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Friday, May 20, 2011

El que cree en mí también él hará las obras que yo hago


Hechos, 13, 44-52;

Sal. 97;

Jn. 14, 7-14

‘Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y aun mayores’. Necesitamos creer en Jesús. ¿Hemos pensado cuánto podemos hacer y ser desde nuestra fe en Jesús? ¿Hemos pensado seriamente cuánto nos da Jesús, cuánto recibimos de Dios por nuestra fe en Jesús?

No hay otro nombre que pueda salvarnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios vivirá, se salvará, se llenará de vida eterna. Cuántas veces escuchamos a Jesús en el evangelio decir a los que se acercaban a El ‘basta que tengas fe’, o alaba a los creen aunque no hayan visto, o les dice que por su fe se han curado, han alcanzado la salvación.

Aunque podemos decir que tener fe es decir Si a Dios, decir Sí a Jesús, sabemos que esa palabra implica mucho más. Lo expresaremos con una palabra, lo confesaremos recitando las palabras del Credo como un resumen y compendio de nuestra fe, pero es algo más que palabras porque tiene que ser vida. La fe implica toda nuestra vida; envuelve y empapa toda nuestra vida. Nada se escapa del sentido de la fe en aquello que hacemos o que decimos¸ nada se escapa del sentido de la fe en lo que vivimos.

Por la fe que tenemos en Jesús nos unimos a El para hacer nuestra vida una sola cosa con El. Por la fe nuestras obras serán nuevas y distintas, porque ya serán para siempre las obras de Dios. Nos unimos a Jesús y esa unión la expresamos y la celebramos, la hacemos visible y palpable a través de los sacramentos. Nos unimos a Jesús y ya nuestro actuar será desde el estilo y el sentido de Jesús. Por eso, como nos dice hoy, si creemos en El haremos las obras que hace Jesús.

En otro lugar del evangelio nos dirá que el árbol se conoce por sus frutos; pues los frutos por los que tiene que reconocerse a nosotros son las obras de Jesús que son las obras de la justicia y del amor. ‘Por sus frutos los reconoceréis’; por nuestros frutos se reconocerá nuestra fe. Seamos árbol bueno que demos frutos buenos. Seamos árbol de fe que se manifiesta en los frutos del amor y de la justicia.

Y en el nombre de la fe cuánto podemos hacer. ¿No recordamos a Pedro que cuando por la fe que tenía en Jesús en su nombre echó la red recogió una redada de peces tan grande que se reventaba la red? Hoy nos dice además Jesús que ‘lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo’. Y termina afirmando rotundamente: ‘Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Con fe, con confianza, con humildad, con amor acudamos a Jesús para que crezca nuestra fe.

Sin embargo en muchas ocasiones a los cristianos se nos ve baldíos, sin obras, sin frutos. Muchas veces nuestra vida aparece ramplona y sin vitalidad, pobre en obras y en compromisos seríos, fría y rutinaria, dejándonos arrastrar por la tendencia al pecado y la tentación. Se nos muere la fe si no la cuidamos debidamente. Es una planta muy delicada.

Despertemos nuestra fe. Reavivemos nuestra fe. Ahondemos en nuestra fe para hacerla profunda, firme, segura, comprometida, llena de vida. Tenemos que cuidar nuestra fe. Es la niña de nuestros ojos. Tenemos que alimentar nuestra fe. Si no alimentamos nuestra fe nuestra vida cristiana decae, muere. Y no tenemos otra fuente de agua viva que Jesús. A El tenemos que acudir. ‘Dame de esa agua para que no tenga ya más sed’, le pediremos como la mujer samaritana. ‘Danos de ese pan’, como los judíos de Cafarnaún también le pediremos a Jesús. Desde nuestra debilidad y pecado, reavivando los rescoldos de nuestra fe tenemos que acudir a El y decirle, como aquel hombre del evangelio, ‘yo creo, yo quiero creer, pero aumenta mi fe’.

Monday, April 4, 2011

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios

Ez. 47, 1-9.12;

Sal. 45;

