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Monday, July 4, 2011

Oremos para que sean muchos los llamados por el Señor a su mies


Gén. 32, 22-32;

Sal. 16;

Mt. 9, 32-38

‘Llevaron a Jesús un endemoniado mudo, echó el demonio y habló el mudo… La gente se admiraba… recorría todas las ciudades y aldeas enseñando y curando… al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban como ovejas sin pastor…’

‘Pasó haciendo el bien’, diría Pedro en uno de sus anuncios kerigmáticos de los que nos hablan los Hechos de los Apóstoles. Era la obra salvadora de Jesús. Su presencia llena de gracia y de salvación. Es la obra de Jesús, la obra que la Iglesia tiene que seguir haciendo. En un mundo donde también andamos extenuados y desorientados.

Un mundo en el que algunos se admiran de la obra que hacemos los cristianos, que hace la Iglesia en nombre de Jesús, pero donde quizá muchos pasan indiferentes en su desorientación y su andar sin rumbo, u otros, como aquellos fariseos de los que nos habla el evangelio, reaccionan de forma adversa o incluso rechazan el anuncio de la salvación porque quizá creen que no necesitan salvación, o porque les falta una visión de mayor altura y profundidad; un mundo en el que quizá andamos demasiado agobiados por los mismos problemas de la vida de cada día o por las ansiedades que nos buscamos cuando no sabemos descubrir lo que de verdad merece la pena y pueda dar mayor sentido y plenitud a la vida y nos apegamos a cosas que terminarán esclavizándonos y quitándonos la paz y la felicidad que tanto buscamos.

Un mundo que necesita luz que ilumine y que guíe por los senderos de la verdadera libertad y felicidad. Se camina muchas veces como ovejas sin pastor, como nos dice hoy el evangelio. Hacen falta esos pastores, esos guías espirituales, esos testigos de la luz, esos testigos de Jesús y de su evangelio. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos’, como decía Jesús. Querríamos llevar la luz del evangelio a todos los hombres. No nos falta inquietud en el corazón, deseos de que el nombre de Jesús sea anunciado como el único y verdadero Salvador. La Iglesia quiere cumplir con la misión que Cristo le encomendó, pero sabemos como nos sentimos desbordados.

Esta invitación que nos hace Jesús hoy a orar al Señor para que envíe trabajadores a su mies no la podemos echar en saco roto. Orar por las vocaciones no es cosa de un día o de unas campañas que hagamos en determinados momentos a través del año. Tiene que ser una oración que esté muy presente en nuestro corazón. Hacen falta muchos sacerdotes, muchos testigos, muchas personas que se consagren a Dios para el anuncio del evangelio en los diferentes carismas que el Espíritu suscita en la Iglesia. La mies es abundante, los obreros pocos. Tenemos que orar con insistencia.

La obra de Jesús tiene que seguirse realizando hoy en nuestro mundo. La salvación es para todos y a todos ha de llegar. Y todos los cristianos tenemos que sentirnos comprometidos en ello. Por eso tenemos que, por una parte crear el espacio y el clima más apropiado en nuestras familias y comunidades, para que haya quienes se interroguen por dentro y les surja esa inquietud y al mismo tiempo orar al Señor para que llame a muchos para trabajar en su viña, en su mies.

Y es que nuestros jóvenes necesitan también testigos que les estimulen para seguir a Jesús y darse cuenta que merece bien la pena darlo todo por seguirle. Estas próximas jornadas mundiales de la juventud son una oportunidad muy bonita y seguro que el Señor llamará a muchos, pero eso tenemos que tenerlo en cuenta siempre, en todo momento. Por eso rezamos también por el fruto de estas Jornadas Mundiales de la Juventud a tener en Madrid el próximo mes. Son también una gracia del Señor.

Oremos, pues, al Señor para que sean muchos los llamados que respondan a esa invitación del Señor.

Tuesday, December 14, 2010

Acerquémonos a Jesús para conocerle

Is. 45, 6-8.18.21-26;

Sal. 84;

Lc. 7, 19-23

Volvemos a escuchar la pregunta de los discípulos de Juan a Jesús, ahora en el relato de san Lucas. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de buscar a otro?’ ¿Quién eres tú?

Es la pregunta que planea por todo el evangelio. ¿Quién eres tú? ¿Quién es este hombre que habla con tal autoridad? ¿Quién es este hombre que realiza tales maravillas? ¿Quién es este hombre que se manifiesta con tal poder hasta para perdonar pecados? ¿Quién es? ¿Un profeta? ¿El Mesías anunciado y esperado? ¿El caudillo que liberara a Israel de la opresión de pueblos extranjeros? ¿Un hombre como los demás o Dios venido a estar en medio de nosotros?

No rehuye la pregunta Jesús porque realmente quiere que nos lo preguntemos y lleguemos a conocerlo, pero ahora más que con palabras responde con hechos, con signos, con milagros que quieren significar mucho, con su manera de estar y de acercarse a nosotros. ‘El que pasó haciendo el bien’ como un día Pedro proclamara.

Tenemos que acercanos a Jesús para conocerle. Es importante. Está en juego nuestra salvación. Miremos sus obras y escuchemos sus palabras. Dejemos que su Espíritu llegue a nuestro corazón y dejémonos conducir por El para llegar al conocimiento pleno. Caminemos tras sus pasos y dejémonos inundar por su vida. Contemplemos sus obras de amor y dejémonos cautivar por su amor.

‘Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído’. Da vista a los ciegos pero para que todos podamos contemplar su luz, porque El es la luz del mundo.

Levanta y hace caminar al paralítico para que nos pongamos en camino, su camino y lleguemos a encontrar su verdad, quien nos dice que es el Camino y la verdad y la vida.

Limpia de la suciedad de la lepra al leproso porque no quiere ningun signo de muerte o de mal en nosotros y para eso nos perdona los pecados, lavándonos con su sangre derramada en la Cruz.

Abre los oídos a los sordos para recordarnos cómo tenemos que escuchar su Palabra, escucharle a El, que es Palabra de salvación y de vida.

Hace resucitar a los muertos porque no quiere que permanezcamos en la soledad y la hondura del sepulcro y de la muerte sino que tengamos vida para siempre.

A todos se nos anuncia una buena noticia, una noticia de alegría y de esperanza porque comienza un mundo nuevo, porque podemos tener una vida nueva donde desaparezca para siempre el luto y el dolor, porque ha comenzado el Reino de Dios, porque todos nos sentimos amados por un Dios que es nuestro Padre y nos ama con locura de amor.

Es Jesús, nuestra luz, nuestra vida, nuestra salvación; es Jesús el que nos reconcilia con el Padre y nos otorga para siempre el perdón de nuestros pecados; es Jesús nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida que no podemos nunca abandonar; es Jesús que el rostro más hermoso de Dios que podemos contemplar; es Jesús, el Hijo de Dios, a quien ahora vamos a contemplar nacer niño en Belén, pero a quien contemplaremos dando su vida por nosotros para que tengamos vida para siempre, para darnos la salvación, para hacernos hijos de Dios.

‘Cielos, destilad vuestro rocío, rezamos con Isaías; nubes, derramad la victoria, destilad al justo; ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia…’ Que llegue Jesús a nuestra vida; que nos llegue la gracia y la salvación; que se abra de verdad nuestro corazón para vivir a Dios.

 

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