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Monday, June 6, 2011

Quien se deja conducir por el Espíritu será hombre espiritual


Hechos, 20, 17-27;

Sal. 67;

Jn. 17, 1-11

Me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, solo sé que el Espiritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas…’ Hermoso testimonio de quien se deja conducir por el Espíritu Santo.

Pablo que había estado en Éfeso, había recorrido las diversas Iglesias de Acaya y ahora se dirige a Jerusalén. Al pasar por Mileto, no teniendo tiempo de visitar de nuevo la comunidad de Efeso manda a buscar a los principales responsables de aquella Iglesia y allí en Mileto les dirige la palabra que es algo así como una despedida porque sabe que el Espíritu lo va conduciendo de nuevo a Jerusalén y allí le aguardan ‘cárceles y luchas’, como más adelante vemos en los Hechos de los Apóstoles.

Pero fijémonos en las palabras y en el testimonio de Pablo en esta despedida. Quien se deja conducir por el Espíritu Santo es hombre espiritual y llegará a dar verdadera gloria al Señor con toda su vida. Así es la vida de Pablo, entregado a predicar el Reino como testigo del evangelio y a quien ahora sólo le preocupa cumplir el encargo recibido. Pero Pablo nos está dando muestras de la profundidad de su fe y de su vida y de la altura de su espiritualidad para así dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Todo siempre para la gloria del Señor que es lo que él busca.

Pero no siempre es fácil alcanzar esa altura espiritual. No siempre es fácil dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Somos muy de carne y la carne es flaca como les diría Jesús a los discípulos en Getsemaní. Somos débiles y cuando presentimos la tentación y la lucha tenemos el peligro de sentirnos sin fuerzas. Nos arrastra mucho la pasión y el egoísmo y podemos estarle poniendo límites a nuestra entrega y a nuestro amor porque queremos reservarnos para nosotros mismos en muchas ocasiones. Tenemos miedo a poner toda esa disponibilidad para dejarnos conducir por el Espíritu ante el temor de lo desconocido, de lo que nos pueda pedir el Señor.

Tenemos que entrenarnos para lograr esa disponibilidad y esa generosidad del corazón. Y no son entrenamientos físicos, como podemos comprender. Es crecer en el amor del Señor y aprendiendo a cultivar en nosotros un amor semejante al del Señor. Para ello necesitamos estar muy unidos al Señor, unión que no lograremos de verdad sino a partir de una purificación interior y de un crecimiento de nuestro espíritu de oración.

Si el sarmiento no está unido a la vid, a la cepa, hemos escuchado recientemente, no podrá dar fruto. Es lo que tenemos que hacer nosotros. Así crecerá nuestra espiritualidad; así le daremos verdadera profundidad a nuestra vida; así aprenderemos a discernir e interpretar correctamente lo que nos sucede y a escuchar la voz del Espíritu en nuestro corazón sin ninguna confusión.

No acallemos esa voz del Espíritu en nuestro interior. Hagamos verdadero silencio espiritual para poder escucharla, para poder sentir esa presencia del Espíritu en nosotros. Hay ruidos que nos han ensordecido los oídos del corazón, como aquel que está siempre rodeado de sonidos estridentes y le han dañado ya el oído y no sabrá distinguir un sonido suave y agradable o el susurro de las cosas hermosas. Cuántas cosas, en nuestras pasiones, con nuestros orgullos, en nuestro egoísmo han ido ensordeciendo los oídos del alma, o distraen nuestro espíritu. Tendremos que afinar de nuevo nuestro espíritu y nuestro corazón para poder escuchar ese susurro de Dios que nos hará sentir suavemente su amor en nosotros.

Estamos en esta semana de preparación para Pentecostés y nuestra oración constante es pedir que se derrame el Espíritu de Dios en nuestros corazones. Pidámoslo con insistencia, con amor, con perseverancia para poner también disponibilidad en nuestro corazón. Pidámosle que nos conceda el espíritu de fortaleza para con valentía decir sí a todo lo que nos vaya pidiendo Dios aunque sean cosas costosas y dolorosas. Con la fuerza del Espíritu Santo todo será posible y podremos en verdad dar gloria en todo momento al Señor.

