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Friday, November 26, 2010

Allí en medio crecía el árbol de la vida y gritamos ¡Marana tha!

Apoc. 22, 1-7;
Sal. 94;
Lc. 21, 34-36

Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un paraiso donde Dios colocó a Adán; nos lo describe atravesado por un río y en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios al crear al hombre lo quería para la felicidad y la vida aunque el hombre prefiera la muerte al dejar meter el pecado en su corazón.
Ahora en la última página de la Biblia, al finalizar el libro del Apocalipsis al hablarnos de la ‘nueva jerusalén, la ciudad santa, el nuevo cielo y la nueva tierra’ nos la describe también con imágenes semejantes a las del paraiso porque también nos habla de un río que atravesaba la ciudad y de un árbol de la vida. ‘A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía el árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones’.
Ahora todo será vida y será luz. Si en el paraíso el hombre sintió la tentación de ser como Dios, ahora partícipes de la vida de Dios podrá ver a Dios cara a cara. ‘En la ciudad está el trono de Dios y el del Cordero… lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente’. Nos recuerda lo que el mismo Juan nos decía en su primera carta. ‘Somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste seremos semejantes a El y le veremos tal cual es’.
Y todo será luz. Si al principio del evangelio Juan nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no la recibieron, ahora las tinieblas han desaparecido para siempre ‘ya no habrá mas noche, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará la luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos’.
Un último grito se oirá en el Apocalipsis, que hoy hemos repetido como responsorio en el salmo. ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’. Es la súplica repetida en la liturgia de la Iglesia y que si aparece hoy en el último día y la última celebración del año litúrgico, comenzaremos el Adviento, un nuevo año, con esa misma súplica que iremos repitiendo en todo el Adviento. ‘Ven, Señor Jesús’.
Pero es la súplica de la Iglesia también en cada Eucaristía. Cuando celebramos la Pascua, cuando hacemos presente sobre el altar todo el sacrificio de Cristo de forma incruenta, también será esa nuestra suplica. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’. Es que ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Es la esperanza que nos mueve a la vigilancia y a la atención. ‘Mientras esperamos su venida gloriosa…’ Es la esperanza y la vigilancia que nos hace estar despiertos y atentos. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza…’ nos decía Jesús en el evangelio. ‘Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Terminamos un año litúrgico para comenzar ya con las primeras vísperas de hoy un nuevo ciclo litúrgico al iniciar el Adviento que nos prepara para la navidad. No sólo vamos a celebrar su primera venida en la carne, sino que vivimos en la esperanza de su segunda venida gloriosa y en plenitud. ‘Cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar’ como vamos a decir en el prefacio del Adviento. Por eso ahora pedimos, suplicamos, gritamos ‘¡Marana Tha! Ven, Señor Jesús’

