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Saturday, February 12, 2011

En camino hacia la plenitud del mandamiento del Señor


Eclesiastico, 15, 16-21;

Sal. 118;

1Cor. 2, 6-10;

Mt. 5, 17-37

‘Dichoso el que camina en la voluntad del Señor, con vida intachable, guardando los mandamientos del Señor, buscándolo de todo corazón’. Así rezábamos en el salmo. Es nuesra oración. Creo que ese es nuestro deseo, buscar de todo corazón al Señor, caminar buscando siempre su voluntad.

Jesús nos habla hoy de plenitud en el cumplimiento de la ley del Señor. Quienes escuchábamos llenos de esperanza el mensaje de las bienaventuranzas, sentíamos que por eso mismo teníamos que ser luz y sal en medio de nuestro mundo, con el resplandor y el sentido nuevo de nuestra vida. Se puede pensar a veces en revoluciones que todo lo cambien poco menos que queriendo partir en todo de cero.

sSe suele decir que Jesús es un revolucionario. Muchas veces escuchamos ese sentir. Jesús es cierto que viene a hacer un mundo nuevo, el Reino de Dios que el anuncia desde el principio, pero al mismo tiempo que nos enseña actitudes nuevas que todo tienen que transformarlo, sin embargo nos dice que El no ha venido a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No creáis que he venido a abolir la ley los y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.

Era la ley del Señor que en el Sinaí a través de Moisés se les había dado de parte de Dios con el que habían hecho Alianza; aquellos profetas eran los enviados de Dios precisamente para mantener el espíritu de la Alianza y fueran capaces de irla renovando en sus corazones.

¿Vendría Jesús a abolir todo eso? No tendría sentido, porque era la ley del Señor. Pero esos mandamientos del Señor con tantas interpretaciones y añadidos quizá había perdido su hondo sentido o algunos quizá sólo se quedaran en la letra. Jesús viene a dar plenitud. Jesús viene a darle hondo sentido. Jesús quiere que no nos quedemos raquiticamente en la letra sino que vayamos más allá para que en verdad envolvamos toda nuestra vida de ese sentido de Dios.

Por eso nos dice, ‘si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos’. No nos podemos quedar en ritualismos o en literalidades olvidando lo que viene a ser más importante. Jesús irá desgrando a través de todo el sermón del monte todo ese sentido nuevo, toda esa plenitud con que hemos de vivir la voluntad del Señor. No se trata ya solamente de no matar o no cometer adulterio, de no jurar en falso o de cumplir los votos hechos al Señor. Es algo más hondo, más profundo; algo que tendrá que envolver con un sentido nuevo toda la vida, todas las actitudes, todo lo que vayamos haciendo.

‘Se os dijo… pero yo os digo…’ nos irá repitiendo, para que no nos quedemos en raquitismos, en lineas que pongan límites a ver por lo más bajo posible, sino que sepamos mirar hacia arriba para buscar siempre lo más alto, lo más grande, lo mejor, la plenitud.

Son las actitudes nuevas del amor que tendrán que reflejarse en mil detalles pequeños; será la mirada limpia que supera el buscarse a si mismo, para buscar siempre lo que sea vida, donde brillará siempre el respeto y la valoración del otro por encima de cualquier pasión egoísta; será la búsqueda en todo momento de reconciliación y reencuentro y será el evitar el más pequeño detalle que pueda hacer daño bien a nosotros mismos o bien a los demás; será la autenticidad y la verdad de la vida en la que no hay engaño y que no necesita de apoyos como muletas para ser creídos o aceptados porque la verdad y la autenticidad brillarán por sí mismas.

Es una nueva sabiduría la que nos está enseñando Jesús. Una nueva sabiduría que nos enseña a saborear de modo nuevo nuestra relación con Dios, pero una nueva sabiduría que nos llevará a ese saber entenderse para vivir una comunión nueva de amor con los que nos rodean. San Pablo la llama ‘sabiduría que no es de este mundo’, pero que sin embargo está impresa en lo más hondo de nuestros corazones ‘desde antes de los siglos’, pero que quizá habíamos oscurecidos desde nuestros intereses egoístas o pasionales, y que Jesús y su Espíritu han venido a hacer brillar de modo nuevo en nuestra vida. ‘Dios nos lo ha revelado por el Espíritu’, termina diciéndonos san Pablo.