Thursday, May 19, 2011

A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación


Hechos, 13, 26-33;

Sal. 2;

Jn. 14, 1-6

‘A vosotros, todos los que teméis a Dios, se os ha enviado este mensaje de salvación’. Es para nosotros también. Cada vez que escuchamos la Palabra del Señor estamos recibiendo este mensaje de salvación. No nos contentamos con recordar. El Señor a nosotros nos habla también hoy, en el hoy de nuestra vida. No es sólo un recuerdo de hechos pasados, aunque vayamos haciendo memoria de esa Palabra dicha, ese mensaje de salvación, pero que nos dice el Señor hoy también a nosotros.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos ido contemplando el comienzo del primer viaje de Pablo y Bernabé, enviados por el Espíritu del Señor. Habían ido primero a Chipre y pronto saltaron al Asia Menor. Desde Perge de Panfilia por donde desembarcaron se dirigieron a Antioquía de Pisidia y allí en la Sinagoga el sábado fueron invitados a hablar después de que se hizo la lectura de la Palabra.

Ayer recordábamos el resumen de la historia de la salvación que les hacía Pablo hasta el momento de la predicación del Bautista proclamando un bautismo de conversión como preparación al que había de venir. Hoy ya el anuncio que escuchamos es más concreto refiriéndose a Jesús. ‘Los habitantes de Jerusalén no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo… pero Dios lo resucitó de entre los muertos… nosotros os anunciamos que la promesa que hizo Dios a nuestros padres nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

Es el anuncio claro, valiente, comprometido que hacen de Jesús, de su salvación. ‘A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación’. La redención de Cristo abarca a todos los hombres, a todos ha de llegar su gracia y su perdón. Y es el anuncio, el Kerigma de salvación, que los apóstoles les vienen a traer. Es en Jesús en quien hay que creer porque El es en verdad nuestro único Salvador.

Decíamos al principio que para nosotros también es ese mensaje de salvación. Es lo que celebramos y vivimos. Tiene que ser en verdad nuestra vida. Es el anuncio y proclamación que nosotros hacemos en nuestra celebración. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ aclamamos con fe cuando venimos a la Eucaristía. Es el misterio, el sacramento de nuestra fe que celebramos. Es una proclamación de nuestra fe lo que estamos haciendo.

‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias…’ decimos en la plegaria eucarística. Memorial de la muerte y resurrección del Señor. Proclamación de nuestra salvación y nuestra redención que nos viene por la muerte y la resurrección del Señor. Lo decimos todos los días pero es necesario que muchas veces nos detengamos un poco a reflexionarlo, a rumiarlo en nuestro corazón, para que no sean unas palabras dichas sin más, sino que sea en verdad esa expresión de nuestra fe, esa proclamación de nuestra fe.

Queremos poner toda nuestra fe en Jesús y seguirle. Como nos dice en el evangelio hoy es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Ya tendremos oportunidad de reflexionarlo más porque este mismo texto lo vamos a proclamar en el quinto domingo de pascua. Poner nuestra fe en Jesús y seguirle es vivirle, hacerlo vida nuestra. Nuestra única vida que nos da plenitud. No es solamente hacer cosas para ser buenos, copiar o imitar, sino vivir. Es meter a Cristo en nuestra vida. Como hemos reflexionado más de una vez, cuando le comemos en la Eucaristía nos hacemos uno con El; es una unión tan profunda que El habita en nosotros y nosotros habitamos en El.

Que lleguemos a entenderlo y a vivirlo, vivir su salvación.

Wednesday, May 4, 2011

El que cree en el Hijo posee la vida eterna


Hechos, 5, 27-33;

Sal. 33;

Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo, no verá la vida…’ Viene a ser la conclusión del largo encuentro de Jesús con Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús. Le habló de nacer de nuevo para ver el Reino de Dios; le habló del amor inmenso del Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida eterna, como ayer reflexionábamos. Hoy nos dice que quien no cree en el Hijo no verá la vida; para poseer la vida eterna es necesario creer en Jesús.

Tendríamos que decir que todo lo que nos narran los evangelios es para despertar nuestra fe en Jesús como nuestro Señor y nuestro Salvador. Es la Buena Noticia de la Salvación, y esa Buena Noticia no son cosas ni meramente hechos sino una persona, Cristo Jesús. Claro que en Jesús veremos hasta donde llega el amor de Dios, contemplaremos su vida, lo que hace y lo que nos enseña; y todo para provocar la fe en nosotros, para que crezca esa fe y creyendo alcancemos la vida eterna.

