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Sunday, June 12, 2011

Siempre es tiempo de gracia que no podemos echar en saco roto


2Cor. 6, 1-10;

Sal. 97;

Mt. 5, 38-42

Retomamos el tiempo ordinario una vez que hemos concluido el tiempo pascual, y volvemos al ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios propias de este tiempo. Por una parte en la primera lectura estamos leyendo la segunda carta de san Pablo a los Corintios, y en el evangelio estamos propiamente concluyendo el sermón del Monte que habíamos estado escuchando antes de la Cuaresma.

Nos ha comenzado diciendo hoy san Pablo ‘os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios… en el tiempo de la gracia te escucho, en el día de la salvación te ayudo… es tiempo de gracia… es día de salvación’.

Esta exhortación del apóstol nos viene bien escucharla en todo momento. No podemos desaprovechar la gracia que el Señor nos da. Es una riqueza de vida que el Señor nos concede. Es gracia, es regalo del Señor al que correspondemos siguiendo los caminos del Señor, no apartándonos nunca de Dios y su gracia.

Ahora mismo hemos concluido el tiempo de la Pascua con la celebración ayer de Pentecostés. Grande es la gracia que hemos recibido del Señor; maravilloso el misterio de Dios que hemos celebrado; allá en lo hondo del corazón si de verdad nos hemos metido en la celebración del misterio de Cristo cuántas cosas habremos sentido y experimentado, cuánta es la gracia del Señor que hemos recibido. No lo podemos echar en saco roto. No podemos decir, bueno eso ya paso, ahora a otra cosa. De ninguna manera.

Toda esa gracia recibida del Señor ha tenido que hacernos crecer espiritualmente. Han sido llamadas que hemos recibido del Señor para ser cada día mejores, para ser más santos, a las que seguramente hemos ido intentando responder. Sigamos en ese camino de gracia. Sigamos sintiendo toda esa llamada del Señor.

El apóstol nos dice cuánto ha querido él comportarse como un fiel servidor del Señor en el anuncio de la Palabra y cuánto ha pasado por esa causa. Pero todo eso, ‘luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer’ son como dones del Espíritu que le fortalecen para seguir llevando el mensaje de la verdad y la fuerza de Dios.

Nos está resumiento cuánto ha sido lo que ha tenido que sufrir por la causa del evangelio; en los Hechos de los Apóstoles hemos visto muchas de esas cosas y en sus cartas lo recuerda. Pero no olvidemos lo que decíamos de la grandeza de su fe y de su espíritualidad que le hacen así entregarse por el evangelio. Ojalá nosotros supiéramos ver en cuanto nos sucede también una gracia del Señor que nos llama por caminos de fidelidad.

Finalmente una palabra en torno al evangelio que hoy se nos ha proclamado, como decíamos, parte del Sermón del Monte iniciado con las Bienaventuranzas. Jesús nos enseña algo muy hermoso, aunque no siempre nos sea fácil. Como consecuencia del sentido y estilo de amor que hemos de vivir en todo momento, nos está enseñando cómo hemos de responder siempre con amor frente al mal o la violencia que podamos recibir.

Queda abolida la ley del talión porque nunca nuestro actuar puede ser el ojo por ojo y diente por diente, sino el camino del bien, del perdón y del amor. Sea cual sea el mal que podamos recibir de los demás nunca nuestra respuesta puede ser la venganza, el resentimiento o el rencor. Siempre el amor y el perdón. Jesús nos lo enseña y no sólo con sus palabras sino con su propia vida. ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’, dirá cuando está siendo clavado en la cruz. ¿Seremos capaces de dar una respuesta así? No olvidemos que el amor es nuestro distintivo.

Wednesday, June 1, 2011

Confortados con el don del Espíritu permanezcan en la fe y la esperanza


os adjunto la homilia preparada para la celebración del sacramento de la Unción de los Enfermos

Sant. 5, 13-16; Sal. 70; Mc. 16, 15-20

Cuando Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret su misión nos dice con el texto de Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’.

Lo anunciado de forma prográmatica, podríamos decir, en Nazaret lo veremos cumpliéndolo en las obras que va realizando con todo aquel que sufre, curando a los enfermos y anunciando la gracia salvadora del Señor que con El nos llegaba. Muchos son los enfermos que acuden a él con sus males y para todos tiene una palabra de salud, de salvación y de paz. Será el mandato también que dará a los apóstoles cuando los envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva del Evangelio y entre las cosas que han de ir realizando como señales de la llegada del Reino de Dios es curar a los enfermos.

Pero ¿el Reino de Dios era la curación de los enfermos o más bien esa liberación de la enfermedad, esas curaciones, eran señales del Reino nuevo de Dios que había de manifestarse en muchas más cosas? Nos quedamos con esta segunda respuesta. Eran las señales de esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros liberados de todo mal y de todo sufrimiento. Eran las señales de la salud total, de la salvación que El viene a traernos. Por eso exigirá siempre fe en El, les llenará de paz, y habrán de sentirse de una forma nueva tras ser curados por Jesús.

Lo que hemos escuchado de la carta de Santiago es la forma explícita y concreta de cómo se ha de ir realizando ese mandato de Jesús. Es la expresión de lo que va a ser el sacramento de Jesús para los enfermos, los sufren o los que se sienten debiles en su cuerpo o en su espíritu. Jesús nos deja signos de su presencia que son los sacramentos en los que por la fuerza del Espíritu Santo siempre podemos ver a Jesús y llenarnos de su vida y de su gracia.

Hoy lo queremos realizar y celebrar de forma extraordinaria aquí entre nosotros. Vamos a celebrar el Sacramento de la Unción de los Enfermos y vamos a sentir y experimentar en nosotros la presencia salvadora de Jesús. Vamos a cumplir con el mandato del Señor que ahora hacemos sacramento, realizando los signos sacramentales de la imposición de las manos y de la unción, pero que vienen como a recoger todo lo que es ese sacramento de Dios para nosotros que es la acogida que la Iglesia os hace en las personas de los que os atienden. Piensen queridos ancianos y ancianas que están acogidos aquí este hogar que todas las atenciones que reciben de las Hermanitas y de cuántos os atienden, no es sino el cumplimiento del mandado de Jesús de realizar su misma obra. En esos cuidados, en esas atenciones que día a día reciben aquí en este hogar tienen que ver siempre la mano de Jesús que os ama, os cuida y os atiende por manos de estas hermanitas y de cuantos prestan sus servicios para vosotros en este hogar. No hacemos otra cosa que cumplir con el mandato de Jesús, y ustedes, queridos ancianos y ancianas, sois para nosotros imagen de Jesús, porque a El lo vemos en vuestros rostros y con el amor que a El le tenemos así os queremos amar y servir a vosotros.

Vamos, pues, a celebrar lo que estamos realizando cada día. Son ustedes sacramentos de Dios para nosotros. Y ahora, realizando el rito sacramental, queremos hacer presente a Jesús de forma sobrenatural en vuestras vidas para que os llenéis de la gracia y la fortaleza del Espíritu que anime también vuestras vidas, os dé fortaleza en medio de la debilidad de vuestros años, sane vuestra alma dolorida también por tantas cosas y os llene de su gracia y de su paz.

