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Saturday, July 9, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Is. 55, 10-11;

Sal. 64;

Rm. 8, 18-23;

Mt. 13, 1-23

‘El que tenga oídos que oiga’ sentencia Jesús al terminar de decir la parábola. Una invitación a reflexionar, a pensar hondamente en el significado de lo que Jesús quiere decirnos. No nos podemos contentar con decir qué cosas más bonitas nos dice el Señor, qué bella es la parábola. Es cierto que es una página bien hermosa, pero de un contenido grande. Por eso ‘el que tenga oídos que oiga’, el que sea capaz de reflexionar, de escucharla allá en lo hondo del corazón, que lo haga. Es lo que queremos hacer.

‘Salió el sembrador a sembrar…’ comienza la parábola. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a El tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…

En el evangelio lo vemos como el pescador, como el pastor, como el maestro. Diversas imágenes que nos hablan de Jesús y de su misión. ‘Os haré pescadores de hombres’, que era hacerlos como era El. ‘Yo soy el Buen Pastor’, y nos dirá que cuida a las ovejas y las alimenta, y busca a las perdidas. Es el Señor y el Maestro, que así lo llaman sus discípulos. Hoy lo contemplamos como el sembrador que siembra la semilla de la Palabra de Dios y que quiere que dé fruto abundante. ‘Salió el sembrador a sembrar… y les habló mucho rato en parábolas…’

El sembrador echa la semilla en la tierra y espera pacientemente que dé fruto. La semilla aunque nos pueda parecer pequeña e insignificante es vida que nos fecunda de vida. Pero la semilla ha de enraizar bien en la tierra y la tierra tiene que ser buena y preparada para poder obtener toda su fecundidad. No puede ser tierra endurecida y pateada convertida en caminos endurecidos; no puede ser tierra árida llena de pedruscos o de malas hierbas. Tiene que ser tierra cuidada y cultivada para hacerla brotar y pueda llegar a dar fruto.

Como tantas veces reflexionamos cuando escuchamos esta parábola esa tierra somos nosotros. No podemos tener embotado el corazón ni endurecido el oído. Ya Jesús se queja recordando las palabras del profeta. ‘Está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos…’ Hemos de saber abrir los ojos y los oídos del corazón para poder acoger esa semilla, para poder sintonizar con ese mensaje divino, con esa Palabra de Dios que llega a nosotros.

El agricultor que prepara la tierra para la siembra lo hace con todo cuidado. Hemos visto todos como se labra la tierra, como se quitan las malas hierbas, se limpia de pedruscos y de abrojos, se abona y se refresca cuidadosamente para que cuando caiga la semilla encuentre la humedad adecuada, los abonos pertinentes y la tierra bien preparada para que pueda germinar, brotar, crecer y llegar a dar fruto.

Ojalá escuchemos que Jesús nos dirige a nosotros estas palabras: ‘¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!’ Con cuánto cuidado hemos de disponer nuestro corazón y nuestra vida para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cómo hemos de predisponer nuestro espíritu para recibirla porque es un tesoro precioso, el más precioso, que bien merece la pena dejarlo todo para acogerla en nuestro corazón.

Y una forma hermosa sería prepararnos invocando al Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría y de conocimiento de Dios para que nos ilumine. Creo que siempre la escucha de la Palabra de Dios hemos de hacerlo en espíritu orante. Es el Señor que nos habla, que quiere entrar en diálogo de amor con nuestro corazón. Importante, pues, esa actitud orante, de oración, porque también nos pide una respuesta. Y permítanme decir que espiritu orante no es estar rezando padrenuestros o avemarías mientras escuchamos la Palabra, sino espíritu y corazón abierto a Dios para escucharle. Es la tierra preparada.

Cuántos ruidos de la vida tenemos que evitar para poder escucharla debidamente en nuestro corazón; cuánto silencio hemos de hacer en nuestra alma. Es el silencio externo ya sea en nuestra lectura personal ya sea en nuestras celebraciones, y el el silencio del corazón. ¡Qué lástima cuando en nuestras celebraciones mientras se proclama la Palabra de Dios se están haciendo cosas o hay gente que se está moviendo y dando vueltas por el templo, o alguie está más preocupado por las cosas que haya que preparar para el resto de la celebración!

