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Wednesday, July 6, 2011

Un mensaje de vida y un mensaje de paz


Gén. 44, 18-21.23-29;
45, 1-5;

Sal. 104;

Mt. 10, 7-15

Un mensaje de vida y un mensaje de paz; un mensaje desde el amor y un mensaje desde la disponibilidad generosa.

Continuamos el texto de ayer en el envío que Jesús hace de los doce apóstoles escogido a anunicar que ‘el Reino de los cielos está cerca’. Jesús les da instrucciones de lo que han de hacer y de lo que han de anunciar. ‘Curar enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios’. Ningun mal puede atar ni esclavizar el corazón del hombre.

Esos milagros que van realizando en el nombre de Jesús son los signos de esa liberación, de esa salvación que en Jesús vamos a encontrar. Esa enfermedad y esa muerte nos habla de cómo estamos lejos de Dios. Todo tiene que cambiar, transformarse. Con Jesús, desde nuestra fe en El todo tiene que ser nuevo. En el Reino de Dios tiene que prevalecer la luz y la vida; nada de muerte ni de pecado.

Un mensaje de vida y un mensaje de paz, dijimos al principio. Es el saludo que llevan los discípulos allá por donde van. Sería una contradicción que no fuera así. Si vamos enviados por el amor, si vamos siendo constructores de un mundo de amor un fruto tiene que ser la paz. ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy’, nos dice el Señor. Es la paz que tenemos que saber llevar a los demás. ¿Será ese el mensaje que los cristianos trasmitimos? Quienes se van encontrando con nosotros por los caminos de la vida ¿sentirán cómo esa paz llega también a sus corazones? ¿Seremos capaces de trasmitirles paz? Qué importante esto en un mundo de violencia en el que vivimos.

Un signo también de cómo el Reino de los cielos está cerca de nosotros es nuestra manera de acercanos a los demás a llevar el mensaje. Primero nos habla de gratuidad. El Señor ha sido generoso con nosotros cuando nos ha hecho llegar la salvación. Así de corazón, con un corazón generoso hemos de hacerla llegar a los demás en ese anuncio que hemos de hacer. ‘Gratis habéis recibido, dadlo gratis’, nos dice Jesús. La ganancia para todo es el Reino de Dios que comenzamos a vivir. Para pensarlo mucho.

Jesús nos pide disponibilidad, generosidad, pero también austeridad. No vamos a llevar el mensaje de Jesús desde ningún poder humano, desde ninguna fuerza humana. Vamos en el nombre del Señor. Nuestra eficacia, por así decirlo, está en el Señor. Hoy nos dice ‘no llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento’.

Parecen fuertes estas recomendaciones del Señor. No son los medios humanos los que hacen eficaces el anuncio del Evangelio, sino la gracia del Señor. Es la confianza total que tenemos que poner en el Señor. Podemos tener el peligro de darle mas importancia a esos recursos humanos que a la confianza que ponemos en el Señor alimentada en la oración.

A los que realizamos trabajos pastorales esto nos tendría que hacer pensar mucho. Dedicamos más tiempo a la preparación de esos recursos o medios humanos que empleamos para hacer llegar el mensaje del evangelio, que orar delante del Señor para en una disponibilidad total de nuestro corazón llenarnos de Dios y sentirnos inundados por su Espíritu. Esto que estoy compartiendo con ustedes a mí, el primero, me interroga por dentro.

Me recuerda la actitud de Pedro cuando Jesús le manda echar la red en el lago, después de haber estado intentando pescar durante toda la noche sin coger nada. ‘En tu nombre echaré la red’. Y lo hecho en el nombre del Señor tuvo un fruto abundante, una pesca bien cuantiosa, pero que además fue el reconocimiento por parte de Pedro de quien era Jesús, y al mismo tiempo el confiarle Jesús el ser de ahora en adelante pescador de hombres.

Ojalá allá donde estemos siempre vayamos sembrando ese amor y esa paz. Significaría que en nosotros está vivo el Reino de Dios y que lo sabemos anunciar, llevar a los demás, como Jesús nos pide.

Sunday, June 26, 2011

Que comprenda yo, Señor, cuáles son tus caminos

Gen. 18, 16-33;

Sal. 102;

Mt. 8, 18-22

‘Se le acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré a donde vayas…’ Hermosa disponibilidad. En muchas ocasiones también nosotros enfervorizados con el Señor le decimos que queremos seguirle, que siempre queremos estar con El, que por nada le dejaremos, y así muchas cosas más. Tras un momento de una experiencia religiosa especial, tras haber escuchado un sermón que nos impactó y nos llegó al alma, tras algun acontecimiento que nos haya sucedido donde hemos visto clara la mano de Dios en nosotros, o después de hacer unos ejercicios espirituales prometemos muchas cosas desde nuestra fe y nuestro fervor.

No está mal. Necesitamos experiencias religiosas que nos impacten y nos despierten de muchos letargos en que vivimos en la vida, pero también necesitamos de la constancia. Porque ya sabemos lo que nos pasa y es que pronto olvidamos nuestras palabras y nuestras promesas.

Hablando de promesas lo hemos visto palpable en mucha gente de una religiosidad muy elemental. En nuestros apuros cuántas promesas le hacemos al Señor. Luego cuando pasa ese momento difícil o nos olvidamos o nos damos cuenta de que aquello que prometimos no podemos cumplirlo porque quizá exceda nuestras posibilidades. He visto muchas personas que se sienten agustiadas por no poder cumplir una promesa difícil y costosa que hicieron en un momento deterrminado. Pero quizá no vaya por ahí lo que Jesús quiera decirnos en el evangelio.

Mientras aquel letrado está dispuesto a todo para seguir a Jesús, y ahora comentaremos lo que Jesús le dice para hacerlo reflexionar, otro está pidiendo dispensas o plazos para seguir a Jesús, porque antes cree que debe hacer otras cosas. ‘Señor, déjame primero ir a enterrar a min padre’.

Jesús nos pide disponibilidad y generosidad. Pero Jesús quiere que pensemos de verdad las exigencias de ser su discípulo para seguirle. No se trata de fervores de un momento ni de plazos a la hora de la entrega. Es necesario darnos cuenta de cuál es el camino de Jesús y si estamos dispuestos a seguirle es porque queremos seguir sus mismos pasos. No siempre es fácil, pero ya en otro momento Jesús nos hará ver que nunca nos faltará la fuerza de su gracia ni la asistencia del Espíritu santo.

