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Saturday, July 9, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Is. 55, 10-11;

Sal. 64;

Rm. 8, 18-23;

Mt. 13, 1-23

‘El que tenga oídos que oiga’ sentencia Jesús al terminar de decir la parábola. Una invitación a reflexionar, a pensar hondamente en el significado de lo que Jesús quiere decirnos. No nos podemos contentar con decir qué cosas más bonitas nos dice el Señor, qué bella es la parábola. Es cierto que es una página bien hermosa, pero de un contenido grande. Por eso ‘el que tenga oídos que oiga’, el que sea capaz de reflexionar, de escucharla allá en lo hondo del corazón, que lo haga. Es lo que queremos hacer.

‘Salió el sembrador a sembrar…’ comienza la parábola. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a El tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…

En el evangelio lo vemos como el pescador, como el pastor, como el maestro. Diversas imágenes que nos hablan de Jesús y de su misión. ‘Os haré pescadores de hombres’, que era hacerlos como era El. ‘Yo soy el Buen Pastor’, y nos dirá que cuida a las ovejas y las alimenta, y busca a las perdidas. Es el Señor y el Maestro, que así lo llaman sus discípulos. Hoy lo contemplamos como el sembrador que siembra la semilla de la Palabra de Dios y que quiere que dé fruto abundante. ‘Salió el sembrador a sembrar… y les habló mucho rato en parábolas…’

El sembrador echa la semilla en la tierra y espera pacientemente que dé fruto. La semilla aunque nos pueda parecer pequeña e insignificante es vida que nos fecunda de vida. Pero la semilla ha de enraizar bien en la tierra y la tierra tiene que ser buena y preparada para poder obtener toda su fecundidad. No puede ser tierra endurecida y pateada convertida en caminos endurecidos; no puede ser tierra árida llena de pedruscos o de malas hierbas. Tiene que ser tierra cuidada y cultivada para hacerla brotar y pueda llegar a dar fruto.

Como tantas veces reflexionamos cuando escuchamos esta parábola esa tierra somos nosotros. No podemos tener embotado el corazón ni endurecido el oído. Ya Jesús se queja recordando las palabras del profeta. ‘Está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos…’ Hemos de saber abrir los ojos y los oídos del corazón para poder acoger esa semilla, para poder sintonizar con ese mensaje divino, con esa Palabra de Dios que llega a nosotros.

El agricultor que prepara la tierra para la siembra lo hace con todo cuidado. Hemos visto todos como se labra la tierra, como se quitan las malas hierbas, se limpia de pedruscos y de abrojos, se abona y se refresca cuidadosamente para que cuando caiga la semilla encuentre la humedad adecuada, los abonos pertinentes y la tierra bien preparada para que pueda germinar, brotar, crecer y llegar a dar fruto.

Ojalá escuchemos que Jesús nos dirige a nosotros estas palabras: ‘¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!’ Con cuánto cuidado hemos de disponer nuestro corazón y nuestra vida para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cómo hemos de predisponer nuestro espíritu para recibirla porque es un tesoro precioso, el más precioso, que bien merece la pena dejarlo todo para acogerla en nuestro corazón.

Y una forma hermosa sería prepararnos invocando al Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría y de conocimiento de Dios para que nos ilumine. Creo que siempre la escucha de la Palabra de Dios hemos de hacerlo en espíritu orante. Es el Señor que nos habla, que quiere entrar en diálogo de amor con nuestro corazón. Importante, pues, esa actitud orante, de oración, porque también nos pide una respuesta. Y permítanme decir que espiritu orante no es estar rezando padrenuestros o avemarías mientras escuchamos la Palabra, sino espíritu y corazón abierto a Dios para escucharle. Es la tierra preparada.

Cuántos ruidos de la vida tenemos que evitar para poder escucharla debidamente en nuestro corazón; cuánto silencio hemos de hacer en nuestra alma. Es el silencio externo ya sea en nuestra lectura personal ya sea en nuestras celebraciones, y el el silencio del corazón. ¡Qué lástima cuando en nuestras celebraciones mientras se proclama la Palabra de Dios se están haciendo cosas o hay gente que se está moviendo y dando vueltas por el templo, o alguie está más preocupado por las cosas que haya que preparar para el resto de la celebración!

Quitar los abrojos o los pedruscos que nos dice la parábola para que sea tierra limpia y buena. La semilla cae en tierra y hay que darle su tiempo para que germine y pueda surgir la planta que luego dé fruto. Pero si en ese crecimiento interior choca, podríamos decir, con nuestras maldades, nuestros vicios y rutinas, todo eso ahogará esa Palabra plantada en nuestro corazón. ‘El maligno roba lo sembrado en el corazón’ que decía Jesús. Una actitud y un deseo de purificación interior tendríamos que tener, y eso con la ayuda de la gracia del Señor que pedimos también en nuestra oración.

Fortalecernos en el Señor para ser constantes y perseverar en ese cultivo de la semilla de la Palabra de Dios en nuestro espíritu. ‘La acepta con alegría… pero no tiene raíces, es inconstante, que nos dice Jesús en la explicación, y en cuanto viene la dificultad o la persecusión, la tentación, sucumbe…’

‘El que tenga oídos para oír que oiga’, nos decía Jesús. Hemos de masticar muy bien este alimento de la Palabra que escuchamos para que sea en verdad alimento de nuestra vida. Jesús no sólo nos ha proclamado la parábola sino que también nos la ha explicado; nos ha dicho cómo tenemos que aplicárnosla a nosotros, pero también nos da pautas para ser esa tierra buena, para preparar nuestro corazón a esa semilla que se planta cada día en nuestra vida.

Y también tenemos que ayudarnos los unos a los otros en ese acogida a la Palabra para dar fruto. Que nunca seamos obstáculo para los demás. Es más, tenemos que ser sembradores también de esa semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo. Como Jesús llamaba a Pedro y a los demás discípulos para que también fueran pesacadores de hombres y sembradores del Reino, a nosotros también nos confía esa misión y esa tarea.

Desde nuestra forma de acogerla y escucharla podemos ser testimonio y estímulo para los que nos rodean. Que vean que en verdad es importante la Palabra de Dios para nosotros por nuestra forma de escucharla, acogerla y plantarla en nuestra vida. Todo es contribuir para la gloria del Señor. Y damos en verdad gloria a Dios si logramos que otros muchos escuchen el anuncio de la Palabra y se dispongan también a plantarla en su vida. Una hermosa tarea que tenemos por delante.

‘La semilla cayó en tierra buena y dio fruto’.

Tuesday, June 28, 2011

Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Cefas…

rezad por mi que es aniversario de mi ordenación. gracias

Hechos, 12, 1-11;

Sal. 33;

2Tim. 4, 6-8.17-18;

Mt. 16, 13-19

Hay ocasiones en que por circunstancias de la vida nos presentan a una persona con la que luego vamos a tener una intensa relación y que en cierto modo va a influir mucho en nuestra vida. Podíamos decir que esto es lo que le sucedió a Simón con la presentación que le hizo su hermano Andrés.