Estamos leyendo el evangelio de Juan. Cuando lleguemos al final, realmente lo escuchamos en estos días pasados, en concreto el domingo, cuando se nos narraban las apariciones de Jesús resucitado, pues bien, al final del evangelio se nos dirá: ‘Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos: éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.

Vida y vida eterna por el nombre de Jesús; vida y vida eterna si creemos en El. Por la fe le aceptamos no simplemente como una idea, o un personaje por muy importante que nos parezca; por la fe aceptamos a Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y si ha venido a salvarnos es para arrancarnos de la muerte, para darnos vida, y no una vida cualquiera sino vida eterna. Una fe y una vida que tiene que transparentarse en nuestra propia vida. Nos impregnamos de la fe, de la vida de Dios, no como algo añadido externamente, sino como algo que sentiremos en lo más hondo de nosotros mismos. Algo de lo vamos a dar testimonio con nuestras obras, nuestras palabras, con toda nuestra vida. Aunque nos sea difícil y nos cueste.

El testimonio que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles, y en concreto en esta lectura hoy proclamada, es hermoso. Los Apóstoles están incluso en la cárcel por hablar del nombre de Jesús; les prohíben hablar, los acosan y persiguen; ahora los traen de nuevo ante el tribunal del Sanedrín, porque el ángel del Señor los había liberado de la cárcel y estaban de nuevo predicando en el templo.

‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’, replican cuando les dicen que les habían prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… la diestra de Dios lo exaltó haciéndole jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.

Hermoso ejemplo y testimonio. Que el Espíritu del Señor esté también con nosotros para que nos dé esa valentía. Que el Espíritu del Señor inunde nuestra vida para que creyendo en Jesús nos llenemos de vida eterna.

Cómo tenemos que cuidar nuestra fe. Es el don más precioso que Dios nos ha dado. Algo sobrenatural que nos trasciende y nos un sentido nuevo a nuestra vida. Mucho tenemos que meditar sobre nuestra fe para que lleguemos a ahondar en todo el misterio de Dios; mucho tenemos que meditar para purificarla y hacerla más auténtica; mucho tenemos que meditar en todo esto para que cada día podamos conocer más y más a Jesús y así crezca también más y más nuestra fe.

Le pedimos a Dios ese don de la fe. Le damos gracias al Señor por esa fe, que un día recibimos de nuestros padres, que se ha alimentado en la vida de la Iglesia y en ella, en comunión plena con la Iglesia, queremos vivirla.

Sunday, April 24, 2011

Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor

Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor

Hechos, 2, 14.22-32; Sal.15; Mt. 28, 8-15

Seguimos diciendo ‘éste el día en que actuó el Señor…’ Seguimos sintiendo la alegría y el gozo de la resurrección del Señor. Seguimos viviendo el hoy de la resurrección del Señor, el hoy de nuestra salvación. Toda esta semana de la octava de Pascua es como un día grande que se prolonga a lo largo de los ocho días como si fuera uno sólo que seguimos viviendo con la misma solemnidad y alegría. Decimos hoy también ‘éste es el día en que actuó el Señor’.

Durante toda esta semana iremos contemplando en el evangelio diversos momentos en torno a la resurreción de Jesús. Porque seguimos meditándolo, rumiándolo hondamente en nuestro corazón. Seguimos afirmando nuestra fe en Cristo resucitado. Y eso tanto en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que además será la primera lectura de todo nuestro tiempo de pascua, como en los textos del evangelio que se nos proclaman.

Es importante para afirmar la resurrección de Jesús la primera escena del evangelio en el encuentro con el Señor resucitado de las mujeres que fueron al sepulcro, como ya escuchábamos en la noche de la vigilia pascual. Pero importante para esa misma afirmación es la segunda parte del evangelio con el engaño y soborno que pretendían con que los guardias dijeran que mientras ellos estaban durmiendo los discípulos se habían robado el cuerpo de Jesús. Un hecho que se vuelve contra ellos, porque en cierto modo es una afirmación y reconocimiento del hecho de la resurrección, del que los guardias son los primeros testigos. Repito, todo nos viene a reafirmar en nuestra fe en el Señor resucitado.