Jn. 5, 1-3.5-16

‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no vacila, Dios la socorre a despuntar la aurora’. Así recitamos en el salmo en el que vamos repitiendo cómo el Señor es nuestra fuerza y nuestra vida. ‘El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob…’ Nuestro alcázar, nuestra fortaleza, nuestro refugio. En El nos apoyamos y nos sentimos seguros. Acequias de agua para significar la gracia de Dios que nos llena de vida. Es lo que nos describe el profeta. Un manantial de agua que brota desde el templo del Señor y que va creciendo y creciendo, pero que es río de vida y de salvación. ‘Estas aguas… desembocarán en el mar de las aguas pútridas, y lo sanearán’, nos dice. Allí donde desemboque habrá vida y frutos abundantes. ‘A la vera del río crecerán toda clase de árboles, no se marchitarán sus hojas y sus frutos no se acabarán’. Cómo tendríamos nosotros que desear beber esa agua viva. Cómo tendríamos que desear la gracia del Señor y pedir que no nos falte nunca para no caer en la muerte del pecado sino para vivir siempre en la fidelidad del Señor y en una vida santa. Al Señor tenemos que acudir; con El tendríamos que contar siempre. Ya nos apareció esta imagen del agua en nuestro camino cuaresmal cuando en el tercer domingo de cuaresma pedíamos con la samaritana a Jesús que nos diera de esa agua viva que calme nuestra sed para siempre. El signo del agua se nos va repitiendo en la liturgia durante la cuaresma, no en vano la cuaresma es como una gran catequesis bautismal. Para los catecúmenos que se preparaban al Bautismo era un desear esa agua viva del Bautismo que los uniera a Jesús, los llenara de la vida de Dios y los hiciera hijos de Dios. Para todos nosotros que queremos renovar nuestro bautismo en esta Pascua nos es de gran ayuda en nuestro camino espiritual el recordarlo y tenerlo muy presente. En el evangelio nos aparece de nuevo este signo del agua en aquel paralítico que está postrado en su camilla en la piscina de Bethesda esperando el movimiento del agua que produjera el ángel del Señor con el que encontrar la salud. No llegaba a tiempo y no había nadie que le ayudara a introducirse en la piscina. Pero allí está Jesús. No necesitará introducirse en el agua de aquella piscina porque Jesús es el agua viva que sana y que salva. Aquel movimiento de aguas era un signo de la gracia y de la presencia del Señor. Pero allí está el Señor, no será necesario ningún signo porque será Jesús mismo quien le devuelva la salud y le de mucho más porque le hace llegar su salvación. ‘¿Quieres quedar sano?... Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar… Mira has quedado sano, no peques más no sea que te suceda algo peor’, le dirá luego Jesús cuando de nuevo se encuentre con él. ¿Nos estará preguntando Jesús si queremos quedar sanos? ¿Tendremos en verdad deseos de esa salud y salvación que Jesús nos ofrece? Jesús está llegando cada día a nosotros a través de esta Palabra que escuchamos y de estas celebraciones que vivimos porque quiere hacernos llegar la salvación. Vayamos a Jesús verdadera agua vida de nuestra salvación. Quiere lavarnos y sanarnos, quiere perdonarnos y llenarnos de vida. Pero también nos dice ‘no peques más, no te suceda algo peor’. Que tengamos verdadera voluntad de no pecar más, de no volver otra vez a dejarnos seducir por la tentación y el pecado. Démosle profundidad a este camino que estamos haciendo para llegar verdaderamente renovados a la Pascua. Un último pensamiento. Aquel hombre no tenía quien le ayudara a introducirse en el agua de la piscina para obtener la salud. Muchos habrá a nuestro lado que necesiten también una mano que les ayude a caminar hacia la gracia hacia Jesús. ¿Queremos ayudarles? Esa preocupación por los demás, para hacer que todos los pecadores se conviertan, puede ser también una señal de nuestra verdadera conversión cuando queremos que todos alcancen esa gracia del Señor. Que nadie se quede a la vera del camino de la gracia porque nosotros no le ayudemos.

Wednesday, March 30, 2011

No endurezcáis el corazón


Jer. 7, 23-28;

Sal. 94;

Lc. 11, 14-23

‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Así hemos rezado y repetido en el salmo. Una llamada del Señor y un deseo por nuestra parte. Queremos escuchar la voz del Señor, aunque algunas veces nos cuesta, nos distraemos con otras voces, o cerramos nuestros oídos.

El salmo nos recuerda aquellos momentos difíciles del pueblo peregrino por el desierto. Les costaba hacer el camino y se rebelaban contra el Señor. No tenían agua para calmar su sed, aunque el Señor por medio de Moisés haría saltar agua de la roca. Lo recordamos el pasado domingo. ‘No endurezcáis vuestro corazón como en Masá y Meribá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras…’

Ante nuestros ojos tenemos tantas obras maravillosas que hace el Señor; desde la propia naturaleza con todas sus bellezas que nos puede hablar de la belleza y del poder del Señor; o en tantas otras obras donde sentimos la presencia del Señor que nos guía, que está a nuestro lado, que nos cuida, nos previene de males o nos da fuerzas para el caminar de nuestra vida. Seguro que cada uno de nosotros tiene experiencias de este tipo en su vida. Pero muchas veces cerramos los ojos. No somos capaces o no queremos contemplar las maravillas del Señor cuando tendríamos que irlas contando continuamente a todos los que nos rodean.