Os invito a todos a vivir con profunda fe esta celebración. Os invito queridos ancianos que vais a recibir la gracia del Sacramento que en la mano del sacerdote sobre vuestra cabeza que os unge sintáis por la fe la mano del Señor que os hace llegar su gracia y su amor. Es Cristo que llega a nuestra vida, que camina a nuestro lado, que hace suyos nuestros sufrimientos, que nos da consuelo y paz, que nos inunda con su gracia y su perdón.

Y todo esto tiene que manifestarse en unos frutos muy concretos en vuestra vida. Por supuesto que es la gracia del Señor que os hace presente el amor de Dios que os perdona y os fortalece. Pero precisamente, por esa gracia que recibís, vuestra vida tiene que ser distintaK; distinta porque por la gracia del Señor descubráis ese sentido nuevo que tiene para vosotros vuestra debilidad y vuestra enfermedad; sentido nuevo porque sabréis uniros al sufrimiento de Cristo, a su pasión y a su cruz, con la pasión de vuestros sufrimientos y debilidades ofrecidos con amor. El amor de Dios, el amor de Cristo hizo que aquella pasión y aquella cruz tuvieran valor y sentido redentor. Pues, de la misma manera, poned amor y poned fe en la cruz de vuestros sufrimientos y cuánto valor salvífico pueden tener para nuestro mundo tan necesitado de la gracia del Señor en tantos problemas y necesidades que sufrimos hoy en nuestra sociedad.

Pero aún más, podemos decir, porque desde la gracia del Señor habrá una nueva forma de sufrir y de vivir. En el Señor encontraréis fuerza para llevar con paciencia vuestras flaquezas y dolores; en el Señor encontraréis fuerza también para saber superar esos malos momentos por lo que muchas veces pasamos a causa de nuestros sufrimientos, pero que quizá también en nuestra impaciencia, por nuestras angustias y desesperos, algunas veces podemos hacer pasarlo mal también a los que están a nuestro lado.

Que seamos capaces de superar malos humores; que sepamos superar nuestras tristezas y angustias y nunca llenemos de tristeza o de angustia a los que están a nuestro lado; que aprendemos a aceptarnos mutuamente como somos comprendiendo que si nosotros estamos sufriendo por nuestros males, el otro que está a nuestro lado también está pasando su sufrimiento, y asi en consecuencia mirándonos a nosotros mismos seamos comprensivos con los demás. Hay ocasiones que nos volvemos exigentes, antipáticos, hasta egoístas a causa del mal que llevamos en nuestra debilidad o dolor; pues que aprendamos a mejorar y a superarnos para no ser causa de sufrimiento nunca para los demás. La gracia del Sacramento a eso nos ayuda también.

En una de las oraciones de la liturgia de la celebración del sacramento, cuando se celebra con ancianos, pedimos ‘concédeles que confortados con el don del Espíritu Santo, permanezcan en la fe y en la esperanza, den a todos ejemplo de paciencia y así manifiesten el consuelo de tu amor’. Que esos sean unos frutos que se manifiesten en nosotros tras la celebración de este sacramento.

Saturday, April 30, 2011

En su gran misericordia la pascua no llena de paz, alegría y perdón


Hechos, 2, 42-47;

Sal. 117;

1Pd. 1, 3-9;

Jn. 20, 19-31

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo…’

Así tenemos que comenzar bendiciendo a Dios con las palabras del apóstol. ‘Bendito sea Dios… nos ha hecho nacer de nuevo… por la resurrección de Jesucristo…’ Seguimos hoy con toda solemnidad celebrando la resurrección de Jesús. Estamos en la octava de la Pascua. Y tenemos que considerar bien cuánto significa eso para nuestra vida; cuánta es la gracia que por la misericordia de Dios alcanzamos. Un nacer de nuevo, una vida nueva, un bautismo que nos salva y que hemos querido renovar, revivir con toda intensidad en esta Pascua.

Hemos escuchado en el evangelio el relato de lo sucedido en la tarde de aquel primer día cuando Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos, reunidos, encerrados en el cenáculo. También lo sucedido en el mismo lugar ocho días después cuando Cristo vuelve a manifestarse ahora ya con los once reunidos, porque también estaba Tomás. Lo escuchamos en la Palabra que se nos ha proclamado, lo revivimos con nuestra fe, lo sentimos vivo en nosotros mismos, en nuestra vida, porque de la misma manera Cristo resucitado llega a nosotros, se hace presente también en medio nuestro.

‘Paz a vosotros’, es el saludo pascual de Jesús en una y otra ocasión. ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo’, habíamos escuchado decir a Jesús en otra ocasión. Paz de Jesús para nuestros miedos y cobardías: estaban ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’, comenta el evangelista. Paz que disipa dudas y nos da seguridad. Paz que nos llena de fortaleza y valor. Paz que nos hace sentirnos nuevos desde dentro de nosotros mismos. Paz de quienes nos sentimos amados, salvados, perdonados. Paz de vida, de amor, de perdón, de gracia. Es un regalo del Señor que tenemos que saber acoger.

¿Cómo no van a sentir la alegría de que Jesús resucitado esté allí en medio de ellos? ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’. Era verdad lo que los ángeles habían dicho a los mujeres en el sepulcro. Era verdad lo que venían contando las mujeres, o aquellos discípulos que habían marchado a la finca de Emaús y decían que Jesús había estado con ellos. Tenía su sentido lo del sepulcro vacío. ‘Se llenaron de inmensa alegría al ver al Señor’. Es la alegría que nosotros sentimos también y con la que venimos celebrando hondamente la pascua y la resurrección. También en la fe nosotros sentimos a Cristo resucitado en medio de nosotros.

Allí está Jesús resucitado, quien había dado su vida, quien se había entregado por amor, quien había derramado su sangre para el perdón de los pecados. Con Jesús, como decíamos, llega la gracia y el perdón, llega la salvación. Para nosotros y para el mundo entero. Por eso confía a los discípulos la misión de la reconciliación y del perdón.

Enviados por Jesús como el había sido enviado por el Padre para anunciar el perdón y la gracia, para pronunciar la Palabra de gracia que nos trae el perdón porque no solo va a ser anuncio, sino va a ser de ahora en adelante sacramento porque en esa Palabra pronunciada por los apóstoles y sus sucesores tenemos la seguridad el perdón que Cristo nos ha obtenido con su entrega y su muerte, que Dios nos ha dado. Es el hermoso regalo de Pascua de Jesús a sus discípulos. ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados… como el Padre me ha enviado, así os envío yo…’

Se despierta de nuevo la fe. Renace la fe con la alegría de sentir a Cristo en medio nuestro. Se disipan las dudas. Porque como Tomás también tantas veces estamos queriendo buscar pruebas que podamos palpar con nuestra manos. Cuando el grupo de los discípulos le cuenta a Tomas que han visto al Señor están sus reticencias y dudas. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos, si no meto mi mano en su costado, no lo creo’. Es la prueba que exige Tomás.

¿Una fe sólo basada en pruebas razonables y palpables a lo humano? Fe es confiar y fiarse. Fe es abrir el corazón al misterio y al amor. Fe es abrir los ojos del alma para dejarse conducir por Dios. En fin de cuentas, es algo sobrenatural, es un don de Dios que por supuesto El quiere regalarnos y nosotros humildemente hemos de saber aceptar. Fe es fiarnos del amor de Dios que tantas pruebas nos da cuando nos entrega a Jesús.

