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Thursday, July 14, 2011

Será un día memorable para vosotros porque es el paso del Señor


Ex. 11, 10-12, 1-4;

Sal. 115;

Mt. 12, 1-8

‘Este será un día memorable para vosotros… es la Pascua, es el paso del Señor… decretaréis que sea fiesta para siempre’. Con estas palabras resumimos la importancia de lo sucedido y que nos relata el libro del Exodo.

Fue un momento importante y trascendental para el pueblo judío. Ya hemos escuchado cómo Dios, que escucha el clamor de su pueblo, ha elegido a Moisés y lo ha enviado al Faraón para que saque al pueblo de la esclavitud de Egipto. ‘Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su tierra’.

Lo que en la liturgia hemos escuchado no nos detalla todo lo que fueron las plagas con las que el Señor azoló a Egipto ante el empecinamiento del Faraón. Para un mejor conocimiento de todo esto necesitaríamos una lectura personal de todos los capítulos de referencia en estos pasajes. En lo que hemos escuchado se hace referencia a lo sucedido en el último momento. Más bien a los preparativos que ha de hacer el pueblo y la manera como luego lo van a recordar de generación en generación.

Es el mandato de comer el cordero pascual, con cuya sangre habían de marcar las puertas de los judíos al paso del Señor, y que cada año habían de celebrar como solemne fiesta de la Pascua. Es lo que, cuando leemos la Biblia, o leemos los evangelio, vemos que se nos habla de la fiesta de Pascua a la que subían a Jerusalén a celebrar los judíos cada año, o la cena del cordero pascual a la que se hace especial referencia en la última cena de Jesús.

Lo que ahora sucede y se nos narra es la Pascua, el paso del Señor que les liberaba de Egipto. Lo sucedido entonces en Egipto con los judíos y también con los egipcios cuyos primogénitos varones fueron exterminados en aquella noche. Ahora la señal era aquella sangre con la que fueron marcadas las puertas de las casas judías. ‘La sangre será vuestra señal en las casa donde habitéis…’ La sangre derramada más tarde al pie del Sinaí sobre el altar del sacrificio y con la que fue aspergiado el pueblo será la señal de la Alianza entre Dios y su pueblo que marcaría para siempre su historia. Como la Sangre de Cristo derramada, verdadero Cordero Pascual, será para nosotros la señal de la gracia y de la salvación que inaugura el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza que es la Iglesia, que somos nosotros.

Fijémonos cómo hay un hilo conductor para aquel pueblo, el pueblo de la Antigua Alianza, y también para nosotros, el pueblo de la Nueva y Eterna Alianza en el Cordero Pascual inmolado, y en la sangre derramada para el perdón de todos los pecados. Herederos de aquel pueblo de la Antigua Alianza, somos los hijos de la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo es ese Cordero Pascual que por nosotros se inmola y se entrega por nuestra salvación.

Nos es bueno recordar estas cosas porque así entenderemos mejor el sentido de nuestra fe y el sentido de nuestras celebraciones. Son palabras que se van repitiendo continuamente en la liturgia como se repiten incluso en la proclamación de la Palabra y en la predicación, pero que hemos de saber entender en todo su sentido, para que entonces podamos vivir en plenitud ese sentido de la Alianza que de alguna manera marca también toda la historia de nuestra vida.

Los judíos celebraban cada año ese día memorable ‘como fiesta en honor del Señor’. Nosotros celebramos también la Pascua y no sólo ya en las fiestas de Pascua en los días en que rememoramos de manera especial la pasión, muerte y resurrección del Señor, sino que es lo que celebramos en cada Eucaristía, lo que ahora mismo estamos celebrando al anunciar la muerte y proclamar la resurrección del Señor. Es también la Pascua, es el paso del Señor hoy y ahora por nuestra vida con su salvación.

Thursday, February 3, 2011

El martirio de Juan nos habla de testimonio valiente y de congruencia en la vida


Hebreos, 13, 1-8;

Sal. 26;

Mc. 6, 14-29


‘Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él’. ¿Quién es este Jesús? ¿quién es este hombre? Se preguntaba Herodes. Las preguntas y posibles respuestas se parecen a lo que un día Jesús preguntara a sus discípulos, como nos cuenta Mateo, y las respuestas que estos le daban. ¿Será un profeta, como los antiguos, que habrá aparecido? ¿será el Mesías anunciado y prometido? ¿será Juan Bautista que ha vuelto a la vida? ‘Herodes, al oírlo, decía: es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado’.

