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Tuesday, November 16, 2010

Les repartió diez onzas de oro para negociarlas

Apoc. 4, 1-11;
Sal. 150;
Lc. 19. 11-28

‘Les dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. Subían a Jerusalén. Jesús había hecho tantos anuncios y sentían que algo iba a suceder. Había anunciado Jesús la llegada del Reino desde el principio de su predicación y estaba la esperanza ardiente de la venida del Mesías. ¿Qué es lo que tenían que hacer?
Y Jesús por este motivo les propone una parábola. ¿Qué quería realmente decirles Jesús? Porque les habla de que había que hacer fructificar aquellas onzas de oro que había puesto en manos de sus empleados. ¿Qué relación podía tener una cosa y otra?
Cuando estamos ansiosamente esperando algo y vislumbramos o ya sabemos que de un momento a otro se va a realizar, pudiera ser que bajáramos la guardia y ya nos pusiéramos en actitud pasiva, una esperanza pasiva. Probablemente cuando Lucas escribe el evangelio pudieran también estar pasando aquellos primeros cristianos por una situación así. Recordemos que san Pablo habla fuerte y claro a los Tesalonicenses porque creían que la segunda venida del Señor era inminente y algunas ya se dedicaban a vivir sin trabajar. Y como escuchamos el pasado domingo, les dice tajantemente que ‘el que no trabaja que no coma’.
La esperanza cristiana no es una actitud pasiva. No es simplemente cruzarnos de brazos y esperar. La esperanza que nosotros vivimos, y esperamos la vida eterna, y esperamos el poder llegar a vivir en plenitud con el Señor – de todo eso hemos venido reflexionando últimamente – pero precisamente esa esperanza no nos adormece ni anquilosa, sino que nos hace más activos, nos hace vivir con mayor intensidad nuestras responsabilidades y nuestro compromiso de amor.
Ese cielo y esa gloria de Dios que tan maravillosamente nos describe hoy el Apocalipsis no es para adormecernos y hacernos olvidar nuestras luchas y responsabilidades, sino todo lo contrario. La esperanza de ese cielo, de esa gloria de Dios de la que nosotros podemos participar nos obliga a vivir con mayor intensidad nuestra vida, a poner más fuerza de amor en lo que hacemos. La esperanza de la plenitud del Reino nos compromete más intensamente a ir realizando, construyendo día a día ese Reino de Dios en nuestro mundo. Por ese Reino de Dios hemos de saber arriesgar nuestra vida, entregar nuestra vida en el amor cada día.
Es lo que Jesús quiere decirnos con la parábola que hoy nos narra Lucas. Es la paralela a la que nos narra san Mateo, que nos habla de talentos. Con aquellos talentos que Dios nos haya dado, esas onzas de oro que ha puesto en nuestras manos, en nuestra vida en nuestras cualidades y capacidades, en las responsabilidades que tenemos que asumir y el trabajo que tenemos que realizar, tenemos que dar fruto. Onzas de oro, las llama el Señor en la parábola. ¿No tendríamos que aprender a valorar esas cualidades y capacidades de las que Dios nos ha dotado? No podemos decir que nada valemos porque el Señor con la vida ha puesto en nuestras manos una riqueza muy grande.
‘Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro diciéndoles: negociad mientras vuelvo’. Y no nos pide el Señor un fruto cualquiera. Está en razón de cuanto nos ha dado el Señor. Pero bien sabemos que para lograr ese fruto no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia del Señor. Vivamos con intensidad la responsabilidad de nuestra vida y los dones que Dios ha puesto en ella.

Friday, August 27, 2010

Porque fuiste fiel… pasa al banquete de tu Señor

1Cor. 1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Es cuestión por parte nuestra de responsabilidad y fidelidad hasta en lo más pequeño , porque por parte de Dios siempre habrá una mayor magnanimidad que los méritos que nosotros podamos hacer.
Sigue hablándonos Jesús de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestra vida y para ello nos propone esta parábola que llamamos de los talentos. Es el hombre que se va al extranjero y confía a sus empleados sus bienes, como hemos escuchado. Distintas responsabilidades, o mejor decimos, distintas funciones porque a cada uno les confía diversa cantidad de talentos. Todos han de rendir cuentas a la vuelta de su señor. Cada uno ha de comportarse con la más absoluta responsabilidad aunque sean diversos los talentos que se les haya confiado y de todos espera aquel señor el rendimiento de sus cuentas. Y será exigente con sus empleados, pero será generoso, magnánimo con los que han sabido mantener su responsabilidad y su fidelidad.
Como decíamos, no es sólo cuestión de hacer méritos, sino de fidelidad. Cuando en la vida vamos actuando sólo en la búsqueda de méritos nos faltará generosidad en nuestra responsabilidad porque sólo vamos por el interés y andamos poniendo medidas en aquello que hacemos y ya sabemos que nuestras medidas son siempre raquíticas.
La medida de nuestra responsabilidad generosa ha de ser siempre grande tanto para aquel que tiene grandes o especiales funciones y responsabilidades – porque se le han confiado muchos talentos – como para aquel que puede parecer el último – porque se le han confiado quizá pocos talentos -.
‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira he ganado otros cinco… dos talentos me dejaste; mira he ganado otros dos… Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor…’ Han sabido ser fieles en lo que se les había confiado, ahora la generosidad de su señor con ellos será grande; ‘te daré un cargo importante, pasa al banquete de tu señor…’ Así se manifiesta su gran magnanimidad. Es así el Señor con nosotros. Las medidas del Señor siempre serán más generosas de lo que nosotros podamos imaginar. Aunque lo mismo es exigente con aquel que actuó con miedo y cobardía y solamente enterró el talento entregado para no perderlo. No era eso lo que tenía que hacer.
Miremos nuestra vida y seamos capaces de reconocer cuánto hemos recibido del Señor desde la vida misma a cuántas otras cosas en las que se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida a lo largo de nuestros años. ¿Cómo vamos a presentarnos delante del Señor? Seamos capaces de ver la mano de Dios en el camino de nuestra vida. Y seámosle agradecidos por esos dones que nos ha regalado, por esos valores y cualidades de que nos ha dotado.
Hagamos en verdad fructífera nuestra vida desde esa responsabilidad y generosidad que tiene que llenar nuestro corazón. Cualquiera que sea la situación que ahora vivamos, jóvenes o mayores, con muchas o pocas posibilidades, con lo que es la realidad de nuestra vida no enterremos el talento que Dios ha puesto en nuestras manos. Que un día podamos escuchar de sus labios ‘porque fuiste fiel…’ porque fuiste generoso, porque vivista la vida con responsabilidad, ‘pasa al banquete de tu Señor’, al banquete del Reino de los cielos. Mucho es lo que nos regalará entonces el Señor para que vivamos en la felicidad eterna.
 

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