Quitar los abrojos o los pedruscos que nos dice la parábola para que sea tierra limpia y buena. La semilla cae en tierra y hay que darle su tiempo para que germine y pueda surgir la planta que luego dé fruto. Pero si en ese crecimiento interior choca, podríamos decir, con nuestras maldades, nuestros vicios y rutinas, todo eso ahogará esa Palabra plantada en nuestro corazón. ‘El maligno roba lo sembrado en el corazón’ que decía Jesús. Una actitud y un deseo de purificación interior tendríamos que tener, y eso con la ayuda de la gracia del Señor que pedimos también en nuestra oración.

Fortalecernos en el Señor para ser constantes y perseverar en ese cultivo de la semilla de la Palabra de Dios en nuestro espíritu. ‘La acepta con alegría… pero no tiene raíces, es inconstante, que nos dice Jesús en la explicación, y en cuanto viene la dificultad o la persecusión, la tentación, sucumbe…’

‘El que tenga oídos para oír que oiga’, nos decía Jesús. Hemos de masticar muy bien este alimento de la Palabra que escuchamos para que sea en verdad alimento de nuestra vida. Jesús no sólo nos ha proclamado la parábola sino que también nos la ha explicado; nos ha dicho cómo tenemos que aplicárnosla a nosotros, pero también nos da pautas para ser esa tierra buena, para preparar nuestro corazón a esa semilla que se planta cada día en nuestra vida.

Y también tenemos que ayudarnos los unos a los otros en ese acogida a la Palabra para dar fruto. Que nunca seamos obstáculo para los demás. Es más, tenemos que ser sembradores también de esa semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo. Como Jesús llamaba a Pedro y a los demás discípulos para que también fueran pesacadores de hombres y sembradores del Reino, a nosotros también nos confía esa misión y esa tarea.

Desde nuestra forma de acogerla y escucharla podemos ser testimonio y estímulo para los que nos rodean. Que vean que en verdad es importante la Palabra de Dios para nosotros por nuestra forma de escucharla, acogerla y plantarla en nuestra vida. Todo es contribuir para la gloria del Señor. Y damos en verdad gloria a Dios si logramos que otros muchos escuchen el anuncio de la Palabra y se dispongan también a plantarla en su vida. Una hermosa tarea que tenemos por delante.

‘La semilla cayó en tierra buena y dio fruto’.

Saturday, January 22, 2011

Con Jesús llega la luz y se disipan las tinieblas


Is. 8, 23-9, 3;

Sal. 26;

Mt. 4, 12-23

En la navidad escuchamos que ‘la Palabra era la Luz y que la Luz vino a las tinieblas…’ Ese ha sido un mensaje repetido desde entonces muchas veces de una forma o de otra en la Palabra que hemos ido escuchando y podríamos decir que de alguna manera es el mensaje que hoy escuchamos.

Vuelve a hablársenos de tinieblas y de luz, de manera que incluso la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es la misma que escuchamos en la noche del nacimiento del Señor. Y Mateo en el evangelio para hablarnos de lo que significó la aparición de Jesús anunciando el Reino de Dios en Galilea viene a citarnos también ese mismo texto. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló’. Y continúa el evangelista diciéndonos: ‘Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos’.

Ha aparecido la luz que viene a disipar todas las tinieblas. Ha aparecido la vida que viene a arrancarnos de las sombras de la muerte. Comienza Jesús su predicación, los signos y las llamadas. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Pero había pasado también por la orilla del lago y había invitado a los primeros discípulos. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’.

Es todo un signo de gran significado que Jesús comience por Galilea y en concreto por Cafarnaún. Podía haber ido directamente al templo y hablar con los sacerdotes y los maestros de la ley donde se enseñaban las Escrituras; podría haber comenzado por buscar a personajes influyentes que le hicieran caso y así atrajera a mucha gente para el Reino de Dios que anunciaba. Sin embargo comienza por ‘la Galilea de los gentiles’, por Cafarnaún una zona en cierto modo históricamente muy paganizada. Allí estaban las tinieblas, y allí tenía que comenzar a brillar la luz.

Era el que se había desprendido de su categoría de Dios, no hacía alarde de su categoría de Dios, sino que se había hecho el último pasando por uno de tantos; había nacido entre los pobres como un desplazado que no tenía ni sitio en la posada para su nacimiento, y un día diría que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar la cabeza; era el que se había escondido en la pequeña aldea de Nazaret perdida entre los valles de Galilea, y ahora se había venido a estar con los pequeños, los pobres, los que sufren, los pobres y sencillos pescadores del mar de Galilea.

