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Wednesday, June 29, 2011

Nuestra disponibilidad de sacrificio por el Señor


Gén. 22, 1-19;

Sal. 114;

Mt. 9, 1-8

¿Hasta dónde estaríamos nosotros dispuestos a llegar en los sacrificios que ofrezcamos a Dios? Buscando en el diccionario lo que significa la palabra sacrificio entre otras cosas nos dice que figuradamente es ‘acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño’. Acto de abnegación, o sea el hecho de negarnos algo que para nosotros consideramos importante, y que inspirados por el amor que tenemos a quien se lo ofrecemos – dice vehemencia - somos capaz de negárnoslo para nosotros para darlo o entregarlo a aquel a quien amamos.

La palabra sacrificio tiene una connotación también de algo sagrado, porque en su origen es la ofrenda de algo que hacemos a Dios; ya no la queremos para nosotros, sino que la queremos para Dios, lo que la convierte de alguna manera en algo sagrado. La raíz de la palabra sacrificio iría en ese sentido.

En las religiones antiguas se ofrecía a Dios de aquello que era su vida o el fruto de sus trabajos, lo que se consideraba lo mejor. Se ofrecían los mejores animales de sus ganados, que son los sacrificios habituales que vemos en la antigüedad; o se ofrecían los mejores frutos de la tierra, por eso eran las primicias las que se ofrecían, los primeros frutos. Así lo vemos a lo largo de todo el Antiguo Testamento y que en los libros del Pentateuco se describe muy bien cómo habían de ser aquellos sacrificios, ofrendas y holocaustos.

Pero en el texto que ha motivado este comentario, el sacrificio de Isaac, ya no es el fruto de sus trabajos o lo mejor de sus ganados lo que se va a ofrecer al Señor. ‘Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré’. Tenemos que entender muy bien el sentido de este sacrificio que Dios pide a Abrahán.

Era habitual en muchos pueblos vecinos a Israel el que se ofreciesen también sacrificios humanos, porque era una forma de ofrecer lo mejor y lo más querido que se pudiera tener, como era el caso de un hijo. Veremos que en la ley del pueblo de Israel estos sacrificios están proscritos, aunque veremos algun otro caso a lo largo del Antiguo Testamento como consecuencia de un voto hecho a Dios. No es ese el sacrificio que Dios nos pueda pedir.

En este caso es una prueba muy dura a la que somete Dios a Abrahán, que ha ya tenido que renunciar a su casa y a su tierra para ponerse en camino para ir allá a donde le pida Dios. Y abrahán obedece. Dios le ha prometido ser padre de un pueblo numeroso y sólo le ha dado un hijo, Isaac, que le pide ahora en sacrificio. ‘Dios puso a prueba a Abrahán’, dice el texto sagrado. ¿Será Abrahán capaz de tal sacrificio por la fe que ha puesto totalmente en el Señor? ¿Hasta ahí llegará la vehemencia de su fe y de su amor? Y Abrahán se puso en camino a lo que le pedía el Señor.

Dios le estaba pidiendo a Abrahán lo mejor de su vida que ya no eran ni los animales que pudiera sacrificar, ni los holocaustos que pudiera ofrecer del fruto de sus trabajos, ni tampoco ahora la muerte de su hijo sacrificado para Dios. Es algo más hondo lo que Dios le está pidiendo a Abrahán, le está pidiendo su corazón, su voluntad, su fidelidad hasta el extremo de dar lo mayor y mejor de sí mismo.

No será el hijo, Isaac, lo que Dios le esté pidiendo a Abrahán, pues no permitirá Dios ese sacrificio cruento, pero Abrahán ha sido capaz de darle su corazón a Dios. Es el acto de abnegación suprema, recogiendo lo que definíamos del sacrificio, motivada por la fe y por el amor hasta el extremo que Abrahán tiene a Dios.

Nos preguntábamos a principio, ¿hasta donde estaremos dispuestos nosotros a llegar en el sacrificio que le ofrezcamos a Dios? Ya ha habido quien se ha ofrecido en sacrificio de expiación por nosotros, porque Dios mismo nos ha entregado a su propio Hijo que por nosotros ha muerto en la cruz para nuestra redención y salvación. No necesitamos ahora nosotros ofrecerle cosas a Dios, aunque algunas veces pareciera que eso nos es más fácil.

