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Monday, March 28, 2011

Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde


Dan. 3, 25.34-43;

Sal. 24;

Mt. 18, 21-35

‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’

Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.

Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.

Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.

Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.

Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.

Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.

Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.

Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.

Tuesday, October 5, 2010

Señor, enséñanos a orar como lo hacías Tú

Gál. 2, 1-2.7-14;
Sal. 116;
Lc. 11, 1-4

‘Señor, enséñanos a orar’, le pidieron los discípulos a Jesús en una ocasión en que lo habían visto orando. ¿Por qué no se lo pedimos nosotros también?
‘Señor, enséñanos a orar’… enséñanos a sentirnos a gusto con Dios como vemos que tú lo haces, te extasías en El, te transfiguras en El, resplandeces de luz. Enséñanos a transfigurarnos como tú allá en lo alto del monte, porque así nos sumerjamos en Dios como tú lo haces; que como una esponja que se sumerge en el agua y queda toda ella tan empapada e inundada que luego va por todas partes chorreando agua, así nosotros cuando bajemos del monte de la oración vayamos chorreando a Dios, contagiando de Dios a todos con los que nos encontremos, desprendiendo por todos los poros de nuestra alma a Dios.
‘Señor, enséñanos a orar’ y nos llenemos de tu luz, y resplandezcamos como tú resplandecías cuando estabas unido al Padre; como Moisés que cuando bajaba del monte de estar contemplando a Dios y hablando con El cara a cara, volvía tan resplandeciente su rostro de luz que los ojos oscurecidos de los judíos se sentían heridos por tanto resplandor.
‘Señor, enséñanos a orar’ como tú lo hacías y que aprendamos a decir ¡Padre!, a gustar esa palabra y más que la palabra aprendamos a saborear en lo más profundo ese amor inmenso que brota del Dios que tanto nos ama y que es nuestro Padre. Que la saboreemos tanto que nunca nos cansemos de repetirla, de rumiarla una y otra vez en nuestro corazón; que nunca sea una rutina, que nunca la digamos con prisas, que siempre sintamos tu paz en lo más hondo de nuestro corazón.
‘Señor, enséñanos a orar’ llamando Padre a Dios y que ya nunca lo miremos de otra manera, nunca más haya miedo ni temor y porque decimos ¡Padre! sintamos en nuestro corazón una paz grande, un gozo inmenso, una alegría que nunca se apague.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos, sí, a decir Padre porque nos sintamos hijos para siempre, para que aprendamos a ser hijos, a comportarnos como hijos, a vivir como hijos que se sienten amados profundamente por Dios y así aprendamos a amar con ese mismo amor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos a reconocerte como nuestro Padre y como nuestro Señor, nuestro único Señor y Dios al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, porque Dios lo sea todo para mí y ya nada pueda hacer sin Él ni al margen de El.
‘Señor, enséñanos a orar’ para que en nuestra oración aprendamos a abrir nuestro corazón a tu Palabra, a tu Reino, a tu voluntad; para que en todo sepamos agradarte, para que toda nuestra vida sea siempre la búsqueda de tu Reino, y para que siempre el nombre de Dios sea bendecido y santificado, para que todos al final lleguen a reconocerte como nuestro Dios y Señor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que lo hagamos siempre con la confianza y con la perseverancia de los hijos, con la humildad y con el amor de quienes se sienten amados, y que aprendamos que Dios siempre nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos para cada día. Que aprendamos a pedir el pan de cada día y no busquemos riquezas ni grandezas, no queramos acumular cosas sino que nos des lo que necesitamos para una vida digna pero también para poder compartir con los demás y a nadie falte nunca.
‘Señor, enséñanos a orar’ con una oración pura y con un corazón limpio de maldad, con la sencillez de los pequeños pero con la certeza de los hijos que sintiéndose amados saben que Dios siempre los escucha.
‘Señor, enséñanos a orar’ para pedirte perdón pero también para aprender a perdonar, para sentir tu fuerza en la lucha contra el mal, pero para tener la voluntad de evitar y alejarme de toda tentación, para que nos veamos libres de todos los peligros y aprendamos a sentirnos siempre en tu paz.
‘Señor, enséñanos a orar’; habla a mi corazón, que allí en lo más hondo quiero escucharte. Perdóname, Señor, que con tanta insistencia te haya pedido que nos enseñes a orar, pero es que quiero orar como Tú lo hacías.