Como escuchábamos, ‘mientras las mujeres se marchaban a toda prisa, impresionadas y llenas de alegría’ por lo que los ángeles les habían anunciado, para ‘anunciarselo a los discípulos’, Jesús les sale al encuentro. ‘Alegraos… no tengáis miedo’. Nos dice el evangelista que ‘ellas se acercaron, se postraron ante El y le abrazaron los pies’. Sorpresa, alegría, se encontraban con Jesús. Era un reafirmar lo que los ángeles les habían anunciado. Allí estaba Jesús.

Y está ahora el envío de Jesús: ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. En Mateo, en la brevedad con que trata el hecho de la resurrección, la aparición de Cristo resucitado a los discípulos se desarrolla en Galilea. Los otros evangelistas, sobre todo Lucas y Juan, nos hablan más de las apariciones de Jesús en Jerusalén.

Pero sea una cosa u otra hay algo que podemos destacar. El encuentro con Cristo resucitado entraña siempre una misión. El encuentro con el Señor que nos llena de vida, de alegría, que nos hace crecer en nuestra fe, nos impulsa siempre al encuentro con los demás, al anuncio que de Jesús tenemos que hacer siempre a los demás. Quien cree en Jesús se hace misionero, anunciador del evangelio. Quien cree en Jesús ese regalo grande que ha recibido de Dios que es su fe ha de compartirlo con los demás. Nos sentiremos siempre enviados.

En este sentido, aunque sea brevemente, hagamos referencia al discurso de Pedro, en el mismo día de Pentecostés. Han recibido el Espíritu del Señor e inmediatamente salen a anunciar a Jesús a los demás. Aunque pudiera parecer atrevimiento el hablar con la claridad que hace Pedro ante unas personas que cincuenta días antes han crucificado al Maestro. Ese Jesús a quien vosotros matásteis colgándolo de un madero, Dios lo resucito rompiendo las ataduras de la muerte. Y es que el que cree en Jesús tiene que ser siempre valiente para dar testimonio del Señor, de su fe en todo momento y ante todos.

Que el Señor nos haga crecer y madurar en nuestra fe de esa manera y nos dé esa valentía para anunciarlo.

Sunday, October 17, 2010

El evangelista de Buenas Nuevas de alegría a los pobres y de la misericordia del Señor


San Lucas Evangelista

2Tim. 4, 9-17;
Sal. 144;
Lc. 10, 1-9

Celebramos hoy al evangelista san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Bien nos habla él en el principio de estos libros de su interés por conocer la verdad de Jesús con todos los hechos y acontecimientos de su vida y escribirlos con orden para que los podamos conocer.
San Pablo lo cita en sus cartas como compañero que permanece con él, incluso en momentos difíciles en que otros han dejado a Pablo. Lucas de origen o al menos de cultura griega un día conocería el evangelio de Jesús y se convirtió en discípulo; pero quiso ser más porque nos dejó el evangelio trasmitiéndonos así todo lo que él había conocido de Jesús. Es lo primero que hemos de destacar de Lucas, el evangelista, el trasmisor del Evangelio.
Muchas cosas se podrían resaltar del evangelio de Lucas. Destacaremos algunas cosas que nos puedan ayudar en su fiesta a conocerle, pero sobre todo a través de su evangelio a llegar también nosotros a un mayor conocimiento de Jesús.
Es el evangelista que nos anuncia buenas nuevas de alegría tanto en el relato del nacimiento de Jesús como en la resurrección. ‘Os anuncio una gran alegría…’ trasmitieron los ángeles a los pastores según el relato que nos hace Lucas. Alegría trasmitieron también los ángeles a las mujeres que iban al sepulcro al anunciarles que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo porque Jesús había resucitado. Y por fijarnos en algunas cosas más Jesús en el evangelio de Lucas nos habla de la alegría del cielo cuando un pecador se arrepiente se convierte, igual que la fiesta que hace el padre a la vuelta del hijo que estaba perdido y lo habían de nuevo encontrado.
Pero es también el evangelista que nos habla de la Buena Noticia, el Evangelio, que se anunciará a los pobres. Será en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús mismo lee al profeta Isaías comentando que lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Por eso el evangelista al darnos su relato de las bienaventuranzas llamará dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
Será el evangelista que nos narrará las más hermosas parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios cuando nos habla de la oveja perdida, la moneda extraviada o el hijo pródigo que marcha de la casa del padre, para hablarnos, como decíamos, de la alegría del cielo, pero de la misericordia de Dios que nos busca y nos ofrece siempre el abrazo de su amor y su perdón. Mucho más podríamos o tendríamos que profundizar en todo esto.
Finalmente destaquemos algo que nos repite Lucas en varias ocasiones en los Hechos de los Apóstoles que es la vida de comunión que hay, que tendría que haber siempre en consecuencia, entre todos los que creemos en Jesús. En los Hechos nos dirá de aquellas primeras comunidades que ‘el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, de manera que nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas'. Ya antes nos había dicho que ‘todos perseveraban unánimes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión y en la fracción del pan y en las oraciones…’
Lo pedíamos en la oración litúrgica, ‘vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Que seamos capaces desde el conocimiento de Jesús en que vayamos creciendo más y más, vayamos creciendo en comunión entre nosotros. Desde que creemos en Jesús no es de otra manera como podemos vivir. Pero que eso despierte en nosotros también ese ardor misionero para anunciar el evangelio a los demás. Jesús había enviado a sus discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios y los Hechos nos relatarán esa acción misionera de la primera Iglesia.
Empapémonos del Evangelio cuando hoy estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Y que arda en nosotros ese celo porque también ese evangelio sea anunciado a los pobres, a los que sufren, a todos, porque para todos es esa buena noticia y para todos es ese año de gracia del Señor.

