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Tuesday, April 19, 2011

El momento está cerca: deseo celebrar la pascua en tu casa


Is. 50, 4-9;

Sal. 68;

Mt. 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Fue el mensaje que Jesús le envió a quien luego le ofrecería una sala grande en lo alto de la casa para celebrar allí la cena de Pascua.

Los discípulos le habían preguntado a Jesús: ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Estaban en Jerusalén y normalmente o se iban a Betania o se refugiaban por los alrededores del Monte de los Olivos. Por algo sabe Judas donde encontrarlo. En esta ocasión mandará Jesús a un lugar concreto. Algun evangelista dará más detalles de cómo encontrar la casa.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’, nos dice el evangelista. Creo que este texto escuchado y meditado en este día previo al triduo pascual a nosotros también nos puede ayudar mucho. Porque también a nosotros nos dice Jesús: ‘deseo celebrar la Pascua en tu casa’. Quiere Jesús celebrar su pascua en nuestra vida. Nos queda ahora disponer nuestra casa, disponer nuestra vida para ese encuentro con el Señor. Porque eso tiene que ser en verdad el triduo pascual que vamos a celebrar, un encuentro vivo con el Señor.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’. Nosotros también tenemos que seguir la instrucciones de Jesús para preparar la pascua. Los discípulos tuvieron que preparar debidamente la sala con todo lo necesario, el agua para las abluciones, el pan sin levadura, las hierbas amargas, el vino, el cordero, que había de ser sacrificado en el templo.

Nosotros también tenemos que preparar muchas cosas; el pan de la amistad, el vino de la alegría y la esperanza, el agua viva que nos purifique… pero el cordero pascual nos lo prepara Jesús porque El es ese Cordero que se ofrece y que se inmola y que se nos da en comida. Será Cristo quien nos lave y nos purifique, porque le veremos mañana lavando los pies de los discípulos. A estas alturas esa parte de purificación seguro que la hemos realizado porque nos habremos acercado al sacramento de la penitencia para sentir ese perdón y esa gracia del Señor.

Pero hay algo que si hemos de tener en cuenta y es que lo que vamos a celebrar tendrá que ser algo muy vivo en cada uno de nosotros, pero nunca celebraremos la pascua de forma individualista y aislados de los demás. Sin comunión con los otros no celebraremos auténtica pascua. Por eso hablaba de ese pan de la amistad, de la comunión que hemos de preparar.

Será algo a tener bien en cuenta en nuestra preparación. Ya en otro lugar del evangelio Jesús nos dice que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda en el altar tenemos problemas con alguien, que primero vayamos a la reconciliación, al encuentro y a la comunión verdadera con los demás para que podamos presentarnos ante El. Por eso, como decía, preparemos el pan de la amistad, de la armonía, de la paz y la comunión con los otros; preparemos ese vino de la alegría, de la alegría en ese encuentro y en ese compartir con los hermanos, porque son cosas que hemos de poner en la mesa de la cena pascual.

Es una buena forma de preparar nuestro corazón para ese paso de gracia del Señor por nuestra vida. Es la mejor disposición que podemos tener en nuestro corazón. Es cierto que pueden pesar en nosotros muchas actitudes, gestos, actos egoístas, individualistas, que nos lleven a aislarnos de los demás, que rompan muchas veces nuestra convivencia y armonía, que nos quiten la paz. Por eso tenemos que dejarnos purificar por el Señor. Dejar que el Señor llegue y nos lave los pies que en nuestro orgullo y amor propio nos pueda resultar humillante. Pero es el Señor el que con el agua de su gracia viene a trasformar nuestro corazón. Y El quiere celebrar su pascua en nuestra casa, en nuestra vida.

Thursday, March 3, 2011

Jesús busca frutos en un corazón puro y lleno de fe para un auténtico culto al Señor


Eclesiástico, 44, 1.9-13;

Sal. 149;

Mc. 11, 11-26

Jesús ya está en Jerusalén para su subida a la Pascua. Cronológicamente este texto corresponde a lo sucedido a continuación de su entrada triunfal en la ciudad santa. ‘Después que la gente lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén en el templo y lo estuvo observando todo…’ nos señala el evangelista. Se vuelve a Betanía – a casa de Marta, María y Lázaro lugar de descanso para Jesús en sus estancias en Jerusalén – para volver cada día a Jerusalén y al templo dada la cercanía de dichas poblaciones, unos tres kilómetros como hará notar Juan en su evangelio.

En lo acaecido en los siguientes días vemos unos signos claros del mensaje que hoy podemos deducir. Por una parte la maldición de la higuera que luego al día siguiente los discípulos verían seca de raíz. ‘Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos…’

No es el hecho en sí mismo de si la higuera tenía o no tenía higos, pues no era tiempo de ello, sino que lo viene a significar. Podríamos recordar también una parábola que en este sentido se nos ofrece en el evangelio. Jesús busca fruto, busca fruto en nuestra vida, busca fruto en aquel pueblo de Israel al que Dios tanto había cuidado y donde ahora se manifestaba el amor misericordioso de Dios en Jesús. Pero Jesús no encuentra fruto. Ese fruto que hemos de dar para Dios hay que darlo en todo tiempo. No podemos decir más tarde, en otro momento ya responderé a lo que Dios me pide, ya me corregiré porque aún tengo tiempo… La respuesta tiene que ser pronta, la lucha y el esfuerzo por superarnos es cosa de cada día. ¿Qué hará Dios con nosotros? podríamos quizá preguntarnos.