¿Estaremos todavía nosotros en el sentido del Antiguo Testamento o más atrás aún por lo que habitualmente queremos ofrecerle a Dios? Porque nos es más fácil desprendernos de una cosa por muy valiosa que sea, que darle nuestro corazón, nuestro yo, la obediencia de nuestra fe al Señor. ¿Seremos capaces de ofrecerle nuestro corazón, nuestro amor total en el sentido del amor que nos enseña y vemos en Cristo, la fidelidad absoluta en el cumplimiento de los mandamientos del Señor?

Thursday, March 24, 2011

Llegada la plenitud de los tiempos Dios se encarnó para ser Dios con nosotros

Is. 7, 10-14;

Sal. 39;

Hebreos, 10, 5-10;

Lc. 1, 26-38

‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como la del Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así nos proclama san Juan en el principio de su Evangelio el Misterio de la Encarnación que hoy estamos celebrando.

Día de la Anunciación, decimos por el anuncio que el ángel de parte de Dios viene a traer a la humanidad cuando se manifiesta a María para decirle que iba a ser la Madre de Dios. Día de la Encarnación del Verbo de Dios en las entrañas de María tenemos que decir contemplando la escena evangélica. Es para quedarnos absortos ante tanto misterio de amor; mudos de admiración y asombro tenemos que quedarnos ante tanto amor como Dios nos tiene que quiere tomar nuestra naturaleza humana para hacerse hombre.

Así se cumplen las promesas de Dios al pueblo de Israel desde que allá en los umbrales de la humanidad el hombre se había atrevido a romper con Dios; sin embargo Dios sigue buscando al hombre, lo buscó en el paraíso terrenal mientras Adán y Eva se escondían avergonzados para anunciarles que habría salvación; y Dios siguió buscando al hombre, ahí tenemos toda la historia de la salvación en la historia del pueblo de Israel, anunciando una y otra vez por los profetas que quiere estar con nosotros, que quiere estar entre nosotros para ofrecernos su vida y su salvación.

Dios quiere ser Emmanuel; no es el Dios que se queda escondido allá entre las nubes del cielo y de su gloria, sino que su gloria se va a manifestar precisamente haciéndose presente entre los hombres. No siempre quisieron ver los hombres las señales de ese amor de Dios, pero ahí está, como nos dice el profeta ‘el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros’.

Lo vemos cumplido en las entrañas de María. Es el anuncio que el ángel le hace en Nazaret. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Como nos dice el Evangelio de Mateo: ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había anunciado el Señor por medio del profeta…’ y nos recuerda todo lo que hoy también nosotros hemos escuchado en la primera lectura.

En el prefacio proclamaremos ‘porque llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre para salvar a los hombres’. Llegó la plenitud de los tiempos, llegó quien era nuestra salvación, llegó el Verbo de Dios encarnado en las entrañas purísimas de María y nosotros nos postramos hoy en adoración ante tal maravilloso Misterio de Dios.

Nos gozamos en el Señor y para El queremos que sea todo bendiciones. Nos gozamos pero queremos acoger a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida, abriéndonos en todo a lo que sea su voluntad. Como Jesús. Como María. La carta a los Hebreos nos dice: ‘Cuando Cristo entró en el mundo, dijo: tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. No son necesarios los sacrificios de animales ni de cosas que ofrendamos al Señor. se acabaron ya para siempre esos sacrificios y ofrendas. Es la obediencia de la fe. Es el sacrificio de nuestro yo. Es la ofrenda de nuestra vida que buscará en todo hacer siempre la voluntad del Señor. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

Qué ejemplo nos da María. Humilde y turbada ante tanto misterio de Dios que se le manifiesta. Le costará entender la elección divina pero allí está ella como un humilde esclava. Que se haga la voluntad del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’. Es la fe de María. Es la disponibilidad de María. Es el amor total de María. Cuánto tenemos que aprender. ‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como la del Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Alabemos y bendigamos al Señor; respondámosle con toda nuestra fe y con el amor de toda nuestra vida.

Saturday, December 18, 2010

Como José descubrir el designio de Dios y la colaboración que nos pide


Is. 7, 10-14;

Sal. 23;

Rm. 1, 1-7;

Mt. 1, 18-24

La navidad está cerca. Se cumplen las promesas. Nos sentimos seguros y firmes en nuestra esperanza. Queremos abrirnos a Dios que llega a nuestra vida y lo queremos hacer hoy como lo hizo María, como lo hizo José.

En este cuarto domingo de Adviento miramos a María, pero nos aparece como en contrapunto la figura de José y de él también tenemos que aprender para abrirnos al misterio de Dios que llega a nosotros, para tener unos ojos sensibles a lo divino como los tuvo José y aprender a descubrir también ese misterio de Dios, esos planes de Dios y prestar también la colaboración que Dios nos pide como lo hizo él.