En la lectura del profeta está la palabra dolorida del Señor. ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien. Pero no escucharon ni prestaron oido, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado…’ Y les recuerda como les ha enviado profetas que no han escuchado, sino que más bien endurecieron su corazón.

En este mismo sentido es el rechazo de Jesús que vemos en el evangelio de tal manera que atribuyen el poder de Jesús a las obras del maligno. Veían las obras de Jesús, sus milagros, su vida, su palabra y no eran capaces de reconocer las obras de Dios. ‘Si yo echo los demonios con el Dedo (el poder) de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, les dice Jesús.

La palabra de Dios que vamos escuchando cada día es esa llamada que nos va haciendo el Señor una y otra vez. Una palabra que nos tiene que hacer mirar a nosotros mismos, mirar nuestro corazón, mirar la respuesta que le estamos dando al Señor. Muchas cosas tenemos que examinar, porque muchas veces se nos cierra el corazón, se nos endurece, o nos hacemos oídos sordos a la llamada del Señor.

Llamada del Señor que nos llega de muchas manera; nos llega en la voz de la Iglesia, en sus pastores y en la predicación que escuchamos; llamada del Señor que nos llega en este tiempo con la liturgia que nos ayuda con todas sus celebraciones a prepararnos para la pascua; llamada del Señor que nos llega también a través de muchas señales que podemos ver a nuestro alrededor en personas, en acontecimientos, en hechos quizá muchas veces sencillos pero que son una voz del Señor que quiere llegar a nuestro corazón.

También en ocasiones, como decíamos antes, hay tantas cosas que nos distraen con sus ruidos que nos impiden escuchar la voz y la llamada del Señor. O, como decía el profeta, preferimos caminar por nuestros caminos según nuestras ideas. Con sinceridad tenemos que acercarnos al Señor reconociendo nuestros caminos errados tantas veces, pero acogiéndonos una y otra vez a la misericordia del Señor.

Ojalá escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, sino que abramos nuestra vida a la gracia.

Saturday, March 26, 2011

Sedientos del agua viva que Jesús nos ofrece


Ex. 17, 3-7;

Sal. 94;

Rm. 5, 1-2. 5-8;

Jn. 4, 5-42

‘Un vaso de agua, por favor’. Algo así fue lo que le pidió Jesús a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob. ‘Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar… cansado del camino estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.’ Son muchos los detalles que nos sugieren muchas cosas.

Jesús, cansado del camino y sediento, pide de beber, como aquel pueblo que agotado y sediento en su caminar por el desierto también le pide agua a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús, desangrado y colgado de la cruz, atormentado también por la sed, pedirá igualmente de beber – ‘tengo sed’, gritará entonces -. Pero en otro momento nos dirá que estuvo pidiendo agua, sediento en todos los sedientos que piden agua, esperando que nosotros le diéramos de beber.

Es bien significativo todo esto que nos recuerda y sugiere el evangelio de la samaritana del pozo de Jacob que hoy se nos ha proclamado. ¿De qué y de quienes está sediento Jesús? ¿Qué nos querrá decir?

Jesús nos está hablando de tantos sedientos, nosotros quizá también, que recorren los caminos del mundo esperando calmar su sed, sin saber encontrar esa agua viva que tanto necesitan. En Jesús sediento junto al pozo de Jacob y pidiendo de beber podremos contemplar la pobreza de tantos que necesitan agua que calme su sed física, pero que calme más bien otra sed más profunda que pueda haber en el corazón del hombre.

El diálogo que se establece entre Jesús y aquella mujer samaritana manifiesta esa sed profunda del hombre; no es sólo el hecho de que Jesús pida agua a aquella mujer con todas aquellas connotaciones de si El es judío y ella samaritana, que si tiene o no tiene con que sacar agua de aquel pozo hondo, sino que en la sed de aquella mujer está esa sed profunda que muchas veces llevamos dentros en tantos interrogantes que nos surgen en nuestro corazón, en esas ansias que podemos tener de felicidad y de cosas buenas y que no sabemos donde encontrar, o en esa trascendencia que se puede despertar dentro de nosotros que sólo en la plenitud de Dios podemos de verdad saciar.

Pronto aquella mujer será la que comience a pedirle a Jesús que le dé de esa agua que sacie su sed para no tener que venir a esos pozos materiales en busca de aguas que no dan respuestas profundas a la vida. ‘Si conocieras el don de Dios, comienza a decirle Jesús, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y El te daría agua viva’.

