toda nuestra vida. Dar gracias no es servilismo sino reconocimiento; dar gracias no es humillación sino actitud humilde y gozosa para saber descubrir cuánto recibimos no por merecimientos nuestros sino por benevolencia de quien nos lo da.
Nos cuesta muchas veces ser agradecidos quizá por falta de humildad para reconocer lo que no tenemos y hemos recibido por pura benevolencia; nos cuesta dar gracias en muchas ocasiones porque nos sobran esos merecimientos que creemos tener por lo que pensamos que lo que hacen por nosotros es siempre algo a lo que tenemos nuestro derecho y entonces no tenemos por qué dar gracias. Vivimos tan engreídos y tan poseídos de nosotros mismos que nos cegamos para no ver aquello que recibimos sin merecimiento nuestro.
Actitudes así tenemos en ocasiones en nuestro trato y relación con los demás lo que hará poco agradable la convivencia con los que nos rodean porque fácilmente aparece el orgullo, la soberbia y la prepotencia. Pero actitudes así nos surgen también en nuestra relación con Dios. No tendría que ser así de ninguna manera en ninguno de los casos, y no tendría que ser así por supuesto en nuestra relación con Dios si aquellos actos de piedad o de religión que hacemos los viviéramos con todo sentido y profundidad dándonos cuenta bien de lo que hacemos o decimos.
Primero que nada porque el centro de nuestro culto y de nuestra relación con Dios es la celebración de la Eucaristía; y Eucaristía es ante todo Acción de Gracias. Y damos gracias al Señor en nuestra celebración haciendo memorial de la pascua de Cristo, de la muerte y la resurrección del Señor que es la gran prueba y manifestación de cuánto es el amor que Dios nos tiene. Venir, pues, a la Eucaristía es venir a la acción de gracias; es venir con esa actitud humilde pero también de reconocimiento de la presencia y de la gracia del Señor en nuestra vida, o sea, de cuánto el Seños nos ha regalado y sigue regalándonos en Cristo Jesús muerte y resucitado para nuestra salvación.
Pero como decíamos, si nos fuéramos fijando bien en lo hacemos o decimos en la celebración nos daríamos cuenta de cuántas veces a lo largo de la celebración estamos expresando esa acción de gracias. ¿Os habéis fijado cuántas veces en la misa decimos que damos gracias a Dios? Y ya no son sólo los cantos que vamos utilizando en la celebración o incluso los salmos que recitamos o cantamos con ese sentido de acción de gracias en la liturgia de la Palabra, sino las propias palabras de la acción litúrgica. En el himno del gloria, en el prefacio con que iniciamos la plegaria eucarística ya desde su mismo diálogo inicial, en distintos momentos de la propia plegaria eucarística, en los diferentes textos eucológicos, o la oración de después de la comunión.
Damos gracias por sentirnos en la presencia del Señor celebrando el misterio de Cristo y damos gracias por poder ofrecer el sacrificio vivo y santo, repetimos de una forma o de otra a lo largo de la celebración. Y terminaremos dando gracias a Dios al sentirnos enviados al final de la Eucaristía para llevar esa Buena Noticia de Jesús que hemos vivido a los demás.
Que en verdad hagamos eucaristía de nuestra vida, con nuestra acción de gracias por cuanto del Señor recibimos y porque seamos capaces de hacer esa ofrenda de nuestra vida para todo sea siempre para la gloria del Señor.