Son hermosos los detalles, incluso de las cosas pequeñas, con los que nos va señalando Jesús esa plenitud que le hemos de dar al cumplimiento de la ley del Señor. Detalles en la paz que hemos de buscar en todo momento, de manera que nos dirá que esa paz nacida del perdón y de la reconciliación tienen que preceder incluso al culto y la ofrenda que queramos presentarle al Señor. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.

No podrán haber palabras hirientes en nuestros labios y si en algun momento surgió algo entre nosotros hemos de procurar arreglarlo antes de que se pueda llegar a mayores cosas como consecuencia de esa espiral de violencia en la que somos tan fáciles en entrar. ‘Si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el tribunal, y si lo llama renegado, merece la condena… con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida…’

Ya sabemos lo que nos pasa en situaciones así; ninguno queremos callar ni quedar por debajo del otro, y a una palabra fuerte surgirá otra más fuerte y asi ya sabemos cómo vamos a terminar. Pero en los hijos del Reino no podrá ser así; los que viven el espíritu de las bienaventuranzas han de tener otro estilo para poder ser merecedores del Reino de los cielos.

Hay algo en cierto modo fuerte que nos dice Jesús hoy. Es la lucha que hemos de hacer contra el pecado y la tentación, contra todo aquello que pudiera ser ocasión o motivo de pecado para nosotros. Tenemos que arrancarlo de nuestra vida. No podemos andar con componendas con la tentación o las cosas que pudieran volverse pecaminosas en nuestra vida.

‘Si tu ojo te hacer caer… si tu mano te hace caer… arráncalo… córtala… que es mejor entrar tuerto o manco en el reino de los cielos que con los dos ojos o los dos brazos’. Es la radicalidad con la que tenemos que luchar contra el pecado. Son las actitudes nuevas que hemos de poner en nuestra vida y los actos buenos en los que han de reflejarse. Son los vicios que tenemos que arrancar y las virtudes en las que hemos de brillar.

No es necesario que sigamos entrando en más detalles en nuestra reflexión. Quizá lo que necesitamos es volver a leer el Evangelio para seguirlo rumiando en nuestro corazón. Una cosa, cuando nos dispongamos a leer y meditar el evangelio hagámoslo con fe; primero que nada hagamos una profesión de fe en que es la Palabra del Señor la que vamos a escuchar, y al mismo tiempo invoquemos al Espíritu Santo para que nos ilumine, para que allá en nuestro interior podamos ir descubriendo todo eso que nos quiere decir el Señor y nos lo ayude a comprender y a aplicar de forma concreta a nuestra vida.

‘Que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera’, vamos a pedir en las oraciones de la liturgia. Esas fuentes de gracia las tenemos en el Señor, en su Palabra, en los Sacramentos. Acudamos a beber el agua viva que nos da la vida verdadera. Nos sentiremos en verdad renovados en el Señor.

Thursday, March 25, 2010

Una resurrección para la vida

Una resurrección para la vida
la resurrección de Lázaro imagen de nuestra resurrección en Cristo (Jn. 11, 1-44)