Otro signo claro del mensaje que Jesús quiere darnos está en la expulsión de los vendedores del templo. ‘Entrando en el templo se puso a echar a los que compraban y vendían en el templo… ¿No está escrito: mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Y vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos…’

La casa de Dios, casa de oración; el culto puro y limpio que tenemos que ofrecer al Señor; ese culto al Señor lejos de todo ritualismo y rutina buscando que siempre sea algo vivo nacido del corazón lleno de fe y de amor del hombre; la no utilización fraudulenta de las cosas santas y de toda acción religiosa para no desvirtuar la verdadera relación con Dios. Son pensamientos que surgen a bote pronto en la contemplación de la escena de la expulsión de los vendedores del templo. Una señal de la purificación que Jesús quería hacer de aquel templo del Señor pero signo de otra purificación interior y más profunda que quiere hacer en el corazón del hombre.

Muchas veces hemos reflexionado cómo nosotros desde nuestro Bautismo somos verdadera morada de Dios y templos del Espíritu Santo que habita en nosotros. Grande es la dignidad de la que nos ha dotado Dios que nos ha hecho sus hijos, pero verdaderos templos de Dios. ¿No será esa entonces la purificación del templo del Señor que Jesús nos está pidiendo, para que purifiquemos nuestro corazón, para que resplandezcamos por la santidad de nuestra vida? Creo que por ahí deben ir nuestros pensamientos, reflexiones y compromisos.

Finalmente Jesús nos pedirá que afiancemos de verdad nuestra fe. ‘Tened fe en Dios’, nos dice. Y nos habla del poder de la oración y de la fe. Pero nos habla también de cómo hemos de purificar siempre nuestro corazón cuando vayamos a ponernos en oración ante Dios. ‘Cuando os pongáis a orar, perdonar lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. Nos recuerda la manera de orar que nos enseña en el padrenuestro.

Saturday, December 11, 2010

¿Es Cristo en verdad la salvación que todos esperamos?

Is. 35, 1-6.10;

Sal. 145;

Sant. 5, 7-10;

Mt. 11, 2-11

‘Estas viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo’, decíamos en la oración de este tercer domingo de Adviento.

Y ya se nos va adelantando la alegría de la Navidad que llega. No pienso sólo en ese ambiente consumista y demasiado comercial que nos rodea a pesar de los momentos difíciles por los que pasa nuestra sociedad, sino pienso en la alegría honda de los cristianos que llenos de esperanza nos preparamos a celebrar con el mejor sentido el nacimiento del Señor.

Este tercer domingo tiene ya esos aires se alegría que se nos manifiestan en las antífonas y los diferentes textos de la liturgia. Una alegría nacida de la esperanza de salvación que nos anima y una alegría en los pasos de conversión y purificación que vamos dando.

La liturgia vuelve a presentarnos al Bautista. Pero en esta ocasión, escuchamos en el evangelio, está encarcelado por Herodes y desde allí envía a sus discípulos a preguntar a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Por muchas razones podemos entender esta pregunta de Juan, quien lo había señalado allá en el Jordán como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ porque había visto la gloria del Señor manifestarse sobre El después del Bautismo.

Quizá para que sus discípulos entendieran también que Jesús era el Mesias esperando porque en El se cumplían las Escrituras, como un día lo habían entendido Andrés y Juan que sí se habían ido con Jesús. Quizá porque a él mismo le entraban dudas al ver la forma distinta de actuar de Jesús de lo que había pensado e incluso anunciado. En la respuesta de Jesús, más que con palabras con signos, podemos entenderlo. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído?’, les responde Jesús.

Quizá también, es posible, porque esa pregunta es de alguna manera una pregunta que nosotros hoy, nuestro mundo hoy se pueda seguir haciendo. ¿Tenemos que seguir esperando hoy un salvador o ya no lo necesitamos? Una pregunta o interrogante muy serio y yo diría importante. ¿Qué salvación espera el mundo de hoy, esperan los hombres de hoy? En la confusión de las gentes en los tiempos de Jesús quizá esperaban caudillos que le dieron libertad e independencia al pueblo de Israel frente a pueblos extranjeros. Es posible que en nuestro mundo tan materializado en el que vivimos lo que esperamos – al menos para muchos - es simplemente solución a esos problemas económicos o sociales que nos afectan.

Pero ¿cuál sería esa salvación? Porque a pesar de todo hay otras ansias más hondas en el corazón del hombre que muchas veces se ven acalladas y silenciadas en nuestros temores o en nuestros agobios. Quizá se buscan señales de algo nuevo y distinto que nos dé hondura a la vida, que sacie aspiraciones hondas, o que eleve nuestro espíritu en búsqueda de algo más alto o más espiritual. En el fondo pudiera ser que el hombre tuviera hambre de Dios sin saberlo reconocer y necesite unos signos o unos testigos que nos eleven o que nos hagan soñar en algo mucho más hermoso.

Creo que en lo que dice Jesús a los enviados de Juan podemos vislumbrar una respuesta. Jesús se había puesto a curar a los enfermos, a dar vista a los ciegos, a hacer caminar a los inválidos, a limpiar a los leprosos, había dado la vida a los muertos y se les anunciaba una buena noticia a los pobres. ‘Id y decir a Juan lo que habéis visto y oído’, les dice Jesús a los enviados.