Saturday, September 4, 2010

Hemos de saber a qué subimos a Jerusalén


Sab. 9, 13-18;
Sal. 89;
Filemón, 9-10-12-17;
Lc. 14, 25-33

El evangelio nos dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Entraña esto que iban de camino. En la dinámica del evangelio de Lucas estamos en la subida de Jesús a Jerusalén, una subida con un significado especial, porque era su subida definitiva. Es bien significativo.
Esto da ocasión a Jesús a plantearle a los discípulos si realmente sabían lo que significa subir con El a Jerusalén. Algo así como preguntarles ¿sabéis a qué subimos a Jerusalén? Claro que esto nos vale para preguntarnos a nosotros también ¿sabéis lo que significa seguirme, ser discípulo mío? Algo así también nos está planteando Jesús a nosotros. Y es que el evangelio no es para adormecernos con El sino que siempre nos estará planteando cosas hondas.
Jesús un poco para que comprendan que hay que pararse a reflexionar les propone esos dos ejemplos o parábolas, como queramos llamarlos, del que va a edificar una torre o del rey que va a entablar una batalla. Hoy para todo nos exigen proyectos y proyectos bien detallados, ya sea una construcción que vayamos a realizar o ya sea un plan que queramos realizar en cualquier negocio, cualquier actividad, o cualquier realización social. O si vamos a emprender un viaje queremos saber bien a donde vamos, la ruta, lo que nos va a costar, las dificultades con que nos podamos encontrar y así mil detalles más; no queremos ir a la loco, todo queremos llevarlo bien planificado.
Pero ¿seremos así en esos planteamientos más hondos en los que nos va el sentido de la vida o donde podemos poner en juego nuestra salvación eterna? ¿Nos planteamos con esa misma seriedad lo que significa ese ser cristiano, ese seguimiento de Jesús o simplemente nos dejamos llevar porque aquí somos cristianos de toda la vida? ¿cuál es el proyecto de mi vida y de mi fe?
Siempre decimos, desde aquella respuesta elemental que aprendimos en el catecismo, ser cristiano es ser discípulo de Jesús. Es cierto, pero esto es muy serio. No es cualquier cosa. Podemos tenerlo muy claro, pero siempre tenemos que revisarnos porque como sucede en todo caminante se nos pueden ir pegando los polvos del camino, y aquello que nos parecía muy claro se nos puede ir empañando, como se empaña el cristal de nuestras gafas o el cristal del coche con los humos, los polvos, las lluvias o las ventiscas del camino. Esas suciedades pueden ocultarnos lo que tiene que ser la verdad más fundamental de nuestra vida en el seguimiento de Jesús.
Seguir a Jesús es hacer su camino, reflejar su vida en mi vida, ser capaz también de cargar con su cruz o con la cruz nuestra de cada día, pero haciéndolo a su manera. Que ese proyecto de mi vida coincida totalmente con el proyecto de Jesús. Que sepamos bien, tengamos muy claro y muy asumido en nuestra vida lo que es su vida, esa vida que tenemos que copiar en nosotros.
Decíamos que Jesús les pregunta o les platea a los que van con el de camino subiendo a Jerusalén algo así como si sabían bien lo que significaba aquella subida. Cuando lleguen a Jerusalén, ellos que van encantados con Jesús porque han escuchado sus enseñanzas, han visto sus milagros e incluso van a hacer una fiesta grande en la bajada del monte de los Olivos a la entrada a Jerusalén, allí se van a encontrar que Jesús es discutido y rechazado, que buscarán su muerte por todos los medios; que el amor y la entrega de Jesús le va a llevar a la cruz y a la muerte, y entonces llegará el momento de que los que le siguen tendrán que tomar partido, decidirse. Y ya sabemos lo que sucedió en Jerusalén y como los mismos discípulos andaban divididos, huyeron, o andaban encerrados por miedo a los judíos. El mismo Pedro llegará a negar que conoce a Jesús.
Por eso ahora Jesús les previene, les prepara. Ser su discípulo para seguirle significará que hay que preferirle a El frente a todo y frente a todos. Por eso les dirá: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’.
Es una decisión importante. Jesús tiene que ser el primero; su Reino tiene que ser lo primero; esa Buena Noticia que han escuchado tiene que ser lo que tenga preferencia en la vida. No es que no se pueda amar al padre, la madre, la mujer, el hijo el hermano o la hermana. Pero Jesús, su Reino, el Reino de Dios tiene que estar por encima de todo, tiene que ser lo que dé sentido, profundidad, valor, autenticidad a todo lo demás.
‘Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío’, sigue diciéndoles. ¿Qué significa ese llevar la Cruz? ¿Qué significó la Cruz para Jesús? La Cruz fue entrega, pero fue amor; entraña sufrimiento y sacrificio, pero todo está envuelto en el amor, en el amor sin límites, en el amor hasta el final. Es, entonces, la ofrenda de amor que tenemos que saber hacer de nuestra vida.
Ofrenda de amor en nuestra fidelidad incluso hasta en el dolor. Ofrenda de amor en esa aceptación de nuestra vida con sus cruces, sus sufrimientos, sus sacrificios. Ofrenda de amor en esa entrega que tenemos que vivir en cada momento en la responsabilidad del día a día. Ofrenda de amor en ese testimonio de Jesús, al ponerlo como lo principal, lo preferido de nuestra vida, que vamos haciendo con nuestra palabra, con nuestro ejemplo, con nuestras obras de amor, con las cosas buenas que vamos haciendo cada día.
Esto es cosa que sabemos y que queremos vivir, es cierto. Pero bueno es recordarlo, revisarlo porque, como decíamos, los cristales con los que vemos la vida se nos pueden ir empañando con el polvo, con las suciedades y miserias de la vida. Y es bueno que nos dejemos interpelar por el Evangelio.
Además, podemos recordar lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles’. Somos débiles y tantas veces erramos en nuestro camino. Queremos conocer los designios de Dios, comprender lo que Dios quiere y como decía el sabio del Antiguo Testamento ‘¿quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?’.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine, nos de fuerza para seguir ese camino de Jesús porque sólo con la fuerza del Espíritu podremos comprenderlo y podremos ponernos en camino con El. Queremos en verdad ser sus discípulos, seguir a Jesús, ponernos en camino con El, aunque tengamos que subir a Jerusalén, aunque tengamos que cargar con la cruz porque para nosotros Jesús será siempre el primero, porque lo es todo para nosotros.