‘Hemos encontrado al Mesías… aquel de quien hablaron los profetas’, le dijo a Simón tan pronto se lo encontró. ‘Y lo llevó hasta Jesús’, dice sencillamente el evangelista. Se lo presentó a Jesús, de manera que ‘Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)’.

Fue su primer encuentro con Jesús a instancias de su hermano que desde allá desde el Jordán se había ido tras Jesús. Y ahora comenzaría un camino para Pedro, como ya le llama Jesús desde el primer momento. Le escuchará seguramente cuando habla Jesús en la Sinagoga o cuando se reúne en grupos por los caminos o allá junto a la orilla del lago. Pronto Jesús irá a su casa y la suegra de Pedro será beneficiaria de las primeros de los milagros de Jesús.

Más tarde, será Jesús el que lo invite a seguirle de forma concreta cuando está allá remendando las redes en la playa y comenzará a seguir con más insistencia a Jesús. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Se sentía cautivado por Jesús de manera que él y su hermano Andrés y luego Santiago y Juan que reciben la misma invitación ‘dejaron las redes y lo siguieron’.

Comenzará Pedro a sentir algo especial dentro de sí de manera que cuando echa las redes porque Jesús se lo pide, lo hará sencillamente ante la petición de Jesús; ‘en tu nombre echaré la red,’ y al ver la redada de peces tan grande ya sentirá que no es digno de estar ante Jesús en el que comienza a descubrir el misterio de Dios: ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’.

Será de los escogidos y llamados de forma especial por Jesús para formar parte del grupo de los doce. Allí irá aprendiendo lo que Jesús habla del amor y del servicio, de hacerse el último y ser el servidor de todos. Irá vislumbrando que merece la pena seguir a Jesús porque hay algo en Jesús que lo cautiva por dentro. Y pronto Jesús irá manifestando una predilección especial porque lo llevará a la resurrección de la hija de Jairo o lo subirá hasta el Tabor. ‘¡Qué bien se está aquí!, exclamará, hagamos tres tiendas…’ aunque como dice el evangelista no sabía lo que se decía. Esstaba vislumbrando ya la gloria del Señor que se manifestaba en Jesús.

Ya Jesús comenzaba a ser importante para él, porque lo habían dejado todo por seguirle y aunque a veces aún no comprendían todo lo que les decía, o cuando les hablaba de su subida a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles, o cuando les hablaba del pan de vida que era su carne y que había que comer para tener vida, sin embargo, ¿a dónde iban a ir, si Jesús tenía palabras de vida eterna?

Por eso cuando Jesús pregunte ya más directamente que piensan de El, lo que opina la gente, o lo que opinan ellos mismos, los discípulos que siempre están con El, será Pedro quien se adelante a hacer su profesión de fe en Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. Si un día Jesús lo había llamado Pedro ahora se entiende el por qué de ese nombre. ‘Dichoso, Simón, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y ahora yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.

Allí estaba la promesa del primado, por el que tendría que ser el primero en servir a sus hermanos. ‘Mantente firme para que cuando te recobres confirmes en la fe a mis hermanos’. Pero habrá de pasar también por la prueba, la duda, la negación y la purificación. ‘Iré contigo a donde quiera que vayas… por ti daré mi vida’, y se llevará espada colgada al cinto para defender a Jesús, pero tras el prendimiento de Jesús en el huerto, donde se caía de sueño y no había sido capaz de velar en oración ni una hora con Jesús, vendrían la huída, las negaciones, y el encerrarse en el Cenáculo.

Contemplaría con Juan avisado por Magdalena el sepulcro vacío, y cuánto le seguiría doliendo en el alma su triple negación ahora que no sabía ni siquiera donde estaba su cuerpo, pero será uno de los primeros a quienes se manifieste Jesús resucitado. Más tarde, allá en Galilea, junto al lago, porfiará de nuevo su amor por Jesús y se le confirmará la misión que un día se le había prometido. ‘Apacienta mis ovejas, apaciente mis corderos’.

Ahí están unos retazos de la vida de Pedro y de su amor por Jesús. El Pedro que hoy celebramos y que lo hacemos junto con san Pablo también. El Pedro que luego lo proclamará valientemente tras la venida del Espíritu como el Señor a quien Dios había resucitado de entre los muertos. El Pedro que veremos en el nombre del Señor dirigiendo la Iglesia, pastoreando el pueblo de Dios y que sigue haciéndolo en sus sucesores los Papas de todos los tiempos a través de toda la historia de la Iglesia.

El Pedro que hizo un recorrido de seguimiento de Jesús que ha de ser imagen del recorrido que nosotros vamos haciendo en nuestro camino de fe y que con el hermoso testimonio de Pedro nos sentimos alentados en el Señor. Todo esto que hemos ido reflexionando el camino de Pedro hemos de rumiarlo dentro de nosotros porque mucho nos ayudará para nuestro camino de fe, para nuestra vida cristiana de seguimiento de Jesús. Queremos nosotros también seguir a Jesús, conocer a Jesús, estar con Jesús, decir que a dónde vamos a ir si en Jesús encontramos la vida eterna.

En comunión con Pedro nos sentimos Iglesia, ese nuevo pueblo de Dios congregado en el nombre de Jesús. Y con toda la Iglesia en este día al celebrar la fiesta de san Pedro queremos sentirnos en honda comunión con el sucesor de Pedro, hoy Benedicto XVI, con la misma misión de Pedro de guiar por los caminos del Espíritu y del Evangelio al pueblo de Dios.

Oramos hoy por la Iglesia; oramos por el Papa, en el día del Papa, además en esta conmemoración especial que hace Benedicto XVI de sus sesenta años de sacerdocio. Recordamos lo que nos decía el texto de los Hechos de los Apóstoles como, mientras Pedro estaba en la cárcel por dar testimonio del nombre de Jesús, toda la Iglesia oraba por él.

Que con la intercesión de Pedro el Señor nos conceda el don de seguir los caminos de la fe, los caminos de la Iglesia. Que con la fuerza del Espíritu también nos presentemos como testigos en medio del mundo para anunciar también a todos los hombres, en Cristo Jesús tenemos la salvación.

Friday, June 3, 2011

si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará


Hechos, 18, 23-28;

Sl. 46;

Jn. 16, 23-28

‘Yo os aseguro que si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará… pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’.

Nos había enseñado ya en el sermón del monte a orar y orar con confianza a Dios. ‘Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, todo el que busca encuentra y al que llama se le abre’. Confianza, certeza, perseverancia en nuestra oración, humildad. Y además nos había enseñado cómo había de ser la verdadera oración dirigida al Padre enseñándonos la oración del Padrenuestro como modelo de toda oración.

Ahora nos dice más. Y es que El estará en nuestra oración. En su nombre hemos de pedir al Padre y el Padre siempre nos escuchará. ‘Os lo dará…’ nos dice. ‘Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre es quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Qué gozo que nos podamos sentir amados así por el Padre, y asi amados por Jesús.

Nos pide Jesús fe en El y nos pide que le amemos. Jesús se nos ha ido revelando, manifestando todo lo que es su amor y así, escuchándolo hondamente en nuestro corazón, cada día ha de ir creciendo nuestra fe en él y nuestro amor. Con qué ternura nos ha ido hablando y nosotros le hemos escuchado en estos días cuando nos descubre su corazón en este discurso de la última cena que hemos ido escuchando.