A la pregunta sobre la vida y la felicidad, que en fin de cuentas es la pregunta por una salvación que se espera, Jesús había respondido ofreciéndonos la posibilidad de hacer un mundo distinto: un mundo de amor donde nos sentiríamos hermanos, un mundo de perdón y de vida donde predomina la misericordia y la compasión, un mundo donde aprendiéramos a valorar lo que es verdaderamente importante para el hombre, un mundo de vida y no de muerte, un mundo que construiríamos en la paz verdadera alejando toda violencia, un mundo de acogida y de generosidad, un mundo de esperanza porque nos sentimos amados y seremos capaces de amar de verdad, un mundo en que nos sentiríamos también perdonados, un mundo que llamaríamos Reino de Dios porque en verdad tuviéramos a Dios como centro, como Rey y como Señor verdadero de nuestra vida. Por ahí camina la verdadera salvación que hemos de buscar y que Jesús nos ofrece.

Los discípulos de Juan podrían comprender la respuesta que habían de llevar al Bautista porque habían visto los signos de esa salvación en lo que Jesús hacía. Pues, os digo una cosa, el mundo que nos rodea podrá llegar a comprender la respuesta de esa salvación si ve en nosotros los cristianos esos signos reflejados en nuestra vida y en nuestras actitudes, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Decíamos antes que el mundo busca señales y testigos. Nosotros con nuestro actuar, con nuestra forma de vivir nuestra fe, con la forma con que le vamos a dar sentido hondo a nuestra navidad, tenemos que ser esas señales, esos signos, estos testigos para el mundo que nos rodea.

Esas imágenes que nos ofrecía el profeta Isaías en la primera lectura son una hermosa descripción de ese mundo nuevo que en Cristo podemos construir. Todo se siente transformado. Y nos habla de la naturaleza que se transforma, pero nos habla también de esa transformación que se produce en el corazón del hombre; una fortaleza nueva y una alegría profunda llenan la vida del hombre porque viene el Señor, se manifiesta la gloria del Señor. Saltan todas las limitaciones que pueden mermar la vida del hombre, y todo sufrimiento se ha de mitigar. ‘Vendrán al Señor con cánticos, en cabeza, alegría perpetua, siguiéndolos gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán’.

Y dos cosas, por una parte en nuestro camino de Adviento y preparación para la navidad es por ahí por donde tenemos que caminar. Y si ponemos cada día un poquito más de vida en nuestro mundo porque nos amamos más, porque somos capaces de perdonarnos y ser misericordiosos los unos con los otros, porque compartimos más lo que tenemos para que nadie sufre a nuestro lado, si buscamos el bien y la verdad con la autenticidad de nuestra vida, podremos llegar a vivir una honda navidad.

Y por otra parte pidamos al Señor que se nos abran los ojos a nosotros y se abran los ojos a los que nos rodean, para que sean capaces de ver esas señales, esos signos que se dan de muchas maneras a nuestro alrededor, en tantas personas entregadas, en toda la acción que por el amor y la justicia realiza la Iglesia – cuantos cristianos comprometidos por los demás trabajando en tantas acciones como cáritas, los enfermos, los necesitados o los que sufren de alguna manera -. La gente se fija más en un mal ejemplo o en un mal testimonio que pueda surgir por aquí o por allá, pero no son capaces de ver cuánta gente sacrificada y llena de amor hay en la Iglesia trabajando por los demás.

Que en verdad nos sigamos preparando en este camino que estamos haciendo; y nos preparamos dando nosotros señales con nuestra vida de ese mundo nuevo que en Jesús podemos realizar para poder responder a esa pregunta de nuestro mundo que con Jesús viene en verdad la salvación y la vida nueva; y nos preparamos también purificándonos de todo pecado, como pedimos en las oraciones litúrgicas, para que lleguemos a celebrar la navidad , fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante.

Thursday, September 9, 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.