Como lo hizo con María a quien Dios envía un ángel del cielo para comunicarle la maravilla de amor y de gracia que en ella se iba a realizar esperando también su sí, lo hizo también con José. Si María se sintió turbada ante las palabras del ángel que le manifetaban tanta grandeza de Dios para con ella, para José fueron momentos duros y difíciles hasta que no descubrió los designios de Dios, pues no entendía lo que pasaba en María. Fueron momentos de prueba en los que José manifestó la entereza de su vida y la reciumbre de su fe.

Era bueno. Las tinieblas de la duda le rodeaban pero en su bondad no quería hacer daño. Prefería quizá pasar por un doloroso silencio en su corazón, pero a él también Dios se le manifiesta y podíamos decir que también su corazón estaba lleno de gracia, del amor del Señor que quería contar con El.

‘No temas, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criartura que hay en su vientre viene del Espíritu Santo’. Las tinieblas se transforman en luz. También se siente tocado por la mano de Dios y él ha de colaborar igualmente en los planes de Dios. ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Ponerle el nombre era la función del padre. Ahí tiene José que ocupar el lugar que Dios tenía reservado para él en la obra de la salvación.

‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho Dios por el profeta…’ Lo hemos escuchado en la primera lectura. Es la señal que Dios nos da y que tenemos que saber descubrir. ‘El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros’.

María diría como respuesta al anuncio del ángel: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’. José, en silencio como lo hacía siempre, también aceptaba el plan de Dios. ‘Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a su casa a su mujer’. José había entrado también en el plan de Dios, en los designios divinos para nuestra salvación. Llamará al niño Jesús como le había dicho el ángel ‘porque El salvará a su pueblo de los pecados’.

¿No es hermosa la lección de José? Fidelidad y obediencia; silencio y obediencia; docilidad, humildad, servicio. Pocas pinceladas más nos dan los evangelistas de la vida de José, pero ese será el estilo del recorrido de su vida. Apertura a los designios de Dios en todo momento y obediencia; la obediencia de la fe, silenciosamente, siempre dispuesto a servir. Caminará a Belén cuando las circunstancias históricas se lo pidan, aunque también fueran momentos difíciles y llenos de carencias, pero ahí está viendo la voluntad del Señor. Marchará a Egipto para no poner en peligro la vida del niño y regresará más tarde a Nazaret en lugar de quedarse en Judea, porque en todo lo que va aconteciendo él descubre los designios de Dios para él.

Es la lección que tenemos que aprender y el camino que nos tiene que llevar a descubrir todo lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en esta navidad. Con fidelidad y esperanza también tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a Dios y a su presencia maravillosa para descubrir también sus designios de amor para nosotros y para nuestro mundo. Tener unos ojos sensibles a lo divino y a lo sobrenatural como decíamos que había tenido José. Necesitamos esa sensibilidad para que se despierte nuestra fe, para que seamos capaces de admirarnos ante las maravillas que Dios quiere realizar en nosotros y a través de nosotros en los demás, en nuestro mundo.

José colaboró fielmente en ese designio de Dios que era designio de amor y salvación para la humanidad. Si nosotros llegamos a ser capaces de vivir esta navidad de una manera distinta dejándonos inundar por todo el misterio de Dios que llega a nosotros al encarnarse para nuestra salvación, no nos podemos quedar sólo para nosotros tantas maravillas de Dios sino que será algo que hemos de trasmitir, contagiar a los que nos rodean. No es sólo para nosotros; como nos decía san Pablo ‘por El hemos recibido ese don y esa misión: hacer que todos respondan a la fe, para gloria de su nombre’. Que todos puedan responder a la fe es tarea en la que hemos de empeñarnos y comprometernos.

Ya hemos dicho en otro momento de nuestro camino de adviento que el mundo necesita señales para descubrir a Dios y su plan de salvación para nosotros, y decíamos también que nosotros hemos de ser esos signos vivos del amor y de la presencia de Dios en medio del mundo. Es la colaboración que nos pide el Señor como a José. Nuestra vida quizá callada como la de José, sin embargo ha de ser un grito que despierte a los demás, una semilla que haga brotar y florecer la fe en muchos a nuestro lado.