No podemos menos que amarle después de contemplar todo lo que es su amor, su entrega por nosotros hasta dar su vida, derramar su sangre para nuestro perdón. No podemos hacer menos cuando lo sentimos tan presente en nuestra vida que como Buen Pastor nos cuida, nos protege, nos da la fuerza de su Espíritu, nos alimenta con sus sacramentos. Nuestra respuesta tiene que ser una fe llena de amor; una fe que envuelve toda nuestra vida y que nos lleva a amar con un amor como el de Jesús, un amor que nos lleva a mirar con una nueva mirada a los que están a nuestro lado que son nuestros hermanos.

Todo eso nos da más confianza para nuestra oración que hacemos en su nombre, como hoy nos enseña. ‘El Padre os quiere, nos dice, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre que nos dará lo que le pedimos. Con cuanta confianza y humildad nos acercamos al Señor.

Oramos al Padre y lo hacemos en el nombre de Jesús. Os habremos fijado que la oración de la Iglesia, la oración litúrgica siempre es en este sentido. ‘Por Jesucristo, nuestro Señor’, terminamos siempre las oraciones de la liturgia. Y en el momento cumbre de nuestra celebración litúrgica es ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’ cómo queremos ‘en la unidad del Espíritu’ dar ‘todo honor y toda gloria’ al Padre del cielo por toda la eternidad.

Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, pontífice eterno, que nos ha redimido y purificado para que podamos dar gloria a Dios para siempre con toda nuestra vida, que intercede por nosotros y nos da la posibilidad de que le demos todo honor y gloria al Padre conla fuerza de su Espíritu.

Con qué amén más rotundo, salido desde lo hondo del corazón y poniendo toda nuestra vida en ello aclamamos todos en esa doxología final de la plegaria eucarística. Algunas veces parece que nos sale descafeinado, nos falta brío, nos falta ardor, pero tendría que ser un grito que nos despertara por dentro por la intensidad con que lo viviéramos. Que nunca caigamos en la rutina en nuestras celebraciones, sino que con la fuerza del Espíritu del Señor las vivamos con toda intensidad.

Wednesday, May 18, 2011

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica


Hechos, 13, 13-25;

Sal. 88;

Jn. 13, 16-20

‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado más que el que lo envía’. Si sacáramos estas palabras de Jesús del contexto en el que fueron dichas nos podrían parecer de lo más normal en la relaciones humanas habituales en su tiempo. Pero lo sucedido inmediatamente antes de Jesús hacernos esta afirmación fue el lavatorio de los pies de los discípulos por parte de Jesús en el inicio de la cena pascual. Por eso nos dirá a continuación ‘puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

No parecía lo normal que Jesús el Señor y el Maestro se pusiera a lavarles los pies. Era el oficio de los sirvientes o de los esclavos. Ya conocemos la reacción de Pedro que no quería dejarse lavar, como ya comentamos en el jueves santo. Pero también nos diría entonces ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, así tenéis que lavaros los pies los unos a los otros’. En ese sentido está lo que ahora le hemos escuchado. ‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

Es el camino del amor y de la humildad por el que tiene que pasar nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento auténtico de Jesús; espíritu de servicio como el de Jesús. Pero es también la fuerza de la humildad y del amor con que nosotros hemos de ir a los demás. Somos también sus enviados para llevar la Buena Noticia de Jesús a los demás. Nunca lo podemos hacer desde la prepotencia y la soberbia. Siempre tiene que ser una oferta de amor la que nosotros hacemos a los demás porque queremos que también los otros puedan participar, puedan disfrutar de la riqueza de gracia que Jesús nos ofrece. Qué daño haríamos incluso al mensaje si el orgullo fuera nuestra carta de presentación.

Cuánto nos estimula, por ejemplo, la humildad y mansedumbre de los santos; la humildad y mansedumbre con que se presentaba Francisco de Asís. Es la mansdumbre de Jesús que nos invita a ir hasta El que es manso y humilde de corazón. Cuánto tenemos que aprender.

Pero hoy terminará diciéndonos también en ese mismo sentido ‘os lo aseguro: el que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado’. Vamos en el nombre de Jesús al encuentro con los demás, y nuestra vida se ha de convertir en signo del amor del Señor que llega a los otros. Quienes nos reciben como a un enviado de Jesús están recibiendo al Padre que ha enviado a Jesús.

Así queremos recibir y acoger a los pastores que en el nombre de Jesús vienen a nosotros. Y es lo que comentábamos el domingo del Buen Pastor de cómo la comunidad cristiana ha de saber valorar a sus pastores que en el nombre de Jesús ejercen su ministerio y nos traen la gracia del Señor en la Palabra que nos proclaman y en los sacramentos que celebramos.

Pero quiero pensar en algo más. Pienso en cómo siempre tenemos que saber acoger a Cristo que viene a nosotros en los demás, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Aquí podemos recordar lo que Jesús nos dice de que todo lo que le hagamos al hambriento o al sediento, al enfermos o al peregrino, al que nos tiende una mano pidiéndonos una ayuda, a quien sufre a nuestro lado o lo vemos encerrado en su soledad, a El se lo estamos haciendo.

Cuánto nos cuesta en muchas ocasiones. Cuánto tendría que hacernos pensar esto para saber acoger al otro porque será siempre acoger a Cristo. Que no se cierre nunca nuestro corazón ante el hermano que llega a nuestra vida, porque se lo estaríamos cerrando a Jesús.

Monday, May 16, 2011

Nos seguimos preguntando por el sentido de Jesús


Hechos, 11, 19-26;

Sal. 86;

Jn. 10, 22-30

‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesias, dínoslo francamente’. Es la pregunta que se hacían los judíos cuando escuchaban a Jesús o contemplaban sus obras aunque no terminaban de reconocer cómo Dios se estaba manifestando en las obras que Jesús realizaba.

La respuesta de Jesús es clara aunque no siempre le quieren creer. ‘Os lo he dicho y no queréis creer; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí, pero vosotros no creéis porque no sois ovejas mías…’ Como bien comprendemos este texto es continuación del que desde el domingo venimos escuchando cuando Jesús se nos proclama como el Buen Pastor. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna…’

Nosotros sí queremos reconocerle como nuestro Buen Pastor, queremos escuchar su voz y seguirle, porque queremos en verdad llenarnos de su vida eterna. Queremos poner toda nuestra fe en Jesús reconociéndolo en verdad como nuestro Señor y nuestro Salvador, aunque a veces andemos confundidos y desorientados porque la tentación nos arrastre al pecado. Pero queremos volver a El porque sabemos bien que es el Buen Pastor que nos guía, nos conduce a la vida eterna; se nos da como alimento de vida en su entrega de amor por nosotros.