Así brillaría la luz de Dios; la luz que un día había envuelto con su resplandor a los sencillos pastores de Belén en su nacimiento; la luz que comenzaría ahora brillar en la Galilea de los gentiles pero no desde la fuerza del poder o de las grandezas, sino desde la misericordia y el amor de quien se compadecía de los que andaban como ovejas sin pastor y de quien ofrecía ese amor y misericordia hecho salud, hecho perdón y hecho vida a quienes quisieran escucharle y seguirle.

¿Quiénes iban a ser sus primeros seguidores y compañeros de camino? Unos humildes pescadores que se entregaban con todo afán a sus tareas de la pesca, pero en cuyo corazón había comenzado a arder la esperanza cuando le escuchaban anunciar el Reino Nuevo que estaba llegando, y en quienes surgiría el fuego de la generosidad y de la entrega para dejarlo todo y seguirle porque comprendían que era algo grande lo que les anunciaba y a lo que les invitaba.

‘Pasando junto a la orilla del lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón al que llaman Pedro y a Andrés su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores… y más adelante, vio a otros dos hermanos; a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre… venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres…’

Las tinieblas comenzaron a disiparse en sus corazones porque en ellos nacía la generosidad y la disponibilidad. ‘Inmediatamente dejaron las redes y la barca y lo siguieron’. Comenzaba una tarea nueva para ellos, pero era algo luminoso porque era estar con Jesús. Tenía que haber una alegría nueva en sus corazones como decía el profeta: ‘Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar…’

¿Será esa nuestra alegría también? ¿Sentiremos en verdad que Jesús es esa luz para nuestra vida que nos arranca de las tinieblas? Creo que al escuchar hoy esta Palabra del Señor a eso tendría que conducirnos. A encontrarnos con esa luz, a llenarnos de esa alegría; a disipar todo lo que sea tinieblas en nuestra vida desde el encuentro con Jesús. Y es que encontrarnos con Jesús y tener la disposición de seguirle es la alegría más grande que podamos alcanzar. Que sintamos de verdad la alegría de la fe, la alegría de seguir a Jesús.

Ojalá tuviéramos nosotros el ardor de la generosidad y de la disponibilidad que tuvieron aquellos primeros discípulos. No es fácil como no les fue a ellos, porque muchas veces los veremos a lo largo del evangelio aún con resabios de tinieblas en su vida cuando pensaban quizá en primeros puestos o estaban midiendo hasta donde llegaba su entrega y los beneficios que pudieran alcanzar. ‘Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va a alcanzar, qué vamos a ganar?’, se preguntaban alguna vez. Y es que la tentación de las tinieblas siempre nos está acechando.

Pueden aparecernos muchas tinieblas que nos llenen de tristeza, pero sabemos que Jesús es nuestra luz y nuestra alegría. También como les sucedería a los discípulos en el largo camino que hicieron con Jesús a nosotros nos pueden aparecer las tinieblas de la duda, de la envidia, del orgullo, de las discordias, de las aspiraciones egoístas, del individualismo y hasta de las divisiones. San Pablo llama la atención de la Iglesia de Corinto en la que iban apareciendo cosas así. Pero que prevalezca la luz sobre la oscuridad en nuestra vida; que no abandonemos nuestra fe en Jesús y desde ahí encontremos fuerzas para mantenernos siempre en su luz.

Pero, bueno, intentemos ponernos en marcha tras Jesús para conocerle y seguirle, para aprender de su amor y amar con un amor como el de El, para llenar de verdad nuestro corazón de esperanza desde la Buena Nueva del Evangelio que escuchamos, para que lleguemos a comprender el camino de cruz que quizá tengamos que tomar. Pero aunque nos puedan aparecer las tinieblas de la duda, que al final nos reafirmemos en nuestro deseo de estar con Jesús, porque seamos capaces de decir como diría un día Pedro ‘Señor, ¿adónde vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna?’

‘El Señor es mi luz y mi salvación'. ¿A quién temeré?... ¿qué me hará temblar?’ fuimos diciendo el salmo responsorial. Que gocemos en verdad de la dicha de su luz, de su presencia, de su vida.

Sunday, January 9, 2011

Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo que nos anuncia la Buena Noticia del Reino



Hebreos, 1, 1-6;

Sal. 96;

Mc. 1, 14-20

Al iniciar hoy el tiempo Ordinario, terminadas ayer las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía con el Bautismo del Señor, en la lectura de la Palabra de Dios que iremos proclamando escucharemos por una parte la carta a los Hebreos durante varias semanas y en el evangelio escucharemos a san Marcos.