Monday, November 22, 2010

Señales que nos invitan a la conversión y a la solidaridad

Apoc. 14, 14-20;
Sal. 95;
Lc. 21, 5-11

El texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado es parte del escuchado hace un par de domingos. Es en lo que la liturgia de la Iglesia nos insiste de manera especial en estos días. Aspectos de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que nos conviene recordar, tener muy presente, porque tenemos el peligro de perder esa trascendencia que hemos de darle a nuestra vida.
Seguiremos leyendo este capítulo 21 de san Lucas durante esta semana del final del año litúrgico desde esa perspectiva del anuncio de los tiempos finales que nos hace Jesús. Un texto, el que iremos escuchando durante toda esta semana, que invita a la perseverancia y a la vigilancia. Nunca para el temor sino siempre para la esperanza. En el fondo una invitación a la conversión, como una invitación al amor y a la solidaridad.
Parte Jesús, como ya indicábamos el otro día, del anuncio de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo. ‘Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? ¿Cuál será la señal de que todo esto está para suceder?’ le preguntan. Pero nos invita a no dejarnos engañar. Más que de los últimos tiempos les está hablando ahora de todos esos tiempos difíciles por los que hemos de pasar a través de la historia. Guerras, revoluciones, terremotos, epidemias, catástrofes… Pero nos previene Jesús. No habrá de hacerse caso de falsos profetas que querrán ver en todo ello señales del fin del mundo. ‘Muchos vendrán usando mi nombre, diciendo “yo soy”, o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos’.
Pero sí podremos ver en esas cosas llamadas e invitaciones del Señor, por una parte a nuestra conversión personal para que vayamos mejorando nuestro mundo y no permitamos entonces que esas desgracias sean por causa humana. Jesús nos pone en camino de un mundo en paz, de un mundo donde nos sepamos entender, de un mundo en el que evitemos enfrentamientos y violencias.
Es el Reino de Dios al que El nos invita y con el que tenemos que sentirnos comprometidos desde nuestra fe y nuestro amor cristiano. Si ponemos más amor en nuestra vida, si ponemos más amor en nuestras relaciones personales con los que están a nuestro lado cada día, podemos ir haciendo ese mundo mejor, ese mundo de paz, del que desterremos odios y violencias. Tendrían, entonces, que desaparecer las guerras y los enfrentamientos.
Pero podemos ver también una llamada y una invitación en ese mismo camino de conversión a la solidaridad más auténtica. Desgracias y calamidades se suceden en nuestro mundo, muchas veces por causas naturales como puedan ser terremotos y demás violencias de la naturaleza. Y es ahí donde hemos de saber hacer resplandecer nuestra solidaridad, nuestro amor cristiano más genuino.
Al menos podemos actuar desde la misericordia y la compasión para remediar males, para consolar en las tristezas de la vida o para servir de consuelo con nuestro amor a los que sufren. Cuánto podemos hacer de eso cada día con los hermanos que están a nuestro lado en el sufrimiento de la enfermedad, de una discapacidad o de tantas limitaciones que nos pueden ir apareciendo en la vida. Ahí tenemos que expresar con toda autenticidad y con toda intensidad nuestro mejor amor, nuestro amor cristiano.
Tengamos muy presente todo esto en nuestra vida, en el camino de nuestra fe. Que no se enfríe nunca nuestra esperanza. Que no se apague la llama del amor de nuestro corazón. Convirtámonos de verdad al Señor.