Jesús es el que viene a saciar esa sed que llevamos dentro. Jesús es el que nos va a dar respuestas a todos esos interrogantes. Jesús es el que nos dará esa agua que nos purifica, pero que también nos llena de vida. Jesús es el que ‘hará surgir dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’.

Allí está aquella mujer delante de Jesús que primero sólo buscaba esa agua material y física que podía sacar de aquel pozo de Jacob – ‘Señor, dame de esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla’ -, pero que ahora ante Jesús irá descubriendo que hay otras muchas cosas en su vida que necesitan del agua viva que Jesús ofrece. Será su vida irregular, serán sus problemas religiosos y de fe, será toda la inquietud vital que hay en su corazón.

Jesús con su palabra irá ayudándole a hacer un recorrido por su vida para irle dando respuesta a todas las cuestiones que le plantea para que al final aquella mujer sienta a Dios en lo hondo de corazón, porque ‘a Dios hay que adorarle en espíritu y verdad’, para sentirse transformada por la presencia de Jesús. Irá pronto a anunciarle a sus vecinos que se ha encontrado con quien le ha dicho todo lo que ha hecho y se pregunta si no será el Mesias esperado. Comienza a compartir el agua que ha encontrado.

Nosotros también acudimos a Jesús con nuestra sed, con nuestra vida no siempre muy ordenada, con nuestros interrogantes o nuestras dudas. Como aquella mujer también queremos pedirle ‘Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed…’ ni tendré que estarla buscando por esas otras fuentes engañosas de las que tantas veces queremos ir bebiendo por la vida.

Pero tenemos que hacerlo con sinceridad. No hemos de tener miedo de dejarnos interpelar por Jesús que nos irá haciendo ver todo eso que es nuestra vida. En este camino cuaresmal hacia la Pascua tenemos que aprender que sólo Jesús es el que sacia la fe más profunda que hay dentro de nosotros. Una sed que muchas veces puede atormentarnos bajo el sol de la vida con tantos problemas o inquietudes, porque además llevamos sobre nosotros el peso de nuestros pecados. Jesús calma esa sed porque nos da su agua viva que nos purifica y nos llena de vida. Cuando lleguemos a la resurrección del Señor en la noche de Pascua vamos a renovar nuestro bautismo y dejar que el agua caiga de nuevo sobre nosotros como un signo de esa vida nueva que resplandece en nosotros.

Hemos de tener confianza de que en Jesús vamos a encontrar esa agua viva y la vamos a buscar con empeño y sin dudas. Como escuchamos en la lectura del Exodo el pueblo se rebeló contra Moisés y contra Dios porque pensaban que iban a morir de sed en el desierto, y Moisés dudó en cierto modo de que Dios les hiciera saltar agua de la roca para calmar la sed de aquel pueblo rebelde. ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón como en el desierto, cuando vuestros padres me tentaron y me pusieron a prueba’, hemos rezado en el salmo. Por eso queremos escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, beber de la fuente de agua viva que El nos ofrece.

Como nos dice el Papa en su mensaje de Cuaresma ‘La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín’.

Pero creo que nos pide algo más este encuentro con Jesús hoy. Quienes hemos encontrado esa agua viva no nos la podemos quedar sólo para nosotros. A nuestro lado hay un mundo sediento. Sediendo de muchas cosas y que busca su satisfacción en fuentes que no son de agua viva porque quizá no la hayan encontrado aún. Piden agua, buscan respuestas, tienen quizá ansias de algo en su corazón y no saben bien lo que es.

Al principio recordábamos aquel otro lugar del evangelio donde Jesús nos dice que estaba sediento y le dimos – o no le dimos – de beber. Pues Jesús está sediento en todos esos hombres y mujeres que quizá andan desorientados por los caminos de la vida y que nos están pidiendo de beber aunque quizá no sepan bien lo que podemos ofrecerles o algunas veces hasta nos rechacen.

Tenemos que ir a calmarles esa sed. Tenemos que llevarles esa agua viva que Jesús nos ofrece, y nos ofrece para todos, y que ha puesto en nuestras manos para que también la llevemos a los demás. No nos podemos quedar para nosotros esa agua de la fe, de la gracia, de la vida eterna, sino que tenemos que anunciarla compartirla con los demás. Ponernos sentados junto a esos pozos de la vida a donde van a buscar agua, para pedir agua, pero para ofrecer nuestra agua, mejor, el agua viva de Jesús. Ayudar a despertar la fe en tantos a nuestro lado.

Es la inquietud que siempre hemos de tener por llevar a Jesús a los demás, anunciar su evangelio, hacer que todos los hombres puedan beber de esa agua viva de la gracia que nos ofrece Jesús. Es un compromiso también de nuestro camino cuaresmal.