Cuando a los ocho días, estando ya Tomás con el grupo, aparece Jesús resucitado de nuevo, ya Tomás no necesitará pruebas. ‘Señor mío y Dios mío’, es su emocionado exclamación y su confesión de fe ahora llena de humildad. Vayamos con humildad a Dios, pongámonos con humildad ante Dios cuando quiere llegar a nuestra vida. Ya sabemos que el se manifiesta y se revela de manera especial a los sencillos y a los humildes.

‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, exclamará Jesús. Dichosos nosotros que no necesitamos ojos de la cara ni palpar con nuestras manos sino que desde la fe sabemos aceptar a Jesús, reconocer a Jesús presente en medio nuestro. Como nos decía Pedro, ‘no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en El; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’.

Qué hermoso es lo que estamos viviendo en estos días. Cómo nos sentimos transfigurados en la Pascua del Señor. Cómo sentimos que se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor. Por algo este domingo el Papa Juan Pablo II, a quien hoy precisamente la Iglesia declara Beato, quiso que se llamara y así lo celebráramos como el domingo de la misericordia. ‘En su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos’, recordamos que nos decía el apóstol. Y hemos pedido en la oración al ‘Dios de la misericordia infinita que reanime la fe de su pueblo en la celebración de estas fiestas de pascua’.

Pedimos sí, que ‘se acrecienten en nosotros los dones de su gracia para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido’. Cuánta gracia por la misericordia del Señor recibimos. Cuánto regalo de amor Jesús nos hace. Qué riqueza y qué grandeza se nos ha conferido cuando en el Bautismo se nos ha hecho hijos de Dios. No lo podemos olvidar. Hemos de tenerlo siempre muy presente en nuestra vida. Eso nos ayudará a vivir más santamente, a responder mejor a la gracia y al amor del Señor. ‘Demos gracias al Señor que es bueno y que es eterna su misericordia’, como cantamos en el salmo.

Que sintamos esa paz que Cristo resucitado nos da y nos gocemos en verdad con el perdón que nos regala al tiempo que seamos ministros de reconciliación y de perdón para con nuestros hermanos. Es el regalo de amor que un cristiano enamorado de Cristo ha de saber ir haciendo allá por donde va para poner paz, para reavivar el amor, para que los corazones se llenen siempre de la verdadera alegría. Ojalá llegáramos a vivir el amor y la comunión que vivían las primeras comunidades de jerusalén como nos expresa el texto de los Hechos. Podría ser una comprometida respuesta a la Palabra de Dios escuchada en esta Pascua.

Que la intercesión del Beato Juan Pablo nos alcance de Dios esa gracia de santidad para nuestra vida.

Sunday, April 10, 2011

Miremos con sinceridad dentro de nosotros y contemplemos el rostro de Dios



Dan. 13, 1-9.15-17.19-30.33-62;

Sal. 22;

Jn. 8, 1-11

Un texto el del evangelio escuchado que nos ayuda por una parte a mirarnos con sinceridad dentro de nosotros mismos, pero contraluz nos hace contemplar el rostro y el corazón misericordioso de Dios llenándonos de esperanza e invitándonos a ir a El a pesar de los que sean nuestros pecados.

Jesús está Jerusalén desde temprano enseñando en el templo. Y allí ‘le traen a una mujer sorprendida en adulterio’. Los escribas y los fariseos quieren poner a prueba a Jesús para poder acusarlo. La ley de Moisés mandaba apedrear sin compasión a las adúlteras. ¿Qué hará Jesús?

Allí estaba quien había dicho muchas veces que ‘el Hijo del Hombre no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores’. En su presencia está una mujer pecadora. Allí estaba quien se nos presentaba como el pastor que va siempre a buscar a la oveja perdida, o como el padre bueno que espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado de casa para recibirle con el abrazo del amor y del perdón. ¿Qué hará Jesús?

El también nos había enseñado a no juzgar para no ser juzgados, a no condenar para no ser condenados, porque la medida que usemos será la medida que usarán con nosotros. ¿Podría Jesús juzgar y condenar a quien avergonzada por su pecado estaba allí tirada y postrada a sus pies? ¿Qué hará Jesús?

Parecía absorto en otras cosas. ‘Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo’. Pero insistían en preguntar, en que diera respuestas o soluciones. ‘Se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’. ¿Por qué antes de juzgar y condenar no nos miramos por dentro? Es lo que quiere Jesús que hagamos, que nos miremos por dentro. Si lo hacemos con sinceridad de otra manera actuaríamos con los demás. Porque somos muy fáciles para juzgar y para condenar, pero no nos gusta que nos juzguen a nosotros o nos condenen. Cuando sospechamos que alguien se atreve a pensar o llega a decir algo de nosotros, cómo nos duele, con qué dureza reaccionamos.

Los acusadores ahora se van marchando uno a uno, de manera que al final estará la mujer sola allí en medio de pie, delante de Jesús. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más’.

Así es el corazón de Dios. Así se nos manifiesta su misericordia. Así tendríamos nosotros que aprender. ¿Por qué andaremos en la vida con tantos juicios y condenas? ¿Por qué seremos tan inmisericordes? Si además nosotros hemos experimentado tantas veces la misericordia de Dios, ¿cómo es que nosotros no somos también misericordiosos con los demás?

Quienes tantas veces nos hemos acercado al Señor, nos hemos acercado al sacramento de la Penitencia para pedirle perdón al Señor y hemos salido de ese encuentro con el perdón de Dios en nuestro corazón, tenemos que aprender a ser generosos también en nuestro perdón para con los demás. Misericordiosos y generosos para perdonar no una sola vez, sino todas las veces que haga falta como lo hace el Señor con nosotros. Piensa cuántas veces te has acercado al Sacramento de la Penitencia a confesar tus pecados prometiendo una y otra vez que vas a enmendarte, y cuántas veces has vuelto otra vez a caer en la misma tentación. Claro que hemos de sentir sobre nosotros la exigencia de corregirnos, de cambiar, de no volver al pecado. Como le dice Jesús a aquella mujer pecadora: ‘Anda, y en adelante no peques más’.

Aprendamos a tener esa generosidad del amor en nuestro corazón, como generoso en su amor es el Señor con nosotros. Cuando en estos días en que tenemos ya tan cerca la celebración de la pasión y muerte del Señor y de su resurrección, vamos a contemplar una y otra vez ese sublime amor de Jesús, un amor supremo, un amor total que le lleva a entregarse por nosotros, porque nos ama, porque nos quiere regalar su perdón y su gracia. Que vayamos aprendiendo lecciones para nuestra vida. Que disfrutemos de su amor, pero que aprendamos a amar nosotros con un amor igual.

Monday, March 28, 2011

Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde


Dan. 3, 25.34-43;

Sal. 24;

Mt. 18, 21-35

‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’

Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.

Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.

Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.

Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.

Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.

Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.

Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.

Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.