Monday, November 15, 2010

Sé ferviente y conviértete

Apoc. 3, 1-6.14-22;
Sal. 14;
Lc. 19, 1-10

Cuando entraba en Jericó se encontró con el ciego que le salía al encuentro gritándole que tuviera compasión de él para recobrar su visión perdida. Ahora atravesando la ciudad va a ir al encuentro de un pecador que tienes deseos de verle. Allí está Zaqueo que al no poder hacerlo de otra manera se ha encaramado a una higuera para verle desde allí sin que nadie se interpusiera.
Muchas veces hemos meditado sobre este encuentro del hombre pecador con la gracia. La luz llegó también a su vida y se dejó iluminar. ¡Cómo tendríamos que aprender! Buscaba conocer a Jesús, aunque sólo fuera desde la distancia – quizá no se consideraba digno – pero eso bastó para que Jesús quisiera ir a su casa. ¡Cuánta sería la sorpresa pero también la alegría de poder recibir a Jesús! ‘Bajó enseguida y lo recibió contento en su casa’, dice el evangelio. Y ya vemos cómo se transformó su vida. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa’, diría Jesús tras las resoluciones de nueva vida que hacía Zaqueo compartiendo todo lo suyo con los pobres y restituyendo a quienes había defraudado.
Ahí está Cristo, el Hijo del hombre, que viene a buscar y a salvar. Aquí está Cristo que también nos mira directamente como hiciera con Zaqueo y se auto-invita para venir a nuestra casa, a nuestra vida. Espera nuestra hospitalidad, la apertura de nuestro corazón. Quizá no nos sentimos dignos porque también nos consideramos pecadores pero aún así El quiere venir hasta nosotros, porque nos busca, porque nos ofrece su salvación, porque quiere regalarnos su gracia y su vida. ¿Nos costará bajarnos de la higuera? ¿Nos costará arrancarnos de nuestras cosas, de nuestras rutinas, de nuestras malas costumbres? Aprendamos de Zaqueo. Espera Jesús sólo que demos el paso delante de querer conocerle, de querer estar con El, para El inundarnos con su amor.
En la Palabra del Señor que cada día escuchamos El nos está llamando e invitando continuamente. Desde ayer hemos comenzado a escuchar el Apocalipsis. Una profecía de esperanza en nuestras luchas y en nuestros deseos de caminar en fidelidad al Señor. Pero es una Palabra viva que llega también a nuestra vida planteándonos seriamente ese camino de fidelidad.
En lo que hoy hemos escuchado habla claramente a las Iglesias de Sardes y Laodicea. ‘Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir…’ E invita a la Iglesia de Sardes a guardar la Palabra que había recibido, pero manteniéndose en vela ‘porque si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a que hora vendré sobre ti’.
Nos recuerda esto lo que hemos escuchado en estos días de lo que Jesús nos ha dicho en el evangelio, de la vigilancia, de la atención que hemos de poner ante su venida.
En la Iglesia de Laodicea denuncia la tibieza de su espíritu. Ni frío ni caliente. Así andamos a veces. Así tenemos el peligro de entrar en rutinas. Tenemos que despertar, avivar el fuego del Espíritu en nuestro corazón. Y mira lo que nos dice el Señor: ‘A los que yo amo los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y conviértete’. No rechacemos la corrección del Señor. Es prueba del amor que nos tiene.
‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’. Que merezcamos esa dicha.

Thursday, November 11, 2010

Así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre

2Jn. 4-9;
Sal. 118;
Lc. 17, 26-37