Wednesday, August 18, 2010

Tengo preparado el banquete… venid a la boda

Ez. 36, 23-28;
Sal. 50;
Mt. 22, 1-14

Tengo preparado el banquete… venid a la boda… id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda…’
En la parábola que nos propone Jesús vemos una clara referencia al rechazo y no aceptación por parte del pueblo judío de la salvación que Dios les ofrecía en Jesucristo. La imagen del banquete preparado al que somos invitados expresa bien lo que es el Reino de Dios que Cristo nos ofrece y que con su vida, sus palabras, los signos que realizaba y finalmente la pascua de su muerte y resurrección viene a instituir entre nosotros.
Los primeros invitados no lo aceptaron y no quieren participar de ese banquete del Reino de los cielos. No llegaban a entender el Reino de Dios que Jesús anunciaba. Esto servirá de ocasión para manifestarnos Jesús que su salvación es para todas las gentes sean del pueblo que sean. ‘El banquete está preparado…’ Cristo nos ha redimido y su sangre se derramó por todos para el perdón de los pecados. Envió el Rey a sus criados a que fueran por todas partes para invitar a todos al banquete de bodas. Todos estamos llamados a participación de esa salvación.
Muchas cosas podemos reflexionar para nuestra propia vida. Somos también los invitados al banquete de bodas del Reino de Dios. ‘Dichosos los invitados a esta cena…’ se nos dice en la Eucaristía. Dos cosas: somos los invitados pero somos también los que hemos de ir a anunciar a los demás en nombre de Jesús que también están invitados a ese banquete de bodas del Reino de Dios
Pero vayamos por partes. Somos los invitados, pero, ¿cómo respondemos? Seamos sinceros con nosotros mismos y ante el Señor. A lo largo de la vida también muchas veces habremos hecho como aquellos que no quisieron escuchar la invitación. Cuántas disculpas nos damos tantas veces para vivir nuestra condición de cristianos de una forma ramplona y fría, sin profundidad espiritual, alejados muchas veces de la iglesia, con una religiosidad muy pobre, contentándonos con pocas cosas; cuántas veces habríamos oído, por ejemplo, la campana de nuestra parroquia que nos llamaba a Misa el domingo, pero siempre teníamos que hacer, siempre lo dejábamos para otro día, siempre nos buscábamos disculpas; cuántas veces escuchamos la llamada de la Palabra y nos hacíamos sordos a lo que el Señor nos decía o nos pedía para no salir de esas situaciones que nosotros sabíamos muy bien que no eran buenas.
Escuchemos esa invitación que el Señor nos hace a través de tantos medios y démosle respuesta. Ahora lo estamos haciendo quizá más por la circunstancia de estar en este centro. Pero no olvidemos una cosa. Para sentarnos a la mesa del Señor hemos de estar vestidos con el traje de fiesta, como vemos en la parábola, con el traje de la gracia del Señor. No podemos acercarnos a la Mesa de la Comunión vestidos con los andrajosos trajes del pecado. Con pecado no podemos comulgar al Señor. Mucho tendríamos que revisarnos.
El profeta nos habla hoy del agua que nos purificará, y del corazón nuevo que hemos de tener. ‘Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias y pecados os he de purificar; y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo’. ¿Cómo es esa agua que nos purifica? Un día recibimos el agua del bautismo para el perdón de nuestros pecados y hacernos nacer a una vida nueva. Pero tantas veces hemos vuelto al pecado. Sólo con el sacramento de la penitencia vamos a recibir ese perdón que necesitamos para nuestros pecados. No lo olvidemos. Necesitamos lavar ese vestido de nuestra vida para vestirnos del traje de fiesta de la gracia.
Y brevemente el otro aspecto al que hacíamos referencia. Somos los invitados pero somos también los enviados para llevar esa invitación del Señor a los demás. Como lo vemos en la parábola que fueron enviados los criados a todas partes. A todos tenemos nosotros que ir también a anunciar esa salvación de Jesús, a invitarlos a que vengan también a ese banquete de bodas del Reino de los cielos.

Friday, July 9, 2010

Los cielos y la tierra se estremecen con la gloria del Señor

Is. 6, 1-8;
Sal. 92;
Mt. 10, 24-33

‘¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos’. Se siente sobrecogido Isaías ante la mística, misteriosa y maravillosa visión que tiene de la gloria de Dios.
Todo manifiesta la gloria del Señor. Todas las criaturas cantan la gloria del Señor con el cántico que luego nosotros en la liturgia queremos repetir uniéndonos también a los coros de los ángeles y los santos. ‘Santo, Santo, Santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de tu gloria’. Los cielos y la tierra se estremecen con la gloria del Señor.
La visión que comienza como una liturgia del templo de Jerusalén se convierte en una liturgia celestial. El Apocalipsis recogerá esas mismas imágenes que cantan la gloria del Señor y su santidad y en nuestra liturgia terrena nosotros repetimos los mismos cánticos queriendo unirnos a esa liturgia celestial.
Se siente sobrecogido porque siente que es pecador e indigno de contemplar la gloria de Dios. El judío sentía que quien viera a Dios moriría. Lo vemos en otros momentos de la Biblia. Pero ahora todo cambia porque el ángel del Señor le va a purificar. ‘Voló hacia mí unos de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado’.
El fuego del Señor le ha purificado y ahora se siente con una nueva disponibilidad. ‘¿A quien mandaré? ¿Quién irá por mi?... Aquí estoy, mándame’. Este texto nos está narrando la vocación del profeta Isaías. Quien antes se sentía sobrecogido, purificado por el fuego de Dios ahora está dispuesto a lo que el Señor le pida; como Moisés cuando se le manifestó el Señor en medio de la zarza ardiente para enviarlo a liberar a su pueblo de Egipto; como los otros profetas que nos narran también su vocación, su sentirse llamados del Señor desde el seno de su madre como dice Jeremías.
Nosotros hoy cuando estamos en esta liturgia celebrando también la gloria del Señor, desde la fe también queremos contemplar y escuchar a Dios, y de la misma manera nos sentimos purificados por el Señor que siempre nos está ofreciendo su gracia y su perdón. Por eso cuando comenzamos nuestra celebración, sintiéndonos en la presencia del Señor nos reconocemos siempre pecadores invocando la misericordia del Señor.
También escuchamos la voz del Señor en su Palabra que nos habla en el corazón y como profetas también nos sentimos enviados por el Señor porque ese mensaje de salvación hemos de saber llevarlo a los demás.
También queremos cantar la gloria del Señor, también queremos bendecir a Dios, también queremos darle gracias por tanto que nos ha amado y tanto que nos revela de sí mismo y de su amor.
Que así con ese gozo, pero también con esa intensidad vivamos siempre nuestra celebración sintiendo y viviendo la gloria del Señor en nosotros.