Saturday, July 24, 2010

Donde están los abuelos? (Felicidades Abuelos!!!)



Abuelito , abuelito………….que ojos más grandes tienes…………Para verte mejor.
Abuelito, abuelito…………. Que manos más grandes tienes………..Para protegerte mejor.
Abuelito, abuelito………….que corazón más grande tienes……….Para quererte mejor!!

Los hemos visto siempre como un señor o una señora de cierta edad. Cuando nos mirában , sonreían y nos recibían en su casa, nos contaban cosas, que nuestros padres apenas prestaban atención.
Nosotros, con ojos de niños los veíamos y acogíamos con mucha alegría…….y casi siempre, tenían un regalo o detalle para nosotros…………..si, hablamos de los abuelos y las abuelas.



Cuanta mi amigo Xuxo, que de niño jugando con sus primos, uno de ellos , Yago, en su Galicia natal, cuando veía a la abuela, se ponía muy meloso y le decía a la señora mayor y madre de los padres de estos niños; “ Abueliña, que guapiña estás hoy!!”…a lo que contestaba su abuelita; “ Lo siento rapaz, hoy no tengo monedas…sabes?”.
Cosas de nietos y abuelos.

Ya ha quedado casi institucionalizado, tanto en España como en el resto del mundo, el Día de los abuelos, el 26 de julio, fiesta de San Joaquín y Santa Ana.

Como todos sabemos, los abuelos son los progenitores del padre o la madre de una persona, siendo respectivamente llamados abuelo y abuela. Los abuelos forman parte importante de la familia extensa.
En las culturas tradicionales, los abuelos han tenido un rol claro en relación al cuidado de los niños.

Esto ha tendido a desaparecer en el desarrollo de la familia nuclear. Qué les voy a decir de regiones de tanta emigración como Galicia, Extremadura, Andalucía etc.
A veces, el trato más familiar hace que la palabra "Abuelo" o "Abuela" sea reemplazada por términos más cariñosos y cercanos como Yayo, Tata, Abu, Abue, Nono, Neno, Papito, Papá (nombre del abuelo), entre otros para el caso del abuelo y Yaya, Nana, Nona, Abue, Güeli, Abu, Nena, Tita, Mamita, Mamá (nombre de la abuela), entre otros para las abuelas.
En los casos en que los padres no pueden brindar el cuidado adecuado a sus hijos, los abuelos pueden tener el papel de mantenedores o tutores, por eso desde 1998 la ONG Mensajeros de la Paz celebra cada 26 de julio, el Día del abuelo.
Dicen que “Los nietos no permanecen jóvenes para siempre, lo cual es bueno porque los abuelos tienen un límite de fuerzas”.

La Importancia del Abuelo.

En muchas familias, conciliar trabajo, casa, e hijos, es una tarea que requiere mucha habilidad y, en muchos casos, algunos sacrificios.
La llegada de un bebé no solo altera la vida de los padres, sino también la de muchos abuelos. Poder contar con ellos es un recurso muy valioso.

