Showing posts with label Emaús. Show all posts
Showing posts with label Emaús. Show all posts

Saturday, May 7, 2011

Emaús un camino de ida y vuelta

Hechos, 2, 14.22-33;

Sal. 15;

1Pd. 1, 17-21;

Lc. 24, 13-35

El camino de Emaús es un camino de ida y vuelta. El camino que hicieron aquellos discípulos que habían perdido la esperanza y se hallaban hundidos en un mar de dudas y desesperanzas pero que a la vuelta fue un camino de carreras de alegría y de gozo inmenso. ¿Será nuestro camino? ¿Será el camino que hacemos o que tenemos que hacer?

Cuando en este tercer domingo de Pascua escuchamos este relato se nos ilumina el corazón por dentro y sentimos renacer también en nosotros esperanzas y alegrías, encontrando respuesta a oscuridades y dudas. Aunque seguimos viviendo la alegría de la fiesta de la Pascua también tenemos el peligro de perder el ritmo o de volver a nuestras rutinas olvidando quizá un poco todo lo hermoso que hemos vivido en estos días pasados.

Aquellos discípulos parecía que habían perdido la esperanza. Andaban tristes y preocupados. El peso que llevaban en el alma incluso les cegaba sus ojos para no ver y reconocer precisamente a quien tanto habían buscado. ‘Jesús en persona se acercó a ellos y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo’.

Pero ahí está Jesús donde están nuestras dudas y pesimismos, nuestros desalientos y desilusiones. El quiere ser siempre luz que ilumine, espíritu vivificador que levante el ánimo, gracia que nos fortifique y aliente.

Aquellos discípulos estaban pasando por una fuerte crisis. Habían puesto sus esperanzas en Jesús y parecía que ahora todo se venía abajo con un fracaso. Ellos se sentían defraudados y fracasado. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel… fue un profeta poderoso en obras y palabras… los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte… hace dos días que sucedió todo esto y aunque el sepulcro está vacío a El no lo vieron…’

Todo se venía abajo y no parecía que pudiera levantarse de nuevo. La cruz había sido un escándalo muy fuerte y difícil de superar. Tantas veces sucede cuando tenemos que enfrentarnos en la vida a la cruz, al dolor, al sufrimiento, a la incomprensión, a los malos momentos. Se nos tambalea la vida bajo los pies y todos nuestros principios y creencias parece que desaparecieran.

Ellos habían contemplado todo aquello que había sucedido, pero quizá les había faltado una mirada de fe, un leer los hechos y la historia también a la luz de la Palabra de Dios, de la ley y los profetas. Pero allí está Jesús, pero ellos todavía no lo ven ni lo reconocen, aunque luego dirán que algo habían estado comenzando a sentir por dentro cuando El les hablaba.

‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.

A la luz de la Palabra del Señor tenemos que saber leer la vida y nuestra historia. Es el Señor el que nos habla y nos habla allá en lo más hondo de nosotros, pero no tenemos que ofuscarnos, velar nuestros ojos por aquello que nos sucede, sino abrir nuestro espíritu a Dios que en todo eso se nos quiere manifestar.

Comenzaron a sentir algo nuevo. Parecía que la paz llegaba a su corazón porque ya fueron capaces de no solo pensar en sí mismos y sus preocupaciones sino también en bien de los demás. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’ La noche es oscura, los caminos son difíciles y peligrosos. Bien lo sabían ellos que habían andado indefensos por esos caminos que tanta turbación les habían producido en su alma. Y le ofrecieron hospitalidad.

Faltaba algo más. Habían ido haciendo el camino de ida que había comenzado con mucho dolor y angustia y en el que se habían ido sucediendo muchas cosas. Faltaba el chispazo de luz definitivo que les haría emprender un camino de vuelta bien distinto. ‘Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.

Era El. Jesús resucitado les había acompañado por el camino y les había abierto los ojos. Las escamas de la duda, de la desesperanza, del desánimo se cayeron de sus ojos y ahora podían emprender el camino de vuelta. Ya no importaba la noche, porque los peligros habían desaparecido. Llevaban muy dentro de su corazón a Jesús resucitado con ellos. Les seguía ardiendo el corazón por el gozo y la alegría, por la presencia de Jesús que estaban sintiendo dentro de ellos. Ahora era un camino de carreras porque era un camino de alegría. Qué pesarosos y lentos vamos cuando sentimos el peso del dolor o de la duda sobre nosotros. Qué distinto es nuestro caminar cuando llenos de alegría vamos movidos por el Espíritu del Señor.

Nos preguntábamos al principio si ese camino de Emaús es nuestro camino, el que hacemos o el que tenemos que hacer. Es también, sí, nuestro camino. Porque muchas veces también nos pesa la duda, el desánimo, el cansancio; muchas veces parece que nos sentimos sin fuerzas y sin estímulo para nuestras luchas; muchas veces parece que simplemente nos arrastramos o nos dejamos llevar por negruras y oscuridades. La Cruz bajo cualquier forma que se nos presente en la vida nos llena de incertidumbres, duda, dolor y nos puede hacer entrar en crisis también.