Toda la vida del cristiano no es sino una participación en el misterio pascual de Cristo, una participación en su muerte y resurrección. Así desde nuestro Bautismo que fue un sumergirse en la muerte de Cristo para con El y en El renacer a una vida nueva.
Como nos dice san Pablo ‘los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…en una resurrección como la suya’.
De ahí que todo ha de ser para nosotros un vivir ese sentido de Pascua. Es más, en cada uno de los sacramentos estamos viviendo ese misterio pascual de Cristo, ya sea la Eucaristía, ya la Penitencia, o cualquiera de los otros sacramentos.
Pero la Iglesia en su liturgia nos invita y nos ayuda a vivirlo si cabe con mayor intensidad cuando a través del año litúrgico vamos celebrando el misterio de Cristo. Con una especial intensidad y solemnidad lo vivimos en el triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Momento intenso y momento central de todo el año litúrgico, que lo es también de toda la vida del cristiano.
Por eso nos preparamos a través de toda la Cuaresma en la que, iluminados por la Palabra de Dios que con toda riqueza cada día se nos proclama, por una más intensa vida de oración y la austeridad penitencial, vamos revisando, iluminando, renovando nuestra vida para que haya verdadera pascua en nosotros; para que logremos ese morir en verdad con Cristo al pecado para renacer limpios, purificados, llenos de nueva vida en la resurrección del Señor.
Estos días, con estas reflexiones que nos hemos ido haciendo, con estos tres encuentros con el Señor a través de estos textos de la Palabra de Dios que tanta importancia tienen en el itinerario de la catequesis bautismal y cuaresmal, hemos querido dar unos pasos que nos acerquen más a ese encuentro con el Señor. Hoy vamos a contemplar y meditar la escena de la resurrección de Lázaro, verdadero signo para nosotros de lo que tiene que ser ese renacer en el Señor.
‘El que amas está enfermo…’ le habían comunicado a Jesús de parte de las hermanas de Lázaro. Pero Jesús había respondido que esa ‘enfermedad no es de muerte, sino que tiene por finalidad manifestar la gloria de Dios, y a través de ella se dará también a conocer la gloria del Hijo de Dios’. Una respuesta semejante a lo que Jesús había respondido cuando el ciego de nacimiento allá en las calles de Jerusalén.
Pasados unos días Jesús dirá: ‘Vamos otra vez a Judea’. Algunos discípulos se resisten con miedo porque saben lo que traman contra Jesús. Se sentían acobardados y con miedo, por lo que pudiera pasar. ‘Lázaro está dormido, voy a despertarlo…’ seguirá diciendo Jesús. ‘Si duerme, despertará’, le comentan, pero Jesús aclarará ‘Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de no haber estado allí para que creáis…’ Será Tomás el que exclamará ‘vayamos y muramos con El’, aunque más tarde sea el que esté ausente y luego dude pidiendo pruebas palpables de su resurrección.
Iba a ser un gran signo para la fe de sus discípulos. Una gran señal para nosotros también. Para que se reavive nuestra fe, pero también para que nos demos cuenta de nuestras verdaderas enfermedades de las que Jesús ha de curarnos, de esos sueños de muerte que hay en nosotros de los que tiene que despertarnos, de esa muerte que nos acecha, y de la vida que Jesús quiere ofrecernos. Tendrá, pues, que crecer nuestra fe en El. Fe en la vida verdadera que nos arranca de la muerte, de la peor de las muertes.
¿Cuál es la muerte que nos acecha? ¿Cuál es la muerte que hemos dejado entrar en nuestra vida? Reconozcamos nuestro pecado. Reconozcamos que muchas veces se nos adormece nuestra fe. Reconozcamos también los miedos que nos oprimen el alma. Reconozcamos la debilidad de nuestra vida, la poca constancia con la que luchamos contra el mal. Reconozcamos que muchas veces también nosotros dudamos, queremos pruebas, queremos palpar y tocar con nuestras manos o con nuestras razones para poder creer. Reconozcamos que rehuimos el sacrificio y el esfuerzo y preferimos una vida más cómoda y sin dificultades. Reconozcamos nuestras rebeldías, nuestros anti-testimonios y malos ejemplos. Reconozcamos esa vida tan insulsa que vivimos sin querer comprometernos con nada. Reconozcamos nuestras insolidaridades y egoísmos. Reconozcamos el materialismo y las sensualidades a los que nos hemos acostumbrado. Son tantas cosas que tenemos que reconocer…
Cuando Jesús llegó a Betania ambas hermanas, cada una por su lado, saldrán con la misma queja al encuentro con Jesús. ‘Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano…’ Es cierto que con tiempo le habían avisado y en cierto modo suplicado su presencia, como tantas veces Jesús había venido a Betania a aquel acogedor hogar. Pero Jesús ahora no había venido tan pronto como a ellas les hubiera gustado.