Jesús al primero le dirá que ‘las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, mientras al otro le dirá ‘deja que los muertos entierren a sus muertos’.

El camino de Jesús es camino de entrega y de amor, para lo que será necesario generosidad y disponibilidad; pero junto a esa entrega y amor, a esa generosidad y disponiblidad tiene que haber también un espíritu de pobreza. No vamos a seguir a Jesús porque pensemos, por así decirlo, escalar puestos u obtener beneficios. Y seguir a Jesús es un camino de vida, por esto todo lo que huela a muerte tenemos que dejarlo a un lado.

La ganancia de seguir a Jesús no la podemos cuantificar en medidas humanas y en medios o riqueza de orden material o económico. Es más, seguirle conllevará consigo un compartir donde daré de lo mío, incluso sin quedarme nada para mi, por ayudar al otro. Nuestra recompensa no va por lo humano, sino por lo divino, por la vida eterna.

Las ganancias o satisfacciones que podamos recibir por lo bueno que hacemos son de otro orden más espiritual. Y cuando el Señor quiera ser generoso con nosotros en lo material también será cosa suya, de su generosidad, y no de exigencias que nosotros planteemos. Y vaya que esas cosas sí que nos hacen felices de verdad. Recordemos el espiritu de las bienaventuranzas y a quienes llama Jesús dichosos

Que comprenda yo, Señor, cuáles son tus caminos.

Monday, June 20, 2011

Los que están llenos de Dios rebosan de generosidad en su corazón


Gén. 13, 2. 5-18;

Sal. 14;

Mt. 7, 6.12-14

Las personas que están llenas de Dios rebosan de generosidad en el corazón. Me sugiere este pensamiento la postura que toma Abrahan ante las posibles disputas que pudieran surgir con su sobrino Lot que le ha acompañado en su peregrinar creyente conducidos por el Señor.

Han llegado a la tierra de Canaán y alli pueden establecer; no todos los lugares son iguales en fertilidad sin embargo Abrahán permite que sea su sobrino el que escoja el terreno donde asentarse, aunque a él le toquen territorios peores. ‘No haya disputas entre nosotros y nuestros pastores pues somos hermanos…’ Tendría derecho Abrahán a escoger porque es a él a quien le ha prometido que le dará una tierra en posesión, pero sobresale la generosidad del corazón del patriarca.

Hombre de fe su confianza no la pone ni en las riquezas ni en los territorios donde ha de asentarse. Su confianza la tiene puesta en el Señor. Así surge la generosidad de su corazón.

Puede ser una hermosa lección para nuestra vida. Nos decimos creyentes y seguidores de Jesús pero muchas veces nos cuesta tener generosidad en nuestro corazón. Es una lucha interior que hemos de hacer para superarnos en nuestras actitudes egoístas en que pareciera que todo lo queremos para nosotros. Ojalá supiéramos razonar como hoy vemos a Abrahán y supiéramos así superar envidias y rencillas, resentimientos y desconfianzas. Pensamos tanto en lo que tenemos, lo que es mío; y tengo la tentación de mirar con malos ojos lo que el otro es o tiene. Y así nos va.

El creyente se fía de Dios, se confía a la providencia de Dios, como hemos reflexionado últimamente. Pero además en nuestro seguimiento de Jesús bien sabemos en qué nos hemos de distinguir. El amor y la generosidad tendrían que brillar en nuestra vida y desaparecerían las envidias, y seríamos capaces de tener más confianza los unos en los otros, y nos respetaríamos en lo que somos o en lo que tenemos. Como decía Abrahán ‘no haya disputas entre nosotros, pues somos hermanos’.

Jesús en el evangelio nos habla de los caminos que se presentan ante nosotros y cómo hemos de saber escoger el mejor camino. Y bien entendemos con las palabras de Jesús que el mejor camino no es precisamente la senda de lo fácil o de lo que sea precisamente dejarnos llevar por nuestros caprichos o apetencias.

El camino del bien, el camino que nos conduce a la plenitud tiene sus exigencias. Es un camino de rectitud y de bondad, es un camino que nos exige verdad en nuestra vida y búsqueda siempre de lo que es más justo. Ese camino no coincide con la búsqueda de mi mismo o de mis satisfacciones personales, pensando solo en lo mío o en mis caprichos o deseos; ese camino pasa por el encuentro con el otro, por la búsqueda del bien para todos y lo que es más justo. Es un camino que tiene unas exigencias para mí. Porque igual que quería lo bueno para mi, también tengo que desearlo para el otro y comprometerme a que también lo tenga. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’, nos dice Jesús.

Por eso nos ha dicho Jesús que seamos capaces de entrar por la puerta estrecha. ‘Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto es el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos’.

Pidámosle al Señor que sepamos encontrar ese camino que nos lleve a la vida; que sintamos su fuerza y su gracia para recorrerlo; que seamos capaces de llenar de generosidad nuestro corazón; que crezca más y más nuestra fe en el Señor para que nunca dejemos llenar nuesro corazón de maldad.

Monday, June 13, 2011

Generosidad y disponibilidad para compartir también en nuestra relación y trato con los demás


2Cor. 8, 1-9;

Sal. 145;

Mt. 5, 43-48

‘Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su pobreza, os hagáis ricos’. Nuestro modelo, nuestra referencia siempre es Jesús. En el encontramos el camino porque El es el camino; en El encontramos la verdad y el sentido de la vida y de lo que hacemos y vivimos. porque El es la Verdad y la Vida. Se nos pide amor y generosidad para nuestro compartir, a El tenemos que mirar porque ya sabemos cómo se entregó a sí mismo con infinita generosidad por nosotros y nuestra salvación.

De lo que nos habla hoy el apóstol en esta segunda carta a los Corintios es de la colecta que va haciendo en todas las iglesias para los pobres de la Iglesia de Jerusalén. Así se lo habían pedido y encargado, que no se olvidara de sus pobres.

Y para motivar a los cristianos de Corinto les habla del ejemplo de generosidad de la Iglesia de Macedonia. ‘En las pruebas y en las desgracias creció su alegría; y su pobreza extrema se desbordó en un derroche de generosidad’. Le rogaban incluso que aceptara lo que en su pobreza le ofrecían y como dice el Apóstol ‘dieron más de lo que yo esperaba; se dieron a sí mismos; primero al Señor y luego, como Dios quería, también a mí’.