Tuesday, June 29, 2010

Que nuestra ofrenda sea agradable al Señor ofrecida con un corazón puro

Amós, 5, 14-15.21-24;
Sal. 49;
Mt. 8, 28-34

Seguimos escuchando al profeta Amós. ¿Puede ser agradable una ofrenda que presentemos al Señor con nuestras manos y nuestro corazón manchado por las obras malas de la injusticia y de la maldad?
Es la denuncia que hacen los profetas y en este caso Amós que le costará incluso problemas con los dirigentes del pueblo de Israel y los sacerdotes del templo, como mañana escucharemos. ‘Detesto y rehúso vuestras fiestas, no quiero oler vuestras ofrendas… aunque me ofrezcáis holocaustos y dones no me agradarán…’ Recordamos que es una queja de Jesús en el evangelio haciendo alusión también a lo dicho por los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan está vacío, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos…’
Puede ser esto motivo para una buena reflexión que nos hagamos en la presencia del Señor. ¿Qué es lo que le ofrecemos al Señor? ¿Un corazón puro y limpio o un corazón manchado por la maldad? ¿Rechazará el Seños nuestras ofrendas por presentarnos con un corazón manchado y lleno de pecado? La liturgia nos ofrece signos y ritos litúrgicos que hemos de saber utilizar para esa purificación del corazón cuando venimos a presentarnos delante del Señor con nuestra oración, con nuestra alabanza y acción de gracias y con la ofrenda que queremos presentarle.
Comenzamos, por ejemplo, siempre la celebración reconociéndonos pecadores en un acto penitencial que en ocasiones podemos sustituir por la aspersión del agua que nos recuerda nuestro bautismo. Que lo hagamos con toda verdad, con toda sinceridad para así sentirnos purificados en nuestro corazón al presentarnos ante el Señor. Y otro signo que realiza el sacerdote tras la presentación de las ofrendas es el lavarse las manos. Un gesto simbólico que quiere expresar también esa purificación interior para ir con corazón limpio ante el Señor. Pero no sólo el sacerdote, aunque sea él quien realice el signo ritual, sino que todos así deseemos purificarnos antes de acercarnos al altar del Señor.
Y una palabra también en relación al evangelio. Jesús llega a una región que ya es frontera con Israel, la región de los gerasenos. Se encuentra con unos endemoniados a los que, como hemos escuchado, finalmente Jesús cura y libera de su mal. Decir endemoniado en el evangelio puede tener varios significados; puede, es cierto, hacer referencia a la posesión del maligno, pero también es una forma de expresar el mal que puede padecer la persona, por ejemplo, a causa de la enfermedad; muchas veces puede hacer referencia incluso a ciertas enfermedades de tipo mental, por decirlo de alguna manera. Pero en el fondo lo que se nos quiere expresar como un signo de la llegada del reino de Dios, es cómo Cristo vence al mal, nos arranca del mal con su salvación. Los milagros siempre los vemos como signos de esa acción transformadora de Dios en el hombre con la llegada del Reino de Dios.
Pero hay algo muy significativo y que nos tiene que interrogar por dentro en este episodio que nos narra hoy el evangelio. Primero aquellos endemoniados se resisten a la presencia de Jesús reconociendo que es el Hijo de Dios. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Sienten como con Jesús llega la victoria sobre el mal. ¿No nos sucederá a veces cuando hemos dejado introducir el pecado en nuestra vida que hacemos resistencia a la gracia de Dios y a la conversión, cambio de vida que tendríamos que realizar? Por otra parte, los habitantes del lugar terminarán pidiendo a Jesús que se marche de su país. ¿Haremos de alguna manera nosotros oposición y rechazo a la gracia y a la salvación que Jesús nos ofrece? Preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad.