Friday, October 29, 2010

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Filp. 1, 18-26;
Sal. 41;
Lc. 14, 1.7-11

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Con este hermoso salmo nos hemos hecho eco de lo que san Pablo nos decía. Sed de Dios, deseos de Dios, querer entrar a ver el rostro de Dios. ¡Qué profundos deseos del alma, qué profundidad de fe y qué profundidad de vida!
Pero no es otra cosa lo que nos ha dicho el apóstol en el texto hoy proclamado. ¿Qué otra cosa sino esto es el decir que su vivir es Cristo y esos deseos de partir para estar con Cristo hasta llegar incluso a desear morir para estar con El? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir… por un lado deseo partir para estar con Cristo que es con todo lo mejor…’
¡Qué profunda fe y que profundo sentido de vivir! No le importan pérdidas por su parte o sentirse incluso relegado. ‘Con tal que se anuncie a Cristo, yo me alegro y me seguiré alegrando…’ Quizá entre los que le rodean, incluso entre los que anuncian el nombre de Jesús no estén del todo claras sus intenciones. Pero El se siente fuerte en el Señor en la labor que realiza y como dice lo que le importa es que Cristo sea anunciado y conocido. Al final parece que se encuentra en un dilema porque desea estar con Cristo aunque eso signifique morir, pero al mismo tiempo siente que aún puede y debe ir realizando una tarea en medio de sus hermanos.
Dejando ahora a un lado en este breve comentario esas otras cosas que puedan estar sucediendo por detrás de todo este actuar del apóstol, sin embargo podemos deducir hermosas lecciones para nuestra vida y nuestra fe de todo esto. Primero que nada tendríamos que desear estar enamorados de Cristo como lo estaba Pablo. Su encuentro con Cristo en el camino de Damasco fue decisivo para su vida, y día a día iba creciendo su fe y su amor a Cristo para darlo todo por El. Así podía llegar a expresarse como hoy lo escuchamos, pero que no eran sólo palabras sino todo su sentido de vivir.
Ojalá así crezca nuestra fe y nuestro amor. Ojalá profundizáramos así en nuestro conocimiento de Cristo y en nuestro amor por El. Ojalá aprendiéramos a desear estar nosotros tan unidos a Cristo de manera que nuestro vivir sea también Cristo y no ninguna otra cosa.
Deseamos nosotros también estar unidos a Cristo así para siempre y algunas veces mirando nuestra vida nos parece quizá que ya somos inútiles aquí y ya desearíamos estar para siempre en Dios. Nos queremos morir para estar con Dios y descansar, por decirlo de alguna manera, en Dios. Pero el Señor quizá nos quiere aún aquí donde estamos aunque nuestra vida pudiera parecernos ya una inutilidad. No somos nosotros los que hemos de medir el valor de nuestra vida pensando en esas utilidades o inutilidades en lo humano.
Si Dios nos quiere aquí es que aún podemos tener un valor que beneficie a los demás. Nuestro testimonio quizá fuera necesario y podemos seguir dando un ejemplo de fe y de amor. Aunque deseemos cantar en el cielo esa gloria eterna de Dios, quizá aún seamos necesarios para que aquí en medio de los que nos rodean podamos dar testimonio de esa gloria de Dios, podamos cantar con nuestro corazón humano esa gloria de Dios. Como dice el apóstol ‘quedarme en esta vida veo que es necesario para vosotros… estando a vuestro lado avancéis alegres en la fe…’ Nuestra presencia y nuestro testimonio puede y tiene que ayudar a que muchos más puedan cantar la gloria del Señor; puede despertar en otros también ese deseo, esa sed de Dios, del Dios vivo.

Thursday, March 25, 2010

Un agua que calma nuestra sed para siempre

Un agua que calma nuestra sed para siempre
la samaritana que va al pozo de Jacob nos enseña a buscar el agua que calme nuestra sed (Jn. 4, 5-42)