Esto motiva al evangelista a narrarnos el martirio de Juan y a establecer de nuevo una estrecha relación entre Juan y Jesús, entre el que había sido el precursor y el Mesías Salvador; de alguna manera a corroborar con el testimonio del Bautista hasta derramar su sangre y dar su vida en fidelidad a la verdad y al bien, y la entrega de Jesús para conducirnos a la verdad de la vida eterna y verdadera. Cuánto nos puede enseñar.

Ya hemos escuchado el evangelio y conocemos los detalles. Muchas veces habremos reflexionado sobre el. Juan en la cárcel encandenado por denunciar la vida corrupta del rey Herodes. Al mismo tiempo una incongruencia: ‘Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía’, pero lo tenía en la cárcel, terminaría decapitándolo dejándose arrastrar por las insidias de Herodías. Ya vemos cómo los respetos humanos y las alegres promesas de momentos de euforia, le llevan a claudicar y mandarlo a decapitar. El mal que aparentemente parece que vence sobre el bien, porque el odio de una persona lleva a la muerte al Bautista. El odio, la incongruencia, la cobardía…

Pero la sangre derramada no será inútil e infructuosa, porque es un testimonio, es un testigoPublicar entrada que nos despierta para el bien. Es la sangre de la fidelidad como lo será a lo largo de la historia la sangre de tantos mártires que por la fe y por la verdad han entregado su vida. Es un anuncio también del camino de Jesús que le llevaría hasta la cruz.

Creo que tiene que hacernos pensar. Nos daría para muchas reflexiones. Nos tiene que animar mucho en nuestra fe y en el testimonio que de ella tenemos que dar en todo momento aunque sea costoso. Porque además en el fondo nos está hablando de un triunfo final. Nos podrá ser doloroso ese testimonio de nuestra fe que tenemos que dar, pero con Cristo tenemos asegurada la victoria, porque para eso El nos da su Espíritu, como tantas veces hemos reflexionado.

Pero esas incongruencias de Herodes también nos hacen pensar en esas incongruencias que muchas veces tenemos en nuestra vida. Cuando sabemos el bien que tenemos que hacer, pero no lo hacemos; el testimonio que tendríamos que dar de nuestra fe, y nos echamos atrás; ese mal que tendríamos que evitar, pero que sin embargo nos dejamos arrastrar.

¿Debilidad? ¿cobardía? ¿respeto humano? ¿miedo al qué dirán? ¿falta de decisión? ¿tentaciones que no dominamos? Muchas cosas se nos atraviesan en el alma tantas veces y no hacemos lo que tendríamos que hacer. Y eso nos pasa en muchas situaciones de la vida. Nos decimos cristianos, seguidores de Jesús pero luego no comportamos en consecuencia con esa fe que decimos que tenemos. Y las consecuencias de esa fe pasan por el camino del amor, y ya sabemos cuánto nos cuesta a veces.

Pidámosle al Señor que nos dé valentía y fortaleza para dar en todo momento ese testimonio cristiano de nuestra fe. Que no nos dejemos enturbiar por esos miedos o cobardías, sino que siempre brillemos con esa luz de nuestra fe y de nuestro amor. Tenemos que ser unos testigos que demos testimonio valiente de Jesús por todas las obras buenas que realicemos. Congruencia de una fe manifestada en la vida y con las obras.