Tuesday, May 25, 2010

Os rescataron a precio de la Sangre de Cristo

2Ped. 1, 18-25;
Sal. 147;
Mc. 10, 32-45

Cuando tenemos que comentar la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración nos vemos a veces en el dilema de cuál texto comentar o en qué aspecto especial vamos a fijarnos para centrar nuestro comentario y reflexión.
Quienes han escuchado con atención la Palabra proclamada, mientras va llegando a sus oídos, en su corazón van sintiendo ya muy viva esa Palabra que el Señor les dice y quizá sean aspectos en que luego tal vez el sacerdote no se fije para el comentario. Lo importante es que llegue de una manera viva a nuestro corazón. Allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiere siempre decirnos algo.
Es lo que nos sucede hoy. El texto del evangelio, de gran riqueza como Palabra del Señor que es, tenemos muchas ocasiones de comentarlo a lo largo del año. Por ello hoy quisiera fijarme más en la carta de san Pedro.
Comenzar diciendo que en el Antiguo Testamento, como también vemos en otras expresiones religiosas, el pueblo judío ofrece sacrificios a Dios para su alabanza .- hermosos son tantos salmos de alabanza que se cantaban en el templo de Jerusalén como el que hoy hemos recitado entre lecturas, ‘glorifica al Señor, Jerusalén’– como reconocimiento que de Dios nos viene todo y a El tenemos que ofrecérselo como ofrenda de acción de gracias.
Pero también los sacrificios ofrecidos tienen el sentido de la reparación, expiación y purificación de los pecados. En ese sentido había sacrificios y actos de culto muy concretos. El hombre, la humanidad ha ofendido a su Dios y su Creador y le ofrece dichos sacrificios para obtener el perdón del Señor. ¿Y qué ofrece? Aquello que humanamente el hombre puede tener, holocaustos y ofrendas de los frutos de la tierra o sacrificios de animales.
Con Cristo, podríamos decir, todo cambia. No son nuestras cosas humanas las que van a conseguir ese perdón de Dios ni nosotros simplemente por nuestras obras, sino que es Dios mismo quien nos ofrece su perdón y su amor. Nosotros, cierto, tenemos que reconocer nuestra condición pecadora y también pedir perdón a Dios. Pero será la Sangre de Cristo derramada por amor la que nos va a limpiar de nuestros pecados. Y no sólo nos perdona sino que nos ofrece nueva vida.
Es lo que quiere decirnos hoy la segunda carta de Pedro. Nuestro valor no está en nosotros lo que nosotros podamos ofrecerle, sino en el valor infinito de la Sangre de Cristo derramada por nosotros en el sacrificio de la cruz, el sacrificio de su Pascua.
‘Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil… no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha…’ Nos arranca del poder del pecado, del poder del maligno con su entrega y su muerte en la cruz. Nos compra a precio de sangre, podemos decir. Aquello de que no hay amor más grande que el de quien da la vida por el que ama. Lo tenemos en Jesús.
Grande es el amor que Dios nos tiene que nos envió a su Hijo, que se entregó por nosotros. Infinito es ese amor como infinito es Dios y de valor infinito, entonces, la Sangre de Cristo derramada por nosotros. ¡Cuánto tenemos que darle gracias a Dios! No nos podemos cansar de nuestra acción de gracias y nuestra alabanza. ‘Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’, continúa diciéndonos.
Acción de gracias y alabanza que damos con nuestra respuesta de fe y de amor. Por eso nos dice Pedro hoy: ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente… mirad que habéis vuelto a nacer… por medio de la Palabra de Dios viva y duradera… Palabra del Señor que permanece para siempre. Y esa Palabra es el Evangelio que os anunciamos’.

Tuesday, May 4, 2010

Itinerario espiritual, permanecer unidos a la vid

Hechos, 15, 1-6;
Sal. 121;
Jn. 15, 1-8

Nos propone Jesús hoy una hermosa alegoría con gran enseñanza para nuestra vida espiritual y para nuestro camino cristiano. Ya se trate de la vid, como hoy nos habla, o si queremos de cualquier árbol frutal para que podamos obtener buenos frutos es necesario que esté plantado en buena tierra y debidamente cuidado lo que incluye la poda para eliminar aquellas ramas inservibles y que le restarían calidad a los frutos que queramos obtener.
Una tarea importante en nuestro camino espiritual, en nuestro camino de seguimiento de Jesús. No nos puede faltar nuestra unión íntima y profunda con El. ¿Qué significa eso? Pensemos en nuestra oración, pensemos en la escucha de la Palabra, pensemos en toda nuestra vida sacramental como algo fundamental sin lo cual no seríamos nada.
Un cristiano tiene que ser una persona de oración, y, tendríamos que decir, de oración intensa. Son esas raíces de nuestra vida que hundimos en Dios cuando nos sentimos en su presencia, cuando ahondamos en nuestra relación con El. ¿Cómo pueden mantener la amistad unos amigos que no se relacionan? ¿Cómo se puede mantener vivo el amor si no hay encuentro entre aquellos que se aman? Eso tiene que ser nuestra oración. Que ya sabemos no es solamente pedirle a Dios que todopoderoso cuando nos vemos necesitados o apurados en nuestros problemas. Nuestra relación con Dios tiene que ser mucho más honda, porque además no creemos en un Dios al que nos interesa porque lo vemos como solucionador de problemas.
Eso entraña como podemos comprender la escucha de la voz de Dios en nuestro corazón, la escucha atenta a su Palabra. Ni podemos conocer hondamente a Dios si no escuchamos esa Palabra que de sí mismo El quiere decirnos y ahí tenemos contenida en la Biblia, y podremos descubrir de verdad cuál es el camino de la respuesta que hemos de darle con nuestra vida si no lo escuchamos. Su palabra es luz en nuestro sendero, es norma de nuestra vida, es cauce por donde tenemos que discurrir.
Y está toda la vivencia sacramental porque ahí nos ha dejado las grandes señales de su presencia y la verdadera fuente de la gracia y de la vida que hará que podamos tener vida en nosotros. Los sarmientos que están unidos, han de estar necesariamente unidos a la vid, como nos decía Jesús hoy en el evangelio. Sin Eucaristía estaríamos sin Cristo, sin el alimento fundamental de su gracia para nosotros.
Pero nos habla también Jesús de la poda. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto’. Ya sabemos bien lo que hacen los agricultores cuando quieren obtener buenos frutos de sus árboles frutales o de sus viñedos. Está el tiempo de la poda donde se corta lo inservible, lo que mermaría la producción del bien fruto. Necesitamos una poda en nuestra vida. Porque necesitamos purificarnos de tantas cosas que se nos van adhiriendo como malas rémoras a nuestra vida que nos impedirían ese avance espiritual, ese crecimiento de nuestro amor. Es la poda que arranca también de nuestro corazón ese mal que vamos dejando meter dentro de nosotros.
La Palabra que escuchamos, la oración sincera que hacemos poniéndonos en la presencia del Señor nos irán ayudando a descubrir de todo eso que tenemos que purificarnos o que tenemos que arrancar. Es ese examen continuo que vamos haciendo de nosotros mismos. Buena costumbre el examen del día cada noche antes de irnos a descansar cuando le damos gracias al Señor por el día vivido, pero también le pedimos perdón por aquello en lo que hayamos fallado porque no hayamos puesto el suficiente amor o porque hayamos dejando introducir el pecado en nosotros.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos ha dicho Jesús hoy. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.

