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Sunday, July 10, 2011

San Benito, maestro de la escuela del divino servicio

Prov. 2, 1-9;

Sal. 33;

Mt. 19, 27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos.

Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.

¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.

Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.

Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.

Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.

La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.

Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.

¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida.

Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.

Saturday, July 9, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Is. 55, 10-11;

Sal. 64;

Rm. 8, 18-23;

Mt. 13, 1-23

‘El que tenga oídos que oiga’ sentencia Jesús al terminar de decir la parábola. Una invitación a reflexionar, a pensar hondamente en el significado de lo que Jesús quiere decirnos. No nos podemos contentar con decir qué cosas más bonitas nos dice el Señor, qué bella es la parábola. Es cierto que es una página bien hermosa, pero de un contenido grande. Por eso ‘el que tenga oídos que oiga’, el que sea capaz de reflexionar, de escucharla allá en lo hondo del corazón, que lo haga. Es lo que queremos hacer.

‘Salió el sembrador a sembrar…’ comienza la parábola. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a El tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…

En el evangelio lo vemos como el pescador, como el pastor, como el maestro. Diversas imágenes que nos hablan de Jesús y de su misión. ‘Os haré pescadores de hombres’, que era hacerlos como era El. ‘Yo soy el Buen Pastor’, y nos dirá que cuida a las ovejas y las alimenta, y busca a las perdidas. Es el Señor y el Maestro, que así lo llaman sus discípulos. Hoy lo contemplamos como el sembrador que siembra la semilla de la Palabra de Dios y que quiere que dé fruto abundante. ‘Salió el sembrador a sembrar… y les habló mucho rato en parábolas…’

El sembrador echa la semilla en la tierra y espera pacientemente que dé fruto. La semilla aunque nos pueda parecer pequeña e insignificante es vida que nos fecunda de vida. Pero la semilla ha de enraizar bien en la tierra y la tierra tiene que ser buena y preparada para poder obtener toda su fecundidad. No puede ser tierra endurecida y pateada convertida en caminos endurecidos; no puede ser tierra árida llena de pedruscos o de malas hierbas. Tiene que ser tierra cuidada y cultivada para hacerla brotar y pueda llegar a dar fruto.

Como tantas veces reflexionamos cuando escuchamos esta parábola esa tierra somos nosotros. No podemos tener embotado el corazón ni endurecido el oído. Ya Jesús se queja recordando las palabras del profeta. ‘Está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos…’ Hemos de saber abrir los ojos y los oídos del corazón para poder acoger esa semilla, para poder sintonizar con ese mensaje divino, con esa Palabra de Dios que llega a nosotros.

El agricultor que prepara la tierra para la siembra lo hace con todo cuidado. Hemos visto todos como se labra la tierra, como se quitan las malas hierbas, se limpia de pedruscos y de abrojos, se abona y se refresca cuidadosamente para que cuando caiga la semilla encuentre la humedad adecuada, los abonos pertinentes y la tierra bien preparada para que pueda germinar, brotar, crecer y llegar a dar fruto.

Ojalá escuchemos que Jesús nos dirige a nosotros estas palabras: ‘¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!’ Con cuánto cuidado hemos de disponer nuestro corazón y nuestra vida para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cómo hemos de predisponer nuestro espíritu para recibirla porque es un tesoro precioso, el más precioso, que bien merece la pena dejarlo todo para acogerla en nuestro corazón.

Y una forma hermosa sería prepararnos invocando al Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría y de conocimiento de Dios para que nos ilumine. Creo que siempre la escucha de la Palabra de Dios hemos de hacerlo en espíritu orante. Es el Señor que nos habla, que quiere entrar en diálogo de amor con nuestro corazón. Importante, pues, esa actitud orante, de oración, porque también nos pide una respuesta. Y permítanme decir que espiritu orante no es estar rezando padrenuestros o avemarías mientras escuchamos la Palabra, sino espíritu y corazón abierto a Dios para escucharle. Es la tierra preparada.

Cuántos ruidos de la vida tenemos que evitar para poder escucharla debidamente en nuestro corazón; cuánto silencio hemos de hacer en nuestra alma. Es el silencio externo ya sea en nuestra lectura personal ya sea en nuestras celebraciones, y el el silencio del corazón. ¡Qué lástima cuando en nuestras celebraciones mientras se proclama la Palabra de Dios se están haciendo cosas o hay gente que se está moviendo y dando vueltas por el templo, o alguie está más preocupado por las cosas que haya que preparar para el resto de la celebración!

Quitar los abrojos o los pedruscos que nos dice la parábola para que sea tierra limpia y buena. La semilla cae en tierra y hay que darle su tiempo para que germine y pueda surgir la planta que luego dé fruto. Pero si en ese crecimiento interior choca, podríamos decir, con nuestras maldades, nuestros vicios y rutinas, todo eso ahogará esa Palabra plantada en nuestro corazón. ‘El maligno roba lo sembrado en el corazón’ que decía Jesús. Una actitud y un deseo de purificación interior tendríamos que tener, y eso con la ayuda de la gracia del Señor que pedimos también en nuestra oración.