Por eso les pide ahora a los corintios que sean generosos también. ‘Ya que sobresalís en todo en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora en vuestra generosidad’. Muchos eran los carismas que resplandecían en la comunidad de Corinto. En la primera carta les ha hablado de ellos. Pero ahora les pide que se distingan también por la generosidad. Y para reafirmar esto que les pide les hace mirar a la generosidad del Señor para con nosotros que se hizo pobre para hacernos a nosotros ricos.

Creo que todo esto tiene que hacernos reflexionar y revisar las actitudes profundas que tenemos en nuestro corazón. Nos vale para muchas cosas. No se trata ya solamente de ese compartir en el orden material o si queremos decir económico – que por supuesto en ellos también tenemos que ser generosos y desprendidos -, sino de mirar lo que es esa disponibilidad y generosidad que tenemos en el corazón para acercarnos al otro y lograr esa comunicación sincera, franca, abierta de buena amistad que tengamos con los demás.

El egoísmo que se contrapone a esta generosidad de la que se nos habla hoy no se reduce sólo al tema de lo material, sino también son actitudes egoístas y de cerrazón esas posturas, podíamos decir, de reserva con las que nos acercamos a los otros. No abrimos el corazón, miramos con desconfianza, nos ponemos a distancia de las otras personas, en cierto modo creamos barreras en nuestra relación con los demás.

Creo que quienes tenemos como distintivo de nuestra vida el amor no podemos andar de esa manera en el trato con los semejantes. Es difícil en ocasiones porque incluso aquellas experiencias negativas que hayamos podido tener en anteriores ocasiones nos hacen reservados y reticentes. Pero tiene que ser algo que vayamos cambiando en nuestro corazón.

En este sentido podemos fijarnos también en lo que hoy nos habla del evangelio del amor a los enemigos, del perdón y de hasta rezar por aquellos que nos hayan hecho mal. Como nos dice Jesús ‘si amáis solo a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿no hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿no hacen lo mismo también los paganos?’ Y nos dice Jesús que amemos a todos incluso a los enemigos porque ‘así seréis hijos de vuestro Padre del cielo que hace salir el sol sob re malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos’.

Es la generosidad de la que tenemos que llenar nuestro corazón.

Saturday, May 14, 2011

Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas


Hechos, 2, 14.36-41;

Sal. 22;

1Pd. 2, 20-25;

Jn. 10, 1-10

Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.

Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.

Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.

Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.

En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.

Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’

¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.

El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.

Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.

Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.

Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.

Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.

Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.

Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.

Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.

Thursday, May 5, 2011

Un gran signo para nosotros y para que el mundo crea

Un gran signo para nosotros y para que el mundo crea

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26; Jn. 6, 1-15

Todos hemos escuchado más de una vez aquello de que ‘vale más una imagen que mil palabras’. Escuchando el evangelio hoy proclamado contemplamos una imagen significativa, un gran signo que realiza Jesús que nos quiere manifestar muchas cosas para despertar nuestra fe en El y para vivir en el estilo nuevo del Reino de Dios que El nos anuncia.

Es un texto en el que realmente no se nos dice directamente que Jesús se haya puesto a enseñar, sino que al contemplar la mucha gente que se había reunido ‘porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’ y sintiendo lástima de ellos porque como dirá otro lugar del evangelio estaban exhaustos y como ovejas sin pastor se dispone a realizar el gran signo de la multiplicación de los panes y los peces. Fijémonos como el evangelista Juan para hablarnos de los milagros de Jesús siempre emplea la palabra ‘signo’.

Pero Jesús que nos trae la salvación quiere contar con el hombre, quiere contar con nosotros. El es el único salvador que va a dar su vida por nosotros derramando su sangre para el perdón de los pecados. Nos ofrece la salvación, pero el hombre ha de responder y colaborar. Ahora le dice a Felipe ‘¿con qué compraremos panes para que coman éstos?’. Y nos dice el evangelista que ‘lo decía para tantearlo pues bien sabía lo que iba a hacer’. Pero aparecerá también otro que ofrece colaboración. Lo que Jesús quiere. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pedirá luego la colaboración de los discípulos para repartir los panes y los peces entre todos, como para recoger lo que haya sobrado. Jesús quiere siempre contar con nosotros.

No importa que seamos capaces de grandes cosas o lo que hagamos sea algo pequeño y humilde. No importa en este caso la cantidad de panes y peces que pudiera haber para dar de comer a tantos. Pero ahí está la disponibilidad, la generosidad de quien comparte lo que tiene aunque sea poco; el poner a disposición, al servicio, los valores, aunque nos parezcan pequeños, que cada una tiene. Dios valora siempre lo pequeño por muy humilde que parezca. Porque el que sabe ser fiel en lo pequeño será capaz de ser fiel también en lo mucho o lo importante. Nos lo dirá Jesús en el evangelio muchas veces con parábolas y con ejemplos.

Este signo que realiza Jesús tiene también resonancias eucarísticas. No sólo va a dar pie para que al día siguiente en Cafarnaún comience a hablar del pan de vida y de que su Cuerpo es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida, sino que hasta en los mismos gestos que Jesús realiza nos rememora lo que va a hacer en la última cena y que repetimos nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y lo repartió a todos…’

La gente supo leer el signo que Jesús estaba realizando reconociendo la grandeza y el poder de Jesús. ‘La gente, entonces, al ver el signo que había hecho, decía: Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo’, que era en cierto modo una forma de reconocer en El al Mesías de Dios. Quieren hacerlo Rey, pero Jesús se retiró a la montaña él solo. Como tantas veces aparece en el evangelio de Juan, ‘no había llegado su hora’.

Nos está hablando Jesús también a nosotros a través de este signo, de todos los gestos y detalles que se van sucediendo en este hecho del evangelio. Tienen que provocar en nosotros ese reconociento de quién es en verdad Jesús para nosotros. Hemos de saber ver y leer todas esas señales que Jesús nos va dando. Jesús nos ofrece su vida y su salvación y los sacramentos son las grandes signos sagrados de su presencia y de su gracia. Pero Jesús nos va pidiendo una respuesta, una colaboración por nuestra parte. No podemos vivir una fe pasiva; no podemos tener una actitud pasiva en la vida.

Hemos de saber ir dando respuesta a esas señales que Dios pone junto a nosotros. Hemos de saber poner los cinco panes y dos peces de nuestros valores, de lo que somos o podemos hacer. Hemos de sentir como los discípulos el interrogante y la inquietud dentro de nuestro corazón viendo a esa multitud a quien también hay que alimentar con algo más que pan que sacie nuestra hambre material. ‘No sólo de pan vive el hombre…’ hemos repetido en la aclamación del aleluya al Evangelio. Iremos, tenemos que ir, a repartir ese pan pan material de muchas maneras a tantos que pasan necesidad a nuestro lado, pero hemos de saber llevar el otro pan que sólo desde Jesús podemos encontrar y que desde Jesús tenemos que repartir.