La presencia de los abuelos es un consuelo y un desahogo para muchas familias. Los cambios que provocan el nacimiento del bebé les afectan menos que a los padres, y sus obligaciones están en un plan secundario, dependientes del "mando" de los padres del bebé, y de la disponibilidad que tengan para compartir los cuidados, el afecto, y el tiempo del bebé con sus consuegros.

Relación de los abuelos con los nietos

Los abuelos pueden proporcionar una asistencia práctica, apoyo, y una cadena de consejos útiles para cuidar al bebé. El encuentro de los abuelos con sus nietos es siempre muy enriquecedor para ambos lados.
A muchos niños les encantan estar con sus abuelos por diferentes y variadas razones. Algunos porque al lado de los abuelos no existen tantas órdenes ni obligaciones. Otros porque pueden hacen cosas distintas con ellos, como preparar galletas juntos, comer dulces, dar paseos, ir al parque, y realizar una infinidad de actividades que hacen con que ellos se sientan más libres.
Algunos nietos ven a sus abuelos como un amigo, una especie de guía, como divertidos, cariñosos, mimosos y que les gusta estar con ellos.
Pero, claro, todo depende de la forma de ser de los abuelos. Hay también los que apenas envejecen y continúan tratando a los más pequeños de una manera muy autoritaria y demasiado exigente.

Pero, por lo general, los abuelos sienten mucho placer con sus nietos. Estar con ellos es también una forma de renovarse personalmente. Es tener más participación en la familia, y sentirse más jóvenes y actualizados. Se aprende mucho con los niños.

Relación de los abuelos con los padres de sus nietos

No siempre se puede decir que la relación de los abuelos con los padres de sus nietos sea la mejor posible. Infelizmente, pueden existir conflictos cuanto al tipo de educación que es aplicada al niño.
Las generaciones son distintas y diferentes también son los criterios de educación. Los más jóvenes no pueden cambiar los razonamientos de los más mayores. Los abuelos no están más para educar.
Ya han educado, bien o mal, a sus hijos. Los abuelos están para dar cariño, echar una mano de vez en cuando, y pasar un buen rato con sus nietos. Si los abuelos van a estar con los nietos, lo ideal es que haya un acuerdo entre las partes, para el bien del niño y de todos. Para eso, es necesario que entre los padres y los abuelos exista una relación tranquila, específica y verdadera, libre de celos, en la que reine el respeto a las exigencias y a los hábitos del otro.

Para terminar, los Abuelos somos un referente en la vida de nuestros nietos por amor, por complicidad y por la sabiduría que nos dan los años.
Cuando entramos en esta nueva etapa todo nuestro cariño se vuelca en nuestros nietos, que en muchas de las ocasiones son utilizados como arma arrojadiza en las separaciones de nuestros hijos, sin parar a pensar en el daño que se les hace a estos niños. Ellos necesitan nuestra referencia y nosotros también les necesitamos a ellos.
¿Qué valores les está enseñando la sociedad y qué futuro tienen nuestros nietos con este ejemplo de convivencia?
Por ello, desde aquí, mi solidaridad con todos y todas los abuelos y abuelas que, por diferencias entre padres y madres, se ven sin la posibilidad de conocer o contactar con sus nietos.

Todos los abuelos y abuelas, con más acierto o menos acierto...merecen este homenaje y su fiesta!!

Que así sea!!

Por cierto, nietos. Algunas reflexiones de y para los abuelos:


-El amor perfecto, a veces no viene hasta el primer nieto -(Proverbio Galés)
-Nadie puede hacer por los niños lo que hacen los abuelos: Salpican una especie de polvo de estrellas sobre sus vidas
-Las abuelas son madres con un montón de cobertura dulce
-La abuela sostiene nuestras manecitas por un rato, pero nuestros corazones para siempre.
-¡Qué baratos son los nietos! Les doy mis monedas y ellos me dan millones de dólares de placer
-Si hubiera sabido cuán maravilloso es tener nietos, los hubiera tenido primero
-Mis nietos creen que soy la cosa más vieja del mundo. Y después de dos o tres horas con ellos, yo también lo creo
-Convertirse en abuela es maravilloso. En un momento eres madre, luego sabia y de pronto prehistórica.
-Nunca tengas hijos, solo nietos
-Los hombres no se sienten viejos por tener nietos sino por saber que están casados con abuelas
-Cuando los abuelos entran en la casa, la disciplina vuela por la ventana
-Una abuela es una maravillosa madre con un montón de práctica.
-Un abuelo es viejo por fuera y joven por dentro
-Los nietos son la recompensa de Dios por llegar a viejo
-La abuela siempre te hace sentir que te estuvo esperando todo el día, y ahora, el día está completo
-No entiendes realmente algo, hasta que se lo puedes explicar a tu abuela
-Una hora con tus nietos puede hacerte sentir joven otra vez. Más tiempo que ese te hará sentir que envejeciste rápidamente










Fuentes:
Elnenenocomo.com
Educación infantil
Ángel Corbalán
Historias de Xuxo.

