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Tuesday, August 17, 2010

Salió a contratar jornaleros para la viña

Ez. 34, 1-11;
Sal. 22;
Mt. 20, 1-16


Tengo que reconocer que cuando uno se pone a meditar el evangelio con sinceridad y apertura de espíritu se encuentra con una fuente inagotable de vida y de gracia, que es lo que podemos encontrar siempre en el Señor. 'La Palabra de Dios es viva y eficaz...' que dice la Escritura. Así es Dios para nosotros. Así derrama abundantemente su gracia en nuestra vida. Ni se agota la gracia del Señor, ni nos cansamos nosotros de meditar y aprender lecciones para nuestra vida.
Esto nos sucede en cualquier página del evangelio que meditemos, pero nos sucede en esta parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio. Nos sugiere muchas cosas, que ahora en la brevedad de esta reflexión no podemos agotar.
‘Un propietario al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña…’ Así comienza la parábola que hemos escuchado. Una parábola muy rica en enseñanzas. Contrata jornaleros para su viña. Podemos pensar en la vida que Dios nos ha dado; podemos pensar en el mundo que ha puesto en nuestras manos; podemos pensar en el Reino de Dios que Jesús nos propone y que con El tenemos que construir; podemos pensar en muchas cosas.
En ese mundo que Dios ha creado y ha puesto en las manos del hombre tenemos una responsabilidad y no podemos desentendernos. En los distintos momentos de la vida o en los distintos momentos de la historia cada uno de nosotros ha de sentir esa responsabilidad. ¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ No podemos ser seres pasivos en medio de nuestro mundo que sólo nos contentamos con recibir. Siempre hay algo bueno que podemos hacer por los demás o por nuestro mundo. Porque también ese lugar que ocupamos en la familia, o en el lugar donde estemos conviviendo siempre hay algo que podemos compartir, seamos muy jóvenes o seamos muy mayores.
Como decíamos podemos pensar también ese Reino de Dios al que Cristo nos llama y podemos en consecuencia pensar en esa Iglesia a la que pertenecemos. Esa fe que tenemos y queremos vivir y que se tendrá que manifestar por las obras de nuestro amor podemos decir que es esa viña a la que el Señor nos llama como obreros. La Iglesia, la comunidad cristiana en la que nos sentimos como en una gran familia y como miembros de esa familia también nos sentimos obligados a contribuir. ¿Nos preguntará y recriminará también el Señor a nosotros como a aquellos hombres ociosos sentados en la plaza todo el día sin hacer nada? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’
Seremos mayores o más jóvenes siempre podemos ofrecer mucho de nuestra fe y de nuestro amor al bien de la Iglesia, a la construcción del Reino de Dios en nuestro mundo. Si, porque somos mayores no podemos participar en obras especiales de apostolado, siempre podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida íntegra y en consecuencia de nuestro buen comportamiento, pero podemos ofrecer también nuestra oración y el ofrecimiento de nuestra vida con sus achaques y debilidades. ¡Cuánto podemos hacer!
Por supuesto en ese llamada a aquellos trabajadores en las distintas horas del día para ir a trabajar a la viña podemos ver también un aspecto vocacional. El Señor nos llama a trabajar en su viña y llama con vocaciones específicas. Será al Sacerdocio, será a la vida consagrada, la vida misionera o también en los distintos campos de apostolado que se pueden realizar dentro de la Iglesia. Y aquí sí que todos podemos contribuir mucho al enriquecimiento de esa viña del Señor, orando por las vocaciones, para que sean muchos los llamados en las distintas horas de su vida para trabajar como apóstoles en la viña del Señor.
Pensemos en ese denario que nos ofrece el Señor, denario de vida eterna, denario de gracia y de amor de Dios. Por eso con amor nosotros queremos trabajar en su viña, no porque busquemos hacer meritos o conseguir recompensas. Lo importante es el amor de Dios que recibimos y el amor con que nosotros queremos corresponder. Con Dios no podemos andar con medidas de pagos humanos, porque siempre Dios será mucho más generoso que lo que nosotros podamos pedir o exigir. Mucho tendríamos que reflexionar por este camino.
Que no tenga que decirnos, pues, a nosotros el Señor, ‘¿cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ Mucho podemos y tenemos que hacer en la viña del Señor.