Quizá pueda ser la pregunta que muchos hoy a nuestro alrededor en el mundo convulso en el que vivimos se pueden seguir haciendo, porque todos aunque no siempre lo reconozcan están buscando una respuesta para sus vidas, ansiando una salvación. Las reacciones que se tienen ante el hecho religioso o ante la Iglesia pueden ser diversas, pero quizá haya muchos corazones inquietos buscando respuestas a los interrogantes profundos que puedan tener en su corazón.

Quizá suceda que todo lo queremos medir con medidas del mundo y cuando no se llega a entender el misterio de Dios que está detrás de todo, lo rechazamos como inservible o incomprensible. Se quiere mirar la Iglesia como una simple organización humana y hacemos comparaciones de su existir con otras organizaciones del mundo donde todo se rige por la ambición del poder y sus luchas. Qué lástima que a veces desde la propia Iglesia se pueda dar la sensación de esas luchas y ambiciones humanas.

Algunas veces no se quiere abrir los ojos de la fe y todo queremos palparlo con nuestras manos, nuestras pruebas o solo a partir de nuestros propios razonamientos. Es necesario también abrir el corazón al misterio de Dios que nos trasciende, pero que dará la más profundas respuestas a los interrogantes de nuestro corazón. Es necesario saber reconocer esas obras de Dios, ese actuar de Dios que se manifiesta en el actuar de los cristianos auténticos y de la Iglesia. No podemos cerrar los ojos.

No nos extrañe esa confusión que hoy a nuestro alrededor pueda haber ante lo religioso o ante la Iglesia misma, porque también sobre Jesús las gentes de su tiempo tenían sus confusiones, por llamarlas de alguna manera, cuando convertían el sentido del Mesías en una lucha de poder quizá, o de simple liberalización política de poderes humanos. Recordemos que en sus propios seguidores más cercanos había a veces luchas por primeros puestos o primeros lugares en su reino.

Creo que los que creemos en Jesús y nos llamamos cristianos y tenemos el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia es necesario que demos un buen testimonio de nuestra fe y del sentido de nuestra vida. Como Jesús decía que por las obras que hacia en nombre del Padre, ésas daban testimonio de él, así nuestras obras, nuestra manera de expresar nuestra fe, de vivir nuestro compromiso creyente en medio del mundo tenemos que ayudar a cuantos nos rodean a ese encuentro profundo con Dios que les haga encontrar respuestas a esos interrogantes que pueda haber en su corazón.

Que importante es el testimonio auténtico que hemos de dar los creyentes por nuestra vida. Que importante que busquemos desde lo más hondo del corazón a Jesús y lo sintamos en verdad como ese Buen Pastor de nuestra vida a quien queremos seguir y a quien queremos escuchar.

Saturday, May 14, 2011

Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas


Hechos, 2, 14.36-41;

Sal. 22;

1Pd. 2, 20-25;

Jn. 10, 1-10

Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.

Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.

Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.

Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.

En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.

Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’

¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.

El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.

Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.

Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.

Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.

Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.

Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.

Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.

Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.

Friday, May 13, 2011

El Señor es quien elige y llama para el servicio del pueblo de Dios


Hechos, 1, 15-17.20-26;

Sal. 112;

Jn. 15, 9-17

‘No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto dure’. Estas palabras de Jesús a los apóstoles en la noche de la última cena y que hemos escuchado hoy en el evangelio nos pueden valer para iniciar nuestra reflexión en esta fiesta del apóstol san Matías. Es el Señor el que llama y elige, no es sólo cuestión de nuestra voluntad sino de lo que quiere el Señor que nos llama y al que tenemos que dar respuesta.

Poco sabemos de El; sólo lo que nos habla el libro de los Hechos de su elección en el lugar de Judas. Jesús había constituido el grupo de los doce a quienes llamó apóstoles para enviarlos a predicar por el mundo como sus testigos. Tenían conciencia de ser ese grupo de los Doce, porque asi lo había querido el Señor, y recordaban además como el pueblo de Israel también estaba fundado sobre las doce tribus.

Pedro con la pequeña comunidad de los discípulos reunidos en el Cenáculo en la esperan del cumplimiento de la promesa de Jesús, del envío del Espíritu Santo, con la conciencia de la función que Cristo le había confiado de ser piedra de su Iglesia habla al grupo de la necesidad de la elección de quien ha de ocupar el lugar del hijo de la perdición.

El criterio que se ofrece es que ha de ser testigo de la vida de Jesús y de su resurrección. ‘Hace falta que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompalaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su Ascensión’. Proponen dos nombres, como hemos escuchado, y es elegido Matías ‘y lo asociaron a los once apóstoles’.

Los apóstoles, testigos de Cristo resucitado, en quienes fundamentamos nuestra fe; fundamento en torno al cual se constituye la Iglesia de los que creemos en Jesús. Por eso decimos que el Obispo, vicario de Cristo en la Iglesia particular como le llama el concilio Vaticano II, es verdadero sucesor de los apóstoles. La comunión de todos los Obispos con el sucesor de Pedro, el Papa, como la comunión de todas las Iglesias con el Sumo Pontífice constituye y conforma la verdadera Iglesia de Cristo, católica y universal. Cada Iglesia particular, cada diócesis es verdadera Iglesia de Cristo pero nunca sin esa necesaria comunión con toda la Iglesia universal.

Algo que tenemos que sentir y vivir profundamente desde la más pura y genuina fe en Cristo. Por eso la celebración de la fiesta de un apóstol es tan importante para toda la Iglesia porque nos hace entrar en esa comunión con toda la Iglesia de Cristo a través de sus pastores y en unión y comunión con el Papa.

Y ya que hemos comenzado nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús que nos dice que El es quien nos ha elegido, y en vísperas como estamos del domingo del Buen Pastor, Jornada Mundial de Oración por las vocaciones que mañana celebraremos, nos puede servir para motivar nuestra oración por las vocaciones. Para que el Señor elija y llame a muchos al servicio pastoral dentro de la Iglesia. Para que sean muchos los llamados a la vida sacerdotal y también a la vida religiosa.

Oremos por las vocaciones dentro de la Iglesia. La mies es abundante pero los obreros son pocos. Se necesitan muchos sacerdotes. Se necesitan muchas personas, hombres y mujeres que se consagren al Señor en la vida religosa en tantos carismas como hay dentro de la Iglesia para ejercer tantos servicios en bien del pueblo de Dios.

En una Iglesia viva tienen que manifestarse todos esos carismas y se necesitan todos esos servicios que enriquecen la comunidad. Personas que quieren vivir la radicalidad de los consejos evangélicos consagrándose así al Señor. Que esté siempre muy presente en nuestra oración ese pedir por las vocaciones.

Friday, February 4, 2011

Y se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado, la oración


Hebreos, 13, 15-17.20-21;

Sal. 22;

Mc. 6, 30-34

‘Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. Les había enviado de dos en dos con su misma misión y con su mismo poder. Ahora es la vuelta y el reencuentro. ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco…. Y se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado’.

Contemplando este pasaje del evangelio, Jesús y los apóstoles solos, en un lugar tranquilo y apartado, compartiendo todo lo que había pasado, nos entra como un gusanillo por dentro. Jesús y los apóstoles como unos amigos que se reencuentran después de un tiempo separado o después de una tarea. Comentan, comparten, sienten el gozo del reencuentro, el calor del amor y la amistad.