Monday, July 19, 2010

Respeta el derecho, ama la misericordia y sé humilde ante Dios

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 38-42

‘Pueblo mío, ¿qué te hice? ¿en qué te molesté?’ Un texto que nos recuerda los improperios del viernes santo y que viene a ser cómo un diálogo que se establece entre Dios y su pueblo a través del profeta. Estamos escuchando al profeta Miqueas en la primera lectura en este sistema de lecturas continuadas y escogidas que nos ofrece la liturgia a través de los diferentes ciclos para tener un conocimiento más completo del conjunto de la Biblia; aún mañana volveremos a escuchar al profeta Miqueas.
Un improperio, una pregunta de parte de Dios que le recuerda al pueblo cómo el Señor lo liberó y lo sacó de Egipto enviándoles a Moisés, a Aarón y a Miriam, la hermana de Moisés. Una lista grande de cosas tendría que recordar el pueblo de Dios de ese actuar del Señor con él. Es toda la historia de la salvación vivida en su propia historia. Una pregunta que le hace al pueblo recordar cómo no han respondido con fidelidad a la fidelidad de Dios y sintiéndose pecador ahora no sabe qué puede ofrecer a Dios al acercarse a la purificación.
¿Holocaustos? ¿sacrificios de animales? ¿Qué pueden ofrecer a Dios para agradarle? Aparece en las preguntas hasta la posibilidad de los sacrificios humanos como era normal en aquellos pueblos primitivos que rodeaban a Israel. Pero no es eso lo que agrada al Señor, lo que pide el Señor.
‘Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti; simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios’. Como se nos diría en el salmo ‘tus sacrificios y holocaustos están siempre ante mí’; pero no será eso lo que sea acepto al Señor. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Nos pide el Señor justicia, santidad en nuestra vida, rectitud en nuestro obrar. ¿Quién puede hospedarse en la tienda del Señor?, nos preguntábamos con el salmo recitado el domingo. ‘El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales’ y obra en todo momento el bien alejando la maldad de su corazón. Caminar por el camino de la justicia, seguir la senda recta que nos conduce hasta Dios, es caminar por caminos de santidad.
Pero nos dice más el profeta Miqueas, ‘que ames la misericordia y andes humilde ante Dios’. Amar la misericordia que es reconocer humilde y gozosamente la misericordia que el Señor nos tiene. Cuánto tenemos que reconocer del amor de Dios en nuestra vida. Pero amar la misericordia es vivir en misericordia, llenar nuestro corazón de misericordia, actuar con misericordia para con los demás.
Algunas veces parece que nos cuesta actuar así porque parecemos mas justicieros que misericordiosos. ‘Los que son misericordiosos alcanzarán misericordia’, nos dice la bienaventuranza. Pero es que quien ha experimentado la misericordia y el amor de Dios en su vida ¿no tendrá que actuar y vivir siempre con misericordia para con los demás? ¡Cuánto tendríamos que recordar también nosotros en nuestra propia historia personal! Por eso le hemos pedido al Señor con el salmo. ‘Muéstranos, Señor, su misericordia’.
Es la gran señal que nos da Jesús. Los letrados y fariseos le piden señales cuando tantos milagros habían contemplado. Pero la señal que les da Jesús será su propia muerte y resurrección. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás…’ en referencia a su propia muerte y resurrección.