Fortalecernos en el Señor para ser constantes y perseverar en ese cultivo de la semilla de la Palabra de Dios en nuestro espíritu. ‘La acepta con alegría… pero no tiene raíces, es inconstante, que nos dice Jesús en la explicación, y en cuanto viene la dificultad o la persecusión, la tentación, sucumbe…’

‘El que tenga oídos para oír que oiga’, nos decía Jesús. Hemos de masticar muy bien este alimento de la Palabra que escuchamos para que sea en verdad alimento de nuestra vida. Jesús no sólo nos ha proclamado la parábola sino que también nos la ha explicado; nos ha dicho cómo tenemos que aplicárnosla a nosotros, pero también nos da pautas para ser esa tierra buena, para preparar nuestro corazón a esa semilla que se planta cada día en nuestra vida.

Y también tenemos que ayudarnos los unos a los otros en ese acogida a la Palabra para dar fruto. Que nunca seamos obstáculo para los demás. Es más, tenemos que ser sembradores también de esa semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo. Como Jesús llamaba a Pedro y a los demás discípulos para que también fueran pesacadores de hombres y sembradores del Reino, a nosotros también nos confía esa misión y esa tarea.

Desde nuestra forma de acogerla y escucharla podemos ser testimonio y estímulo para los que nos rodean. Que vean que en verdad es importante la Palabra de Dios para nosotros por nuestra forma de escucharla, acogerla y plantarla en nuestra vida. Todo es contribuir para la gloria del Señor. Y damos en verdad gloria a Dios si logramos que otros muchos escuchen el anuncio de la Palabra y se dispongan también a plantarla en su vida. Una hermosa tarea que tenemos por delante.

‘La semilla cayó en tierra buena y dio fruto’.

Tuesday, January 4, 2011

Rabí, Mesías-Salvador esperado, Hijo de Dios… confesamos nuestra fe en Jesús

Rabí, Mesías-Salvador esperado, Hijo de Dios… confesamos nuestra fe en Jesús

1Jn. 3, 11-21; Sal. 99; Jn. 1, 43-51

Estos versículos, escuchados ayer y hoy, del capítulo primero del evangelio de san Juan no sólo nos narran la vocación de los primeros discípulos de Jesús, sino también progresivamente nos van describiendo como en un proceso una progresiva confesión de fe en Jesús.

Unos discípulos que buscan a Jesús, como Juan y Andrés, otros llamados directamente por Jesús como es el caso de Felipe, y otros llevados hasta Jesús como Simón y Natanael. Buscándolo, llamados o llevados en el fondo todo es vocación porque es llamada del Señor. En todos el Espíritu había sembrado una inquietud en el corazón y la gracia del Señor les había dado disponibilidad y generosidad para la respuesta. Inquietud para buscar, para dejarse interrogar en su interior por los mismos hechos o acontecimientos que les iban sucediendo, lo que no significaría ausencia de dudas. ‘¿Dónde vives? ¿Es que puede salir algo bueno de Nazaret? ¿De qué me conoces?’ Pero tras el encuentro con Jesús las dudas se irán disipando y el corazón se irá llenando más y más de generosidad para un día dejarlo todo para seguir a Jesús.

Decíamos también que vemos una progresiva confesión de fe en Jesús. ‘Cordero de Dios’, lo llamará el Bautista cuando se los señala a sus propios discípulos desde el sentido del Cordero Pascual que en cada Pascua había de ser inmolado y que era tipo e imagen de Cristo verdadero Cordero que se inmolará por nosotros para ser en verdad nuestro Redentor y Salvador.

Pero en los propios discípulos que buscan, se acercan y terminan confensando su fe en Jesús descubriremos ese proceso. Lo llamarán ‘Rabí’, Maestro tanto Andrés y Juan cuando quieren conocer donde vive, o cuando Natanael impresionado por lo que está significando su encuentro con Jesús se deje cautivar por El.

Andrés le indicará a su hermano Simón que se ha encontrado con el Mesías prometido, y Felipe le anunciará a Natanael que han ‘encontrado a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas. Ven y lo verás’, le dice. Hasta ahora para todos es Jesús, el de Nazaret, pero tras dejarse cautivar por Jesús será Natanael el que haga la más hermosa confesión de fe: ‘Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel’.

Pero finalmente serán las palabras de Jesús las que nos van a descubrir su verdadero misterio. ‘Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. Esta expresión será muy usada por Jesús, pero al emplearla recordando quizá a los profetas, está manifestándonos como en El está la gloria del Señor. Se estará manifestando así la gloria de Dios porque allí está el que verdaderamente es el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador.

He querido detenerme en esta reflexión tanto de esta profesión de fe en Jesús como la búsqueda y vocación de los primeros discípulos, al hijo del evangelio escuchado, porque bien nos viene a nosotros, bien nos ayuda en medio de estas celebraciones que estamos viviendo en estos días a que hagamos también una verdadera confesión de fe en Jesús. No tendría para nosotros la fiesta que hacemos si no reconocemos en verdad quien es Jesús. Como ya hemos reflexionado en otro momento nuestra fe en Jesús tiene que despertarse y crecer en estas celebraciones que vivimos.