Realmente el texto del evangelio es un texto impresionante y que produce una cierta turbación si no sabemos entender bien lo que Jesús quiere decirnos. Pero Jesús nunca querrá que perdamos la paz. Será algo que escucharemos en otras ocasiones en el evangelio. Además sabemos que siempre hemos de saber leer el evangelio mirándolo como en su conjunto y unos textos nos ayudarán a encontrar sentido y a entender otros que se nos puede hacer más difícil su comprensión.
En una palabra ¿no querrá Jesús decirnos que hemos de estar siempre atentos y preparados para la llamada que El quiera hacernos o cuando quiera manifestársenos? Es algo que en estos pasajes del evangelio Jesús nos repite y lo oiremos continuamente sobre todo ahora en este final del año litúrgico y al iniciar luego el tiempo del adviento cuando nos habla Jesús de sus tiempos finales.
Nos habla hoy Jesús poniéndonos varios ejemplos, en tiempos de Noé con el diluvio, en los tiempos de Lot y los castigos de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Nos habla de sucesos imprevistos o que no se esperaban en el momento de suceder, pero lo que nos está diciendo es precisamente eso, nuestra vigilancia, nuestra atención y preparación para eso momento.
Pero en la vida también estamos rodeados de hechos y sucesos imprevistos y que nos acaecen repentinamente. Hechos ante los que nos h emos preguntado quizá más de una vez y por qué sucedió eso, porque le sucedió a esa persona y no a mí. Será un accidente mortal con personas que resultas muertas o malheridas, mientras quizá a otros no les pasa nada; será una catástrofe que afecta a pueblos y a personas con graves consecuencias de calamidades y miserias: será una enfermedad que viene de repente y no sabemos por qué nos sucede eso; será una muerte repentina como tantas que suceden a nuestro alrededor. Y nos hacemos también muchas preguntas, muchos por qué que quedan sin contestar.
Como nos dice Jesús hoy en el evangelio ‘así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre’. Nos puede estar hablando Jesús de ese final de los tiempos, como nos puede estar hablando también de todas esas cosas que suceden a nuestro alrededor o que nos pueden suceder a nosotros también.‘A uno se lo llevarán y a otro lo dejarán’, repite en dos ocasiones Jesús en el evangelio.
Sin querer ser catastrofístas ni estar mirando las cosas desde posturas negativas sin embargo podríamos quizá preguntarnos si con esto no nos estará llamando la atención el Señor. Puede ser una invitación, como nos dice en otras ocasiones, a que estemos preparados porque ‘a la hora que menos pensamos viene el Hijo del Hombre’. Y hemos de estar preparados. Y hemos de estar vigilantes y atentos. Y hemos de aprender a darle un sentido y un valor a la vida, a los que hacemos para que busquemos lo que realmente es importante.
Son cosas en las que hemos de pensar aunque nos cueste o no nos guste. Y eso hemos de pensarlo con serenidad, con paz, sin llenarnos de agobios y temores. Muchos el pensar en la enfermedad grave, en un accidente o en la muerte ya se llenan de temores y angustias. ¿Por qué no pensar en que el Hijo del Hombre, viene a nuestro encuentro, nos llama a estar con El y que lo que realmente quiere para nosotros es una vida feliz en plenitud total? Porque detrás de todo eso, que muchas veces entra en el misterio de Dios que se nos hace indescifrable y en cierto modo misterioso, está el amor de Dios que nos ama, que es nuestro Padre y que siempre quiere ofrecernos su vida y su perdón. Para eso está el obsequio de nuestra fe, la obediencia de nuestra fe con la que nos ponemos siempre en las manos del Señor.
Que no nos falte la fe, que no nos falte nunca la esperanza, porque asegurado tenemos siempre el amor que Dios nos tiene. Sólo nos falta responder nosotros también con amor.