Saturday, September 11, 2010

La imagen más hermosa de Dios, la misericordia


Ex. 32, 7-11.13-14;

Sal. 50;

1Tim. 1, 12-17;

Lc. 15, 1-32

¿A dónde nos conducen nuestros caminos cuando nos apartamos del querer de Dios? ¿Qué nos ofrece Dios en cambio a esa actitud nuestra que se quiere en cierto modo endiosar cuando quiere hacer prevalecer su yo, su gusto y apetencia por encima de todo? Creo que la Palabra de Dios de este domingo sobre esto nos puede ayudar a reflexionar.
Recojamos las imágenes que nos ofrecen las parábolas del evangelio. La oveja perdida caminará en medio de peligros lejos del rebaño; para la mujer que había extraviado la moneda muy valiosa todo era angustia y desolación; el hijo que quiso construir su vida al margen y lejos de padre terminará en el peor de los vacíos y a punto de desesperación. Pero con el cambio, la oveja o la moneda encontradas, o el hijo en la vuelta a la casa del padre todo será fiesta y alegría.
Qué bien retrata la parábola nuestra vida y situación. Es un reflejo de los caminos que nosotros queremos tantas veces tomar. Ese becerro de metal que se hicieron los judíos en el desierto del que nos habla la primera lectura es el reflejo de ese yo endiosado que pretende seguir sus caminos a su manera y al margen de lo que pueda ser el plan de Dios para nuestra vida. Querían vivir su libertad al margen del Dios que los había liberado de Egipto.
Nos queremos hacer dioses que nos satisfagan nuestros deseos y caprichos; tenemos sueños de hacernos dioses de nosotros mismos donde el criterio de mi vivir y actuar sean mis apetencias, mis caprichos haciendo de nuestro egoísmo orgulloso la única razón de lo que hacemos o vivimos. ¿Por qué me tengo que negar eso que yo deseo? ¿por qué no puedo hacer lo que me apetezca?, que decimos tantas veces. Y al final terminamos siendo, no dioses, sino esclavos de egoísmos y pasiones y caemos en el vacío y la desolación cuando no alcanzamos todo lo que deseamos, y nos desesperamos, y nos dejamos arrastrar por iras y violencias contra todo y contra todos, o caemos en profunda depresión.
Es el retrato del hijo pródigo, del que se marchó de la casa del padre, o también del que lleno de orgullo no sabe aceptar a su hermano. No es necesario volver a describir los detalles que nos da la parábola, hambre, miseria, abandono, soledad. Es nuestro retrato en tantas ocasiones de nuestra vida. Cuántos caminan por la vida como sin rumbo y sin encontrar un sentido hondo a sus vidas; cuántos dejándose llevar por esa carrera de vértigo del egoísmo y la pasión terminan destrozando sus vidas, sin que les parezca que un día puedan encontrar luz para la oscuridad en la que viven.
Una situación que puede tener distintas reacciones; o puede conducirnos al vacío, al aislamiento y a la desesperación, o nos puede hacer recapacitar para conducirnos a Dios, si dejamos oír su voz en nuestro corazón, para desde su misericordia y amor encontrar la plenitud y la dicha.