Pero tiene que ser el camino en el que dejemos que Jesús nos acompañe; aprendamos a descubrirle y no se nos cierre nuestra mente. Tratemos en medio de esos nubarrones por los que podamos pasar de escucharle que El sigue hablándonos en las Escrituras y bien sabemos que tiene muchas maneras de llegar a nuestro corazón. Hagámosle un hueco en nuestra vida, en nuestro camino, escuchemos su conversación pero también contémosle lo que nos pasa que El tiene siempre una palabra de vida para nosotros. Con El a nuestro lado llegaremos a entender el camino de la cruz.

Es nuestro camino en el que también nos sentaremos a la mesa con El y El partirá el pan para nosotros, porque en ese partir el pan también tenemos que reconocerle. Ahora mismo estamos reunidos en Eucaristía, para la fracción del Pan, para comer a Cristo que se nos da y se hace nuestro alimento y nuestra vida. Abramos los ojos de la fe de par en par para verle, para sentirle, para llenarnos de El.

Y también tenemos que hacer el camino de vuelta, el camino del gozo y de la alegría, el camino en que ha renacido nuestra vida y nuestras esperanzas, el camino en el que estamos llenos de un amor nuevo y de una valentía grande, el camino en el que su Espíritu pone alas en nuestros pies para ir a anunciar a los demás que es verdad que Jesús ha resucitado, que está con nosotros, que nos llena de vida, que nos ha traído la salvación. Quien se encuentra con Cristo resucitado, ya lo hemos reflexionado, necesariamente tiene que convertirse en mensajero, en misionero de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.

Tuesday, April 26, 2011

Quédate con nosotros para que no haya nunca más noche en nuestra vida

Hechos, 3, 1-10;

Sal. 104;

Lc. 24, 13-35

‘Quédate con nosotros porque atardece, y el día va de caída’, le dijeron aquellos hospitalarios discípulos de Emaús para que no siguiera adelante. ¿Era sólo porque se hacía de noche, lo caminos podían ser peligrosos y le ofrecían su hospitalidad tan generosa? ¿O era quizá que ellos estaban presintiendo que si Jesús los dejaba y seguía su camino era para ellos para los que se les hacía la noche y todo se les volvía a poner oscuro?

¿No estarían diciéndole en cierto modo quédate con nosotros, no nos dejes porque contigo comprendemos mejor las Escrituras, porque contigo sentimos como arde de amor de una forma distinta nuestro corazón? ¿No le estarían diciendo quédate con nosotros para que no haya nunca más noche y oscuridad en nuestra vida?

¡Qué distintas eran las sensaciones de aquellos dos discípulos caminantes antes y después del encuentro con Jesús! ‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?’ y dice el evangelista que ‘ellos se detuvieron preocupados’. Iban tristes, discutían una y otra vez todo lo que había sucedido en aquellos días, no terminaban de creer que podía haber resucitado a pesar de que las mujeres y algunos de los discípulos habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío.

Pero desde que Jesús está con ellos, aunque sus ojos seguían velados y no lo reconocían, comenzaron a sentir dentro de ellos algo distinto. Comenzaron a entender las Escrituras que Jesús les estaba explicando. Luego dirían ‘¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’

Sentados a la mesa lo reconocerían en la fracción del pan. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A Ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque ahora desapareció y ya no estaba, pero todo había cambiado. Aquellos que antes estaban preocupados y muy encerrados quizá en si mismos, ahora con la presencia de Jesús se llenaron de alegría y todo comenzaba a ser distinto. Se les habían abierto los ojos y descubrieron la presencia de Jesús. Serán ellos ahora los que corran de nuevo a Jerusalén, aunque sea de noche ya no temen hacer el camino, para anunciar a todos lo que había sucedido.

Allí se encontrarían que ellos estaban experimentando la misma alegría. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.

Muchas cosas podemos considerar a partir de este texto tan hermoso. Necesitamos, diría en primer lugar, dejarnos encontrar por Jesús. El viene a nuestro encuentro; muchas veces andamos preocupados por nuestras cosas y podemos tener el peligro de no darnos cuenta de su presencia junto a nosotros. El también nos va hablando muchas veces ahí en nuestro corazón. La fuerza de su Espíritu nos ayuda a comprender también las Escrituras, a comprender todo lo que es el Misterio de Dios que se nos manifiesta.

Un camino también para reconocer a Jesús, para saber descubrirle, verle y sentirle, es abrirnos a la hospitalidad; ser capaces de abrirnos a los otros, abrirnos al amor. Aquellos discípulos estaban cumpliendo con la ley de la hospitalidad que podemos decir estaban ya cumpliendo con el mandamiento del amor que Jesús les había enseñado, y comenzaron por acoger a aquel peregrino o caminante para ellos hasta entonces desconocido. Y se encontraron con Jesús. Cuando sepamos acoger a los otros, sea quien sea, sabemos que vamos a acoger a Jesús, lo que le hagamos a los otros es a Jesús a quien se lo estamos haciendo. ‘Era peregrino y me acogísteis’.