Friday, March 25, 2011

Un canto al amor de Dios que sigue amándonos como hijos

Miqueas, 7, 14-15. 18-20;
Sal. 102;
Lc. 15, 1-3.11-32

La parábola es un canto al amor de Dios que no sólo espera sino que persigue al pecador hasta recuperarlo. Es un hermoso retrato del amor de Dios.
Muchas veces hemos escuchado y meditado esta parábola. Comunmente la llamamos del hijo pródigo, pero ya escuchamos muchas veces llamarla la del padre misericordioso. Porque realmente el protagonista no es el hijo sino el padre. De lo que quiere Jesús hablarnos no es del hijo, sino del padre, porque lo que quiere Jesús es hablarnos de Dios, nuestro Padre que así nos ama, nos espera, nos busca, nos sigue ofreciendo siempre su amor, sea cual sea la actitud o la respuesta que nosotros le demos.
Es cierto que en la parábola nos vemos reflejados, porque también es un retrato de nuestro pecado y de nuestras infidelidades. Nos vale para mirar nuestra vida, pero para mirarla con la mirada de Dios. Porque simplemente mirándonos con nuestra mirada, nuestros ojos, nos veríamos quizá miserables y despreciables. Incluso podríamos hundirnos más al ver lo poco que somos y el mal que hacemos. Pero con la mirada de Dios, con la mirada del Padre es distinto, porque la mirada de Dios siempre será una mirada de amor. Un amor que nos llama, nos invita a ir a El, nos da su abrazo de amor y de perdón.
Hay quien ha dicho que realmente el hijo fue así porque no había terminado de conocer al Padre. Se quiere levantar de su postración y hundimiento, quiere volver a la casa del padre, pero no se atreve a ir como hijo; ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, piensa decirle. No ha terminado de conocer al padre que le espera, al padre que sigue amándole, al padre que no le va a echar en cara, sino que encima tendrá regalos para él: un traje nuevo, un anillo y una sandalias, un ternero cebado y una fiesta. Así es el padre, así es Dios.
El otro hijo, el que aparentemente era el bueno y cumplidor, pero que tenía el corazón lleno de resentimientos tampoco conocía al padre, ni había intentado parecerse a él. Por eso sus quejas, su rabieta podríamos decir, su no querer entrar a la casa y aceptar al hermano. Y allí está el padre rogando, suplicando, queriendo hacer comprender al hijo todo lo que es su amor.
¿Habremos terminado nosotros de conocer a Dios? ¿habremos, al menos un poquito, intentado parecernos a El? La parábola nos enseña, nos habla de ese amor de Dios, de su misericordia y compasión. Como hemos dicho en el salmo ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Pero no lo olvidemos. Es más copiemos esa compasión y esa misericordia en nuestra vida para que nunca tengamos recelos contra nadie, para que nunca nos fijemos primero en lo malo o en sus defectos que en los motivos que tenemos para amarle.
‘¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas; arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. Hermoso el texto del profeta Miqueas. Y es un texto del Antiguo Testamento. Muchas veces pensamos que en el Antiguo Testamento solo se nos presenta la imagen de un Dios justiciero o vengativo. Es el Dios del amor. Recordemos con que paciencia ha estado siempre al lado de su pueblo a pesar de todas las infidelidades y pecados.
Podremos recordar también nosotros la experiencia que hayamos tenido de sentirnos amados y perdonados. Es bueno recordarlo, revivirlo. Nos ayudará a conocer más a Dios y a amarle más también. Nos ayudará a esas actitudes nuevas que hemos de tener para con los demás.
Claro que vamos a acercarnos al Señor desde nuestro pecado diciendo ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti’. Reconoceremos, es cierto, que nada merecemos y no merecemos ser tenidos como hijos, pero hemos de reconocer también todo lo que es el amor que el Señor nos tiene que sigue considerándonos como hijos a pesar de que seamos pecadores.

Thursday, March 17, 2011

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?...


Ez. 18, 21-28;

Sal. 129;

Mt. 5, 20-26

‘Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?... Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y El redimirá a Israel de todos sus delitos’. Qué bueno es el Señor, tenemos que reconocer. De El viene la misericordia. El quiere darnos siempre el perdón. Nos está regalando su amor continuamente. Como dice, ‘redención copiosa’, así con generosidad, desbordante es el amor del Señor. Consuelo, esperanza, llamada al amor y a la conversión.

Con este salmo hemos seguido saboreando lo que nos decía el profeta. No quiere el Señor la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Es la hermosa conclusión que podemos sacar. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos… ciertamente vivirá y no morirá, no se recordarán los delitos que cometió, por la justicia que ha hecho, vivirá…’ Qué generoso es el corazón del Señor. ‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su camino y viva?’

Sentir el gozo del perdón del Señor es un gozo grande para el corazón. Saber que el Señor no tiene en cuenta nuestros delitos y pecados una vez que nos hayamos convertido y El nos haya perdonado, nos llena de esperanza y de confianza. Es el Señor dispuesto a perdonar y olvidar para siempre nuestro pecado. Es el Señor bueno que siempre premiará nuestras obras buenas como El sabe hacerlo.

Pero también es una exigencia para nuestra vida. Hemos de convertirnos guardando los preceptos del Señor, practicando el derecho y la justicia, como nos dice el profeta. Hemos de dar señales de esa vida buena que queremos vivir cumpliendo los mandamientos del Señor. No podemos decir que nos convertimos al Señor y seguimos haciendo el mal.

Por eso cuando en el catecismo hablamos de las cosas necesarias para celebrar bien el sacramento de la penitencia en el que el Señor nos concede su perdón y su paz, una de las condiciones es el propósito de la enmienda, o sea, el propósito de corregirnos, de evitar de nuevo el pecado. Es costoso pero necesario. Costoso porque está nuestra inclinación al mal y la tentación a la que estamos sometidos continuamente. Necesario porque tenemos que dar señales de un verdadero arrepentimiento. Es algo que no podemos olvidar de ninguna manera.

Por eso es fuerte también lo que nos dice el Señor por el profeta. ‘Si el justo se aparta de su justicia y comete la maldad, imitando las abominaciones que cometía el malvado, no se recordará la justicia que hizo… por el pecado que cometió morirá’. Es para pensarlo bien. Cómo echamos a perder nuestra vida por el pecado y dejándonos seducir por la tentación. Eso nos pide esa vigilancia con que hemos de vivir para no caer en la tentación. Vivamos un arrepentimiento sincero y llenemos nuestra vida de las obras del amor y de la justicia.

El texto del evangelio, que forma parte del Sermón del Monte, lo hemos escuchado y reflexionado no hace muchos días. Subrayar lo que entonces decíamos de cuál es la medida y la delicadeza de nuestro amor; cómo el Señor nos pide esa comunión y armonía de hermanos y de personas que se quieren que nos llevará a no ofender nunca, y a saber perdonar y reconciliarnos con sinceridad siempre. Si, como decíamos, el Señor es generoso en su amor y su perdón para con nosotros que de la misma manera con esa generosidad del amor sepamos actuar y relacionarnos con los que nos rodean. Es una manifestación de nuestra sincera conversión al Señor.

Saturday, February 19, 2011

La sublimidad del amor para perdonar, para amar e, incluso, orar por todos



Lev. 19, 1-2.17-18;

Sal. 102;

1Cor. 3, 16-23;

Mt. 5, 38-48

‘Yo soy amigo de mis amigos’ es una frase que escuchamos decir en muchas ocasiones a quienes quieren expresarnos su bondad o buena voluntad. ‘Yo ayudo al que me ayuda… soy bueno con los que son buenos conmigo…’ solemos decir también. Está bien quizá para definirnos en los perfiles de las redes sociales cibernéticas, pero si lo tratamos de entender a la luz del evangelio que hoy hemos escuchado nos damos cuenta de que nos quedamos pobres.