Decía que nos entra un gusanillo por dentro. Nos hubiera gustado estar allí. Nos gustaría quizá compartir así con Jesús, sentirnos a solas con El. Cómo nos hubiera gustado formar parte de aquel grupo. Pero, bueno, ¿y no lo somos? y eso, ¿no lo podemos hacer también? Pensemos un poco, ¿no tiene que ser eso nuestros ratos de oración con Jesús?

Eso es, eso tiene que ser también nuestra oración. Ese tiempo en que nos sentimos en la presencia de Jesús, en la intimidad con Jesús. Lo necesitamos. Tenemos que hacer que sea así. Jesús nos llama a estar también con El, para que le hablemos y para El hablarnos a nosotros; para que compartamos con El lo que es nuestra vida, nuestros deseos, nuestras ilusiones y esperanzas, nuestras preocupaciones; para que nos gocemos de su presencia y de su amor; para que así nos llenemos y sintamos inundados en verdad de su gracia, de su vida, de su fuerza, de su amor; para que nos sintamos inundados de Dios.

Podremos experimentar de verdad lo que hemos rezado en el salmo. ‘El Señor es mi pastor… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquila, repara mis fuerzas… prepara una mesa ante mí… me unge con perfume… y habitaré en la casa del Señor por días sin término…’

Demasiado vamos a la oración con mucha prisa como para acabar pronto de decir nuestros rezos. Hemos de dejarnos conducir por Jesús ese lugar tranquilo y apartado allá en nuestro interior, poniendo toda nuestra fe, haciendo ese silencio de ruidos que nos distraigan, abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. Creo que este pasaje del evangelio que estamos comentando tendría que ayudarnos a revisar nuestra forma de orar. Para que no sea nunca una rutina, para que no sea solamente recitar unos rezos, para que sea en verdad ese abrir nuestro corazón a Dios para sentirle allá en esa intimidad de nuestro ser. Y esto en nuestra oración comunitaria, en nuestras celebraciones, pero con mucha intensidad en nuestra oración personal.

Por eso no podemos comenzar nuestra oración como a bote pronto. Tenemos que prepararnos con un profundo acto de fe y de amor. Fe para reconocer su presencia y para sentir el calor de su amor. Fe y amor porque tenemos que caldear nuestro corazón con esos actos de amor, con esas palabras de amor al Señor, porque eso es realmente el gozarnos de estar con El. Y poco a poco, como Jesús y los apóstoles se iban apartando de todo para ir a ese sitio tranquilo, nos iremos introduciendo en ese misterio de Dios que nos llena y que nos inunda.

Y surgirá así esa oración viva. Surgirán las palabras y las gracias. Saldrán a flote nuestros deseos más profundos y nos pondremos ante el Señor con todo lo que es nuestra vida. Y escucharemos a Dios en el silencio de nuestro corazón. Y podremos salir de su presencia renovados, con nueva vida y con nuevos bríos. Y seguro que no olvidaremos a nadie en la presencia de Dios, porque nos daremos cuenta de cuántos están también ansiosos de Dios y quizá desorientados como ovejas sin pastor.

Busquemos la forma, busquemos tiempo, ese sitio tranquilo y apartado que no tiene que ser necesariamente a un lugar geográfico, sino a una actitud de nuestra vida, para orar profundamente al Señor. Se hará siempre así nuevo nuestro amor.

Friday, January 7, 2011

Empezó a enseñarles muchas cosas


1Jn. 4, 7-10;

Sal. 71;

Mc. 6, 34-44

Hermosa relación que podemos encontrar entre el relato de la multiplicación de los panes que nos narra el evangelio y el comentario previo que hace el evangelista. ‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor’.

El pastor cuida de sus ovejas y tiene que llevarla a donde haya pastos abundantes para que se puedan alimentar debidamente. ¿Se referirá entonces a que Jesús sentía lástima de aquellas gentes porque no tenían que comer y para eso hizo el milagro de la multiplicación de los panes para que todos comieran? Creo que todos nos damos cuenta de que el evangelio quiere decirnos algo más.

No negamos la necesidad del pan material pero era otro pan, otro alimento el que aquella gente necesitaba y por lo que Jesús sentía lástima por ellos porque estaban como ovejas sin pastor. Además el mismo evangelista nos dice que cuando Jesús se sintió así ante aquella multitud que le seguía, ‘empezó a enseñarles muchas cosas’.

Seguimos en el ambiente de la Epifanía o de la manifestación del Señor. Lo que la liturgia nos va ofreciendo en estos días y que concluiremos mañana con la fiesta del Bautismo del Señor es un ayudarnos para que descubramos en verdad quién es Jesús. En eso nos ayuda la Palabra de Dios que se nos va proponiendo y vamos escuchando.

El Jesús que contemplamos en Belén y al que le ofrecieron sus dones los pastores, o el Jesús que contemplamos adorado por los Magos de Oriente que le ofrecieron oro, incienso y mirra es el Jesús que es nuestro Salvador, el Hijo de Dios como lo vamos a escuchar proclamar desde el cielo en el Jordán mañana, pero es el Jesús que es nuestro Maestro que nos enseña y que nos conduce al conocimiento de Dios; es el Maestro que será también nuestro Camino y nuestra vida que nos enseñará a ir por sus sendas y a alimentarnos de su vida.

Jesús quiere alimentarnos, sí, pero nos va descubriendo muchas cosas más. Es el Dios amor, como nos ha enseñado hoy la carta de san Juan, pero que ha venido ‘para que vivamos por medio de El’. Es el Dios amor que quiere que nosotros vivamos en su amor y eso nos llevará a unas posturas distintas en nuestra relación con los demás.

Los discípulos andaban preocupados porque era tarde, estaban en despoblado y a aquella gente se les han acabado las provisiones que podían llevar. ‘Despídelos, le dicen, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer’. Ya era una buena actitud esa preocupación. Pero quien les estaba enseñando lo que era el amor de Dios y lo que tenía que ser nuestro amor nos estaba queriendo decir algo más. ‘Dadles vosotros de comer’.

Ni podemos desentendernos, ni podemos quedarnos en bonitas palabras o deseos. El amor nos lleva a comprometernos a algo más. ‘Dadle vosotros de comer’. No tienen ni con qué comprar panes para darle a toda aquella gente ni habrá donde comprarlo, porque estan en descampado. Pero podrán surgir otras iniciativas. ‘Aquí hay cinco panes y dos peces’, pero ya sabemos que eso no es nada para tanta gente. El Señor se encargará del resto cuando por nuestra parte hay esa iniciativa de generosidad. Ya conocemos el resto del evangelio y cómo todos comieron hasta hartarse e incluso sobre en buena cantidad.

Es mucho lo que nos está enseñando el Señor. Quizá sienta lástima de nosotros cuando seamos tan mezquinos que no asome por ningun lado en nosotros la generosidad y la disponibilidad para compartir. Escuchemos la lección y el mensaje de Jesús nosotros que tantas veces decimos que no sabemos que hacer o que no tenemos medios para remediar tanta necesidad o tanta problemática como puede haber en nuestro mundo. Si aprendemos la lección del amor que Jesús nos enseña podremos, incluso con nuestra pobreza o nuestros aparentemente insuficientes medios, hacer muchas cosas si ponemos a trabajar el amor en nuestro corazón. Encontraremos medios, formas para hacer las cosas.