Saturday, June 5, 2010

En la noche que iba a ser entregado… haced esto en memoria mía


Gen. 14, 18-20;
Sal. 109;
1Cor. 11, 23-26;
Lc. 9, 11-17


Hoy en todos los rincones del mundo los cristianos nos sentimos convocados de manera especial y nos reunimos en torno al Altar para celebrar esta fiesta grande y hermosa de la Eucaristía. Siempre la Eucaristía es fiesta para el cristiano pero hoy queremos hacerla más fiesta.
Unos con mayor solemnidad sacando a flote hermosas costumbres y tradiciones – como muestra nuestro pueblo que adornamos nuestras calles y plazas con alfombras de flores o de tierras de colores, o con colgaduras y arcos del más variado arte y hermosura; otros con mayor sencillez pero con no menos amor, todos queremos hacer fiesta y ofrecer lo mejor de nosotros mismos a quien por nosotros se ofreció y se hizo pan para que le comiéramos en la Eucaristía y así llenarnos de su vida.
Vamos a tratar de detenernos un poco para reflexionar en lo que celebramos en este día, aunque tenemos que decir como cada día cuando celebramos la Eucaristía, para hoy y siempre darle toda la hondura y toda la fuerza de nuestra vida a nuestra celebración de la Eucaristía.
‘Sacramento admirable’, que decimos en la liturgia, en que Cristo se nos da en su Cuerpo entregado y en su Sangre derramada; sacramento de amor en que se nos está manifestando esa locura de amor de Cristo por nosotros que quiere que tengamos su vida y para eso se hace comida y se hace bebida, para ser el alimento de nuestra vida, la vida de nuestra vida.
Pero fijémonos un poco en el marco en que Pablo – lo hacen también los evangelios – nos sitúa la Institución de la Eucaristía y que nos tendrá también que marcar o enmarcar la forma en que nosotros la celebremos y la vivamos. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo…’ nos dice. Cuando iba a comenzar su pasión, su entrega de amor en el amor más sublime de quien da la vida por aquellos a los que ama. Es el marco de la Pascua. Por eso, en este relato que nos trae la tradición más antigua de la Institución de la Eucaristía, Pablo terminará diciéndonos que ‘cada vez coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
La Eucaristía no es algo ajeno ni al margen de la Pascua, de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es más, cada vez que estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando la Pascua, es Pascua viva y actual para nosotros. Actualizamos el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamnos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’, que decimos habitualmente como una proclamación de fe en cada Eucaristía. ‘Este es el Sacramento de nuestra fe, este es e Misterio de la fe’, nos dice el Sacerdote.
Ese pan que comemos, ese cáliz que levantamos, no son para nosotros un simple pan o simple vino lo contenido en la copa. Es cuerpo entregado, es Sangre derramada, es amor que nos inunda, ese pan será pan partido y compartido, como Cristo se parte y se consume por nosotros en el amor de nuestros amores.
Por eso la Eucaristía no es algo que nos recuerde, no es una simple memoria o recuerdo que hacemos, sino que la llamamos memorial, porque es Cristo mismo presente entre nosotros; es el sacrificio de la Pascua que se hace presente en medio de nosotros y, más aún, en nosotros mismos. Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Memorial del sacrificio de la cruz pero que estamos ahora ofreciendo de una forma viva sobre nuestro altar.
Ya decíamos que fue en el marco de su entrega y su pasión donde nos deja la Eucaristía, pero en ese contexto queremos entender también las palabras que Jesús nos dice para que sigamos haciendo Eucaristía, para que también nosotros nos hagamos Eucaristía. ‘Haced esto en memoria mía’, nos dice dos veces. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi Sangre. Haced esto cada vez que lo bebáis en memoria mía’.
¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué nos está queriendo decir? Hacer lo mismo, repetir sus gestos y palabras sobre el pan y sobre el vino, pero no simplemente de una forma ritual. Lo haremos también porque nuestra celebración es rito y es liturgia.
Pero es algo más. Quiere decirnos algo más. Tenemos que ser Cuerpo que se entrega, Sangre que se derrama, como Cristo en su pasión, como Cristo en la Pascua de su Alianza nueva y eterna. Como el pan que se partió, se compartió y se repartió allá en el desierto cuando la multiplicación de los panes, que hoy hemos escuchado en el relato del Evangelio. Aquello fue signo y tipo de lo que Cristo quería hacer con su vida en la Pasión y que ya nos dejó para que lo viviéramos para siempre en la Última Cena.
Cristo se hace Eucaristía para que nosotros también nos hagamos Eucaristía. ¿Cómo? Fijémonos en lo que hizo Jesús. Allí estaba todo su amor que así se entregaba por nosotros. ¿Cómo hacerlo nosotros, entonces? Con amor, por el amor, en el amor. Nos entregaremos, nos derramaremos de amor por los demás, nos partiremos de amor por los demás. Haremos también nosotros esa ofrenda y ese sacrificio de amor. Como Cristo. A la manera de Cristo. Con el amor de Cristo.
Fue en la misma cena pascual en la que Cristo instituyó la Eucaristía, en la que antes había lavado los pies de los discípulos. Es en esa misma cena donde nos dejará el mandamiento del amor. Lo vivimos todo de manera muy intensa en el Jueves Santo.
Vuelve a estar unida esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo con la caridad, con el amor. Es que no podía ser de otra forma. Porque cada vez que haya Eucaristía tiene que estar muy presente el amor. Sin amor no podríamos celebrar la Eucaristía. Sin amor no hay Eucaristía. Por eso Jesús nos dirá que si vamos a presentar la ofrenda y hay quejas del hermano contra nosotros porque no le amamos, vayamos primero a reconciliarnos, vayamos primero a poner amor, para poder hacer la ofrenda, para poder hacer Eucaristía. Luego en la Eucaristía nos sentiremos alimentados para poder seguir viviendo con toda intensidad ese amor.
Así lo hizo Cristo y así nos mandó que lo hiciéramos nosotros. ‘Haced esto en memoria mía’ porque amáis, porque os entregáis, porque os derramáis de amor por los demás. Que entendamos y llevemos de verdad a la vida de cada día este mandato de Jesús para celebrar de forma auténtica y con toda profundidad esta fiesta grande de la Eucaristía.