Con ser ya algo bueno todo eso que expresamos el amor cristiano es algo mucho más sublime. Como nos dirá Jesús ‘si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’ Eso lo hace cualquiera. La meta y el ideal que nos propone Jesús es bien alto. Ya nos había dicho el Levítico ‘Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo’. Ahora nos dice Jesús: ‘sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Lucas en su evangelio por su parte nos dice: ‘Sed misericordiosos, compasivos como vuestro Padre es compasivo’.

Y ¿qué es lo que hemos dicho en el salmo? ‘El Señor es compasivo y misericordioso’. El Dios del amor y de la misericordia es nuestro modelo. El Dios que siempre nos está manifestando su amor y su misericordia es el que llenará también nuestro corazón de amor y de misericordia.

Claro que en la cabeza quizá podemos tenerlo muy claro, pero en el día a día de nuestra vida cuando nos vamos encontrando y conviviendo con los que nos rodean, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente con la que nos vamos tropezando por la calle o en nuestra vida social, ya nos costará más. Cuando le ponemos rostro a ese amor, cuando le ponemos nombre y apellidos a las personas a las que tenemos que amar, cuando las contemplamos con sus luces o con sus sombras hay que hacer un esfuerzo para vivir un amor como el que nos enseña Jesús.

Nos habla Jesús de quienes nos ofenden o hacen daño, de aquellos que quizá nos caen mal o son exigentes con nosotros y nos reclaman, o de aquellos a los que podríamos considerar enemigos y nos pone la antítesis de lo que habitualmente hacemos y de lo que quiere El que aprendamos a hacer. ‘Habéis oído que se dijo… yo, en cambio, os digo…’ ¡Con qué autoridad nos habla Jesús! Puede hacerlo. Es nuestro Maestro. Es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Es una nueva manera de hacer las cosas. Es la respuesta del amor a la violencia. Es la respuesta de la generosidad frente a la exigencia y al egoísmo. Es la respuesta de la concordia frente al que quiere dividir o enfrentar. Es la respuesta del amor y del perdón a la venganza o al resentimiento. Desarmemos las armas de la violencia, del egoismo, de la división o de la venganza con el bálsamo del amor, de la generosidad y del perdón.

Rompe Jesús la ley del talión para sembrar en nosotros unas actitudes nuevas de amor, generosidad, misericordia y compasión. Aunque solemos considerar la ley del talión como una concesión a una venganza sin límites que aparentemente me diera derecho en la venganza a hacer todo el daño posible a quien me haya tratado mal, realmente la ley del talión, entendámoslo bien, ya era en sí una limitación a esa venganza ilimitada, porque en justicia sólo se podría hacer daño al otro en la misma medida en que me haya hecho daño a mí. De ahí lo del ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pero Jesús quiere romper totalmente esa espiral de venganza justiciera y de violencia, poniéndonos en camino de otras actitudes de misericordia, compasión y perdón, nacidas de un amor verdadero.

‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ No cabe en el camino del Reino el odio y el rechazo del otro porque no sea del grupo de los amigos o de los que piensen o actúen como yo. El amor ha de tener una categoría universal y nadie puede quedar excluído. Y si aún te cuesta amar al otro cuando le has puesto nombre y puede resultar ser un enemigo o contrincante, reza por él. Cuando se sea capaz de rezar por el otro aunque no sea de mis amigos, o incluso de mis enemigos, ya estaré comenzando a ponerle en mi corazón y al final terminaré amándole. Claro que cuando entramos en estas categorías del amor se están comenzando a desaparecer las listas de los considerados como enemigos, porque a quien se ama nunca se le podrá ya considerar como un enemigo.

Y es que hay una razón muy poderosa. Esas personas están en el corazón de Dios, son amados de Dios, porque Dios ama a todos, ¿por qué no les voy a amar yo también? Intentemos, pues, irlos poniendo en nuestro corazón, en nuestras entrañas, siendo capaces de ponerles en nuestra oración, y así llegaremos amar también entrañablemente como nos ama Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Son las sublimidades del amor cristiano, de un amor al estilo del amor de Jesús. Es así el amor que Dios nos tiene. Es así la ternura de Dios, de un Dios que nos ama desde lo más hondo de sus entrañas, nos ama entrañablemente. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles’. Así hemos rezado en el salmo. Que no sean solo unas palabras que hayamos dicho, sino que sea algo que tengamos bien anclado en nuestra vida.

Es lo que recordamos al principio y nos decía Jesús. ‘¿Qué hacéis de extraordinario? ¿Qué premio tendréis si solo amáis a los que os aman…’ De ahí esa invitación de Jesús que nos hace entrar en un camino de mayor perfección y santidad, que es entrar en un camino de mayor amor, de más misericordia y compasión. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, soy santo… y no odiarás sino amarás, no guardarás rencor sino que al menos amarás a tu hermano como a ti mismo’, como decía el Levítico.

Aunque Jesús, cuando nos propone ese camino de perfección como la del Padre del cielo, nos llegará a decir que tenemos que amar como El nos ha amado. Y entonces sí entenderemos toda esa sublimidad del amor que nos pide Jesús. Es que no vamos a hacer otra cosa que amar con su amor. Será su Espíritu en nosotros quien nos dé fuerza y haga posible en nosotros un amor así

Thursday, January 27, 2011

Cada día sembremos una semilla de amor y de bondad

Cada día sembremos una semilla de amor y de bondad

Hebreos, 10, 32-39; Sal. 36; Mc. 4, 26-34

Una semilla echada en tierra que germina y va creciendo hasta dar fruto; un pequeño e insignificante grano de mostaza que nos dará una esbelta planta. Así compara Jesús el Reino de Dios, que tiene que nacer en nuestros corazones, crecer y dar fruto. Así es el misterio del Reino de Dios.

Jesús nos propondrá otras parábolas que también nos hablan de la semilla que ha de encontrar buena tierra para que pueda dar fruto, o de la semilla que ha de crecer rodeada de malas plantas porque otros habrán sembrado malas semillas. Todo ello nos está hablando del misterio oculto del Reino de Dios plantado en nuestro corazón a través de la Palabra que nos llega. Misterio por otra parte de humildad y sencillez porque no hemos de buscar cosas grandiosas ni espectaculares para vivir ese Reino de Dios.

Ese Reino de Dios que se manifiesta en esos pequeños gestos de bondad y de paz que podemos tener cada día con los que nos rodean; esa humildad y sencillez de la que hemos de rodear nuestra vida; esa generosidad que ha de brotar de nuestro corazón para hacer el bien, para ayudar, para perdonar, para buscar la paz, para tener ese corazón misericordioso y compasivo que sabe compartir y que sabe hacer suyo el sufrimiento de los demás.

Ese Reino de Dios que nosotros hemos de ir sembrando también cada día en los que nos rodean con esa palabra buena y amable, con ese consejo que ayuda a hacer el bien, con ese perdón nacido del amor que siempre disculpa; ese Reino de Dios que sembramos cuando trasmitimos evangelio en nuestra vida, nuestras palabras y nuestros gestos buenos; ese Reino que vamos sembrando cuando hablamos de Dios a los demás, cuando queremos sembrar inquietud en los corazones con deseos de cosas grandes, cuando cultivamos virtudes en nuestra vida o luchamos por superarnos cada día más en los defectos o vicios que podamos tener.

Cuántas cosas buenas podemos hacer cada día para hacer más felices a los que están a nuestro lado; con cuántos resplandores de luz podemos iluminar a los otros para que descubran a Dios, para que lleguen a conocer la Buena Nueva del Evangelio. Recordemos lo que nos dice Jesús de que seamos luces que iluminemos con nuestras buenas obras para que los hombres puedan glorificar a nuestro Padre del cielo.