‘Le puso por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo…’ Con nuestra vida, con nuestro testimonio vamos nosotros diciendo también Jesús a cuantos nos rodean para que a todos llegue también esa salvación que viene a traernos. Diremos Jesús cuando hagamos ver que navidad no son sólo bonitas palabras y buenos deseos, que navidad no son sólo unos regalos que nos podamos hacer porque nos los trae papá Noel o los Reyes Magos, que navidad no son sólo unas luces parpadeantes que pongamos como adorno, que navidad no son unas simples fiestas para comer bien o mucho, sino que Navidad es el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.

Y diremos Jesús porque El sí es el gran regalo de Dios para nosotros porque nos está mostrando todo el amor que Dios nos tiene, que nos perdona y nos salva, que nos llena de vida y nos hace hijos, que nos pone en un camino de amor para que todos nos amemos y sintamos hermanos, y que nos llena de felicidad, pero no una felicidad externa y de jolgorio, sino una felicidad grande en lo más hondo de nosotros mismos porque nos llenamos de Dios, de su vida y de su gracia.

Aprendemos de José, aprendemos de María a abrirnos a Dios que llega a nosotros. Fidelidad y obediencia de fe, escucha de Dios y silencio como José, docilidad, humildad y servicialidad son actitudes que tenemos que poner en nosotros y así nos prepararemos de la mejor manera a vivir la próxima navidad.

Monday, December 13, 2010

El hijo que hizo de verdad lo que quería el padre aunque pareciera rebelde


Sof. 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-32

‘¿Quién de los dos hijos hizo lo que quería el padre?’ Tantos dicen pero no hacen. Es cierto que el primero parecía a primera vista rebelde y desobediente. Su primera reacción fue decir ‘no’, pero se arrepintió e hizo lo que el padre pedía. Ya vemos el otro, de entrada buenas palabras, pero en la realidad fue el desobediente. Un arrepentimiento a tiempo es importante.

Jesús quiere destacar la actuación del Bautista, que fue capaz de mover a la conversión a los que se consideraba los peores pecadores mientras que los que se consideraban justos no hicieron nada para acercarse al Reino de Dios que Juan anunciaba que era inminente. ‘Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creístes; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y asún después de ver esto, vosotros no os arrepentísteis ni le creísteis’.

El profeta Sofonías nos hablaba en nombre del Señor: ‘Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora. No obedecía a la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a Dios’. Una descripción del pecado: huída de Dios, desobediencia, desconfianza, falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira… De ello nos habla la profecía. Es lo que tenemos que reconocer que hacemos tantas veces. Estamos diciendo no a Dios, como aquel hijo del que habla la parábola.

Pero viene el Señor que nos purifica porque nos perdona – ‘daré a los pueblos labios puros’ – y podemos y tenemos que invocar el nombre del Señor. Reconocemos nuestro pecado y el Señor transformará nuestro corazón soberbio y orgulloso que incluso pretendía ocupar el lugar de Dios. Reconoceremos finalmente que El es nuestro único Dios y Señor.

‘Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor…’ Pueblo pobre y humilde que busca la justicia y la santidad; pueblo pobre y humilde que se goza con los mandamientos del Señor; pueblo pobre y humilde que se confía en el Señor y vive siempre alabando el nombre del Señor.

Pueblo pobre y humilde, como nos enseñará Jesús en el evangelio, que será el preferido del Señor; pueblo pobre y humilde que será dichoso porque ‘de ellos es el Reino de los cielos’ como proclamará Jesús en las Bienaventuranzas.

En nuestro camino de Adviento, escuchando la voz del Bautista que viene a preparar los caminos del Señor, nuestro primer paso ha de ser el querer convertirnos al Señor. Ver ese ‘no’ que tantas veces le hemos dado al Señor de nuestra vida con nuestro pecado para darle la vuelta y convertirlo en un ‘sí’ de querer escuchar a Dios, seguir su camino, cumplir los mandamientos del Señor.

Mirémonos con sinceridad y no nos creamos ya justificados. Esa palabra que el Señor nos dirige es una palabra dicha directamente a nosotros, a nuestra vida y espera una respuesta: la conversión, la vuelta al Señor, porque en no todo somos fieles y nuestra vida está llena de flaquezas y debilidades. Con la gracia del Señor podremos seguir sus caminos.