Aunque caídos en esos caminos de muerte, de vacío, de desolación, si no dejamos que la luz de la fe se apague en nuestra vida, podemos darnos cuenta de que todo puede recomenzar de nuevo, que Alguien está buscándonos y esperándonos – como aquel pastor que buscaba la oveja perdida, o aquella mujer que barría toda la casa para encontrar la moneda valiosa extraviada, o como aquel padre paciente que siempre esperaba la vuelta del hijo -; desde esa luz de la fe podremos descubrir que el amor no nos va a tener en cuenta lo malo que hayamos hecho sino nuestra vuelta y nuestro encuentro con El; podemos vislumbrar que se nos ofrece la perspectiva de empezar una vida nueva y distinta.
¡Qué distinta es la manera de reaccionar de Dios a cómo nosotros reaccionamos! Muchas veces queremos ser tan justicieros que olvidamos lo que es la misericordia, la compasión y el perdón. Tenemos que aprender del Padre del cielo que es compasivo y misericordioso siempre. Nos vale para nosotros encontrar esperanza desde la negrura de nuestro pecado para levantarnos y nos vale también para la humanidad que hemos de poner en nuestro trato y aceptación de los demás.
Cuando el hijo llega a la presencia del padre queriendo expresarle de mil maneras su arrepentimiento y su petición de perdón, el padre se lo comerá a besos, casi no le dejará hablar para no tener que recordar lo pasado, y encima lo vestirá de fiesta ofreciéndole un banquete de bienvenida. Si nos fijamos en lo que Pablo hoy nos dice, da gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio; eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente…’ Por eso afirmará rotundamente ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero, y por eso se compadeció de mí…’
Rotundamente, sí, tenemos que afirmar que Dios siempre está dispuesto al perdón y a ofrecernos su abrazo de amor. No castigó a su pueblo que se había hecho un becerro de metal que ocupara su lugar, sino que siguió conduciéndolo hasta la tierra prometida. La alegría del cielo, la alegría de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta, que nos decía Jesús concluyendo las dos primeras parábolas. ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado’, que dice el padre preparando un banquete de fiesta para el hijo que había vuelto.
Es la esperanza que renace en nuestro corazón porque sabemos que, aunque somos pecadores y tantas veces queremos vivir nuestra vida al margen de Dios, es el Padre bueno que siempre nos busca y nos espera con sus brazos de amor bien abiertos para darnos su abrazo de paz y de perdón.
Pero es también, como decíamos antes, la misericordia de la que hemos de llenar nuestra vida, a imagen del Dios compasivo y misericordioso, para tratar con una humanidad casi divina a los demás; para que siempre confiemos en el otro – cuánto nos cuesta -, para que siempre demos esperanza al hermano, para que sepamos alentar a todo caído que nos encontremos en la vida y le ayudemos a levantarse para vivir con nueva ilusión y entusiasmo reconstruyendo su vida, como nosotros mismos lo intentamos también tantas veces.
Y finalmente decir también es el rostro misericordioso que tiene que ofrecer siempre la Iglesia, porque siempre tiene que manifestarse como imagen y signo de ese Dios del amor y de la misericordia, que sigue creyendo en nosotros a pesar de nuestras debilidades y que sigue contando con nosotros. Es la imagen más hermosa de Dios que la Iglesia puede y debe ofrecer.