Que cada día sembremos una semilla; que cada día intentemos ser luz para los demás con nuestro amor. Esa pequeña semilla que nos puede parecer insignificante en ese pequeño gesto que podamos tener con el otro se puede multiplicar en muchos frutos. Si cada uno de verdad nos comprometiéramos a sembrar esa pequeña semilla cada día de nuestra bondad y nuestro amor, ¿habéis calculado cuantas obras buenas se realizarían cada día en nuestro entorno?

Qué felices podríamos ser porque crecería nuestro amor, nuestra buena convivencia, la armonía y la paz. Cuánto consuelo podríamos dar a los que lloran y sufren a nuestro lado y cuantas lucecitas podríamos encender en los corazones de los demás. Cómo se iluminaría el mundo con todas esas lucecitas encendidas juntas. Qué resplandor más grande podríamos dar. Sería el brillo del Reino de Dios en medio de nosotros.

Vamos a intentarlo. Haremos en verdad un mundo mejor.

Wednesday, January 12, 2011

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Hebreos, 3, 7-14; Sal. 94; Mc. 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, le dice el leproso que se acerca hasta Jesús. Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza.

Reconoce su lepra, su mal, la realidad llena de negrura de su vida. Pero no quiere quedarse hundido en esa negrura. Bien sabemos que los leprosos en aquellos tiempos eran obligados a vivir al margen de la comunidad y al margen incluso de la familia. Diciéndolo con buenas palabras diríamos que estaban condenados a vivir en una leprosería, pero quitando la bondad que puediera haber en esa palabra, la vida era muy dura por la marginación en la que tenían qque vivir.

Pero aquel leproso hace otro reconocimiento. Puede salir de aquella situación. Hay alguien que puede sacarle, liberarle, limpiarle de aquella lepra. Por eso acude a Jesús. Por eso además de reconocer su situación, sus deseos y esperanzas de verse liberado, está haciendo también un reconocimiento del poder de Jesús.

Y surge la súplica humilde, pero llena de esperanza. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Ya no depende sólo de sí mismo sino que toda su esperanza la tiene puesta en Jesús. ‘Si quieres…’ Suplica, se pone ante Jesús con su situación, tiene esperanza. ‘Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’.

No es necesario en este momento que nos extendamos en más consideraciones de lo que le dice Jesús que haga y de lo que realmente luego hizo aquel leproso curado. Simplemente pongámonos nosotros también delante de Jesús con nuestro mal, con nuestro pecado, con las negruras que puedan haber en nuestra vida. Es necesario comenzar por reconocerlo, como aquel leproso que reconoció su lepra, su enfermedad.

Hay ocasiones en que nos sentimos hundidos en nuestro mal, en nuestro problema, en nuestra situación. O nos cuesta reconocer la pendiente en la que hemos caído o nos sentimos tan mal que parece que no vemos salida. Por eso tenemos que seguir aprendiendo de aquel leproso. ‘Si quieres…’ le dice a Jesús. Es lo que tenemos que hacer. Es a quien tenemos que acercarnos con la confianza de también va a extender su mano hacia nosotros para limpiarnos, para levantarnos, para darnos la esperanza de una nueva vida que podemos recomenzar.

Y la podemos recomenzar con su perdón como un bálsamo sobre nuestro corazón, sobre las heridas de nuestra vida. Será su Sangre la que nos lave, nos purifique, nos de el perdón. Y el Señor sigue confiando en nosotros. Y en El vamos a encontrar esa paz que necesitamos, aunque muchas veces los que estén a nuestro lado puedan estar empeñados en que no tengamos esa paz porque seguirán recordándonos esa lepra que tuvimos y de la que fuimos curados. Cuánto necesitamos todos aprender, porque a veces se nos pegan las actitudes del mundo que no entiende de perdón sino de revancha y de venganza. Y podemos actuar los cristianos, podemos actuar en la Iglesia con esos criterios vengativos del mundo, olvidándonos de lo que es la misericordia y el amor del Señor. No sé si algunos aún quisiera que hubiera inquisisiones que decreten destierros de marginación para siempre. Me duelen en el alma actitudes asi en quienes nos llamamos seguidores de Jesús.

Cómo tenemos que aprender de la misericordia de Jesús que nos manifiesta el rostro de Dios. Es un detalle que no es baladí el que Jesús tiene con aquel leproso. ‘Extendió la mano y lo tocó’. No tuvo miedo Jesús a contagiarse porque lo que quería Jesús para aquel hombre era vida y salud. Seguro que esa mano de Jesús sobre aquel cuerpo malherido por la enfermedad fue como un calambre de gracia que llegó al corazón del leproso que era curado, porque allí se estaba manifestando la cercanía de Dios, el amor de Dios que es siempre compasivo y misericordioso.

Sintamos sobre nosotros esa mano de Dios que nos sana, que nos salva, que nos llena de gracia, que nos regala su vida, que nos da la dignidad nueva de hijos de Dios.

Saturday, December 25, 2010

La familia escuela de humanismo y semillero de santidad a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret


Eclesiástico, 3, 2-6.12-14;

Sal. 127;

Col. 3, 12-21;

Mt. 2, 13-15.19-23

‘Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’. Así escuchábamos ayer en el evangelio. Así lo encontrarán los Magos de Oriente, como escucharemos en unos días. Y en el evangelio hemos escuchado hoy que nos habla de aquella sagrada familia de José, María y Jesús con sus dificultades que le harán emigrar a Egipto y luego finalmente establecerse en Nazaret.

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. En medio de este ambiente navideño que por otra parte tiene también tan hermosas resonancias familiares, la liturgia nos invita en este primer domingo después de la celebración del Nacimiento del Señor a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, imagen en quien mirarse y modelo que imitar para todas nuestras familias.

El Dios amor no podía encontrar mejor realidad humana a la hora de encarnarse y hacerse presente en medio de nosotros para nuestra salvación que la familia. Cuna de amor donde se hace realidad viva esas variadas situaciones de nuestro amor humano. ‘Una realidad con los cuatro rostros del amor humano: paternidad, filiación, hermandad y nupcialidad’ (Puebla 1979).

En la familia llega a la más hermosa plenitud el amor matrimonial y esponsal de un hombre y una mujer que forman matrimonio; en la familia se vive con toda intensidad todo lo que es el amor de una paternidad y una maternidad en esa donación de amor tan hermosa que hacen los padres para con sus hijos; y es en la familia donde se vive esa hermosa relación filial que ya no es solo recibir amor sino también ofrenda de amor de unos hijos para con sus padres; y es también en la familia donde se tiene la rica experiencia de esa hermosisima relación fraternal del amor de los hermanos que caminan juntos, que crecen y maduran juntos alimentados en el amor de los padres, y donde se aprenderá todo el sentido del amor al otro para vivir siempre en esa donación de si a favor de los demás. Es por eso por lo que decimos también que ‘la familia es la célula primera y vital de la sociedad y la primera escuela de virtudes sociales’, como nos enseña el concilio Vaticano II.

La familia, pues, escuela de la más rica y hermosa humanidad, como el mejor caldo de cultivo para la realización de sí mismo y el mejor semillero de un crecimiento espiritual. ‘Escuela del más rico humanismo’, que nos dice la Gaudium et spes del Concilio. En la familia no vivimos unas relaciones interesadas ni nuestro trato desde un mercantilismo del doy para que me des o me das para que yo te dé. No son las cosas materiales las que nos unen, sino son otros lazos más íntimos y sutiles nacidos del amor más puro los que crean y mantienen esa comunidad de vida y amor que es la familia.