Los encuentros con Jesús son siempre encuentros para la vida y la salvación. En esta recta final de la Cuaresma queremos intensificar nuestra preparación para la Pascua para que podamos vivir con toda intensidad todo el misterio que vamos a celebrar, aunque durante toda la cuaresma hemos venido preparándonos con la celebración de cada día y los demás actos piadosos y penitenciales que hemos ido realizando.
Vamos a hacernos tres reflexiones en estos días dejándonos guiar por el evangelio, como no podía ser de otra manera. Nos valdremos de tres textos evangélicos que han sido siempre fundamentales en el camino de la cuaresma y lo que en la Iglesia fue siempre la catequesis cuaresmal que preparaba a los cristianos para el triduo pascual. Son los evangelios que leemos en los tres últimos domingos en el ciclo A de la liturgia cuaresmal.
Son encuentros con Jesús en donde nos sale al encuentro y es lo que hemos de tener muy presente, porque no es simplemente lo que yo pueda ofreceros con mis reflexiones, sino lo que hondamente podemos experimentar ustedes y yo en estos encuentros con Jesús.
Camina Jesús desde Judea a Galilea atravesando Samaria y se detiene junto al pozo de Jacob a descansar mientras los discípulos van a comprar comida en la ciudad cercana. Jesús quiere quedarse allí porque quería salir al encuentro de la mujer que viniera a buscar agua al pozo.
La mujer viene hasta el pozo, pero es Jesús quien provoca el encuentro. No era normal que un judío hablase con un samaritano, o que un hombre hablase con una mujer en un descampado. La conversación surge como lo más normal. ‘Dame de beber’. Jesús sediento del camino pide un poco de agua que calme su sed. Pero no era sólo la sed física la que Jesús llevaba dentro de sí. ‘Tengo sed’, gritaría también desde la cruz en medio del tormento de su pasión. Entonces rehusará los calmantes que puedan ofrecerle, porque es otra la sed más importante en estos momentos y en aquellos. Jesús tiene sed del alma de aquella mujer que se acerca por allí.
Ya sabemos cómo siguió la conversación con las reticencias de la mujer, pero sobre todo con el ofrecimiento que hace Jesús. ‘Si supieras quién es el que te pide de beber me pedirías tú a mí y te daría un agua viva… el pozo es hondo y no tienes con qué sacar el agua cómo puedes darme agua viva… el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
¿Tenemos sed? ¿Queremos saciar nuestra sed para siempre? No se trata ya del agua de cualquier pozo, ni es agua que calme la sed de nuestros cuerpos. ¿Habrá otra inquietud más honda en nuestro corazón? Siempre hay preguntas dentro de nosotros que nos callamos a veces, o no queremos que otros sepan de las inquietudes que podamos tener dentro de nosotros mismos. Parecen ser secretos bien guardados que a nadie queremos dejar traslucir. Otras veces, sin embargo, salen a flote esas preocupaciones de diverso tipo que hay dentro de nosotros.
Si nos fijamos en todo este texto del encuentro de la mujer samaritana con Jesús vemos cómo irán aflorando poco a poco diversas cuestiones e inquietudes que había en el corazón de aquella mujer. Tan seca y distante en un principio, poco a poco irá abriendo su corazón. Serán preocupaciones materiales que pasan por tener que ir todos los días a la fuente a buscar agua, o serán otras preocupaciones surgidas quizá de una vida desordenada e irregular – cuántas frustraciones podía haber en el corazón de aquella mujer que tantos maridos había tenido -, o serán otros interrogantes más hondos en su vida religiosa y de relación con Dios, o en la esperanza que todo judío tenía en la expectativa de la pronta llegada del Mesías.
Todo fue surgiendo en aquel encuentro de una forma que parecía de lo más normal. Se sentía a gusto aquella mujer en su encuentro con Jesús a pesar de los primeros momentos llenos de suspicacias y desconfianzas. Pero es que cuando nos ponemos con sinceridad delante de Jesús poco a poco se nos va desnudando el alma y ante Jesús nada podemos callar o dejar oculto.
Es como hemos de sentirnos nosotros ahora, a gusto con Jesús, dejando que El nos hable al corazón y abriendo también las puertas de toda nuestra vida para nuestro encuentro con El, para que El llegue y se posesione de nuestra casa, de nuestra vida. También dentro de nosotros tenemos problemas, preocupaciones, interrogantes, ilusiones. Necesitamos la Palabra clarificadora de Jesús, que su luz nos ilumine.
Preocupaciones en lo que es la vida de cada día con sus problemas. Pueden ser nuestras soledades o nuestras limitaciones; pueden ser los achaques y los problemas de salud que van apareciendo con los años; pueden ser los problemas que nos preocupan de nuestras familias; puede ser la persona que está a nuestro lado y con quien convivimos… Como la samaritana que andaba preocupada porque cada día tenía que venir a buscar agua al pozo de Jacob.