Wednesday, September 8, 2010

La medida del amor en el estilo de Jesús

1Cor. 8. 1-7.11-13;
Sal. 138;
Lc. 6, 27-38

La medida del amor, ¿hasta dónde tiene que llegar? Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos… no juzguéis… no condenéis… perdonad… dar y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Nos va enseñando un estilo nuevo. Nos va enseñando una nueva forma de amar. Nos está señalando la amplitud que ha de tener nuestro amor. ‘Como vuestro Padre que es compasivo…’
Cuando amamos de verdad no ponemos límites ni medidas, no somos tacaños sino generosos. Cuando amamos de verdad lo vamos a hacer con todos y de forma generosa. Por eso no tenemos que mirar quien sea amigo o enemigo, quien me haga el bien o quien me haya hecho daño. Cuando amamos de verdad, repito, hay generosidad en el corazón y nuestra respuesta al otro nunca será ni la violencia ni la maldición, siempre será una respuesta de bien, de bendición, de generosidad para ser capaz si fuera necesario de desprenderme de lo que tengo para compartirlo con el otro; en nuestra respuesta de amor no estaremos buscando ni recompensas, ni compensaciones, ni correspondencias que pudieran ser como una paga a mi amor.
Es sublime lo que nos enseña Jesús. Tan sublime que en nuestros razonamientos humanos a veces nos cuesta entenderlo y pueden aparecer sutilmente rabitos de amor propio y hasta de egoísmo en nuestro amor. Somos fáciles para poner medidas, límites, condiciones. ¿Es que tengo que amar a todos? ¿es que tengo que amar también al que ha hecho daño? ¿y al que me cae mal? ¿y también a aquel que no es del grupo de mis amigos? ¿y aquel otro que es un egoísta y nunca ayuda a nadie? Siempre buscamos alguna pega, alguna dificultad.
Como decía el sabio del Antiguo Testamento – lo escuchamos el pasado domingo - nuestros pensamientos algunas veces son mezquinos y falibles. ‘¿Quién rastreará las cosas del cielo, quien conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ Es lo que tenemos que pedir.
‘Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo… amad a los enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo…’
La medida del amor, comenzábamos preguntándonos, ¿hasta dónde tiene que llegar? Aquí tenemos la respuesta. Un amor sublime, generoso, que nos supera y que entonces sólo con la fuerza de la gracia divina podremos tener. Un amor por el que tenemos que ser distintos. Porque además el modelo de nuestro amor es el amor que Dios nos tiene. ‘Compasivos como vuestro Padre que es compasivo… seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos…’
Es que los que creemos en Jesús, los que lo seguimos y somos sus discípulos tenemos un sentido distinto de las cosas, de la vida, del amor. Es precisamente lo que nos hace cristianos, discípulos de Jesús. Será nuestro distintivo. ‘En esto se conocerá que sois discípulos míos’, nos decía Jesús en la última cena cuando nos dejaba el mandamiento del amor.
Que nos conceda el Señor el Espíritu del amor.

Wednesday, August 11, 2010

Hasta setenta veces siete

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22;
Sal. 112;
Mt. 18, 21-19, 1

Una consecuencia más para una vida que está totalmente informada por la caridad, como decíamos ayer. Hoy nos habla Jesús del perdón por las ofensas o por las injurias que hayamos recibido. Quizá tendríamos que recordar de nuevo lo que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Entre otras cosas ‘el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Todo lo excusa, todo lo perdona, porque siempre el amor está por encima de todo.
Quizá Pedro, después de escuchar a Jesús hablar de las características del amor que nos tiene que llevar a buscar y querer siempre lo bueno para los demás, ayudándoles a superar también las propias limitaciones o fallos que se tengan, se plantea y pregunta, y ¿si me ofenden a mí? ¿hasta donde tiene que llegar mi amor? ¿a perdonarle? Pero, ¿cuántas veces?
‘Señor, si mi hermano me ofende; ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús con ese juego de números del setenta veces siete para en el fondo decirnos que tenemos que perdonar siempre. Y para ello Jesús nos propone una parábola que lo que viene a plantearnos es que si nosotros hemos recibido misericordia, cómo no vamos también nosotros a tener misericordia con los demás. Eso es lo que quiere realmente Jesús enseñarnos.
Creo que es algo en lo que hemos de detenernos a reflexionar hondamente. Considerar lo generoso que es Dios con nosotros que siempre nos está ofreciendo el perdón cuando hemos sido nosotros los que le hemos ofendido. Entregó a su propio Hijo para darnos y manifestarnos su amor y su perdón. Cuánta es la generosidad de Dios. Qué grande es su amor.
Duro y mezquino tiene que ser el corazón del hombre que ha experimentado en sí la misericordia de Dios que le perdona, para no ser capaz él de tener misericordia también con el hermano y perdonar con la misma generosidad. Porque es cuestión de amor, es cuestión de generosidad. Sin embargo la parábola nos está reflejando lo que es la triste realidad que vivimos; no hace otra cosa sino contar lo que habitualmente nosotros hacemos. Cuánto nos cuesta perdonar. Qué fáciles somos para guardar rencor y resentimiento eterno por lo que nos hayan podido hacer. Qué generosidad nos hace falta en el corazón. Quita esa espina de tu corazón que tanto daño te hará.
Uniría al comentario a este texto algo en lo que ya en otra ocasión hemos reflexionado. Y es recordar la recomendación que Jesús nos hace en el sermón del monte cuando nos habla del amor a los enemigos. ‘Habéis oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan. De este modo seréis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos…’ Esta es una buena clave para perdonar; ésta tiene que ser una hermosa práctica para llegar a ser generosos en nuestro perdón para con los demás. Ora por ellos, reza a Dios por aquel que te haya ofendido o te haya hecho mal. Sentirás la fuerza y la gracia del Señor.
Y finalmente recordemos la bienaventuranza. ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. Que merezcamos esa dicha y esa felicidad porque siempre pongamos misericordia en el corazón y seamos capaces de perdonar generosamente siempre al hermano.