La carta a los Hebreos es una hermosa Catequesis a las primeras comunidades cristianas de una gran densidad doctrinal que trata de animar en la fe a aquellos primeros cristianos cuya vida no estaba exenta de dificultades. Ya nos iremos introduciendo en su hermoso mensaje a través de las perícopas que la liturgia nos irá ofreciendo.

Es hermoso cómo a través de esta lectura semicontínua que vamos haciendo día a día de la Biblia vamos enriqueciendo nuestra vida de fe, nos sentimos iluminados por los diferentes textos de la Palabra de Dios. Es muy enriquecedor el que podamos así irnos introduciendo más y más en el mensaje de Jesús y del Evangelio y tendríamos que prestarle mucha atención. Seguro que si lo hacemos iremos creciendo más y más en nuestra espiritualidad cristiana. Es una oportunidad hermosa que se nos ofrece, una gracia del Señor el que cada día así nos vayamos acercando a su Palabra.

‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas’. Es un recuerdo a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia de la salvación vivida por el pueblo judío. Pero todo ello era preparación y camino para la etapa final. Y llama etapa final al momento de la aparición de Jesucristo, misterio que hemos venido celebrando de manera especial en los días pasados.

‘Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Es la Palabra que se hace carne, la Palabra por medio de la cual se hizo todo. Lo hemos escuchado y meditado estos días. ‘Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir…’ Ahora nos dice refiriéndose a Cristo, ‘El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa’.

Y en el evangelio – comenzamos a leer a san Marcos, como indicamos – comenzamos a escuchar la proclamación de esa Palabra en labios de Jesús. ‘Marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia’.

Dios nos habla por Jesús, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado. Es la Buena Noticia que se proclama y que hay que creer. Pero necesitamos convertirnos a Jesús para aceptar esa Buena Noticia. Tenemos que escuchar y decir ‘sí’. Tenemos que escuchar ese anuncio de Buena Noticia que se nos hace y ponernos en camino para seguir a Jesús. Aunque tengamos que dejar cosas atrás porque va a significar un cambio de vida. La noticia del Reino de Dios que se nos trae no es para que sigamos igual, de la misma manera, con las mismas cosas. Aceptar el Reino de Dios que llega es comenzar a vivir una nueva vida.

Vemos la respuesta de los primeros discípulos, los pescadores de Galilea. ‘Pasando junto al lago de Galilea, vió a Simón Pedro y a su hermano Andrés… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan… venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Lo dejaron todo, se pusieron en camino con Jesús.

Jesús llega también a la orilla de nuestra vida – ‘Tú has venido a la orilla’, hemos cantado muchas veces – y nos invita, y nos mira a los ojos, y toca en las puertas de nuestro corazón, y nos anuncia la Buena Noticia del Reino que llega, y nos dice que le sigamos… ¿qué le vamos a responder?