Wednesday, May 5, 2010

Permaneced en mi amor…

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

Como es normal en la acción litúrgica vamos leyendo el evangelio por partes, pero sí hemos de tener en cuenta su unidad para mejor captar y comprender el mensaje de Jesús. Lo que estamos leyendo en estos días forma parte de ese discurso, o si queremos, sobremesa de Jesús con sus discípulos después de la Cena Pascual, antes de su marcha a Getsemaní y el comienzo de su pasión. Por eso nos puede parecer en algún momento que hay repeticiones, pero más que repeticiones hemos de ver esa unidad, esa línea de lo que fue la despedida de Jesús antes de su pascua.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, les dice. Ya antes nos había dicho ‘es necesario que el mundo comprenda – y nosotros también – que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Podemos recordar cómo en otro momento del evangelio nos decía ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’.
El Padre le ama – ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’, escuchamos tras el bautismo en el Jordán o en el Tabor – y Jesús ama al Padre; amor que se manifiesta haciendo su voluntad, el plan de Dios de salvación para el hombre que porque nos ama nos ha enviado, nos ha entregado a su Hijo único. Como cristianos, como discípulos de Jesús queremos identificarnos con El, hacernos uno con El; o sea, queremos hacer las cosas como Jesús, vivir la vida de Jesús; en una palabra le amamos y queremos cumplir también sus mandamientos, como el hace con el Padre.
‘Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, nos dice, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’.
Lo hemos dicho y reflexionado muchas veces. Si consideráramos bien cuánto es el amor que Dios nos tiene, no haríamos otra cosa que amar. Es la mejor respuesta. Es la única respuesta. Porque amamos a Dios, porque creemos en Jesús y le amamos, queremos permanecer unidos a El. Es el deseo más profundo del amor. Y es en lo que hemos de caldear nuestro espíritu constantemente. Ya hemos reflexionado, ayer, que hemos de estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vid.
Cuántas consecuencias para nuestra vida espiritual. No terminamos de ver toda la hondura de este mensaje y cuánto tendríamos que hacer y que vivir. Cuántas exigencias también de vigilancia, de espíritu de superación, de deseos serios y profundos de crecimiento espiritual. Es algo que un cristiano tiene que cuidar continuamente. Son muchas las cosas de alrededor que nos tientan, que nos distraen, que nos quieren alejar de ese camino.
Hemos de saber darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Vivimos en medio del mundo, tenemos nuestra vida, nuestras obligaciones y responsabilidades también, pero eso no puede ser obstáculo de ninguna manera para que cuidemos nuestro espíritu. Porque además ¿de dónde vamos a sacar fuerzas para vivir toda esa vida con responsabilidad pero también con integridad? Hemos escuchado muchas veces que te dicen que primero está la obligación que la devoción, como si toda nuestra relación con Dios y la vida de nuestro espíritu se quedara solamente en una devoción.
Recordemos una vez más las palabras de Jesús. ‘Permaneced en mi amor… si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor…’

Wednesday, April 14, 2010

Que Dios nos haga testigos de su amor

Hechos, 5, 27-35;
Sal. 33;
Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna… porque el Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos… y el que Dios envió habla las Palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida…’
Creemos en Jesús. Queremos poner toda nuestra fe en El. Y El nos da su vida, nos llena, nos inunda de vida eterna, porque nos da su Espíritu. Y ¡de qué manera! Nos inunda de su Espíritu para hacernos partícipes de su vida divina. Creo que a esta afirmación de fe nos lleva todo lo que venimos celebrando en estos días de Pascua. ¿Queremos pruebas más fuertes y contundentes de que en verdad quiere llenarnos de su vida que todo el misterio de Cristo que hemos contemplado y celebrado en los días pasados?
Nadie puede hacer tanto como ha hecho Jesús por nosotros si no es por amor. Grande es el amor de Dios que nos da a su Hijo, lo entrega por nosotros; grande es el amor que Jesús nos tiene cuando de tal manera se ha entregado por nosotros en su pasión y su muerte en Cruz. Es más, la consideración de tanta entrega y tanto amor tendría que mover nuestro corazón de una forma radical, mover nuestra vida a cambiar para amar más, para responder con mayor amor, en una palabra, para ser más santos.
Aunque nos parezca que nos repetimos – y es cierto que nos estamos repitiendo – creo que es tan grande lo que Jesús ha hecho por nosotros que no nos tendríamos que cansar de meditarlo, rumiarlo una y otra vez en nuestro interior para dar gracias, para alabar y bendecir al Señor, para dejarnos inundar de su Espíritu que es el que nos ayudará a que lo comprendamos todo, a que tengamos fuerza para realizarlo en nuestra vida.
¿Qué es lo que le dio valentía y coraje a Pedro y a los Apóstoles cuando tenían que enfrentarse a los tribunales y responder a los requerimientos del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no hablasen del nombre de Jesús? El Espíritu Santo que habían recibido y moraba en sus corazones. Espíritu Santo que les había hecho comprender todas las cosas del misterio de Cristo en toda su plenitud y podían ahora ver claro y reconocer el amor y la gracia del Señor en su vida.
El tiempo de Pascua que venimos celebrando y que concluirá en Pentecostés nos lleva a vivir esa presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, pero de alguna manera ya nos está haciendo presente la fuerza del Espíritu Santo que luego de manera especial recibiremos en Pentecostés. Aunque de manera un tanto más intensa nos aparecerá en la liturgia y en la Palabra de Dios en la última semana, eso no quita para que ya vayamos sintiendo su presencia y dejándonos inundar por su fuerza para hacer nuestra profesión de fe en Cristo resucitado.
Retomando de nuevo lo que decíamos de la valentía de los apóstoles para anunciar el nombre de Jesús como única salvación, hoy hemos visto que de nuevo ‘son conducidos a la presencia del Consejo del Sanedrín’ y les interrogan por qué no han obedecido las órdenes que les habían dado y en su lugar ‘habían llenado Jerusalén con las enseñanzas del evangelio de Jesús’. Ya conocemos su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’.
Quienes habían experimentado en sus vidas el amor de Dios que en ellos se había derramado, ahora no podían callar. Eran unos testigos a los que no se les podrá poner una mordaza en su boca, porque ‘testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Creemos en Jesús y obedecemos a Dios. Escuchamos su mensaje de amor y nos convertimos en testigos de todo aquello que hemos experimentado en lo más hondo de nosotros mismos. Que el Señor nos dé fuerzas para ser testigos de su amor.