Tuesday, July 6, 2010

Los profetas, celosos de la fidelidad al Dios de la Alianza

Oseas, 10, 1-3.7-8.12;
Sal. 104;
Mt. 10, 1-7

‘Buscad continuamente el rostro de Dios’, dijimos en el salmo. Buscar el rostro de Dios es querer conocerle, querer sentirnos en su presencia, querer descubrir su amor y sentirnos amados e inundados de Dios. Descubrir ese rostro de Dios y mantener al pueblo creyente en fidelidad total al Señor de la Alianza era la tarea ardiente de los profetas.
Estos día hemos venido escuchando al profeta Oseas. Un profeta celoso de la fidelidad al Dios de la Alianza frente a las tentaciones que el pueblo sufre continuamente de abandono para irse tras los ídolos de aquellos pueblos en medio de los cuales habitaba. Es la denuncia que le hemos venido escuchando. ‘Con su plata y su oro se hacían ídolos para hundirse. Un escultor los hizo y no es Dios’, escuchábamos ayer la denuncia del profeta. Como luego replicaba el salmo ‘nuestro Dios está en el cielo… sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven…’ y así seguía describiéndolos el salmo para invitarnos a confiar en el Señor que es nuestro auxilio y nuestro escudo.
En ese mismo sentido lo hemos escuchado hoy recordando cuanto han recibido del Señor, pero sin embargo su corazón se ha desviado del camino recto dejándose arrastrar por la idolatría. ‘Israel era una viña frondosa y daba fruto: cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares’. Lo que nos recuerda a otros profetas que hablan de Israel como la viña del Señor pero que no supo dar buenos frutos, sino frutos amargos de infidelidad y de pecado. Nos recuerda también la parábola de Jesús en el evangelio que nos hablará de los viñadores que no dieron los frutos y rendimientos que se esperaba de ellos cuando se les había arrendado la viña.
Aunque nos pueda parecer lejano el mensaje de los profetas que hablaban a las situaciones concretas que vivía el pueblo de Dios en su tiempo, sin embargo siguen siendo para nosotros palabra de Dios, que viene a iluminar nuestras situaciones y que nos invitan también a buscar sinceramente el rostro del Señor como decíamos en el salmo y recordábamos al principio de esta reflexión.
No serán dioses a la manera de los ídolos antiguos los que puedan atraernos a nosotros, pero sí hemos de reconocer que estamos tentados de muchas maneras de manera que nuestra fe se debilite o no mantengamos debidamente esa fidelidad al Señor que tiene que traducirse en santidad en nuestra vida. Es Palabra del Señor que hemos de escuchar en lo hondo del corazón y a la que hemos de dar respuesta. Es importante esa escucha que hagamos de los profetas que también nos pueden ayudar mucho en el camino de nuestra fe.
Y finalmente una palabra del evangelio. Si ayer escuchábamos cómo Jesús nos invitaba a rogar al Dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies, hoy hemos escuchado la elección que Jesús hace de los doce Apóstoles. De entre todos los discípulos que siguen a Jesús escoge Jesús a doce a quienes va a confiar una misión especial, partícipes de su misma misión. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritu inmundos y curar toda enfermedad y dolencia… y los envió: id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Van a constituir lo que llamamos el Colegio Apostólico. Aquellos a los que Jesús confía una misión especial en medio de su Iglesia. Serán columnas y fundamentos de la Iglesia, como hemos venido reflexionando estos últimos días que hemos celebrado fiestas de Apóstoles.
‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así reconoce la Iglesia en su liturgia la función y la misión de los Apóstoles a quienes vemos cómo hoy Jesús elige de manera especial y les da su propia autoridad. Ya sabemos como sucesores de los Apóstoles a quien Cristo ha confiado esa autoridad están los Obispos, y junto a ellos todos los pastores que colaboran con ellos en la acción pastoral y santificadora de la Iglesia.
Respuesta, por nuestra parte, de fe, de comunión con nuestros pastores y de oración, como ya ayer siguiendo las indicaciones de Jesús hacíamos pidiendo trabajadores al Dueño de la mies.
 

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