Pero dejémonos nosotros hacer por ese amor de Jesús. Mucho podemos aprender de El y mucho podemos hacer con El.

Monday, December 6, 2010

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Is. 40, 1-11; Sal. 95; Mt. 18, 12-14

‘Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión; alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas; dí a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza…’ Hermoso pregón. Hermoso anuncio. ‘Dios, el Señor, llega con fuerza’.

Todos los caminos se han de allanar y preparar; no puede haber obstáculos ni de montañas ni de valles. Hay que ‘preparar en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ Son palabras que pronunciaba el profeta al final de la cautividad de Babilonia cuando se le abrían las puertas a Israel para ser un pueblo libre. Son palabras con profundo sentido mesiánico porque llega el que nos ha liberado, nos va a arrancar de la cautividad del mal y de la muerte para hacernos entrar en una vida de gracia y santidad.

‘Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios… gritadle que está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Y bien que lo sabemos que nuestro pecado está redimido; que para eso ha venido Cristo, para redimirnos de nuestros pecados y ha pagado con su sangre, con la entrega de su vida. Y porque lo sabemos, cuando nos preparamos para la celebración de su nacimiento, lo hacemos con ese gozo, con esa esperanza y también con ese deseo grande de vivir su salvación.

Son palabras que nosotros escuchamos en nuestro camino de Adviento como anuncio de consuelo y de esperanza pero que son al mismo tiempo una invitación y una exigencia a prepararnos, a abrir caminos al Señor que llega a nuestra vida.

Es el Señor que nos ama y que nos busca, porque somos nosotros los que andamos perdidos tantas veces. ‘Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres’, nos decía el profeta. Palabras que tienen resonancia en la breve parábola que nos propone Jesús en el evangelio. ‘Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida?’

Es toda la historia del hombre y toda la historia de la salvación. Toda la historia del hombre con su pecado, y toda la historia de la salvación, que es la búqueda de Dios que viene a nuestro encuentro allá donde estamos perdidos para llamarnos con su gracia, para atraernos de nuevo hacia El con lazos de amor.

Toda la historia del hombre que podemos decir está marcada por ese amor de Dios que nos busca, que nos llama, que pone tantas señales de su amor a nuestro lado, que nos envía tantos mensajes de amor y tantos mensajeros que vienen con la misión de llevarnos a Dios. Nosotros podemos ser infieles una y otra vez, pero ‘la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre’, y esa Palabra es una palabra de amor, de vida, de salvación.

Nos queda pues a nosotros vivir con toda intensidad este tiempo del Adviento. Esas imágenes que hemos contemplado hoy de caminos torcidos que se enderezan, de lugares escabrosos que se arreglan, de valles que se levantan y se aplanan, de montes y colinas que se abajan nos están indicando ese camino de purificación que hemos de ir realizando en nuestra vida.

De muchas cosas tenemos que purificarnos: orgullos, egoísmos, envidias, resentimientos, violencias, malos sentimientos, vanidades y mentiras… muchas cosas que tenemos que corregir y que mejorar en nuestra vida. Por eso este tiempo del adviento es un tiempo de superación, de renovación, de conversión al Señor. Es una invitación que escuchamos una y otra vez. Esperamos con alegría la gloria del nacimiento del Señor purificando nuestro corazón y convirtiéndonos de verdad a Dios.

Friday, December 3, 2010

Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca


Is. 30, 18-21.23-26;

Sal. 146;

Mt. 9, 35-10, 1.6-8

‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor…’ Una situación que conmueve hasta las entrañas a Jesús. El recorría pueblos y aldeas… enseñaba en las sinagogas… anunciaba el evangelio del Reino… curaba a todos los enfermos de sus enfermedades y dolencias… Contemplaba un panorama duro y doloroso. Extenuadas, abandonados, desorientados, desesperanzados, desanimados…

Era la situación de desesperanza que vivían las gentes en aquel momento. Llama a sus discípulos y a los que ha hecho apóstoles los envía a anunciar el Reino, la Buena Noticia que despertara esperanzas, que abriera los corazones a Dios, que hiciera sentir deseos de mundo mejor. Los discípulos habían de ir haciendo lo mismo que había hecho Jesús. Anunciaban el Reino y también curaban. ‘Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca…’ Curaban porque llevaban salud para los cuerpos doloridos, pero hacían sentir ansias de salvación para sus espíritus desorientados. Tenían que hacer de pastores en nombre de Jesús para aquellas ovejas que no tenían pastor.

¿Cuál será nuestra situación, la situación del mundo actual? También nuestro mundo necesita quien despierte esperanzas; quien ayude a abrir los corazones algunas veces encerrados en el individualismo y el egoísmo para hacerles buscar, trabajar por un mundo nuevo y mejor. Nosotros vamos viviendo este camino de Adviento que como siempre decimos es un camino de esperanza. Esperamos al Señor que viene, esperamos la salvación que nos transforme, esperamos que las cosas puedan cambiar, pero empezando por cambiar nuestros corazones endurecidos muchas veces.

Y Jesús nos envía a su Iglesia como testigo en medio de ese mundo en el que vivimos; nos envía a nosotros con su misma misión. Necesita el mundo escuchar ese evangelio de Jesús, esa buena noticia de Jesús. Porque también hay esa desorientación y desesperanza, hay cansancio y muchas veces a la gente parece que le faltan ganas de luchar por algo nuevo y mejor. Le sucede al mundo que nos rodea y nos puede suceder a nosotros que tenemos el peligro de caer en una modorra, una atonía, una desgana, una tibieza que nos hace mucho daño.

Tenemos que anunciar el Reino de Dios como lo anunciaba Jesús. Sí, tiene que ser anuncio del verdadero evangelio de Jesús, no las cosas que nosotros nos imaginemos o simplemente nos pida la gente; tenemos que anunciar esa buena noticia que es un evangelio de esperanza; tenemos que anunciar la buena noticia del evangelio de la misericordia y del amor; tenemos que anunciar esa buena noticia de Jesús que nos lleve a creer más en las personas y a confiar en la bondad y también en el arrepentimiento; la buena noticia que nos despierte de nuestros letargos y desganas; la buena noticia que nos comprometa a trabajar cada día allí donde estamos para que las cosas funcionen mejor, para que nos queramos más, para que nuestra convivencia sea cada día más armoniosa.

Por eso vamos escuchando continuamente en este tiempo de Adviento que tenemos que preparar caminos enderezando lo que esta torcido o es escabroso; que tenemos que despertarnos del sueño porque el Reino de Dios está cerca. Por eso con sinceridad de corazón hemos de ir escuchando la Palabra del Señor e irnos dejando interpelar por ella. Es una Palabra que nos corrige, pero que también levanta el ánimo, despierta la esperanza, nos empuja a un amor más fuerte cada día; es una Palabra que nos hace abrir el corazón a Dios.