Friday, April 9, 2010

Una Buena Noticia que hemos de llevar a toda la creación

Hechos, 4, 13-21;
Salmo, 117;
Mc. 16, 9-15

El evangelio de san Marcos es el más breve en los relatos de la resurrección del Señor. Prácticamente es el resumen que hoy hemos escuchado precedido del momento en que ‘María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron el primer día de la semana, muy de madrugada, a la salida del sol al sepulcro con los aromas que habían comprado…’
Nos resume ahora el que no habían creído a María Magdalena cuando ella fue a anunciarles que estaba vivo y lo había visto; lo mismo los dos discípulos que habían ido caminando a una finca, a Emaús, a quienes también se les había y no lo creyeron. Finalmente es Jesús el que se les manifiesta ‘y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’.
Pero ahora Jesús que se les ha manifestado les confía una misión: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación’. Ahora que lo habían visto resucitado y habían terminado por creer, esa Buena Noticia han de llevarla por todo el mundo. Es el envío que prácticamente en todos los evangelio escuchamos de labios de Jesús para que el Evangelio sea anunciado a todos los hombres, que creyendo que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador han de alcanzar la vida eterna.
Es lo que los creyentes, verdaderos testigos de Cristo resucitado han hecho, han querido hacer a través de todas las generaciones. Es la misión que a nosotros también se nos confía. Así lo hicieron los apóstoles desde el primer momento y es lo que la Iglesia sigue haciendo a través de los tiempos. Es lo que nosotros hemos de hacer también.
El cumplimiento del mandato de Cristo no siempre fue fácil para los creyentes. No todos querrán escuchar esa Buena Noticia. Aunque la tengan delante de los ojos, no todos querrán aceptarla. Lo vemos hoy en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que viene como a concluir todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo.
Terminarán los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas por reconocer que el milagro es patente. ‘Es evidente que han hecho un milagro; lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo…’ pero han de evitar que se siga difundiendo; han de evitar que se siga hablando del nombre de Jesús. Admirados y ‘sorprendidos por el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción’, pretenden amedrentarlos prohibiéndoles mencionar el nombre de Jesús como Salvador.
Pero ya conocemos la valiente respuesta de los Apóstoles. Respuesta que sólo podemos entender porque están llenos del Espíritu que Jesús les había prometido y que habían recibido en Pentecostés; ellos que estaban escondidos y con las puertas cerradas en el Cenáculo. Pero ahora responderán con coraje y valor: ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en lugar de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos que contar lo que hemos visto y oído’. Han de obedecer a Dios antes que a los hombres.
Que el Señor nos dé ese coraje y valentía. Que sintamos el ardor del Espíritu en nuestro corazón. Que seamos en verdad sus testigos con nuestras palabras y nuestras obras, con nuestra vida toda. Es una exigencia de nuestra fe. Es la consecuencia lógica de quienes se sienten amados del Señor.
 

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