Wednesday, May 26, 2010

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos hace partícipes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23;
Sal. 39;
Lc. 22, 14-20

‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’. Así se expresa en la liturgia la fiesta de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote que celebramos en este día. ‘Cristo, Mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’, que nos dice la carta a los Hebreos. Sumo y eterno Sacerdote como lo proclamamos hoy.
La Palabra de Dios proclamada en este día nos lo señala bien. Cristo, Sacerdote, Víctima y Altar, que se ofrece a sí mismo por nuestra redención; que es el verdadero templo de Dios; que es nuestro intercesor y mediador en el cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, como hemos contemplado y celebrado en estos días con su Ascensión, y nos ha señalado también la carta a los Hebreos que hoy hemos escuchado. Por su parte el evangelio nos recuerda esa Sangre de la Alianza nueva y eterna; alianza sellada con la Sangre de Cristo, que se derrama por nosotros.
‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros… y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. ¿Cómo no vamos a sentir gozo en el corazón teniendo un sacerdote así que nos abre las puertas del cielo y no sólo se ha entregado por nosotros sino que sigue intercediendo por nosotros en el cielo?
Pero cuando contemplamos el sacerdocio de Cristo vemos cómo quiere El hacernos partícipes de ese sacerdocio, porque hace un pueblo sacerdotal. ‘Perpetúa en la Iglesia su único sacerdocio’. Por una parte ‘confiere el honor del sacerdocio real a todo el pueblo santo’; recordemos que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Pero quiere aún más. ‘Con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial por el que llamados y elegidos por el Señor con un amor especial, por el sacramento del Orden Sacerdotal, participan – participamos - de la misma misión de Cristo, como ‘ministros y dispensadores de sus misterios’.
Como nos resume de forma hermosa el prefacio: ‘Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’.
Hoy es un día especialmente sacerdotal, muy especial para nosotros, los sacerdotes, porque contemplando el sacerdocio de Cristo sentimos el gozo en el corazón de que Cristo así haya querido hacernos partícipes de su sacerdocio. Es un día también muy importante para todo el pueblo cristiano para comprender el ministerio de los sacerdotes, saber estar a su lado valorando su misión y su entrega, para orar también intensamente por sus sacerdotes para que el Señor nos ayude a mantener nuestra fidelidad a Cristo en este especial compromiso adquirido con nuestro sacerdocio.
Hemos venido celebrando un Año Sacerdotal que el Papa quiso convocar en la conmemoración del Santo Cura de Ars; un año para ayudarnos a valorar, a amar ese sacerdocio, por una parte nosotros los consagrados, pero también todo el pueblo cristiano aprenda a amar a sus sacerdotes; para que sepa ofrecer su apoyo frente a tantos peligros por una parte y ataques por otro lado que podamos sufrir; para que el pueblo cristiano ore por sus sacerdotes.
Somos débiles y sin embargo tenemos que ser santos. Cuánta santidad necesitamos para tratar los misterios santos que Dios pone en nuestras manos. Necesitamos fortalecernos de verdad en el Señor para mantener esa fidelidad, esa entrega, ese amor renovado y nuevo como el primer día. Lo podremos hacer, es cierto, en la medida en que seamos cada día más santos. Pero lo podemos hacer con el apoyo del pueblo cristiano con su oración. Cómo nos sentimos reconfortados y fortalecidos cuando vemos tantas almas buenas que nos quieren, nos arropan, nos ayudan y oran por nosotros.