Tuesday, October 19, 2010

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Ef. 3, 2-12;
Sal.: Is. 12, 2-6;
Lc. 12, 39-48

‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre’. Una invitación que nos hace Jesús para que no andemos en la vida distraídos olvidando la meta final y definitiva de la vida.
Lo expresamos de muchas maneras en la liturgia, lo confesamos en nuestra fe, pero pareciera que este artículo de nuestra fe y nuestra esperanza lo olvidáramos fácilmente o no lo tuviéramos en cuenta. ¿Será acaso por una falta de trascendencia en nuestra vida? ¿será porque sólo pensamos en la vida presente y nos falta la esperanza de la vida eterna?
Ayer ya nos decía Jesús en el texto del evangelio entonces proclamado: ‘tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. A la manera del criado que tiene que estar vigilante a la espera de la llegada de su señor; o a la manera del administrador que tiene que estar atento a sus obligaciones y responsabilidades ejerciendo además su función con lealtad y justicia; o a la manera del dueño de casa que tiene que estar vigilante para que no llegue el ladrón y le robe todo lo que tiene.
‘Pedro le preguntó: Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?’ Por la respuesta de Jesús pareciera que en principio está haciendo un llamamiento a aquellos que van a tener una función en su iglesia. Los pastores en estas palabras hemos de sentir la advertencia y la invitación de Jesús para que ejerzamos nuestro servicio y ministerio atendiendo bien a ese pueblo de Dios que el Señor nos ha encomendado y que no podemos hacer dejación de esa atención que hemos de tener y de ese alimento que en la Palabra de Dios hemos de dar al pueblo de Dios que se nos ha encomendado. Rogad al Señor para que seamos fieles cumplidores del mandato y de la encomienda del Señor. Nos confiamos también a vuestra oración.
Pero también estas parábolas, como dice Pedro, estas advertencias y esa invitación a la vigilancia y a la esperanza es para todos. Podemos pensar en ese encuentro final y definitivo con el Señor, que no sabemos cuando el Señor nos va a llamar y hemos de estar siempre preparados. Preparados con esperanza y con confianza, nunca con temor.
Algunos cristianos cuando oyen hablar de la muerte se llenan de temores y angustias. ¿Por qué temer si vamos a encontrarnos con el Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonarnos? Claro que hemos de vivir nuestra vida de cada día con rectitud, con santidad, llenándola de muchas obras buenas y santas, de mucho amor. Es el tesoro que nos dice Jesús que acumulemos en el cielo. Es esa vigilancia para que la tentación y el pecado no nos venzan. Es ese deseo y compromiso de vivir siempre en al gracia y la amistad de Dios que hemos de cuidar.
Pero esa vigilancia ha de ser cosa de cada día y de cada momento porque el Señor viene a nosotros, se nos manifiesta de muchas maneras, quiere hablarnos allá en lo hondo de nuestro corazón y andamos en la vida muy distraídos y no sabemos escucharlo. El Señor va poniendo muchas señales de su presencia a lo largo del camino de nuestra vida y de muchas maneras nos va haciendo llamadas a nuestro corazón. Viene el Señor y viene con su gracia y con su amor. Estemos atentos a su presencia.
Si ahora, en el día a día de nuestra vida, somos capaces de vivir esa presencia de Dios junto a nosotros, a Cristo que camina a nuestro lado y nos llena de su gracia, no temeremos ese encuentro final porque sabemos que siempre será para dicha, para felicidad total, para estar junto a Dios para siempre. El Señor es misericordioso y compasivo.