Qué gran signo para nosotros es la multiplicación de los panes y los peces que escuchamos en el evangelio con todos los gestos y detalles que suceden a su alrededor.

Monday, March 28, 2011

Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde


Dan. 3, 25.34-43;

Sal. 24;

Mt. 18, 21-35

‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’

Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.

Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.

Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.

Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.

Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.

Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.

Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.

Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.

Tuesday, March 1, 2011

Es necesario entender que el que quiera ser primero ha de ser servidor de todos


Eclesiástico, 36, 1-2.5-6.13-19;

Sal. 78;

Mc. 10, 32-45

Había hablado Jesús cuán difícil era a los que ponen su confianza en el dinero entrar en el Reino de Dios, a raíz de lo del joven que no había sido capaz de decidirse por seguir a Jesús cuando le había planteado lo de vender todo para darselo a los pobres y tener un tesoro en el cielo y Pedro había salido preguntando qué es lo que iban a recibir ellos porque lo habían dejado todo por seguirlo.

Ahora Jesús anuncia que suben a Jerusalén y que allí ‘el Hijo del Hombre iba a ser entregado a los sumos sacerdotes y letrados, lo condenarán a muerte … lo azotarán y lo matarán y a los tres días resucitará’, y vienen los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan a pedirle a Jesús que les ‘conceda sentarse en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.

Cuando Jesús habla de que el cáliz si lo beberán pero el sentarse a la derecha o izquierda está ya reservado, vienen los otros discípulos con su indignación o sus recelos y envidias contra Santiago y Juan por si Jesús les había concedido a ellos algo que no recibirían los demás.

Parece como que a cada paso que Jesús va dando poniendo las condiciones o las características del Reino de Dios que se está instaurando los discípulos, y son los más cercanos porque son el grupo de los doce, no terminan de entender lo que Jesús les está diciendo. Allá surgen una y otra vez sus recelos y ambiciones, siguen pensando en un Mesías rey poderoso que va a instaurar un reino donde ellos podrían alcanzar algun poder y lo de la pasión que Jesús les anuncia, o la entrega que habrán de tener dándolo todo por el Reino, no lo terminan de entender. ¿Nos pasará a nosotros también algo así?

Pacientemente Jesús una vez más se pone a enseñarles, a explicarles todo. Su reino no es de este mundo, como le diría también un día a Pilatos cuando le pregunta si es Rey. Su Reino no se basa en esos poderes y esos ejércitos que lo defiendan, como son los reinos de este mundo. Su Reino va por otros derroteros que son los del amor verdadero, los del servicio, los de la entrega, los de olvidarse de sí mismo y de la búsqueda de grandezas.

‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Y nos da una razón muy importante. La razón es Jesús, es su vida, es su amor y su entrega. No hemos de hacer otra cosa que imitar a Jesús. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.

¿Entenderán por fin los discípulos a Jesús? ¿Entenderemos nosotros también lo que nos quiere decir Jesús? ¿Sigue entendiendo la Iglesia hoy, los cristianos de hoy, con rotundidad estas palabras de Jesús?

Esto nos tiene que hacer pensar, reflexionar mucho sobre el estilo y el sentido de nuestra vida. Nos cuesta porque en nuestro corazón aparecen una y otra vez las tentaciones de la ambición, de las grandezas. Nos cuesta porque no siempre arrancamos a fondo esas raíces que se nos meten de egoísmo, de orgullo o de amor propio en nuestra vida.

Tenemos que pedirle una y otra vez al Señor que infunda en nosotros el Espíritu del amor, para que nuestros corazones sean siempre generosos, para que estemos inundados de amor y el amor brote, salga a flote, resuma continuamente de nuestra vida. Así seremos desprendidos con generosidad. Así buscaremos los tesoros que verdaderamente importan y que son los que guardamos en el cielo. Así nos amaremos cada día más y olvidaremos para siempre recelos, resentimientos, rencillas, desconfianzas. Así podremos tener una mirada limpia siempre hacia los demás, porque nuestro corazón está limpio de todo mal. Pidámoslo al Señor que sea así.

Monday, February 28, 2011

Como flor de harina sea nuestra ofrenda de amor al Señor


Eclesiástico, 35, 1-15;

Sal. 49;

Mc. 10, 28-31

‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’. Así hemos expresado en el salmo 49.

¿Cuál es el sacrificio agradable y acepto a Dios? Es la pregunta que se hace el sabio del Antiguo Testamento en el libro del Eclesiástico y que se responde en el texto que hoy hemos escuchado. Es la pregunta también que le repiten continuamente los profetas al pueblo de Israel para que en verdad busquen siempre lo que agrada al Señor. Ya tendremos oportunidad en el principio de la Cuaresma de escuchar este mensaje de los profetas.

‘Honra al Señor con generosidad y no seas mezquino en tus ofrendas; cuando ofreces, pon buena cara, y paga de buena gana tus diezmos. Da al Altísimo como El te dio: generosamente según tus posibilidades…’ Pero ¿se trata de ofrecer solamente cosas materiales, el diezmo del trigo o del vino que hayas cosechado, o lo mejor de las reses y ganados? Es lo que trata de respondernos el texto sagrado. No son simplemente cosas las que tenemos que ofrecer al Señor. Es la tentación que todos tenemos de una forma o de otra. Es algo más que tiene que surgir desde lo más hondo de nuestra vida.

Recordemos simplemente lo que nos ha dicho. ‘El que observa la ley hace una buena ofrenda, el que guarda los mandamientos ofrece sacrificios de acción de gracias, el que hace favores ofrenda flor de harina, el que da limosna ofrece sacrificio de alabanza. Apartarse del mal es agradable al Señor, apartarse de la injusticia es expiación’.

Todo ha de pasar, pues, por la observancia y el cumplimiento de los mandamientos y de la ley del Señor; todo tiene que estar muy lleno de la generosidad del corazón para compartir y para amar; todo ha de conducirse por una vida recta lejos de toda injusticia y de toda maldad porque de lo contrario no sería agradable al Señor. Hacemos expiación de nuestros pecados arrepintiéndonos de ellos y dándole la vuelta al corazón para caminar por caminos de bien.