Wednesday, September 1, 2010

Tenemos que liberarnos las redes que nos aprisionan

1Cor. 3, 18-23;
Sal. 23;
Lc. 5, 1-11

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios…’ Allí estaban ansiosos de que Jesús les enseñara, aunque Pedro y sus compañeros pescadores andaban afanados en repasar y lavar las redes después de una noche de faena aunque fuera infructuosa.
Pero cuando hay ansias de Jesús y nos dejamos enseñar, conducir y guiar, Jesús realiza maravillas para manifestarnos la salvación que quiere ofrecernos y para ponernos en camino también de hacer cosas grandes. Es lo que contemplamos en este texto; Jesús enseña a las gentes aunque tenga que subirse a una barca que le sirva como de estrado para que todos puedan escucharle mejor; pero más cosas van a suceder a continuación para manifestar así la gloria del Señor.
La palabra de Jesús es una Palabra de salvación, una palabra que libera y da vida, una palabra que nos levanta y nos pone en camino también de cosas grandes. Tiene fuerza de liberación y salvación. Fijémonos como se realiza en Pedro. Lo va a liberar de sí mismo, de sus desconfianzas y de sus miedos pero también de todo aquello que pudiera atarle a las rutinas de cada día porque además Jesús para Pedro y para aquellos pescadores tiene reservada una especial misión.
Ya sabemos lo que sucedió a continuación porque lo hemos escuchado. Pedro tendrá que interrumpir su faena de limpiar redes porque Jesús le pedirá su barca y que la separe de la orilla para enseñar a la gente; pero Pedro tendrá que remar otra vez mar adentro en el lago porque así se lo pide Jesús aunque él sabe que no hay pesca, porque ‘hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’. Se desprenderá Pedro de sus conocimientos de pescador para dejarse guiar por Jesús y por su palabra echar de nuevo las redes.
Comenzarán a manifestarse las maravillas del Señor, el asombro se apoderará de todos para reconocer las maravillas del Señor; aparecerá la solidaridad y el compañerismo de los otros pescadores que vendrán en su ayuda y al final Pedro, que tuvo que reconocer sus limitaciones e incapacidades, se reconocerá indigno de estar ante Jesús porque se siente hombre pecador. ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.
Pero será el paso para sentirse liberado totalmente para seguir a Jesús. ‘No temas, desde ahora será pescador de hombres’. Se acabaron los miedos, ‘sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron’. Un nuevo camino, una nueva pesca, una nueva misión.
A la luz de este evangelio, mirémonos nosotros. También tenemos nuestros miedos e inseguridades, o el orgullo de lo que somos o sabemos, porque nos creemos quizá que sabemos muchas cosas, nos puede hacer engreídos, pero al final nos sentimos incapaces o el mal que hayamos dejado meter dentro de nosotros nos ha paralizado. Comencemos por reconocerlo como Pedro para poder sentirnos en verdad liberados por Jesús.
Cuánto nos cuesta reconocer esas negruras que pudiera haber en nuestra alma, en nuestro corazón. Es el paso que tenemos que dar y veremos la salvación de Dios en nuestras vidas y podremos ver también para qué nos quiere el Señor. Quizá no le hemos abierto la puerta de nuestro corazón lo suficiente. Es una liberación que tenemos que dejar que el Señor realice en nosotros. Tenemos que sacar las redes que aún pudieran estar aprisionándonos.
María se reconoció pequeña ante Dios, se sentía la humilde esclava del Señor, pero el Señor realizó en ella obras grandes. Y María lo reconoció.