Como nos sucede a nosotros que también algunas veces nos quejamos al Señor porque decimos que no nos escucha, que no le vemos tan presente a nuestro lado (o eso nos parece) cuando lo necesitamos en nuestros problemas, en nuestros sufrimientos. Pero aquel comentario de Jesús a los discípulos nos puede valer a nosotros también. ‘Esta enfermedad no es de muerte… para que se manifieste la gloria de Dios… para que vosotros también creáis…’ Pero es que nos cuesta a veces descifrar los caminos de Dios. El nos escucha pero seguro que El actuará en nosotros cuando sea mejor para la mayor gloria de Dios, para lo que sea mejor para nuestro crecimiento en la fe.
A pesar de las quejas de Marta y María, y de que están pasando por la noche oscura de la muerte de su hermano con todo el dolor para ellas, vemos, sin embargo, que la fe de aquellas mujeres no mermará. ‘Aún así yo sé que todo lo que pidas a Dios, El te lo concederá’, le dirá Marta para terminar afirmando categóricamente: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo’.
Y es que Jesús es la Resurrección y la Vida. Si creemos de verdad en El tendremos vida para siempre. Que no decaiga nuestra fe. Aunque se nos metan muchas sombras y tinieblas en la vida, si nos mantenemos firmes en nuestra fe, la muerte no podrá hacernos ningún daño. El nos arrancará de las tinieblas, de las garras de la muerte. Con Jesús podemos tener vida para siempre. ‘El que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre…’
Marta está entendiendo todo esto en principio pensando en la resurrección final. ‘Sé que resucitará en el último día, cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos’, le dice. Pero Jesús le dice que no será sólo entonces. Es cierto que esa esperanza no la podemos perder. La necesitamos. Pero Jesús dice algo más: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida’. Es que el Señor puede resucitarnos ahora, quiere resucitarnos ahora de esa muerte que se nos va metiendo en el alma, de ese pecado que nos lleva a la muerte. Cristo nos resucitará, nos dará el perdón de los pecados.
Aquí tenemos que pensar en el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Ya dijimos que todo sacramento es una participación en la muerte y en la resurrección del Señor. Cristo en el sacramento de la Penitencia nos resucita, nos arranca de la muerte, nos perdona nuestros pecados. Así tenemos que vivirlo. Así tenemos que experimentar en nosotros esa nueva vida que Dios nos da en virtud de su muerte y resurrección.
‘Dios, Padre de misericordia, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz…’ Así nos dice el Sacerdote cuando nos da la absolución, perdón de los pecados en el nombre de Dios, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo cuando celebramos el sacramento.
También Cristo se para delante de la tumba de nuestra vida para arrancarnos de la muerte. Así llega a nosotros en el Sacramento. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro profundamente conmovido, dice el evangelio. ‘Jesús al verla llorar y a los judíos que también lloraban, lanzó un profundo suspiro y se emocionó profundamente… rompió a llorar… y profundamente emocionado se acercó más al sepulcro’. Los judíos estaban admirados de cómo Jesús lo quería.
También Cristo nos ama y llora por nosotros, por nuestra muerte, por nuestro pecado. Podemos recordar todo su sufrimiento en su pasión, desde el sudor de sangre en Getsemaní hasta la sangre y agua que brotó de su costado con la lanzada del soldado después de muerto, podríamos recordar aquí toda su pasión en sus diferentes pasos hasta su muerte en la Cruz.
Muchas más cosas podríamos comentar. ‘Lázaro, sal fuera…’ gritó Jesús. Cristo nos llama, viene a nosotros para desatarnos de todas esas ataduras, de todas esas vendas y sudarios de muerte y de pecado que no nos dejan caminar con la libertad de la luz y de la vida.
Cristo viene a nosotros también como el padre que corre al encuentro del hijo perdido y muerto que vuelve y que resucita para comérselo a besos y hacer fiesta, como nos enseña Jesús en la parábola. Cristo nos viste de nuevo la vestidura nueva de la gracia, de la vida; aquella vestidura que blanca se nos dio en el Bautismo, que hemos manchado tantas veces con nuestro pecado y que ha sido lavada en la sangre del Cordero. Cristo viene para crear en nosotros los hombres nuevos de la gracia. Cristo nos salva, nos redime, nos perdona, hasta llegar a disculparnos como lo hizo desde la cruz, ‘porque no saben lo que hacen’.
Que cuando llegue la celebración de la Pascua de Resurrección nosotros hayamos resucitado con Cristo.
 

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