Tuesday, May 25, 2010

Os rescataron a precio de la Sangre de Cristo

2Ped. 1, 18-25;
Sal. 147;
Mc. 10, 32-45

Cuando tenemos que comentar la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración nos vemos a veces en el dilema de cuál texto comentar o en qué aspecto especial vamos a fijarnos para centrar nuestro comentario y reflexión.
Quienes han escuchado con atención la Palabra proclamada, mientras va llegando a sus oídos, en su corazón van sintiendo ya muy viva esa Palabra que el Señor les dice y quizá sean aspectos en que luego tal vez el sacerdote no se fije para el comentario. Lo importante es que llegue de una manera viva a nuestro corazón. Allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiere siempre decirnos algo.
Es lo que nos sucede hoy. El texto del evangelio, de gran riqueza como Palabra del Señor que es, tenemos muchas ocasiones de comentarlo a lo largo del año. Por ello hoy quisiera fijarme más en la carta de san Pedro.
Comenzar diciendo que en el Antiguo Testamento, como también vemos en otras expresiones religiosas, el pueblo judío ofrece sacrificios a Dios para su alabanza .- hermosos son tantos salmos de alabanza que se cantaban en el templo de Jerusalén como el que hoy hemos recitado entre lecturas, ‘glorifica al Señor, Jerusalén’– como reconocimiento que de Dios nos viene todo y a El tenemos que ofrecérselo como ofrenda de acción de gracias.
Pero también los sacrificios ofrecidos tienen el sentido de la reparación, expiación y purificación de los pecados. En ese sentido había sacrificios y actos de culto muy concretos. El hombre, la humanidad ha ofendido a su Dios y su Creador y le ofrece dichos sacrificios para obtener el perdón del Señor. ¿Y qué ofrece? Aquello que humanamente el hombre puede tener, holocaustos y ofrendas de los frutos de la tierra o sacrificios de animales.
Con Cristo, podríamos decir, todo cambia. No son nuestras cosas humanas las que van a conseguir ese perdón de Dios ni nosotros simplemente por nuestras obras, sino que es Dios mismo quien nos ofrece su perdón y su amor. Nosotros, cierto, tenemos que reconocer nuestra condición pecadora y también pedir perdón a Dios. Pero será la Sangre de Cristo derramada por amor la que nos va a limpiar de nuestros pecados. Y no sólo nos perdona sino que nos ofrece nueva vida.
Es lo que quiere decirnos hoy la segunda carta de Pedro. Nuestro valor no está en nosotros lo que nosotros podamos ofrecerle, sino en el valor infinito de la Sangre de Cristo derramada por nosotros en el sacrificio de la cruz, el sacrificio de su Pascua.
‘Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil… no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha…’ Nos arranca del poder del pecado, del poder del maligno con su entrega y su muerte en la cruz. Nos compra a precio de sangre, podemos decir. Aquello de que no hay amor más grande que el de quien da la vida por el que ama. Lo tenemos en Jesús.
Grande es el amor que Dios nos tiene que nos envió a su Hijo, que se entregó por nosotros. Infinito es ese amor como infinito es Dios y de valor infinito, entonces, la Sangre de Cristo derramada por nosotros. ¡Cuánto tenemos que darle gracias a Dios! No nos podemos cansar de nuestra acción de gracias y nuestra alabanza. ‘Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’, continúa diciéndonos.
Acción de gracias y alabanza que damos con nuestra respuesta de fe y de amor. Por eso nos dice Pedro hoy: ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente… mirad que habéis vuelto a nacer… por medio de la Palabra de Dios viva y duradera… Palabra del Señor que permanece para siempre. Y esa Palabra es el Evangelio que os anunciamos’.
 

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