Monday, April 12, 2010

La fe en Jesús desemboca siempre en comunión

Hechos, 4, 32-37;
Sal. 92;
Jn. 3, 11-15

La fe en Jesús resucitado siempre desemboca en la comunión. En nuestra fe cristiana están íntimamente unidos. Mal se puede entender una auténtica fe en Jesús que pretendamos vivirla por nuestra cuenta o a nuestro aire. Es una exigencia fundamental de nuestra fe en Jesús el amor y la comunión.
Bien lo entendieron las primeras comunidades cristianas, porque la fe que profesaban en Jesús les hacía vivir unidos. Hemos venido escuchando que desde la predicación de los apóstoles, desde el testimonio que daban con valentía de la resurrección del Señor eran más y más lo que se adherían a la fe y se unían a la comunidad de hermanos. Y es que esa comunión era luego la mejor expresión de la fe que tenían en Jesús.
Cristo había sido levantado a lo alto para que todo el que creyera en El alcanzara la vida. Hoy nos decía el evangelio continuando con la conversación de Jesús y Nicodemo que ‘así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Lo hemos comentado muchas veces. Es una clara referencia a la crucifixión de Jesús y a su glorificación. Porque se humilló hasta hacerse el último y el esclavo de todos, sometiéndose a la muerte de cruz pero Dios lo levantó y su nombre está sobre todo nombre y no hay ningún otro nombre en el que podamos salvarnos.
Creemos en Jesús, nos unimos a El para alcanzar la vida eterna. Y ¿en qué se manifiesta que tenemos vida? En que nos amamos. Es hermoso el testimonio que nos ofrece hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía…’ Y nos habla a continuación cómo vendían sus posesiones para ponerlo a los pies de los apóstoles y nadie pasara necesidad.
¡Cuánto tenemos que aprender! Qué hermoso testimonio se nos ofrece en el libro de los Hechos en aquellas primeras comunidades cristianas. Tengamos también ojos de fe y de amor para ver ese mismo testimonio en muchas situaciones a nuestro alrededor y en muchas personas que viven una consagración al Señor así. Es el ideal de todo cristiano, pero es el ideal que viven los consagrados al Señor de manera especial en la vida religiosa.
Era una comunión que llega al extremo de compartir todos los bienes materiales, pero era una comunión nacida del amor que les hacía quererse de verdad, sentirse auténticamente en comunión desde lo hondo del corazón los unos con los otros. Y nos ofrece también el testimonio de Bernabé, a quien luego seguiremos viendo en su entrega apostólica a lo largo de los Hechos de los Apóstoles.
Pedíamos en la oración que el Señor nos hiciera capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado. Que lo hagamos con nuestras palabras y nuestra vida, que lo hagamos con nuestro amor y nuestra comunión, que lo hagamos con nuestro desprendimiento y nuestra generosidad. ‘Los apóstoles daban testimonio con mucho valor de la resurrección del Señor’, nos decía el libro de los Hechos. Que ese sea también nuestro testimonio valiente. Un testimonio que se manifieste por nuestra comunión de hermanos.
 

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