Thursday, August 26, 2010

Cuidemos nuestra luz para poder pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos

1Cor. 1, 17-25;
Sal. 32;
Mt. 25, 1-13

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’. Así había anunciado Jesús en el evangelio. Lo escuchábamos ayer. Propone diversas comparaciones o parábolas. Como el dueño de casa que está vigilante para que el ladrón no abra un boquete y entre a robar. Como el sirviente de casa que espera a que su señor vuelva para abrirle apenas llegue. Como el administrador que tiene que estar responsablemente atendiendo a todos sus deberes y preocupándose de todo y de todos.
Todo habla de vigilancia, de atención, de responsabilidad. Cosas muy necesarias en la vida en cualquiera que sea la ocupación o la responsabilidad que tengamos. Pero actitudes fundamentales ante la venida del Señor que ha puesto la vida y el mundo en nuestras manos.
Hoy nos ha propuesto Jesús una nueva parábola. Parábola en la que Jesús utiliza las costumbres de la época y las circunstancias concretas en que se vivía entonces. A la hora de la boda el novio venía con sus amigos a casa de la novia, pero las amigas de ésta habían de salir al camino a recibirle y además llevar las correspondientes luces que iluminaran las sombras del camino. Esto le vale a Jesús para proponernos la parábola y dejarnos un hermoso mensaje de cada a esa necesaria vigilancia en la vida y la responsabilidad con que hemos de asumirla.
El novio podía tardar más o menos según distancias o problemas que surgieran en el camino, por eso la espera exigía ser lo suficientemente previsor para que no faltara la luz por mucho que fuera la tardanza. Lámparas de aceite que habían de llevar el suficiente de repuesto. podríamos decir, pero este caso en algunas de aquellas doncellas no fue así. Cuando finalmente llega no podrán tener encendida su lámpara y habrán de buscar el aceite necesario. No habían tenido la suficiente previsión. Llega la hora de la boda y ellas no podrán entrar, pues habían tenido que ir a comprar. ‘No sé quienes sois, no os conozco…’
¿Nos podrá suceder a nosotros así? ¿Qué nos querrá decir el Señor? No podemos contentarnos con vivir la vida alegremente pensando que ya tendremos tiempo para hacer los arreglos necesarios para cuando nos llegue la última hora. ‘No sabemos el día ni la hora’ a la que nos va a llamar el Señor. Hemos de estar preparados, en consecuencia. La amargura y desesperación con que algunos se enfrentan con esa hora decisiva de su vida que es la muerte, puede ser una señal de que a lo largo de nuestra vida poco hemos pensado en la trascendencia que habíamos de darle a todo lo que hacíamos o vivíamos.
Cuando lo que voy viviendo lo hago con ese sentido de trascendencia pensando que un día vamos a encontrarnos con el Señor al que tenemos que darle cuenta de nuestra vida, seguro que lo que vamos haciendo lo intentaremos hacer desde la mayor rectitud, siempre con un sentido bueno, y en verdad llenando nuestra vida de obras buenas que nos pudieran merecer ese encuentro con el Señor para la dicha y la felicidad eterna.
Como un signo, y nos vale la imagen de la luz de la que nos habla la parábola hoy, recordemos que en nuestro bautismo se nos dio una lámpara encendida, tomando su luz del cirio Pascual, o sea tomando su luz de Cristo que es la verdadera luz del mundo. Y ya se nos encomendó entonces que habíamos de mantener esa luz encendida y nuestras vestiduras blancas y puras para poder salir al encuentro del Señor. ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿Hemos mantenido encendida la luz de la fe y de la gracia divina en nosotros a lo largo de toda nuestra vida? Si así lo hemos intentado no estaremos con temor y miedo, porque sabemos que con esa luz vamos a pasar a la Luz que no tiene fin, porque vamos a encontrarnos con el Señor para vivir con El para siempre durante toda la eternidad.
Cuidemos nuestra luz. Cuidemos nuestra fe. Cuidemos la gracia de Dios en nuestra alma. Vivamos la responsabilidad de nuestra vida con la mayor rectitud y santidad. Así podremos pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos para disfrutar de Dios por toda la eternidad.