Es la familia, entonces, escuela también escuela de espiritualidad de tal manera que como cristianos la podemos llamar también Iglesia doméstica. Es ahí donde mejor poder aprender a conocer a Dios, donde primero se nos habla de Dios y se nos descubre su misterio de amor aprendiendo a llamarlo Padre; pero será ahí en la familia donde aprenderemos a relacionarnos con Dios – en la familia deberíamos aprender las primeras oraciones – y donde hemos de saber hacer Iglesia que escucha y ora al Señor, que le alaba y la de gracias en las distintas situaciones de la vida, y donde también aprenderá a contar con la ayuda y la fuerza de Dios en las diversas necesidades de la vida.

Como familias cristianas hemos de saber poner el centro de nuestra vida en Jesús al tiempo que de El y su Palabra recibir la luz que nos guíe, nos ilumine en los caminos de la vida y nos de la fuerza que necesitamos. Si supiéramos hacerlo que distinta sería la realidad en comparación con tantas familias rotas y con dificultades de todo tipo que contemplamos a nuestro alrededor. Lástima que nuestras familias cristianas no sepan aprovechar y beneficiarse, por decirlo de alguna manera, de toda esa riqueza de gracia que Cristo nos deja en el sacramento del matrimonio.

Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y en ella podemos ver reflejadas todas esas virtudes y valores que hemos de cultivar en el seno de nuestras familias. Precisamente la realidad en que se nos presenta en concreto en el texto hoy escuchado no es una situación fácil. La huída a Egipto como unos emigrantes o unos desplazados de la sociedad, como tantas situaciones difíciles que contemplamos a nuestro alrededor. Pero allí está la entereza de una familia unida, de un matrimonio de creyentes que se dejan conducir por el Señor, de una fortaleza humana y espiritual que les hace afrontar esas situaciones difíciles de una manera distinta.

Es por eso por lo que tenemos que aprender a entrenarnos y hacer ese crecimiento de nuestra vida interior, de una espiritualidad profunda que nos dé sentido y fortaleza porque en verdad nos dejemos guiar por el Espíritu del Señor y en El siempre encontremos la fortaleza de la gracia. Es la gracia del sacramento que un matrimonio cristiano recibe cuando se casa en el Señor, cuando vive en verdad su matrimonio como sacramento. Que distinta sería la solución de tantos problemas que afectan al matrimonio y a la familia si se supiera contar con la gracia y la fuerza del Sacramento, que es la gracia y la fuerza del Señor.

Muchas reflexiones podríamos seguir haciéndonos en torno a esta realidad de la familia. Mucho tendríamos que aprender de aquel hogar bendito de Nazaret. Pero hoy en nuestra celebración vamos a pedir con toda intensidad por la familia, que en la sociedad en la que vivimos se ve hasta bombardeada por tantas cosas que quieren destruirla. Para nosotros es un valor fundamental que no podemos dejar desaparecer de ninguna manera.

Pidamos al Señor por nuestras familias y pidamos por todas las familias que se encuentran con problemas. Pueden ser problemas de subsistencia para muchos en estos momentos de crisis económica y social, pero pueden ser también otros problemas sociales y humanos los que puedan poner en peligro su estabilidad. Pidamos al Señor por esos matrimonios rotos y esas familias destrozadas donde falta la paz, porque quizá se haya enfriado el amor.

El texto de la Carta a los Colosenses nos da hermosas pistas de esas virtudes que hemos de cultivar: miseriordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón y aceptación mutua, unidad, amor. Y todo iluminado por la Palabra del Señor y alimentado con la oración y la alabanza al Señor.

Pidamos hoy a la Sagrada Familia de Nazaret que se derramen abundantes bendiciones del Señor sobre nuestras familias y se pueda seguir dando ese hermoso testimonio del amor y sigan siendo esas escuelas de humanidad, de espiritualidad, como antes decíamos, y verdaderos semilleros donde cultivemos cada día la santidad de nuestra vida.

Sunday, December 5, 2010

Mirad a vuestro Dios que viene en persona y os salvará


Is. 35, 1-10;

Sal. 84;

Lc. 5, 17-26

‘Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará’. Viene el Señor, viene en persona, y nos salvará. Lo escuchaban los israelitas en el anuncio de los profetas y mantenían la esperanza.

Las señales de las que hablaban los profetas eran bellas, no sólo en las imágenes que proponían de una naturaleza frondosa, fecunda y llena de señales de paz y armonía, sino también por los signos de fortaleza y seguridad de las que les hablaban para su vida. ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis… viene el Señor’ con su salvación.

Son imágenes y señales que para nosotros son también bien significativas. Señales que nos valen en este camino de Adviento que vamos haciendo en nuestra búsqueda de Dios, en nuestro deseo también de salvación. Es lo que queremos vivir, lo que queremos que sea en verdad la navidad que vamos a celebrar. Por eso queremos ir profundizando de verdad en la Palabra del Señor que la liturgia nos va ofreciendo en este tiempo de Adviento.

Hoy el evangelio nos habla de un paralítico que es llevado hasta Jesús para ser curado. Manifiesta una fe muy confiada en aquellos hombres que lo conducen hasta Jesús. Una fe que les hará saltar por encima de todas las dificultades que se les puedan presentar. Aquel paralítico tiene que llegar hasta los pies de Jesús. pero la gente se agolpaba por todas partes y no había forma de poder entrar. Por eso, ‘no encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las lozetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús’. Es admirable la fe de aquellos hombres. El evangelista lo hace notar. ‘Jesús, viendo la fe que tenían…’ comenta.

Pero es entonces cuando sucede la maravilla. Es entonces cuando se manifiesta de verdad la salvación que Jesús quiere ofrecerrnos. Las rodillas vacilentes que son fortalecidas son sólo un signo; la curación de un enfermo o de un paralítico como en este caso es sólo una señal. Jesús ve la oportunidad de darnos la salvación. ‘Viendo la fe que tenían dijo al paralítico: Hombre, tus pecados están perdonados’.

Habrá gente que no lo entienda. Por allí están ‘los letrados y fariseos que se pusieron a pensar: ¿quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados mñas que Dios?’ Ya conocemos el resto, lo hemos escuchado al proclamar el evangelio. Jesús en verdad se nos manifiesta como el Salvador, como el que tiene poder para perdonar pecados.

Es la salvación que El quiere ofrecernos. Es realmente para lo que lo vemos nacer en Belén. Será lo que anuncian los ángeles a los pastores, como escucharemos cuando celebremos el nacimiento de Jesús. ‘Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’.

Es para lo que realmente nos vamos preparando en este tiempo de Adviento, en lo que en verdad hemos de poner todo nuestro empeño. Qué lástima que los cristianos gastemos tanto esfuerzo en cosas que no son realmente las verdaderamente importantes para celebrar la navidad. Tenemos que saber aprovechar todo lo que nos va ofreciendo la Palabra de Dios para reflexionar hondamente dentro de nosotros, para revisar nuestra vida, pero ver realmente la salvación que buscamos y que necesitamos, la salvación que Jesús quiere ofrecernos. ¿Queremos celebrar la navidad buscando también nosotros el perdón de los pecados? Porque si seguimos en nuestro pecado, ¿qué sentido tendría celebrar la navidad?