Si no lo hiciéramos así sería un contrasentido y una incongruencia grande. Lo que tiene que ser en verdad agradable al Señor tiene que ser nuestra vida llena de rectitud y de amor; una vida vivida con sinceridad y haciendo siempre el bien al tiempo que se busca en todo la justicia.

¿Queremos bendecir y alabar al Señor y seguimos al mismo tiempo en nuestro pecado? La mejor alabanza al Señor tiene que arrancar de nuestra conversión a El, de nuestro arrepentimiento y cambio de vida. Luego con ello podemos hacerle ofrendas de cosas que arrancamos de nuestra vida porque queremos que sean para el Señor; son los sacrificios que hacemos con nuestras ofrendas que tienen que mostrar ese amor que le tenemos a Dios, pero que lo reflejamos también necesariamente en los hermanos.

‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, que decía el salmo. Seguimos ese buen camino, estamos dispuestos a seguir al Señor aunque eso signifique muchas renuncias en nuestra vida. Pero en el Señor tendremos la recompensa y la plenitud del gozo y la alegría. Es de lo que nos habla también el evangelio cuando Pedro le pregunta qué es lo que van a obtener ellos que lo han dejado todo por seguirle. ‘Recibirá cien veces más… y en la edad futura, la vida eterna’.

Quien se entrega y en su entrega tiene que renunciar a cosas por seguir a Jesús, aunque le cueste, va a sentir en lo hondo de su corazón una alegría y una satisfacción tan grande que ninguna otra cosa aquí en la tierra se la podrá dar. Algunos no entienden que para seguir a Jesús en el sacerdocio o la vida consagrada se renuncie a cosas que son buenas porque son queridas también por Dios como puede ser el matrimonio. No entienden ni el celibato ni la consagración virginal al Señor en la vida consagrada. Se renuncia, es cierto, a algo bueno y lícito, pero el gozo que Dios nos da el corazón puede superar todas esas felicidades humanas.

Pedidle al Señor para que quienes nos hemos entregado así por el Reino tengamos siempre la fuerza del Señor para vivir nuestra entrega y consagración.

Sunday, February 27, 2011

Jesús nos mira con cariño y nos pide generosidad y desprendimiento


Eclesiástico, 17, 20-28;

Sal. 31;

Mc. 10, 17-27

‘Jesús se le quedó mirando con cariño…’ dice el evangelio. También nosotros cuando nos encontramos con una persona buena, generosa, de gran corazón parece que lo miramos de otra manera, surge de forma espontánea también en nuestro corazón un aprecio a esa persona.

Aquel joven que se había acercado a Jesús y, postrándose ante El, le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?’ Ya hemos escuchado todo el diálago que sigue con Jesús. Cuando Jesús le dice que cumpla los mandamientos aquel joven responderá: ‘Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño’. Es entonces cuando se manifiesta esa ternura en la mirada de Jesús.

Como en otras ocasiones hemos reflexionado hemos de saber apreciar las cosas buenas de los demás. Y allí donde brilla un buen corazón por la rectitud de su vida, por lo bueno que hace o lo comprometido que está con los demás, hemos de saber valorarlo. No me canso de esta insistencia porque bien sabemos cuánto nos cuesta valorar a los demás. Siempre ponemos ‘peros’. No es que el que haga el bien necesite de nuestra aprobación por lo que hace porque estará obrando en la rectitud de su conciencia, pero siempre es un estímulo para seguir adelante el ser considerado o valorado por los demás, si sabemos dejar a un lado vanidades y vanasglorias.

Jesús le ofrece algo más a aquel buen muchacho. ‘Una cosa te falta; anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego sígueme’. Ya sabemos que no fue capaz de dar ese paso. ‘Era muy rico’, dice el evangelio y no tuvo valor para llegar a ese desprendimiento. ‘Se marchó pesaroso’. Una oportunidad para Jesús darnos más enseñanzas.

Pero nosotros no juzguemos ni condenemos. No somos nadie para juzgar ni para condenar. Nosotros, ¿qué hubiéramos hecho? ¿qué hacemos en este sentido? Algunas veces llegar a decisiones drásticas como las que le está pidiendo Jesús a este joven necesita un tiempo de maduración en el interior. No siempre somos capaces de dar a bote pronto una respuesta. No podemos entrar ni en justificaciones ni en condenas de este joven del evangelio, sino aprender la lección para nosotros. Son tantas las cosas que en nuestro interior vamos sintiendo que el Señor nos pide cada día cuando escuchamos su Palabra, pero no siempre damos la respuesta que desearía el Señor de nosotros. Y el Señor es paciente con nosotros porque siempre nos está esperando.

Como decíamos este episodio dará oportunidad a Jesús para dejarnos muchas enseñanzas. Jesús se lamenta de lo difícil que le es para algunos dar los pasos de una conversión auténtica. ‘¡Qué dificil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! Y los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios’.

Ayer domingo escuchábamos a Jesús que nos decía que no podemos servir a dos señores. ‘No se puede servir a Dios y al dinero’, nos venía a decir Jesús. Lo que El nos pide es un corazón desprendido y generoso; un corazón que no se apegue a las cosas que se conviertan en dueñas de nuestra vida. Somos nosotros los que hemos de estar sobre las cosas, no las cosas sobre nosotros imponiéndonos una esclavitud. Lo que tenemos siempre tiene que estar en disposición de servicio, porque lo que Dios nos ha dado nos lo ha dado para todos. Y si por tus capacidades, tu trabajo o lo que hayas recibido ahora tienes algo, piensa en el bien que puedes y tienes que hacer con eso que tienes a los demás. Somos deudores de los otros y con los otros hemos de compartir lo que somos y lo que tenemos.

Muchas lecciones podemos recibir de este texto del evangelio.

Wednesday, February 23, 2011

Toda Sabiduría viene de Dios


Eclesiástico, 5, 1-10;

Sal. 1;

Mc. 9, 40-49

Durante esta semana hemos venido escuchando en la primera lectura un libro del Antiguo Testamento, el Eclesiástico. Forma parte de los llamados libros sapienciales y nos va ofreciendo unas reflexiones llenas de sabiduría que ayudan al creyente en su camino de fe.

‘Toda Sabiduría viene de Dios’, escuchábamos en el primer versículo del primer capítulo. Esto podría ser una invitación a que pidamos esa sabiduría de Dios. Nosotros como cristianos sabemos que es un don del Espíritu Santo y por eso lo hemos de invocar. Ese don de Sabiduría que nos ayude a conocer y saborear todo el misterio de Dios; ese don de Sabiduría que abra nuestro corazón a Dios y a su Palabra para que en verdad siempre podamos seguir su camino de santidad, su camino de salvación.