Pero ¿sabéis una cosa? Porque fue al pozo de Jacob a buscar agua se encontró con Jesús. Pensemos que en esa preocupación y problema, en esa persona que está a nuestro lado podemos encontrarnos con Jesús; en ellos viene Jesús a nuestro encuentro. Hemos de saber descubrirlo, verlo, sentirlo. Pidamos que se abran los ojos de nuestra fe. La samaritana al principio sólo veía en Jesús un judío cuya presencia de alguna manera le importunaba desde lo mal que se llevaban judíos y samaritanos. Terminará diciendo que en Jesús hay algo de Dios porque le reconoce en un momento al menos como un profeta.
Pero aquel encuentro sirvió para algo más. Saldrían a flote otros problemas del interior y de la vida de aquella mujer. Aparecerá lo irregular de su vida en el plano moral. ‘Vete a casa y llama a tu marido… no tengo marido… es verdad, has tenido cinco y con el que ahora vives no es tu marido…’ Problemas que están ahí y que necesitarán una luz que los clarifique.
Si con sinceridad nos ponemos ante Dios, como ahora queremos hacerlo, miraremos lo hondo de nuestra vida y nos daremos cuenta de las cosas que no marchan bien, allí donde nos falla la fidelidad al Señor, y donde todo no es recto ni bueno. No rehuyamos esa mirada de Jesús a nuestro corazón. Porque no es sólo nuestra mirada, sino que es la mirada de Jesús. No cerremos los ojos para no querer reconocer la verdad de nuestra realidad. Aquella mujer diría más tarde a sus convecinos ‘me ha dicho todo lo que he hecho’. No temamos mirar nuestra vida con los ojos de Dios. No perdamos la paz. Porque la mirada de Jesús es siempre una mirada misericordiosa. Ya lo seguiremos reflexionando. No nos cerremos a esta gracia del Señor, sino dejémonos transformar por El.
Habrá también otras inquietudes e interrogantes. No sabemos a veces que hacer algunas veces con nuestra fe. Nos llenamos de dudas. A veces no queremos complicarnos mucho y solamente nos dejamos llevar, porque esto siempre ha sido así, porque es algo que hay que hacer; bueno, eso es lo que nos enseñaron y simplemente creo porque me lo enseñaron así mis padres… pero no nos hacemos otros planteamientos más hondos para profundizar en esa fe, para hacerla crecer y madurar, para llevarla a un convencimiento profundo que implique de verdad toda mi vida.
La mujer samaritana tenía también sus dudas, si había que adorar a Dios en el monte Garizin que estaba allá cerca en Samaria como los samaritanos habían hecho desde hacía mucho tiempo o si el templo verdadero era el de Jerusalén como decían los judíos. En un momento de su historia Israel y Judá se habían separado y enfrentado constituyendo reinos distintos y eso implicaba también el culto a Yavé. Es lo que ahora plantea aquella mujer. ‘Llega la hora, le dice Jesús, en que los que rindan verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y verdad…’
Ya nos está descubriendo la verdadera hondura del culto que hemos de darle a Dios. Además no dice simplemente culto o adoración, sino que ya nos está descubriendo algo hermoso, le llama Padre, ‘verdadero culto al Padre’. Una nueva relación con Dios, un culto más hondo y más auténtico, un culto que va a surgir desde el amor. Porque a Dios ya lo miramos de una manera distinta. Es el Padre bueno que nos ama, y al que tenemos que amar en verdad sobre todas las cosas.
Nos surgirán dudas en nuestro interior, se nos plantean problemas en cosas que muchas veces no acabamos de entender. Una cosa es importante, miramos a Dios con una nueva mirada, la mirada de los hijos al Padre. Dios es el Padre bueno que nos ama, como ya hemos dicho y repetido. En su amor nos ha entregado a su Hijo, a Jesús. por eso en cada momento de la vida, incluso en los momentos difíciles tenemos esa mirada distinta hacia Dios porque sabemos que es nuestro Padre, sabemos que nos ama, que no nos abandona ni nos deja solos; que está ahí a nuestro lado llevándonos sobre las palmas de sus manos. Con una mirada así, sintiéndonos amados de Dios, nuestra vida tendrá que ser distinta, la respuesta de nuestra fe ha de ser siempre una respuesta llena de amor.
Es lo que vamos a intentar hacer estos días. Dejemos que esa mirada de Dios llegue sobre nosotros. Con los ojos de Dios veremos las cosas distintas, nos sentiremos impulsados a dar pasos para ir a su encuentro. El viene a nosotros. No podemos desaprovechar esta oportunidad. Es una gracia del Señor que no podemos perder.
Busquemos momentos de silencio y soledad. Repasemos este encuentro de la samaritana con Jesús y pongámonos nosotros en su lugar. Escuchemos las palabras de Jesús como dirigidas directamente a nosotros. Y hablémosle. Démosle respuesta. Dejémonos conducir de su mano hacia la Pascua. El nos dará el agua viva que calma nuestra sed para siempre.