Saturday, July 24, 2010

Beber el cáliz del Señor con alegría en el camino del servicio y de la entrega


Hechos, 4, 33.5, 12.27-33. 12, 2;
Sal. 66;
2Cor. 4, 7-15;
Mt. 20, 20-28


Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor en la fiesta de Santiago Apóstol que hoy estamos celebrando. Muchos son los motivos para la alegría en nuestra celebración y en la vivencia de nuestra fe.
Ya por ser la fiesta de un apóstol la Iglesia se regocija porque celebramos a uno de aquellos doce que el Señor llamó junto a El y los envió con esa misión especial del anunciar el Reino de Dios por todo el mundo; pero cuánto más nosotros nos alegramos en la fiesta del Apóstol Santiago porque mantenemos la tradición de que en nuestras tierras hispanas el fuera el apóstol que viniera a anunciaros el evangelio y porque aquí en el solar de nuestra tierra tenemos la secular tradición de su tumba convertida a través de los siglos en un punto importante de peregrinación de cristianos venidos de todas partes.
Este año con un gozo especial al ser año del jubileo jacobeo al coincidir la festividad del apóstol en un domingo. El camino de santiago que arranca de todos los puntos de Europa converge hoy en el campo de las estrellas, en Compostela junto a la tumba del Apóstol. Camino que nos lleva a Santiago, cuántos peregrinos hacen su recorrido, pero es camino que lleva al encuentro consigo mismo, pero más aún a un encuentro vivo con el Señor, que ese es su más hondo sentido y valor. Cuánto nos puede enseñar el hacer camino y cuántas reflexiones podríamos hacernos en torno a esa imagen del camino.
Santiago, testigo predilecto como lo llama la liturgia, fue el primero entre los apóstoles en beber el cáliz del Señor como se nos repite una y otra vez en nuestra celebración, como especial referencia a su martirio, del que nos ha hablado el texto de los Hechos de los Apóstoles, pero referencia también a lo escuchado en el evangelio. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’, que les pregunta Jesús.
Bien sabemos que fue de los primeros llamados por Jesús allá en la orilla del lago mientras estaba en la barca repasando las redes con su hermano Juan y con su padre y los jornaleros; pero al escuchar la voz del Maestro atrás quedaría todo para seguirle de forma generosa y desinteresada, aunque pronto pudieran aparecer los deseos de primeros puestos en el Reino en la petición de la madre, quizá por aquello de que eran los parientes de Jesús.
‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, pide la madre que como toda madre sueña siempre con lo que le parece mejor para sus hijos. Pero la pregunta de Jesús no va dirigida a la madre sino a aquellos que pudieran estar pensando en lugares importantes en su reino. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está pronta - ‘Podemos’ -, pero la promesa de Jesús es solamente que ese cáliz si habrán de beberlo. ‘Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toda a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre’.
¿Quiénes serán los afortunados que tendrán esa reserva garantizada? ¿Qué significará beber el cáliz que Jesús ha de beber? Lo que sigue a continuación, motivado quizá por los recelos de los otros diez, en las palabras de Jesús, podemos encontrar la pista que de respuesta a esas preguntas.
Beber el cáliz es seguir los mismos pasos de Jesús; es ponerse en camino para seguir a Jesús y hacer que nuestra vida se identifique totalmente con la de El; beber el cáliz es compartir la experiencia de la vida y de la muerte de Jesús; es ser capaces de negarse a sí mismos para tomar la cruz de cada día, esa cruz que nos puede aparecer en el sufrimiento y en el dolor, en los mismos contratiempos que nos da la vida o en esas incomprensiones que podamos sufrir por parte de los demás; es renunciar a los honores y a las grandezas porque solamente los que saben hacerse los últimos, podrán ser importantes en el reino de los cielos; es ponernos en esa misma actitud de servicio que Jesús; pasa por el camino del desprendimiento y del olvido de sí mismo para vivir una entrega como la de Jesús; pasa por ser capaz de llegar hasta el final haciendo la ofrenda más hermosa que se pueda hacer en el nombre del amor, siendo capaces de dar la vida también por Cristo en el martirio que vivió el apóstol.
Nos lo dice Jesús con la explicación que les da a partir de los recelos y desconfianzas que surgen y nos lo explicará también el apóstol en lo que hemos escuchado en la carta a los Corintios. ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Con eso no hacemos sino imitar a Jesús, seguir sus pasos, vivir sus mismas actitudes, copiar en nosotros su amor. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’.
En este sentido san Pablo nos hablará de la humildad y pequeñez de nuestra vida, porque lo importante no es lo que nosotros seamos o hagamos sino lo que hace el Señor. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ nos dice. Es la grandeza del apóstol que se siente un instrumento en las manos de Dios. Un instrumento que pasa muchas veces por caminos de incomprensión y de oposición pero que se siente seguro en el Señor. Nunca tememos hacernos los últimos, sino que, todo lo contrario, lo hacemos con alegría y hasta con entusiasmo. Como ‘los apóstoles que daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor en medio del pueblo’, que nos decía la primera lectura.
Será el camino del martirio – nos habla la primera lectura del martirio de Santiago que fue mandado a pasar a cuchillo por Herodes – pero como es una entrega de amor será siempre vivido con alegría y con esperanza porque así se manifiesta mejor el nombre de Jesús a todos los pueblos. ‘Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, nos dice el apóstol, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal…’ Es el testimonio que estamos invitados a dar cuando celebramos esta fiesta del Apóstol.
Que con la guía y el patrocinio del Apóstol Santiago se conserve la fe en nuestro corazón y en nuestro pueblo y se dilate por toda la tierra, le pedimos al apóstol hoy siguiendo el rastro de la liturgia. Que de la misma manera que la sangre derramada del apóstol Santiago consagró los trabajos de los primeros apóstoles, así se sienta hoy fortalecida la Iglesia manteniéndonos en total fidelidad a Cristo.
Que no temamos beber el cáliz del Señor porque emprendamos sin ningún temor ese camino de servicio vivido en alegría y esperanza, porque, además hemos de reconocer, que un servicio que no se presta con alegría no será nunca un servicio completo; por eso aunque tengamos que tomar la cruz para seguir al Señor lo vamos a hacer siempre con esa alegría y ese gozo hondo que encontramos en la gracia que nunca nos falta. Nos es necesaria, nos hace falta esa alegría a los cristianos en el testimonio que damos de nuestra fe.