Thursday, March 25, 2010

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo
El ciego de nacimiento imagen de nuestras cegueras y nuestro encuentro con la luz (Jn. 9, 1-41)


¿Qué es lo que he hecho para que Dios me trate así? Es una queja recientemente escuchada de un joven que se con muchos problemas en su vida: problemas de índole familiar, social, del propio desarrollo de sus estudios e, incluso, casi de subsistencia. En la negrura y casi desesperación con que ve su vida a causa de los problemas se interroga incluso sobre su fe, preguntándose por qué ese castigo de Dios, qué es lo que hecho para merecerlo.
Digo esta experiencia porque es algo que he escuchado recientemente en un desahogo de esa persona, pero son preguntas que mucha gente se hace, que muchas veces nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas y sufrimientos, una enfermedad que aparece en nuestra vida, la muerte quizá de unos seres queridos o de personas inocentes, problemas que nos surgen y a los que nos parece encontrarle solución y nos preguntamos por el por qué de tanto sufrimiento o dónde está Dios que permite que nos sucedan esas cosas.
Bien sabemos que muchas personas ven la enfermedad y el sufrimiento como un castigo de Dios y es por eso por lo que se preguntan qué es lo que han hecho para merecer tanto sufrimiento o tanto castigo. Claro que planteado desde una auténtica fe no podemos verlo de esa manera.
‘Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?’ Es el planteamiento que le hacen también los discípulos a Jesús. caminaban por las calles de Jerusalén y allí estaba aquel hombre ciego de nacimiento pidiendo limosna a todo el que pasaba. Eran frecuentes esas situaciones en Palestina. Ya el evangelio nos habla de muchos ciegos que acuden a Jesús en búsqueda de luz para sus ojos.
La respuesta de Jesús es tajante y rápida por así decirlo. ‘La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse…’ Y se va a manifestar la gloria de Dios. Jesús se acercó al ciego y dice el evangelista con todo detalle ‘escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y lo extendió sobre los ojos de aquel hombre. Luego le dijo: Ahora ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado) El ciego fue, se lavó y, cuando regresó, ya había recobrado la vista’.
Muchas consideraciones nos podemos hacer y es bien hermoso el mensaje. Comencemos apuntando cómo el ciego se dejó hacer. No sabía bien qué es lo que pasaba, por qué le hacían aquello ni tampoco tenía muy claro quien se lo había hecho, sin embargo se dejó hacer. Admirable esa actitud del ciego. Quizá era su confianza, su esperanza y su deseo de recobrar la vista. Pero no siempre nos dejamos hacer así. ¿Para qué me sirve eso? Siempre buscando un utilitarismo en todo lo que hacemos o nos piden hacer. ¿Qué me va a añadir a mi vida? Desconfiamos si aquello me va a servir para algo o va a mejorar mi situación de algunas manera. ¿Qué gano yo con esto? Siempre andamos interesados buscando ganancias o beneficios. ¿No tendríamos que cambiar en esas actitudes de prejuicio con que andamos?
El camino del ciego una vez recuperada la vista no fue tan fácil. Había comenzado a ver la luz y aún no sabía bien de donde venía. Cuando le preguntan quien se lo ha hecho, en principio él no sabe dar razón de quien ha sido. Comenzarán para él muchas pruebas y dificultades, que podríamos decir le van purificando por dentro. Poco a poco sus ojos se irán abriendo a la luz verdadera. Y si en principio no sabía quien había sido, pronto dirá que no puede ser un pecador quien le haya hecho eso porque tiene que ser un hombre de Dios, o tendrá que ser un profeta.
Un camino largo hemos de recorrer también nosotros porque habrá que ir cambiando muchas cosas dentro de nosotros, desmontando muchas ideas como aquello que decíamos antes del castigo de Dios por los sufrimientos o problemas que nos puedan surgir, hasta que lleguemos a conocer a Jesús de verdad y el sentido que en El vamos a encontrar para nuestra vida. Al final de todo el proceso el ciego que ha sido curado llegará a conocer a Jesús de verdad, aunque antes tenga que pasar por muchas pruebas. ‘¿Crees en el Hijo del Hombre?... y ¿quién es para que pueda creer en El?... ya lo has visto, es el que te está hablando…’
Pero la gente que está a su alrededor no le ayudaba porque lo que hacían era presentar oposición, porque no quieren aceptar el milagro, ni tampoco quien aceptar a aquel a través del cual se ha manifestado la gloria de Dios. Incluso sus propios padres, temiendo comprometerse, lo dejarán solo. Al final se verá también excluido de la sinagoga porque tal es la oposición a quien pueda aparecer con fe en Jesús.
¿Se parecerá todo esto a situaciones por las que nosotros pasamos o actitudes que de una forma o de otra podemos tener dentro de nosotros? Cuando se nos manifiestan las maravillas de Dios pueden surgir dudas dentro de nosotros, o también habrá quienes quieran hacernos poner en duda todo eso que nos ha sucedido; se tratará de darnos explicaciones de orden natural o de la razón con tal de que no seamos capaces de ver la acción sobrenatural del Señor que actúa en nosotros manifestándose así la gloria del Señor.