Monday, August 24, 2009

Hay levantes, Levante y quien no se levanta!!!

Hay quienes dicen, Curro es uno de ellos, que antes del gran boom turístico internacional de Tarifa(Cádiz), con el surf, windsurf, katesurf etc. y también, por las marcas "el niño" y "mala mujer", a Tarifa, se le conocía por el slogan de ; " Paraiso entre dos mares"........" la que parió al poniente y la que parió al levante", dicen con guasa, en el resto de la comarca de El Campo de Gibraltar.

Por supuesto, el citado slogan, venia a destacar a unas playas maravillosas de arena fina y que se encuentran entre el Estrecho y el Oceano Atlántico. Y los vecinos guasones, destacaban, los vientos de levante y poniente, que cuando son de gran intensidad, suelen estropear el díua o la noche , a las gentes de fuera y dentro, que habitan en ese gran pueblo gaditano que es Tarifa.

Por cierto, y sin ir más lejos, estos últimos días, hemos tenido un viento fuerte de levante que nos ha impedidoi ir a disfrutar de las playas tan bonitas , como Bolonia( en la foto), Valdevaqueros o de Punta Paloma. El viento de levante, barría la playa y con ella, al personal que osaba tumbarse a tomar el sol, ya que levantaba a gran velocidad, la fina arena de tan hermosas playas, y por ende molestaba al personal que algo decepcionados, se marchaban bien a sus casas u hoteles, o con el coche a otras playas, como la de Getares, en Algeciras, máyor abrigo a vientos de Levante.

Pero todos los levantes no son iguales,lo hemos comentado antes, no sopla igual en la playa de Bolonia, que en la de Getares. Ni es igual cuando sopla en Cádiz, que cuando sopla en el Estrecho. Independientemente a su intensidad, el viento de levante, en Cádiz, ocasiona calor, y en Algeciras, es más fresquito. Es obvio, en la "tacita de plata", sopla desde el interior, que es más caluroso, Y en la capital del Campo de Gibraltar,sopla desde el Mediterraneo, que es algo más fresco.

Por lo tanto, siendo viento de levante en ambos lugares de nuestra geografía peninsular y de la misma provincia andaluza, sus efectos, son diferentes.

Otro levante, el Levante peninsular, el que forman los pueblos valencianos, murcianos y almerienses, los vientos que reciben, vienen a tener similares efectos. Este verano, ha hecho mucho calor y si en las estaciones de lluvias, éstas, no llegan con la cantidad que necesitan tanto las tierras como los pantanos, se agudizará el gran problema de este levante, la sequia.

Ginés, que es de Cartagena, conoce bien la zona levantina y me dice; " Nene, si hubieran empezado la obra del Plan Hidrológico, estariamos trabajando todos y en vias de solucionar la sequía de esta zona". Habrá que perdonar a mi amigo el que sea tan sincero y por lo tanto, tan políticamente incorrecto. Que le vamos a hacer, Ginés, era de aquellas personas del pueblo llano, pero no por ello idiotas, que hace dos veranos, se atrevian a hablar de crisis en España, la España que ellos viven y conocen. Ellos, no saben de finanzas, bancos o de cifras macroeconómicas. Sin embargo, si conocen los problemas cotidianos tanto de sus vecinos, como de ellos mismos, que son el paro, la hipoteca, los ERE, la vuelta a la vendimia francesa etc.

Y el que no se levanta !!

Hay cosas, estan ocurriendo, y que hace que el viento fuerte de levante en el estrecho o la sequia del Levante español, pase a segundo plano, y no es otro que el propio pais, no el periódico.
Dice Xuxo, que éste, no se levanta, que para ello, debe de terminar de caer, y una vez en el fondo o suelo, intentar incorporarse. Porque lo que es andar...." Moito se ten que torcer a cousa pa poder andar", dice mi amigo gallego. Por cierto, otros paises, como los "malos" EE.UU., Francia y Alemania, dicen, ya estan andando.

De momento, y como si se tratase de los tiempos muertos o de descanso( estamos de vacaciones)en una retransmisión deportiva, hay muchos anuncios publicitarios cargados de "insinceridad", diría la ministra AIDO, que ya está consiguiendo el Gobierno, que como en la tele, se haga zaping y se intente cambiar de canal.

De momento, la mayoria de gente que es independiente, ya no cree en la "publicidad" que a través de los medios, envía el Gobierno. Lo malo es que , hoy por hoy,nada puede hacer el ciudadano de a pié. Al menos en la tele, cambiamos de canal, pero en la vida real............como no te cambies de sexo, dice Ximo,en alguna autonomia es gratis la operación,no puedes hacer otra cosa que buscarte la vida en espera del 2012, haber si a partir de entonces, se acaba la publicidad y vemos continuar la retransmisión deportiva o la película.

Por cierto, y sobre la tele, decía el gran Groucho Marx........."Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.". Sería por algo:
 

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