‘La sabiduría instruye a sus hijos, estimula a los que la comprenden…’ escuchábamos ayer, ‘los que la retienen consiguen la gloria del Señor, y el Señor bendecirá su morada’. Que así nos veamos bendecidos del Señor, que así en todo busquemos siempre la gloria del Señor, que adquiramos esa sabiduría que nos lleve siempre hasta Dios.

En el texto que hoy hemos escuchado por una parte nos previene para que no apeguemos el corazón a las riquezas, llenándonos de orgullo y prepotencia porque queramos apoyarnos en esas cosas materiales que podamos tener. ‘No confíes en tus fuerzas, nos dice, para seguir tus caprichos; no sigas tus antojos y codicias ni camines según tus pasiones…’

Por otra parte nos previene también para no caer en el pecado de la presunción[1], la excesiva confianza en la misericordia del Señor, que me lleva a permanecer en mi pecado sin hacer nada por convertirme al Señor pensando que como es misericordioso al final me perdonará siempre. Confianza en la misericordia de Dios hemos de tener y mucha, pero precisamente ese confiar en la misercordia del Señor tiene que llevarme a convertirme al Señor, a volver mi corazón a El, alejándome de todo pecado.

‘No te fies…, nos dice, pensando, es grande su compasión y perdonará mis muchas culpas… no tardes en volverte a El ni des largas de un día para otro…’ La consideración del amor infinito y misericordioso de Dios siempre tiene que llevarnos a la conversión, porque ese amor exigirá la respuesta de mi amor.

Fijémonos brevemente en el evangelio hoy proclamado. Podríamos decir que el seguimiento de Jesús lleva a la convivencia fraterna de todos los seguidores en una vida de comunión. Una vida asentada sobre la base del amor. Amor que nos hace generosos y serviciales y amor que buscará todos los medios por una parte para arrancar de si todo lo malo y por otra para evitar todo lo que pueda hacer daño a los demás.

Generosos y serviciales en el amor, sabiendo que cualquier cosa buena que hagamos a los otros, por muy pequeña que nos parezca, tiene mérito ante Dios y de Dios alcanzará premio y recompensa. Nos habla del vaso de agua dado por amor. tendríamos que recordar aquí aquello otro que nos dirá Jesús en el evangelio, que cualquier cosa que hagamos al otro a El se lo estamos haciendo. ‘Estaba sediento, y me diste de beber’, podemos recordar aquí de manera especial por lo del vaso de agua.

Al final del evangelio nos deja una frase como sentencia a la que hemos de saber encontrar su significado. ‘Repartíos la sal y vivid en paz los unos con los otros’. ¿Qué nos querrá decir? Está hablándonos de un compartir desde las cosas más elementales de la vida para que aprendamos a vivir en paz los unos con los otros. Cuando hay amor y generosidad habrá paz y sana convivencia que nos hace felices a todos.



[1] Presunción

"hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia de divinas, (esperando obtener perdón sin conversión y la gloria de Dios sin mérito) CIC #2092

Wednesday, February 2, 2011

Generosidad, disponibilidad, libertad de todo apego porque nuestra fuerza es el Señor


Hebreos, 12, 18-19.21-24;

Sal. 47;

Mc. 6, 7-13

Un nuevo aspecto podemos encontrar hoy en el texto del evangelio de la acción salvadora de Jesús. Hasta ahora le hemos visto a El recorriendo caminos y pueblos de Galilea y Palestina anunciando el Reino, curando de todo tipo de mal. Ha escogido un grupo de discípulos que le siguen más de cerca y le acompañan por todas partes. Ahora El quiere prolongar su acción misionera y salvadora a través de sus discípulos.

‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’. Jesús envía a sus discípulos, a los que ahora llamará apóstoles con su misma misión y para que realicen las mismas obras que El realizaba. Anunciar la Buena Nueva y curar enfermos, liberar a los que sufrían de todo mal. La misma obra de Jesús. Es la misión y el envío de los Apóstoles.

A alguien le podría parecer extraño las recomendaciones que hace Jesús en su envío. Sólo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias, pero nada más. ‘Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja… ni una túnica de repuesto’.

¿Qué significarán esas recomendaciones que les hace y esa pobreza con que han de ir? Decimos es la misma obra y misión de Jesús; ha de ser, entonces, la misma manera de actuar de Jesús. Es el desprendimiento total que evita apegos o deseos de poder, como en otros momentos recomendará. Como caminaba Jesús. Recordamos que no hubo ni sitio en la posada para su nacimiento. ‘El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, le dijo en una ocasión a alguien que quería seguirle.

No podemos buscar seguridades humanas. Nosotros que cuando emprendemos cualquier tarea queremos tenerlo todo previsto y los medios necesarios para poder realizarlo. Pero la obra evangelizadora no se apoya en medios o fuerzas humanas. Algunas veces en nuestra tarea evangelizadora olvidamos estas recomendaciones del Señor. ¿Nos faltará a los apóstoles una profunda identificación con el Señor para llegar a tener su mismo desprendimiento y su misma generosidad? Nuestro apoyo y nuestra fuerza tiene que ser el Señor.

Cuando reflexionaba sobre este texto en primer lugar para mí mismo y también en cómo comentarlo con ustedes, me surgió una conversación con un amigo misionero en Colombia que me hablaba de la escasés de medios con la que tenía que realizar su trabajo apostólico; cómo dependía por una parte principalmente de la generosidad y acogida de las gentes a las que visitaba en las veredas de su extenso territorio misionero para poder llegar hasta ellos y compartir con ellos lo poco que podían ofrecerle, y de las ayudas que desde acá en ocasiones recibía para poder tener lo indispensable para su tarea.

Como nos dice hoy Jesús ‘Quedáos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio… comed lo que os pongan’, que nos dice en otro texto paralelo. Nos podrán recibir y acoger o podrán hacernos el vacío. No hemos de temer porque la confianza la tenemos puesta en el Señor. Mucho nos enseña para esa generosidad de nuestro corazón, para esa disponibilidad que hemos de tener en nuestra vida para seguir al Señor.

‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. Es la tarea de la Iglesia, que en tantos apóstoles, en tantos misioneros, sacerdotes, religiosos y religiosas, en tantas personas comprometidas con su fe se sigue haciendo hoy. Que el Señor nos dé generosidad. Y pidamos para que la Iglesia pueda seguir realizando la obra de Jesús con esa misma libertad interior.