Saturday, August 7, 2010

Una palabra de aliento que nos habla de responsabilidad, disponibilidad, trascendencia


Sab. 18, 6-9;
Sal. 32;
Heb. 11, 1-2.8-19;
Lc. 12, 32-48

‘No temas, pequeño rebaño…’ comienza diciéndonos Jesús hoy. ‘No temas…’ podíamos decir que es una invitación pascual a la esperanza y a la alegría a pesar de tantas incertidumbres y angustias que nos pudieran afectar. Los que creemos en Jesús estamos siempre invitados a la esperanza y con un optimismo nacido de la fe nos enfrentamos a la vida. En varios momentos del evangelio escuchamos esa invitación.
Pero quizá los temores y las angustias del mundo que nos rodea nos afectan y pudieran llevarnos también a nosotros a un desencanto y desesperanza. Sin embargo hemos de escuchar aquel hermoso texto del concilio Vaticano II en el que nos decía que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo’. Pero nosotros tenemos motivos de esperanza desde nuestra fe en Jesús. Por eso nunca nos podrá el temor ni la desesperanza.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura nos ofrece un hermoso testimonio haciéndonos una hermosa lectura del testimonio de los antiguos Patriarcas. ‘Por su fe, son recordados los antiguos… con fe murieron sin haber recibido lo prometido…’ pero no les faltó la esperanza. Es lo que nosotros hemos de aprender.
Como decíamos son muchos los nubarrones que oscurecen la vida en los tiempos que vivimos. Decimos que son momentos de crisis en tantos aspectos de la vida, aunque de entrada nos encandile la crisis económica con toda la secuela de pobreza y de miseria que están viviendo tantos hermanos nuestros.
Pero creo que es algo más amplio y más hondo lo que sucede. Se ha perdido para muchos la esperanza y cuesta para muchos ver la salida o algún rayo de luz al final del túnel. Pero es que ha habido muchos valores que se han perdido en nuestra sociedad cuando nos acostumbramos a una vida fácil y sin sacrificio, donde la austeridad era una palabra maldita que no se quería oír, donde nadie sabía negarse nada en todos los sentidos y sólo sabíamos dejarnos llevar, donde los valores espirituales quedaban oscurecidos u ocultos desde el materialismo o sensualismo en que se vivía.
Y esto nos afecta a todos y a todos puede hacernos daño. Todos podemos caer en esas redes de desesperanza, de materialismo, de ansias de confort y pasarlo bien, dejando a un lado valores importantes para la persona. Y muchas veces vemos en los cristianos señales de esa desesperanza y desilusión, de ese cansancio y de falta de ideales. Nos parece ver negras también las cosas en el seno de la iglesia por tantos problemas en que nos vemos envueltos, por una pérdida de la religiosidad en nuestra sociedad, por la ausencia de la gente de nuestras celebraciones o por la falta de vocaciones, por citar algunas cosas.
La palabra de Jesús en el evangelio ha tenido y sigue teniendo una validez total para el camino del hombre, para el camino de nuestra vida. Palabra de aliento, de ánimo y de esperanza. Palabras que nunca nos pueden llevar a la pasividad, sino todo lo contrario. Palabras que hemos de escuchar con un corazón abierto.
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…’ nos dice Jesús. Como el criado que espera la llegada del amo, como el dueño de casa que tiene que cuidarla y estar vigilante para que no le entre el ladrón, como el administrador que tiene que cumplir su tarea y su responsabilidad. Nos está hablando Jesús de responsabilidad y de fidelidad, de disponibilidad y generosidad, de trascendencia. Son cosas que no podemos olvidar, que hemos de tener muy presentes. Con mucha esperanza y con mucha confianza puesta totalmente en el Señor. ‘Nosotros aguardamos al Señor… es nuestro auxilio y escudo… que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti’ rezábamos en el salmo.
Con esa fe y esa esperanza no cabe, pues, los temores. Seremos un pequeño rebaño, como nos llama hoy Jesús, y un rebaño pequeño y débil porque también nosotros los cristianos sentimos la debilidad en nuestra vida que muchas veces incluso llevado al pecado, pero tenemos la certeza del amor del Señor que no nos deja, no nos falla nunca. Estará siempre a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu que nos sana, nos fortalece, nos llena de la salvación del Señor. ‘Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’, nos decía Jesús.
Por eso llenamos de trascendencia nuestra vida. Y el tesoro que queremos ganar no son ganancias terrenas sino que queremos que sea ‘un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla’. Es ese tesoro en el que queremos poner nuestro corazón.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida. Queremos mantener íntegra y firme nuestra fe y nuestra esperanza. Es el cimiento verdadero de nuestra vida. No nos puede faltar. Igual que Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura, que por fe obedeció y se puso en camino. Por eso nos ponemos en las manos del Señor con una disponibilidad total dispuestos incluso al sacrificio, como Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Nos ponemos en camino, nos sentimos peregrinos, nos dejamos conducir por nuestra fe en el Señor, buscando la verdadera patria pero sin olvidar esta tierra que pisamos, en la que vivimos, con la que nos sentimos comprometidos a hacerla mejor.
Con esa fe nos enfrentamos a esa tarea y responsabilidad que tenemos también ahora en la construcción de nuestro mundo, agobiado por tantas crisis, pero que sabemos que podemos irlo transformando según esos valores del Reino de Dios en el que creemos y por el que luchamos. No nos importa el sacrificio, la entrega de nosotros mismos y el poner lo nuestro a disposición del bien de los demás con generosidad total. Lo que nos decía Jesús en el evangelio para alcanzar el verdadero tesoro. Unos valores que tenemos que recordar y rescatar para nuestro mundo.
Un mundo que tenemos que llenar de esperanza pero esperanza de la verdadera, de la trascendente, que le de auténtica profundidad a lo que hacemos y vivimos. Tenemos los pies en esta tierra pero miramos hacia arriba, más allá de lo que ahora somos y vivimos porque tenemos una esperanza que veremos cumplida en el Señor.
 

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