Roguemos al Señor para que haya muchos pastores en el campo de la Iglesia que nos ayuden en estos caminos que nos acercan a Dios.

Saturday, July 10, 2010

El buen samaritano nos enseña la sabiduría del amor


Deut. 30, 10-14;
Sal. 68;
Col. 1, 15-20;
Lc. 10, 25-37


¡Cuántas justificaciones nos buscamos para nuestra mediocridad! ¡Cuántos rodeos vamos dando en la vida para buscar el justificarnos, para cumplir pero sin tener que darnos mucho, para evitar tener que enfrentarnos a situaciones donde tengamos que arremangarnos y poner manos a la obra en su solución! Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar el relato del evangelio proclamado.
Por una parte, el maestro de la ley que tenía que tener buen conocimiento de lo que es la ley del Señor, viene a preguntar ‘maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Luego que pregunta quién es ese prójimo al que tiene que amar. Por otra parte los personajes de la parábola de Jesús, el sacerdote y el levita, que ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’. ¿Llegaban tarde al templo? Realmente venían de vuelta porque venían bajando también de Jerusalén. ¿Podrían convertirse en impuros por si acaso aquel hombre caído fuera ya cadáver? Ya sabemos lo de las impurezas legales entre los judíos y que los fariseos cuidaban tanto.
Pero no nos contentemos en fijarnos, comentar y criticar la actitud de aquellos personajes sino aprendamos la lección; o, mejor aún, miremos si acaso actitudes parecidas a estas tenemos también nosotros muchas veces en nuestro corazón.
Porque lo de preguntarnos hasta donde tenemos que llegar para cumplir, sí que es una cosa en la que caemos o podemos caer con frecuencia. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ es una pregunta que de una forma u otra nos hacemos nosotros también. Lo de las rebajas no es sólo a nivel comercial en ciertas épocas sino que muchas veces son actitudes que se nos pueden meter en el corazón en nuestra relación con Dios. Una cosa sí es clara, cuando nos decimos seguidores de Jesús no podemos andar con tales mediocridades.
La pedagogía de Jesús es hermosa en este episodio. Cuando le pregunta el maestro de la ley, simplemente le hace recordar lo que estaba escrito en la Ley. Por eso, a la respuesta de aquel hombre repitiendo lo que era el primer mandamiento de la ley de Dios, Jesús simplemente le dice ‘haz esto y tendrás la vida’. Es lo que hemos escuchado hoy en el libro del Deuteronomio. ‘El mandamiento que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable… está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo’. Es la alegría de nuestro corazón. Es el sentido de nuestra vida. Es el camino que nos lleva a la vida. Cúmplelo y tendrás vida.
Pero sigue surgiendo la pregunta para ver hasta donde tengo que llegar. Claro que con Jesús no valen medias tintas, no valen mediocridades. Y el sentido del amor tendrá una amplitud más grande, una plenitud mayor. ‘¿Quién es mi prójimo?’ se pregunta el maestro de la ley. ¿Con quién tengo que portarme como prójimo? O, como nos preguntamos nosotros a veces, ¿hasta donde tengo que amar a mi prójimo?
Es cierto que en el Antiguo Testamento normalmente amar al prójimo era amar al que está a mi lado, en el sentido, de amar a mi pariente o a mi amigo. Aunque también nos encontraremos textos del Antiguo Testamento que nos hablan del respeto que hemos de tener al forastero o al huésped que llega hasta ti, de ahí las leyes de la hospitalidad tan hermosas en las costumbres de los antiguos.
Pero ya sabemos cómo con Jesús el concepto de prójimo adquiere un sentido y un estilo más amplio y más dinámico. Precisamente la parábola que hoy nos propone eso nos enseña. Porque ‘¿cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’, pregunta Jesús. Y la respuesta fue: ‘el que practicó misericordia con él’, y precisamente era un samaritano, un forastero, uno al que casi consideraban como un enemigo, pues ya sabemos la enemistad entre judíos y samaritanos que nos lo refleja también el evangelio.
Ahí está precisamente el mensaje de la parábola, el mensaje del Evangelio. Frente a esas mediocridades con que andamos tantas veces en la vida, donde vamos poniendo límites y medidas a todo lo que hacemos, o haciéndolo buscando unos beneficios o rendimientos del bien que podamos hacer, tenemos que aprender de la sensibilidad, sencillez, generosidad, humanidad, finura del buen samaritano.
Se bajó de su cabalgadura para acercarse al hombre malherido que estaba tendido al borde del camino. No tuvo miedo de perder su tiempo o de salpicarse de la sangre del caído, sino se le acercó y le vendó sus heridas echándoles aceite y vino. Lo cargó sobre sus hombros, casi podemos decir recordando al Buen Pastor que cargó sobre sus hombros a la oveja herida y perdida, porque lo montó en su cabalgadura para llevarlo a la posada más próxima donde pudieran atenderle. ‘Cuida de él, le dijo dándole dos denarios al posadero, y lo que gastes de mas yo te lo pagaré a la vuelta’.
Tenemos que aprender a ser buen samaritano que llevemos los ojos bien abiertos por la vida para ver donde hay un hombre caído, donde está quien pueda necesitarnos, donde haya alguien atenazado por el dolor o el sufrimiento, donde esté un corazón triste y apenado, y sabernos detener para curar, para sanar, para calmar cualquier sufrimiento, para dar vida, para levantar el ánimo, para suscitar esperanza.
La lección del samaritano es bien hermosa y elocuente. No era judío, y sin embargo supo tener misericordia en su corazón para atender al caído. Nos refleja bien lo que es el amor en el sentido de Jesús y nos refleja también lo que es el amor misericordioso del padre que acoge al hijo malherido. Un amor que nos lleve a ayudar a quien lo necesite más allá de cuales sean las diferencias que haya entre nosotros.
Tenemos que ser también como aquel posadero que sepamos acoger al que sufre, al que necesite nuestro consuelo o nuestro cariño, para saber acompañar, para saber escuchar, para saber trasmitir vida, para practicar las obras de misericordia ya sean corporales o espirituales, como estudiábamos en el catecismo, con ese hermano que encontremos caído en el borde del camino de la vida. Y no hace falta ir muy lejos para encontrarlo. Lo que necesitamos será quizá abrir los ojos de nuestro corazón para encontrarlo.
No podemos quizá resolver todos los problemas porque grande es la amplitud del mal y del sufrimiento, pero si podemos poner cada día nuestro granito de arena poniendo más humanidad en nuestro mundo y en nuestras mutuas relaciones. Lo que sí tenemos que cuidar es que por la amplitud del sufrimiento que contemplemos nos lleguemos a acostumbrar e insensibilizar. Lejos de nosotros esa pasividad y esa atonía que se nos puede meter en la vida, como todas esas justificaciones que a veces nos buscamos. El amor siempre tiene que ser un revulsivo fuerte en nuestro corazón para que con nuestro testimonio despertemos esa sensibilidad del amor en los que nos rodean.
Pidamos al Señor esa sabiduría del amor.