Surgirán dudas o interrogantes en nuestro interior, pero hemos de dejarnos cautivar por Jesús como lo hicieron aquellos primeros discípulos. Con nuestra profesión de fe brotará en nuestro corazón la generosidad y la disponibilidad para confesarle y para seguirle, para llegar a vivir en El.

Hemos ido contemplando el resplandor de su gloria en todos estos días y mañana llegaremos a esa hermosa manifestación de Jesús en la Epifanía del Señor. Algo más que unos Magos venidos de Oriente o una estrella que brilla en el cielo, porque todo será señal que nos conduzca hasta Jesús, hasta su vida y su salvación. Nos tenemos que dejar iluminar por su luz, por el resplandor de la gloria del Señor que en Jesús se nos manifiesta. Y llenos de su luz nosotros también cantemos esa gloria del Señor, nosotros con toda nuestra vida demos para siempre gloria al Señor.

Monday, August 23, 2010

Doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero


Apc. 21, 9-14;
Sal. 144;
Jn. 1, 45-51

‘Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero’. ¿A qué o a quién se esta refiriendo el Apocalipsis? Es una imagen de la Iglesia ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Bellas imágenes las que nos ofrece el Apocalipsis y que nos presenta la Iglesia en la Palabra de Dios en esta fiesta del apóstol san Bartolomé.
Fiestas profundamente eclesiales que decimos las fiestas de los Apóstoles. Que nos hacen sentir Iglesia; que nos ayudan a comprender mejor donde están las raíces de la Iglesia. ‘Tenía una muralla grande y alta y doce puertas, custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados, los nombres de las tribus de Israel… el muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Cristo es la Roca de nuestra vida, pero quiso fundamentar su Iglesia sobre la piedra de Pedro; pero junto a Pedro está el grupo de los doce, que así se convierten también en esos cimientos y fundamentos de la Iglesia de Jesús. ‘El muro tenía doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero’, que acabamos de escuchar.
Hoy celebramos a uno de esos apóstoles, Bartolomé, el hijo de Timeo, Tholmai o Tolomeo, que viene a significar su nombre, que también identificamos con el Natanael del que nos habla el evangelio de Juan que fue llevado hasta Jesús por Felipe, como hemos escuchado. Poco más sabemos de él que lo que nos dice el evangelio, porque luego lo demás son tradiciones, muchas fundamentadas en los evangelios apócrifos que nos hablan de su predicación en Armenia, en Asia Menor, en Mesopotomia y hasta en Arabia y la India. También nos hablan de su martirio, en el que fue primero desollado y luego decapitado.
Pero lo fundamental para nosotros es que fue uno de los doce, de los apóstoles escogidos y llamados de manera especial por el Señor, como nos narran los evangelistas cuando nos dan el hombre de los doce apóstoles y que no sólo predicó de palabra el Evangelio de Jesús como éste le había encomendado, sino que dio su vida, derramó su sangre por el nombre de Jesús.
Hoy con el Apocalipsis queremos contemplar a esa Iglesia resplandeciente, ‘brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido’. ¿Cómo vemos resplandecer así a nuestra Iglesia? ¿Cómo hemos de hacer resplandecer de esa manera a nuestra Iglesia hoy? Es el resplandor de la santidad de la Iglesia que se manifiesta en sus mejores hijos que son los santos. Es el resplandor, pues, que hemos de dar nosotros con nuestra vida santa. El resplandor de nuestra fe y el resplandor de nuestro amor. Esa santidad a la que hemos de aspirar en todo momento cuando escuchamos el mensaje de fe que nos trasmiten los apóstoles y que llega a nosotros a través del magisterio de la Iglesia. En los apóstoles decimos que nos fundamentamos, se fundamenta la Iglesia y a esa santidad nos tiene que llevar para que así resplandezcamos nosotros también.
Natanael en el evangelio es presentado, y nada menos que por Jesús, como un israelita cabal, ‘un judío de verdad en el cual no hay engaño’; lo que nos está hablando de la rectitud de su vida, de su fe y de su buen hacer. Pero se encontró con Jesús, y aunque al principio le costara sus dudas, sin embargo se dejó cautivar por la Palabra de Jesús para llegar a una hermosa confesión de fe. ‘Rabí, Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’.
Que lleguemos nosotros también a una profunda confesión de fe, que lleguemos nosotros a ese reconocimiento de Jesús como el todo de nuestra vida. Que siguiendo a Jesús plantemos de verdad su Palabra en nuestra vida para dar frutos de santidad. Que vivamos una profunda comunión eclesial porque sintiéndonos iglesia, de verdad nos sintamos hermanos, en comunión total de amor de los unos para con los otros. Así resplandecerá nuestra Iglesia ‘como piedra preciosa, como jaspe traslúcido’ por nuestra santidad y por la santidad de todos los miembros de la Iglesia.
 

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