Friday, January 14, 2011

Palabra que nos llama y nos invita a ponernos en camino de nueva vida

Hebreos, 4, 12-16;
Sal. 18;
Mc. 2, 13-17

‘La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espiritu…’ Hermoso texto de la carta a los Hebreos que nos hace ponderar la maravilla y el poder de la Palabra de Dios. Palabra viva y Palabra de Vida; Palabra que nos sana y que nos sana; Palabra que nos llama y nos invita y Palabra que nos pone en camino de nueva vida; Palabra que nos llega a lo más hondo de nosotros mismos y Palabra que nos inquieta e interroga. Es Palabra de gracia y de salvación, de luz y de vida.
Lo contemplamos en Jesús. Estos días así lo hemos venido contemplando en estos textos del inicio del evangelio de Marcos. Anuncia el Reino de Dios, recorre los pueblos y las aldeas de Galilea, va a la sinagoga, les propone la Palabra en casa, llama a los pescadores junto al lago o al pasar por el camino invita a seguirle a Leví, el publicano, pero sirve de interrogante e inquietud en el corazón a todos los que le escuchan aunque no quieran recibirle, sana y salva porque cura de la enfermedad y del mal y perdona los pecados, busca al hombre pecador para llevarle a nueva vida y no teme sentarse a la mesa incluso con aquellos que consideran de mala fama. Es el médico que viene a buscar al hombre enfermo porque quiere la salud y la salvación siempre para el hombre.
Ya lo hemos escuchado en el evangelio proclamado. Cuánto nos enseña Jesús con su manera de actuar buscando siempre al pecador. Llamó a Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos, pero vemos también la prontitud y generosidad de éste para seguir la llamada de Jesús. ‘Se levantó y lo siguió…’ y hasta sentó en su mesa a Jesús y sus discípulos agregándose a este banquete los que eran sus amigos y compañeros de profesión.
Pero las actitudes buenas provocan siempre reacción en quienes las contemplan. Ojalá sea siempre una reacción positiva para hacer lo mismo, pero bien sabemos quien está siempre con la desconfianza y con la sospecha y hasta en los mejores gestos puede ver malas o aviesas intenciones. ‘Algunos letrados fariseos, al ver que comía con recaudadores y otra gente de mala fama, les dijeron a los discípulos: ¡De modo que come con recaudadores y pecadores!’
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. ¿Quién puede considerarse justo delante del Señor? Si somos sinceros con nosotros mismos nos reconoceríamos pecadores. Porque la actitud de aquellos letrados fariseos no es muy distinta de la que tenemos la tentación tantas veces en la vida de tener nosotros también en referencia a los que nos rodean.
Cuántas discriminaciones hacemos en la vida. Cuántas veces llenamos nuestro corazón de sospechas y de juicios contra los demás. Con qué facilidad vemos la paja del ojo ajeno sin darnos cuenta de la vida que llevamos en el nuestro. No tendría que ser esa la actitud que cultiváramos en el corazón. Qué fáciles son las actitudes orgullosas y llenas de soberbia. Pero el hombre humilde es el que es grato al Señor.
Dejemos que esta ‘palabra viva y eficaz’ que estamos escuchando penetre hasta lo más hondo de nosotros y dejémonos interrogar por ella con toda sinceridad allá en nuestro interior. Que siembre la inquietud en nuestro corazón para que sintamos deseos sinceros de acercarnos a Jesús para que nos cure, para que nos sane, para que nos llene de su salvación. El también nos invita a levantarnos de esa situación en la que a veces estamos como apoltronados en nuestra vida y quiere ponernos en camino de vida nueva. Escuchemos su voz. Seamos generosos en nuestra respuesta. Llenemos nuestra vida de la salvación que Jesús nos ofrece.
Quizá, como Leví fue una mediación para que también otros estuvieran junto a Jesús, aquellos otros recaudadores y pecadores, también nosotros podemos ser mediación para que otros lleguen también hasta Jesús. Cuando Jesús nos llama y nos invita a levantarnos seguro que nos quiere confiar una misión, el hacer que otros también puedan conocer la salvación, puedan llegar hasta este médico divino que viene siempre buscando nuestro corazón enfermo para sanarlo y para llenarlo de vida. No nos hagamos sordos a la llamada que el Señor nos hace.

Friday, January 7, 2011

Empezó a enseñarles muchas cosas


1Jn. 4, 7-10;

Sal. 71;

Mc. 6, 34-44

Hermosa relación que podemos encontrar entre el relato de la multiplicación de los panes que nos narra el evangelio y el comentario previo que hace el evangelista. ‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor’.

El pastor cuida de sus ovejas y tiene que llevarla a donde haya pastos abundantes para que se puedan alimentar debidamente. ¿Se referirá entonces a que Jesús sentía lástima de aquellas gentes porque no tenían que comer y para eso hizo el milagro de la multiplicación de los panes para que todos comieran? Creo que todos nos damos cuenta de que el evangelio quiere decirnos algo más.

No negamos la necesidad del pan material pero era otro pan, otro alimento el que aquella gente necesitaba y por lo que Jesús sentía lástima por ellos porque estaban como ovejas sin pastor. Además el mismo evangelista nos dice que cuando Jesús se sintió así ante aquella multitud que le seguía, ‘empezó a enseñarles muchas cosas’.

Seguimos en el ambiente de la Epifanía o de la manifestación del Señor. Lo que la liturgia nos va ofreciendo en estos días y que concluiremos mañana con la fiesta del Bautismo del Señor es un ayudarnos para que descubramos en verdad quién es Jesús. En eso nos ayuda la Palabra de Dios que se nos va proponiendo y vamos escuchando.

El Jesús que contemplamos en Belén y al que le ofrecieron sus dones los pastores, o el Jesús que contemplamos adorado por los Magos de Oriente que le ofrecieron oro, incienso y mirra es el Jesús que es nuestro Salvador, el Hijo de Dios como lo vamos a escuchar proclamar desde el cielo en el Jordán mañana, pero es el Jesús que es nuestro Maestro que nos enseña y que nos conduce al conocimiento de Dios; es el Maestro que será también nuestro Camino y nuestra vida que nos enseñará a ir por sus sendas y a alimentarnos de su vida.