Monday, July 5, 2010

Que no nos falte el don de la fe para admirar las maravillas de Dios

Oseas, 8, 4-7.11-13;
Sal. 113;
Mt. 9, 32-38

Comenzaría pidiendo al Señor que no me falte nunca el don de la fe para poder en todo momento saber admirar toda su grandeza y cuántas maravillas realiza continuamente en mi vida y quizá a través de mi, como un humilde instrumento en sus manos, a favor también de los demás. Que sepa admirarme de sus obras, que sepa reconocerlas y ver su presencia. Que no me falta nunca el don de la fe.
Hemos escuchado en el evangelio que la gente sencilla ‘decía admirada: nunca hemos visto en Israel cosa igual’, cuando contemplaban los milagros que Jesús realizaba. En este caso fue el hacer que aquel sordomudo pudiera hablar y pudiera oír. Sin embargo allí estaban los fariseos más ciegos y más sordos para no descubrir, no ver ni oír las maravillas que Jesús realizaba, que no sólo no creen en Jesús sino que además quieren atribuirle las obras que realiza al poder del maligno. ‘Este echa los demonios con el poder de los demonios’.
Cuántos a nuestro alrededor no han descubierto esa maravilla de la fe. Cuántos quieren buscarse mil explicaciones para las cosas que ven cada día y nunca saben descubrir esas huellas que Dios va dejando de su presencia y de su amor en la creación y en tantas cosas que suceden a nuestro lado.
Pedimos el don de la fe para nosotros, pero también tenemos que pedir humildemente al Señor que se derrame ese don de la fe sobre nuestro mundo para que todos puedan llegar a reconocer a Dios y alabarle y darle gracias en todo momento, como nosotros hemos de saber hacer. Ya reflexionábamos hace unos días diciéndonos que si perdemos esa capacidad de maravillarnos ante las cosas de Dios es señal de que nuestra fe se nos puede estar enfriando y eso no nos lo hemos de permitir.
Hoy seguimos contemplando a Jesús que ‘recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, enunciando la buena noticia del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’. El Reino de Dios que se va haciendo presente con Jesús. Los corazones que se van transformando en tantos que con fe le escuchaban. Los milagros que Jesús realizaba como signos de la llegada del Reino de Dios. Jesús que quiere desterrar el mal de nuestro mundo, de nuestro corazón. Jesús que cura de toda enfermedad y de toda dolencia. Jesús que viene dándonos vida.
Y se manifiesta el amor y la compasión de Jesús. ‘Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’. Allí está Jesús el Buen Pastor que busca a las ovejas extenuadas, abandonadas, perdidas, heridas para curarlas y para darles vida.
Pero la mies es abundante y hacen falta muchos obreros para ese trabajo. Por eso nos insiste. ‘Rogad al Señor de la mies que mandes trabajadores a su mies’. Es la oración constante que siempre la Iglesia hace, que tenemos que hacer al Dueño de la mies. Es la oración por las vocaciones que tiene que estar siempre presente en nuestra mente y en nuestro corazón.
Hacen falta pastores, hacen falta sacerdotes santos y entregados, hacen falta personas que se consagren por el Reino de Dios para trabajar en esa mies del Señor tan abundante y tan necesitada de trabajadores. Roguemos continuamente al Señor por las vocaciones al sacerdocio. Que sean muchos los que escuchen esa llamada del Señor y sientan la valentía y la generosidad en su corazón para responder al Señor.
Roguemos por las vocaciones a la vida consagrada, hombres y mujeres que se consagren a Cristo siguiendo con toda radicalidad los consejos evangélicos. Pidamos para que haya muchos misioneros que lleven por el mundo la buena noticia de Jesús.
Pero pidamos para que en nuestras parroquias haya muchas personas generosas y entregadas en el trabajo pastoral tan amplio como se puede realizar en los distintos sectores de la vida de una comunidad. Nos lo está pidiendo hoy Jesús. Que tengamos también nosotros ese corazón compasivo como El y lleno de misericordia.

Monday, April 26, 2010

Espíritu misionero, espíritu de comunión, seguimiento de Jesús

Hechos, 11, 19-26;
Sal. 86;
Jn. 10, 22-30

Los Hechos de los Apóstoles nos manifiestan la intensidad de la vida de la Iglesia y su crecimiento constante. Todo es ocasión para realizar esa acción misionera. Si había sido duro dispersarse cuando el comienzo de la persecución con el martirio de Esteban, que podían realmente parecer momentos difíciles, sin embargo fue ocasión y motivo para esa acción misionera de la Iglesia. Algo tendríamos que aprender.
‘Llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia…’ nos relata el autor sagrado. Y ya no sólo anuncian la Buena Noticia de Jesús a los judíos sino que ‘se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús’. Y está la respuesta porque ‘muchos se convirtieron y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá que ‘una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Se manifiesta también la comunión entre las Iglesias que se van constituyendo. ‘Llegó la noticia a Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ No son comunidades separadas y aisladas unas de otras, sino que hay una hermosa comunión entre ellas alegrándose mutuamente del crecimiento de los discípulos y apoyándose mutuamente.
Llegó Bernabé y siguió creciendo la comunidad y nos dice que se les iba instruyendo con todo detalle. Comunidad en la que pronto aparecerá el nombre de cristianos para llamar a los que seguían el nuevo camino, como se nos ha dicho en otro lugar, los discípulos de Jesús. Bernabé además sabe de alguien que puede realizar una labor importante entre los discípulos y en el avance del Evangelio y se va a Tarso para traerse a Saulo, a quien habría conocido en Jerusalén antes de que lo enviaran a Tarso..
Hemos ido subrayando algunos aspectos importantes que sobresalen en aquellas primeras comunidades y que pueden ser un estímulo y un ejemplo para nosotros. El impulso misionero y apostólico para en todo momento y ocasión anunciar a Jesús y hacer crecer el número de los discípulos, es una primera cosa que podemos destacar. Es una inquietud que tiene que haber en nuestro corazón, que tiene que estar muy presente en nuestra oración, que nos ha de mover en todo momento a ese buen testimonio que podemos y tenemos que dar.
Otra cosa que hemos destacado es el espíritu de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Comunión que se llama vivencia eclesial, sentirnos y hacer Iglesia, vivir ese sentido de comunidad y que es ese sentirnos unidos a los demás en una misma fe y que se ha de manifestar también en un mismo amor. Cómo nos hemos de acoger y valorar todos; cómo acogemos al que llega y le hacemos sentirse a gusto con nosotros y a nuestro lado. Esto es algo a tener muy en cuenta hoy dada la movilidad tan grande en que se vive hoy en nuestra sociedad, llámense emigrantes que nos llegan de todas partes, o llámense también turistas que nos visitan y conviven con nosotros.
Y todo esto nace de nuestra fe en Jesús. Creemos en El y queremos seguirle; creemos en El y le escuchamos; creemos en El y le sentimos a nuestro lado siendo nuestra fuerza, nuestra vida, nuestro apoyo, nuestro alimento, nuestra defensa también. Hoy el evangelio nos habla del pastor y de las ovejas que le siguen, conocen su voz, y el pastor las conoce y las alimenta y las defiende. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Que así nos sintamos seguros desde nuestra fe en Jesús.
 

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