Y lo reconocieron al partir el pan, como tenemos nosotros que reconocerlo ahora presente entre nosotros al partir el pan, al celebrar la Fracción del Pan, al celebrar la Eucaristía. Aquí está también con nosotros Jesús. Pongamos toda nuestra fe en El y alimentemos nuestra fe y nuestra vida con su gracia, con el Pan de Vida que quiere darnos, con la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre verdadero con que quiere alimentarnos.

Tuesday, April 6, 2010

Dejémonos enseñar por el Espíritu y llegaremos a reconocer a Jesús

Hechos, 3, 1-10;
Sal. 104;
Lc. 24, 13-35

‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… y Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Ya sabemos cómo se entabló la conversación; la pregunta de Jesús por qué andaban preocupados, la respuesta de ellos si acaso era el único forastero que no se había enterado lo que había pasado y las sucintas explicaciones que denotaban sus esperanzas y desesperanzas, la confianza que habían puesto en Jesús y cómo todo se había venido abajo.
No creyeron el mensaje que habían traído las mujeres que habían ido temprano al sepulcro, pero no eran ellos solos los que estaban con los ojos incapaces para reconocerlo. Le había sucedido a María Magdalena que lo había confundido con el encargado del huerto. Creerían ver un fantasma más tarde los discípulos cuando estén todos juntos y Jesús se les manifieste. Tomás querrá palpar con sus manos, meter lo dedos en las heridas, su mano en la llaga del costado. Incluso más tarde en el lago no serán capaces de verlo y reconocerlo mientras están en su faena de pesca.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!’ Era necesario creer en lo anunciado por las Escrituras. Juan y Pedro comenzarían a creer cuando fueron al sepulcro y lo vieron vacío. Pero a nosotros también nos puede costar creer con tantas cosas que oímos a nuestro alrededor o con tantas cosas que puedan suceder en nuestro mundo o en nuestra misma Iglesia que nos pueda hacernos sentir defraudados de alguna manera por alguna cosa.
Dejemos que el Señor venga a nosotros en nuestros caminos tantas veces llenos de oscuridades y sombras; venga a nosotros también nos explique las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. ¡Qué mejor Maestro y guía! Su Espíritu sigue iluminándonos para que comprendamos las Escrituras, para que conozcamos cada vez más hondamente a Jesús, para que seamos capaces de reconocerlo tal como se nos manifiesta, para que nuestra fe sea siempre firme en su resurrección. Es algo importante. Y su Espíritu nos habla a través del magisterio de la Iglesia; y va llegando a lo hondo de nuestro corazón dándonos ese fuego de la sabiduría divina, aunque no siempre sepamos captarlo.
Más tarde dirán aquellos discípulos cómo sentían arder su corazón mientras El les hablaba por el camino. Ojalá sepamos nosotros discernir ese ardor del corazón que tantas veces también nosotros podamos sentir. No lo echemos en saco roto. El Espíritu iba moviendo el corazón de aquellos hombres, que finalmente se abrieron a la generosidad para no dejar marchar al caminante solo por aquellos caminos que podían ser peligrosos. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’
Que así abramos nuestro corazón, que así sintamos nosotros también deseos de estar con Jesús, que Jesús se quede con nosotros. Que abramos nuestro corazón a la generosidad, a la disponibilidad, al amor para compartir y para hacer un hueco al hermano en el hogar de nuestro corazón. Algunas veces estamos tan llenos de cosas que no le damos cabida al hermano, o lo que es lo mismo, no le damos cabida al Señor en nuestra vida.
Al final le reconocieron al partir el pan, como no podía ser menos; como tenemos que saber reconocerlo nosotros siempre en la celebración de la Eucaristía. Pero aquel reconocimiento no fue para quedarse ellos sentados y tranquilitos en sus cosas o en sus casas. Corrieron de nuevo a Jerusalén porque todo aquello había que compartirlo con los hermanos. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ Llevaban la noticia y se encontraron también con esa Buena Nueva.
Cuando estamos convencidos de que Cristo resucitó y es el verdadero y único Señor de nuestra vida aprenderemos también una cosa. Que en su nombre podemos hacer muchas cosas, en su nombre podemos hacer maravillas. Es lo que vemos hacer a Pedro y a Juan con el paralítico de la puerta Hermosa del que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles hoy.
 

FREE HOT VIDEO 1 | HOT GIRL GALERRY 1

FREE HOT VIDEO 2 | HOT GIRL GALERRY 2

FREE HOT VIDEO 3 | HOT GIRL GALERRY 3

FREE HOT VIDEO 4 | HOT GIRL GALERRY 4

FREE HOT VIDEO 5 | HOT GIRL GALERRY 5

FREE HOT VIDEO 6 | HOT GIRL GALERRY 6

FREE HOT VIDEO 7 | HOT GIRL GALERRY 7

FREE HOT VIDEO 8 | HOT GIRL GALERRY 8

FREE HOT VIDEO 9 | HOT GIRL GALERRY 9

FREE HOT VIDEO 10 | HOT GIRL GALERRY 10

FREE HOT VIDEO 11 | HOT GIRL GALERRY 11