Saturday, April 17, 2010

Exultantes de gozo por la resurrección aprendamos a reconocer al Señor


Hechos, 5, 27-32.40-41;
Sal. 29;
Apoc. 5, 11-14;
Jn. 21, 1-19


Confieso que no sé por dónde comenzar mi comentario. Para comenzar resaltar toda la invitación a la alegría y el gozo al que nos invita hoy la liturgia en sus textos eucológicos sobre todo, pero también en el mensaje que nos ofrece la Palabra proclamada. Una ‘Iglesia exultante de gozo’, como diremos en una de las oraciones, ‘pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivos de tanta alegría…’ por eso que ‘tu pueblo exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu… y concédenos participar también del gozo eterno…’
Alegría y gozo al seguir celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, pero deseos de poder disfrutar de ese gozo eterno. ¿Cómo será ese gozo eterno? ¿Será como nos lo describe el libro del Apocalipsis en la visión de Juan que hoy hemos escuchado? ‘Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza’, proclaman ‘millares y millones de ángeles alrededor del Trono y de los vivientes y los ancianos y todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar…’
La trascendencia y la esperanza con que hemos de vivir. Aunque aún caminamos en este valle de lágrimas en la esperanza vivimos anticipadamente ese gozo sabiendo que el Señor nos ama y está con nosotros, caminando a nuestro lado. Por eso, en esa esperanza podemos ser esa Iglesia exultante de gozo y también nosotros cantamos la alabanza y la bendición al Señor reconociendo su presencia y su gracia en nuestro camino.
Y es que Cristo resucitado se hace presente en medio de la vida, allí donde estamos y donde vivimos, allí donde son nuestros trabajos y nuestras luchas. Los discípulos se habían vuelto a la pesca, a lo que había sido su trabajo de siempre. ‘Me voy a pescar’, había dicho Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, diría también el resto de los discípulos que estaban en Galilea. Pero allí está Jesús. Quizá en principio no se percatan de su presencia, no lo distinguen en aquel amanecer. Pero allí está el Señor.
Necesitaremos unos ojos de fe y de amor, como los apóstoles, también nosotros para descubrirlo. Necesitaremos caldear fuertemente nuestro corazón de amor para sentirlo. Fue el discípulo amado el primero que cayó en la cuenta. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro. Y aquel entusiasmo de Pedro por Jesús, del Pedro que un día había hecho la más hermosa confesión de fe en Jesús, le hará saltar al agua para llegar pronto hasta donde está Jesús.
Nos vamos a la pesca, o andamos afanados en nuestras preocupaciones y responsabilidades; estamos ahí en lo que es nuestra vida de cada día. Pero es Jesús el que está a nuestro lado señalándonos caminos y tareas, interesándose por nuestras preocupaciones, nuestras tareas, nuestros fracasos o nuestras ilusiones, dándonos la fuerza y la luz que necesitamos. ‘Muchachos, ¿tenéis pescado?’ les había preguntado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’, les señala. Es la Palabra de Jesús que llega llena de vida a nosotros; esa palabra que ilumina y da vida.
Qué a oscuras o a ciegas andamos muchas veces. Queremos hacer y no podemos; buscamos lo bueno y andamos confundidos; intentamos e intentamos pero nos parece que ya nada sabemos hacer; andamos llenos de dolores y sufrimientos y nos parece que nada tiene sentido. Jesús viene a nosotros con su Palabra para iluminarnos, para darnos fuerzas, para crear ilusión y da esperanza a nuestro corazón, para darnos el verdadero sentido a nuestra vida. Escuchemos esa Palabra de Jesús en nuestro corazón como la escucharon aquella mañana los discípulos en el lago y todo comenzó a ser distinto para ellos.
‘Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan… traed de los peces que acabáis de coger… vamos almorzad… y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor’. Jesús invita a comer a los discípulos que vuelven exhaustos de la tarea. Ese pescado asado y ese pan con la invitación de Jesús nos puede estar señalando muy bien esa invitación que nos hace Jesús para que vayamos a El y de El nos alimentemos. Es Jesús el que les da de comer. Es Jesús quien en verdad alimenta nuestra vida.
El se nos da en la Eucaristía, bien lo sabemos. Tampoco nosotros necesitaríamos preguntar porque sabemos que cuando venimos a la Eucaristía es Cristo mismo el que se nos da. Comiéndole a El vamos a tener vida y vida para siempre. El quiere ‘renovarnos con los sacramentos de vida eterna’, como expresaremos en la oración final de la Eucaristía, para que nos llenemos de vida para siempre, ‘alcanzar la resurrección gloriosa’.
Finalmente tomará aparte a Simón Pedro. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Será la triple pregunta, el examen de amor que Jesús hará a Pedro. Este se pondrá triste a la tercera vez que le hace la misma pregunta, ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero’, porque quizá el recuerde su negación y traición. Pero Jesús no está preguntando por fracasos ni fallos, sino que Jesús está preguntando por el amor, para que sea un amor en plenitud.
Un día le había dicho que sería piedra sobre la que fundamentar la Iglesia, ahora le dice que tiene que apacentar el rebaño. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Pescador o pastor Pedro estaba recibiendo una misión grande que Jesús le confiaba. Jesús sólo necesitará de su amor porque así sabe que será fiel para siempre, de manera que pueda confirmar en la fe a los hermanos.
‘Sígueme’, le dice Jesús. Le sigue en la fe; le sigue en el amor. Ahí estará siempre Pedro caminando delante porque está junto a Jesús, porque nos querrá llevar hasta Jesús. Será hoy Pedro el primero que se suba de nuevo a la barca para arrastrar la red hasta la orilla. Había aprendido la lección de cómo hay que hacer para ser el primero. Se hace servidor y por eso ahora sí será el primero, el que en nombre de Cristo nos apaciente, nos guíe nos ayude a caminar siempre hasta Jesús.
Pero nosotros, todos, también hemos de pasar ese examen de amor, como el que le hizo Jesús a Pedro. Serán muchas nuestras debilidades y flaquezas, pero el Señor quiere mirar ahora la medida de nuestro amor. ¿Podremos decirle también como Pedro ‘tú sabes que te amo, tú lo conoces todo, y sabes que te quiero’?
Creemos en El, queremos reconocerle siempre y correr para estar a su lado; queremos escuchar su Palabra que nos ilumine, nos guíe y nos fortalezca; queremos alimentarnos de El porque también nos sentimos invitamos a que vayamos a su Mesa. Será ahí donde alimentemos esa fe y ese amor. Será ahí donde aprenderemos a reconocerle como los discípulos de Emaús al partir el pan, pero caminando ese camino de amor aprenderemos también a reconocerle en el hermano, el que está a nuestro lado o más lejano, en el que sufre o en el que padece necesidad. Llenémonos de ese amor, sintámonos también nosotros amados del Señor y podremos como Juan reconocerle y decir ‘es el Señor’.
 

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