Jesús quiere alimentarnos, sí, pero nos va descubriendo muchas cosas más. Es el Dios amor, como nos ha enseñado hoy la carta de san Juan, pero que ha venido ‘para que vivamos por medio de El’. Es el Dios amor que quiere que nosotros vivamos en su amor y eso nos llevará a unas posturas distintas en nuestra relación con los demás.

Los discípulos andaban preocupados porque era tarde, estaban en despoblado y a aquella gente se les han acabado las provisiones que podían llevar. ‘Despídelos, le dicen, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer’. Ya era una buena actitud esa preocupación. Pero quien les estaba enseñando lo que era el amor de Dios y lo que tenía que ser nuestro amor nos estaba queriendo decir algo más. ‘Dadles vosotros de comer’.

Ni podemos desentendernos, ni podemos quedarnos en bonitas palabras o deseos. El amor nos lleva a comprometernos a algo más. ‘Dadle vosotros de comer’. No tienen ni con qué comprar panes para darle a toda aquella gente ni habrá donde comprarlo, porque estan en descampado. Pero podrán surgir otras iniciativas. ‘Aquí hay cinco panes y dos peces’, pero ya sabemos que eso no es nada para tanta gente. El Señor se encargará del resto cuando por nuestra parte hay esa iniciativa de generosidad. Ya conocemos el resto del evangelio y cómo todos comieron hasta hartarse e incluso sobre en buena cantidad.

Es mucho lo que nos está enseñando el Señor. Quizá sienta lástima de nosotros cuando seamos tan mezquinos que no asome por ningun lado en nosotros la generosidad y la disponibilidad para compartir. Escuchemos la lección y el mensaje de Jesús nosotros que tantas veces decimos que no sabemos que hacer o que no tenemos medios para remediar tanta necesidad o tanta problemática como puede haber en nuestro mundo. Si aprendemos la lección del amor que Jesús nos enseña podremos, incluso con nuestra pobreza o nuestros aparentemente insuficientes medios, hacer muchas cosas si ponemos a trabajar el amor en nuestro corazón. Encontraremos medios, formas para hacer las cosas.

Pero dejémonos nosotros hacer por ese amor de Jesús. Mucho podemos aprender de El y mucho podemos hacer con El.

Tuesday, November 30, 2010

Celebremos y gocemos con su salvación

Is. 25, 6-10;
Sal. 22;
Mt, 15, 29-37

‘Aquel día se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’. Una proclamación de fe, una expresión de esperanza y una invitación a celebrar y gozar con la salvación de Dios. Hermoso mensaje de Adviento. Es lo que vamos expresando en nuestro camino, fe y esperanza, y lo que nos disponemos a celebrar con toda alegría.
Cuando iniciábamos el adviento nos hacíamos una reflexión contemplando los sufrimientos y desesperanzas que vivimos hoy, pero para tratar de descubrir la esperanza que se nos podía despertar en este tiempo de Adviento. El profeta nos anuncia con toda certeza el cumplimiento de esa esperanza. Vendrán unos tiempos nuevos en que con la presencia del Señor que viene con su salvación se van a ver cumplidas y colmadas todas esas esperanzas.
Nuestra esperanza está puesta en el Señor, ‘de quién esperábamos que nos salvara’. Pues aquí está el Señor, que arrancará y hará desaparecer todos los velos de duelo y de llanto, que enjugará todas las lágrimas y todos los pesimismos, porque viene y nos prepara una gran fiesta, un gran banquete. ‘Preparará para todos los pueblos en este monte un festín de manjares suculentos, un festin de vinos de solera…’ Así nos describe la alegría de la fiesta del Reino nuevo que se viene a instaurar. Aquí está el Señor y por eso hemos de hacer fiesta y alegrarnos.
Lo vemos cumplido en el evangelio con la presencia de Jesús. Allí están todos los que habían perdido la esperanza en su pobreza y en sus sufrimientos. ‘Acudió a El mucha gente’ con toda clase de enfermedades y dolencias. Tenían hambre de Dios, de salud, de salvación. ‘Los echaban a sus pies y El los curaba’, dice el evangelio. Pero hizo algo más. La gente estaba desfallecida; había que alimentarlos. Realiza los signos prodigiosos de que todos puedan comer pan hasta hartarse y aún sobrar. Son las señales del Reino. ‘Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara…’
Esos signos tienen que seguirse realizando hoy. Esa esperanza también tienen que verla cumplida los hombres de hoy. Tenemos la certeza de que el Señor viene a nuestra vida, a nuestro mundo y quiere la salvación para todos. Nos ponemos a sus pies para que el Señor nos cure, para que el Señor nos alimente, para que se cumplan nuestras esperanzas más hondas con la presencia del Señor, para que todos podamos gozarnos y celebrar la salvación que Jesús nos trae. Nos ponemos a sus pies pero tenemos que ser nosotros manos y pies que hagan llegar esa presencia de Jesús con su salvación a los demás, a nuestro mundo.
Hablábamos al iniciar el Adviento del camino de solidaridad y de amor que teníamos que hacer. Ese amor de Dios que nos trae la salvación que ahora vamos a celebrar tiene que prolongarse a través de nuestras vidas, de nuestros gestos y nuestras actitudes, de nuestros compromisos concretos y de nuestro compartir para hacerlo llegar a todos. El amor de Dios se tiene que hacer visible entre nuestros hermanos los hombres, y sobre todo de los que sufren, a partir de nuestro amor y de nuestra solidaridad. Así podrán ver los hombres la salvación de Dios que llega a sus vidas.
Cuando lleguemos a celebrar la navidad, a celebrar y gozarnos con la salvación de Dios, tenemos que haber aprendido a amarnos más. Será una navidad más hermosa si nos aceptamos un poquito más los unos a los otros a pesar de nuestros achaques y nuestras majaderías, si hemos sido capaces de perdonarnos una y otra vez cuando nos hemos sentido molestados por alguien, si hemos sabido tener un gesto o un detalle generoso con alguien que está a nuestro lado aunque no nos caiga bien, si hemos procurado que haya más paz en nuestra convivencia de cada día…
Pensemos en cuantas cosas en este sentido podemos hacer para ser mejores, para querernos más, para poder sentir mejor la presencia del Señor en medio nuestro. Si vamos haciendo todas esas cosas es que le estamos haciendo un huequito a Dios en nuestro corazón y de verdad va a nacer en nosotros. Y claro todo esto será motivo de fiesta grande, ese banquete de fiesta del que nos habla el profeta, ese banquete del Reino de Dios que Cristo quiere ofrecernos.
 

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