Sunday, November 7, 2010

Promover la fe, el conocimiento de Dios y la esperanza de vida eterna

Tito, 1, 1-9;
Sal. 23;
Lc. 17, 1-6

La Palabra de Dios que la liturgia nos va ofreciendo cada día es una riqueza grande para nuestra vida y un alimento muy importante para el camino de nuestra vida cristiana. Aunque haya veces que pareciera que se repiten cosas, como tantas veces hemos dicho, siempre tiene la novedad de la Buena Noticia que nos llega en el momento concreto que vivimos; siempre puede recordarnos una y otra vez actitudes que hemos de tomar o que hemos de revisar y nos tiene que mover a ir purificándonos más y más en nuestro camino de santidad.
Ese recorrido que vamos haciendo es todo un proceso que vamos realizando en nuestra vida; proceso que nos tiene que ayudar a progresar, a avanzar más y más en nuestro amor al Señor y en la respuesta de amor que hemos dar en nuestra relación fraterna. De ahí la atención y el amor con que hemos de saber acoger cada día la Palabra de Dios.
Iniciamos hoy en la primera lectura la breve carta de san Pablo a Tito, enmarcada en las que llamamos cartas pastorales. Por eso vemos cómo hace al apóstol a su discípulo unas recomendaciones de orden pastoral en la elección de los presbíteros de la comunidad. Sin embargo quiero fijarme en parte del saludo del Apóstol a su discípulo que está muy en consonancia con algo que venimos escuchando y meditando en estos días.
‘Apóstol de Jesucristo, para promover la fe de los elegidos de Dios, y el conocimiento de la verdad… y la esperanza de la vida eterna’. Nos está diciendo Pablo la misión que siente que le ha confiado el Señor al elegirle su apóstol. ‘Promover la fe de los elegidos de Dios’, nos dice en primer lugar. Diríamos que es lo que siempre hemos de procurar, esa respuesta de fe que damos al Señor al sentirnos sus elegidos y amados. Una fe que tiene que ir creciendo más y más, ganando en profundidad en nuestra vida para que sea en verdad la raíz y el fundamento de toda nuestra vida. Algo que todos hemos de cuidar en nuestra propia fe, para que no se debilite, para que no se pierda, para que no se muera nunca.
Y ello desde ‘el conocimiento de la verdad…’ como sigue diciendo el apóstol. Conocer la verdad de Dios es conocer a Cristo o, si queremos, conocer a Cristo es llegar a ese conocimiento de la verdad de Dios que es la verdad de nuestra vida.
Ayer decía el Papa en la dedicación del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona: ‘He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito’.
¡Qué importante ese conocimiento cierto de la verdad de Dios! Cuánto tendríamos que ahondar en ese sentido en nuestra vida. Y todo, como hemos venido reflexionando mucho estos días con ‘la esperanza de la vida eterna’, que da trascendencia, como da valor y sentido a todo el caminar del hombre. No nos vamos a extender más.
Merecería también decir una palabra del evangelio que hemos escuchado. Por una parte cuánto hemos de evitar en nuestra vida todo lo que pueda dañar al otro con nuestras malas obras o con nuestro mal ejemplo. Qué delicados tendríamos que ser en ese sentido en nuestra vida. Pero también nos habla por otra parte de cómo hemos de ayudarnos los unos a los otros con la corrección fraterna y con el sincero perdón. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdonarás’.
Cuánto nos cuesta todo esto. Los apóstoles le pedían a Jesús que les aumentara la fe para poder entenderlo y vivirlo. Es lo que nosotros pedimos al Señor para tener la fuerza de vivir un amor así, en el estilo de Jesús.

Wednesday, November 3, 2010

El orgullo de la fe y la alegría del perdón


Filp. 3, 3-8;
Sal. 104;
Lc. 15, 1-10


En dos pensamientos quiero resumir lo que nos ofrece la Palabra de Dios hoy: nuestra riqueza y nuestra gloria está en el Señor, y la alegría de la fe y de sentirnos amados por Dios.
Quiero subrayar por una parte el hermoso mensaje que nos ofrece Pablo en el texto hoy proclamado de la carta a los Filipenses. ‘Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Recuerda Pablo su condición de judío fiel y cumplidor en la ley del Señor, tal como era su vida antes de conocer a Cristo. Hace como una ficha de lo que era su vida y hasta de lo bien considerado que estaba como fariseo observante de la ley, irreprochable en su conducta, y hasta en cierto modo intransigente en su fe de manera que se había convertido en un perseguidor de la Iglesia de Cristo Jesús. Pero el Señor le había salido al paso y lo que hasta entonces era para él su gloria y su orgullo ahora lo considera como basura. Lo más importante que le ha sucedido en su vida fue conocer a Cristo, encontrarse con Cristo y esa es su gloria ahora considerando pérdida y basura todo lo otro.
El orgullo de la fe, y digo orgullo en un buen sentido. El gozo de creer y conocer a Cristo. El gozo y la gloria de ser cristiano por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo. Qué hermoso el testimonio de los mártires a través de todos los tiempos, pero que es el testimonio también de tantos y tantos cristianos que viven a tope su fe, su entrega, su amor y siguen hoy dando testimonio valiente de Jesús. Celebrábamos hace unos días la fiesta de Todos los Santos, pensando sí en los que en el cielo están cantando la gloria del Señor, pero pensando también en los que a nuestro lado viven santamente su fe, su vida, dando valiente testimonio de su condición de cristianos. Que sintamos en nuestro corazón también esas ansias.
Pero dijimos en principio también la alegría de la fe y de sentirnos amados del Señor. Y lo hago en referencia a lo escuchado en el evangelio.
Nos propone Lucas en este capítulo las parábolas de la misericordia. Hoy hemos escuchado la del buen pastor que busca a la oveja perdida, y la de la mujer que revuelve y rebusca por toda la casa hasta encontrar la moneda extraviada. Nos habla Jesús de esa búsqueda, y nos está hablando cómo Dios nos busca y nos llama cuando perdidos por nuestro pecado nos hemos alejado de El, pero nos habla también de la alegría por la oveja encontrada y la moneda hallada.
Nos dice Jesús: ‘Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse… os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta’.
Nos habla de la alegría de Dios, de la alegría del cielo. Pero quiero pensar yo en nuestra alegría cuando hemos vuelto de nuevo al encuentro del Señor tras el arrepentimiento y el perdón.
Habría que destacarlo también. Habría que subrayarlo. Es la alegría que tenemos que sentir en nuestro corazón cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la penitencia para pedir perdón por nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios. No podemos salir del sacramento de cualquier manera. No sé si algunas veces nos parecemos a aquellos leprosos que Jesús curó en el camino, entre los que uno solo volvió dando saltos de alegría para dar gracias y alabar a Dios porque había sido curado.
Que sintamos y manifestemos esa alegría del perdón. Hacemos muchas veces demasiado individualista la recepción del sacramento de la Penitencia, como si fuera solo una cosa entre Dios y yo, y no llegamos a manifestar esa alegría por el amor y el perdón recibido, que también a gritos tendríamos que compartir con los demás hermanos. Estoy contento, estamos contentos porque el Señor me ha perdonado, tendríamos que decir, tendríamos que gritar a los demás para así con todos dar gracias al Señor.
 

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