Monday, April 19, 2010

No es el discípulo mayor que su maestro y Esteban dio testimonio con la entrega de su vida

Hechos, 7, 51-59;
Sal. 30;
Jn. 6, 30-35

Jesús les diría un día a sus discípulos: ‘Acordáos de las palabras que os he dicho: no es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que lo envía, ni el discípulo mayor que su maestro… si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán… os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por causa de mi nombre…’
He querido recordar estas palabras de Jesús cuando hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles del martirio de Esteban que se iba a convertir en el primer mártir, el protomártir. Estamos viendo como calcado en Esteban el cumplimiento de las palabras de Jesús, que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’, como escuchamos ayer. Se repite en cierto modo lo que anteriormente se nos ha dicho de la predicación y del actuar de los apóstoles. Ayer escuchábamos cómo ‘no podían hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’.
Hoy contemplamos cómo sus palabras provocan la ira de los judíos que lo echan fuera de la ciudad y allí lo lapidan hasta darle muerte. Esteban, ‘lleno del Espíritu Santo’ contempla la gloria de Dios y con la fuerza del mismo Espíritu podrá repetir palabras y gestos de Jesús en su muerte en la cruz. También como Jesús pedirá a Dios que no tenga en cuenta el pecado de aquellos hombres, como Jesús que desde la cruz los disculpaba: ‘Señor, no les tengas en cuenta su pecado’; igualmente en el momento de expirar pondrá su vida en las manos de Jesús como éste lo hiciera en la Cruz poniéndose en las manos del Padre: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’.
El proceso contra Esteban y su martirio podíamos decir que reproduce en cierto modo el proceso contra Jesús y su pasión y muerte. Unos testigos falsos también atestiguarán para buscar motivos para darle muerte y ya hemos escuchado como repite los gestos y las palabras de Jesús en la cruz. Sólo quien está lleno del Espíritu de Dios como lo estaba Esteban podía hacerlo. Pero aquí vemos también el cumplimiento de lo anunciado por Jesús que nos dijo que no nos preocupáramos de nuestra defensa porque El nos daría su Espíritu que sería nuestra fortaleza y pondría palabras en nuestros labios.
Esteban es el testigo de Cristo que proclama el evangelio con arrojo y valentía porque lo guía la fuerza irresistible del Espíritu. Recordemos cómo los apóstoles le habían impuesto las manos cuando fue elegido para ser uno de los siete primeros diáconos, como hemos visto en días pasados. Da testimonio Esteban ante los jueces y ante quien quisiera oírlo de cómo contempla la gloria de Dios y llega a dar el supremo testimonio del martirio, testimonio a precio de su sangre.
¿Qué podemos colegir nosotros de todo esto que estamos recordando y reflexionando? Por una parte ser capaces de poner nuestra vida siempre en las manos del Padre, porque en todo siempre queremos hacer su voluntad. Por otra parte se capaces como Jesús en la cruz y como Esteban en su martirio de perdonar y de disculpar siempre incluso a aquel que nos haya podido hacer mal.
Recordar finalmente también que nosotros hemos de ser testigos, que a nosotros también se nos ha dado el don del Espíritu Santo en el Sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en heraldos de Cristo. Que el Señor nos dé esa misma valentía y audacia para llevar el nombre de Jesús a los demás, para empapar este mundo en que vivimos de Evangelio. Que el Espíritu nos vaya inspirando en todo momento esas obras buenas que hemos de hacer, esa valentía del bien y del amor con lo que nos convertimos en esos testigos valientes de nuestra fe, de Cristo nuestro Señor.
 

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