Friday, March 26, 2010

Subamos con Jesús a la Pascua

Ez. 37, 21-28
Sal. Jer. 31
Jn. 45-56

‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Por supuesto entendemos el sentido de las palabras de Caifás según sus propios supuestos.
La gente se estaba yendo con Jesús y para ellos era un fracaso. Tras la resurrección de Lázaro muchos judíos habían comenzado a creer en Jesús. Así nos lo ha ido explicando el evangelista en distintas situaciones. Según las suposiciones de los sumos sacerdotes, de los fariseos y del Sanedrín aquella podría acabar en división y en una posible revuelta y los romas actuarían y podría haber grandes matanzas. Mejor que muera uno, no muchos o todo un pueblo que podría verse aplastado.
Pero aunque esta era la buena posición en su lógica política, los creyentes en Jesús desde un principio entendieron estas palabras de Caifás como una profecía y así nos lo recoge el evangelista. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos'.
La muerte de Jesús no fue sólo una trama humana de quienes no quisieran aceptar a Jesús como Mesías o como Hijo de Dios. Con ojos de fe detrás de todo eso estamos viendo el designio de Dios. Un designio amoroso en el que quiere darnos la paz y la salvación. Un designio divino ya anunciado en el paraíso terrenal cuando anuncia la derrota de la serpiente. Pero un designio divino mantenido en la fe y la esperanza del pueblo creyente por los profetas en la espera de un Mesías Salvador. Es cierto que habían confundido muchas veces el sentido de ese Mesías Salvador, pero así estaba anunciado como aquel que iba a restablecer de una vez para siempre la Alianza de Dios con su pueblo, con toda la humanidad, como hoy mismo lo hemos escuchado en el profeta Ezequiel como muchas veces en otros profetas. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…’
Por eso nos hablará Jesús de su voluntad decidida de subir a Jerusalén cuando llegaba el tiempo y la hora. Se mantiene lejos de Jerusalén mientras no ha llegado esa hora, como le vemos en estos momentos que se va más allá del Jordán. Nos hablará de que nadie tiene poder para quitarle su vida, sino que El la entrega libremente.
Cuando llegue la hora de pasar de este mundo al Padre El iniciará todos los preparativos y dará los pasos. Lo veremos prontamente cuando se disponga a celebrar la Cena del Cordero Pascual, el cordero de la Antigua Alianza. El será el Cordero de la Nueva Alianza que se entregará y se inmolará, que nos dará la más suprema prueba de amor. Que derramará su Sangre para sellar la Alianza nueva y eterna. Es verdad, el va a morir por nosotros y por todos los hombres. Se entrega El para que nosotros no muramos sino que tengamos vida. A precio de su sangre hemos sido rescatados. Su muerte por nosotros en la Cruz es el inicio de una vida nueva porque podremos comenzar a llamarnos y ser hijos.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir. Hemos de disponer de verdad nuestro espíritu, abrir nuestro corazón a la gracia divina, celebrar y vivir con toda intensidad esta fiesta pascual a la que vamos a subir con Jesús.
 

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