Pero Dios sigue saliéndonos al encuentro. Podrá realizar maravillas con cosas asombrosas, no podemos negar el poder infinito de Dios, pero también se nos manifestará a través de signos sencillos pero que producirán en nosotros frutos maravillosos de gracia. Son los sacramentos.
Los sacramentos, tenemos que decir, signos sencillos pero maravillosos. Sencillos como el agua, el aceite, el pan y el vino, una imposición de manos, una expresión de entrega y de amor… pero a través de esos signos Cristo se nos va a hacer presente en nuestra vida y nos llenará de su gracia, Cristo viene a nuestro encuentro con la fuerza de su Espíritu; Cristo se nos da para hacernos partícipes de su vida llenándonos de la vida de Dios; Cristo nos perdona o nos alimenta, nos fortalece en la debilidad de nuestro cuerpo enfermo o se hace compañero de nuestra vida y nos dará la fuerza más grande y sobrenatural a nuestro amor.
Unos signos sencillos, como decíamos, pero que por la acción del Espíritu Santo son para nosotros sacramento de Dios, signo y señal clara y certera de que Dios está con nosotros, seguridad absoluta de la gracia y de la fuerza del Señor que no nos faltará en nuestra vida. Recordemos lo que decía a Nicodemo, nacer de nuevo, nacer por el agua y el Espíritu y nos está señalando los signos del Bautismo.
Recordáis lo que comentábamos al principio del lodo que Jesús hizo para poner en los ojos del ciego, que algunos se preguntaban y para qué sirve, o qué voy a ganar, qué me va a añadir a mi vida y cosas así. También muchos se lo preguntan acerca de los sacramentos, qué me añade a mi matrimonio si yo ya amo a mi pareja el que me case o no por la iglesia, como dicen algunos. Y así tantas objeciones que nos ponen muchos.
Claro que todo esto solo por la fe lo podemos entender y llegar a vivir. No es simplemente el agua, el aceite o el pan, por decir sólo algunos elementos, sino que es la acción del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, como ya mencionamos recordando las palabras de Jesús a Nicodemo en relación al Bautismo, lo que hace que para mí sea Sacramento y signifique esa presencia de Dios, de Cristo, de su gracia en mi vida.
Por la fuerza del Espíritu será ese nuevo nacimiento, se hará Cristo alimento y presencia en el pan y vino de la Eucaristía, nos da esa gracia y esa fuerza del Señor en cada uno de los sacramentos por ejemplo en la unción, se hace presente todo el don del Espíritu en nosotros para hacer verdaderos testigos y apóstoles, alcanzaremos el perdón de los pecados por el ministerio de la Iglesia, o nuestro amor matrimonial se hará verdadero signo del amor de Cristo por su Iglesia y será fortalecido con la gracia del Señor. Es la fe la que nos hará descubrir, sentir y vivir esa gracia de Dios en nuestra vida, esa presencia de Cristo que viene a nosotros con su salvación. Cada vez que estemos celebrando un sacramento estaremos haciendo presente esa pascua salvadora de Cristo en su muerte y resurrección.
Por eso ahora cuando vamos a vivir estos días de la Semana Santa tenemos que llegar a ese encuentro vivo y profundo con Cristo que me salva y viene a mí en la gracia sacramental. Repito, encuentro vivo y profundo con Cristo. Un encuentro personal con el Señor que viene a nosotros, que viene a mi. Un encuentro que viviremos y celebraremos, por supuesto, con los demás, en comunidad, en sentido verdadero de Iglesia que se siente amada y salvada por el Señor.
Algunos se quedan en asistir, un poco como espectadores, contemplar unas imágenes o ir a unas procesiones. Parece eso un tanto pasivo, como espectador, con falta de hondura y profundidad. No nos podemos quedar en lo externo. No terminamos de llegar a ese encuentro vivo con el Señor. Es en lo que tenemos que estar muy vigilantes.
Esos actos religiosos a los que asistimos, esas imágenes sagradas que contemplamos y que son algo más que unos objetos de arte, esas procesiones en las que vamos contemplamos los distintos momentos del misterio de nuestra redención como fue la pasión y la muerte de Jesús, tienen que ser medios que nos lleven a Cristo, a dejarnos encontrar por El, y a vivirle con toda profundidad llenándonos de su gracia; tienen que llevarnos a la vivencia sacramental de la presencia del Señor que es verdadera presencia en nuestra vida; tienen que llevarnos a vernos inundados por la gracia salvadora del Señor que nos perdona y que nos da vida, que nos salva y que nos pondrá en camino de una más exigente santidad.
Todo ello nos llevará a una transformación de nosotros mismos. Porque Cristo viene a nosotros para que tengamos vida, para arrancarnos de la muerte, para quitar esas cegueras de nuestra vida, como abrió los ojos del ciego de nacimiento como hemos venido reflexionando.
‘¿Acaso nosotros también estamos ciegos?’, se preguntaban los fariseos cuando escucharon a Jesús. No temamos hacernos esa pregunta, porque será la manera de que comencemos a dar pasos hacia la luz, hacia Cristo que nos abrirá los ojos del corazón llenándonos de su luz y de su gracia salvadora. Que como se manifestó la gloria del Señor en la curación del ciego de nacimiento así también se manifieste la gloria de Dios en la transformación de nuestra vida y cuando Cristo se hace presente en mí en la celebración de los Sacramentos.
 

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