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Monday, May 30, 2011

Como María templos y sagrarios del Espíritu para llevar a Dios a los demás con nuestro amor


Sofonías, 3, 14-18;

Sal.: Is. 12, 2-6;

Lc. 1, 39-56

Habiendo conocido María por el anuncio del ángel no sólo el misterio glorioso que en sus entrañas se estaba realizando de que Dios se encarnase en su seno para nacer hecho hombre y ser Dios en medio de nosotros, sino conocido también cómo el Señor había tenido misericordia con su prima Isabel al concebir un hijo a pesar de su vejez, se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a la casa de Zacaría y su prima Isabel.

Ahí va María, aprisa, sobre las alas del amor e impulsada por el Espíritu de Dios como verdadero templo del Espíritu y sagrario de Dios derramando las gracias y la bendiciones de Dios que así ya se hacía presente entre nosotros repartiendo la salvación. Se llenará Isabel del Espíritu Santo con la presencia de María, saltará la criatura en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, Dios está allí y María es portadora de Dios a quien lleva en sus entrañas, y María también inspirada por el Espíritu divino prorrumpirá en cánticos de alabanzas y de bendición al Señor.

¿Cómo no va a cantar María la alabanza del Señor? ‘El Señor, tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva, había anunciado el profeta. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como día de fiesta’. Claro que tiene que ser día de fiesta cuando así María se siente amada del Señor; tiene que ser dia de fiesta también para nosotros porque el Señor está en medio de nosotros también con su amor y con su salvación; se goza y se complace en nosotros, en nuestra fe y en nuestro amor, lo que nos tiene que hacer saltar también de júbilo a nosotros como en día de fiesta, que decía el profeta.

Todo se convertirá en fiesta y en cánticos de alabanza al Señor que obra maravillas, porque con el nacimiento de Juan también Zacarías prorrumpirá en canticos de bendiciones al Señor que así ha visitado a su pueblo. Es la visita de María, pero es la visita del amor porque allí iba María para servir, para ayudar, para amar y mostrar su incondicional amor. ‘María se quedó con Isabel unos tres meses…’, nos dirá el evangelista para significar que allí estuvo hasta el nacimiento de Juan prestando la ayuda que aquella madre, ya mayor, podría necesitar. María siempre para servir. María icono del amor más hermoso. María siempre señalándonos con su propia vida lo que el Hijo que lleva en sus entrañas luego también nos enseñará y pondrá como distintivo de nuestra vida como seguidores de Jesús.

Es la visita de María, pero es la visita de Dios. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, cantaría María. ‘Bendito sea Dios que ha visitado y redimido a su pueblo’, cantará el anciano Zacarías, porque sus ojos de fe están viendo como Dios se hace presente; su hijo será el precursor, el que señale el camino, el que vaya delante, pero es que allí está ya Dios en medio de ellos. Como decíamos, María es ese templo del Espíritu, ese sagrario de Dios que nos hace presente a Jesús con su salvación.

Queda para nosotros un mensaje que nos lo explicita la liturgia en las oraciones de esta fiesta. Pedíamos que así cómo Dios ha preparado en el corazón de María una digna morada al Espíritu santo, así también nosotros lleguemos a ser templos dignos de su gloria. Llamábamos a María Sagrario de Dios porque allí en su seno llevaba al verdadero Dios hecho hombre que en sus entrañas se encarnaba, así nosotros desde nuestro bautismo hemos sido también ungidos para ser ese templo de Dios, esa morada del Espíritu.

Que seamos dignos templos del Espíritu porque en nosotros brille la santidad y el amor. También nosotros por la santidad de nuestra vida hemos de ir llevando a Dios a los demás. Con los ojos del amor hemos de ver a Dios en los demás para mostrarles nuestro amor y nuestro servicio. Pero a través del amor que tiene que resplandecer en nuestra vida hemos de ser signos de ese amor de Dios a los demás; asi llevaremos a Dios a los demás, como María cuando fue impulsada por el Espíritu pero para el servicio y el amor allá a la lejana montaña de Judea a casa de Zacarías e Isabel.

Tuesday, December 21, 2010

María nos enseña a asombrarnos ante las maravillas del Señor


Sam. 1, 24-28;

Sal. 1Sam. 1, 4-8;

Lc. 1, 46-56


María no salía de asombro en asombro. Anonadada se había quedado con el anuncio del ángel y las maravillas que Dios le anunciaba que en ella se iban a realizar –se había turbado ante las palabras del ángel y se preguntaba qué saludo era aquel y qué era lo que el Señor le quería manifestar y al final no había sabido decir sino que era la esclava del Señor y que se hiciese y cumpliese en ella lo que su palabra le decía. Su admiración y asombro era una admiración y asombro de fe.

Ahora que había caminado hasta la montaña a casa de su prima Isabel porque el ángel le había dicho que el Señor le había hecho la misericordia de concederle el don de la maternidad – asombro también en esa misericordia de Dios para con su prima – pero se había encontrado que lo que en ella había sucedido era motivo también para que Isabel la llenara de bendiciones y alabara y bendijera también al Señor. No salía de su asombro pero era, como decíamos el asombro y la admiración de la fe que le haría prorrumpir a ella también en cánticos de alabanza al Señor.

No puede menos que hacerlo. Se regocija en el Señor, le canta agradecida, su corazón se llena de la más inmensa alegría, proclama las maravillas del Señor. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador’. También el Señor ha vuelto su rostro misericordioso hacia ella y se ha fijado en su humildad. Aunque reconoce las grandezas del Señor que en ella se están manifestando, sigue sintiéndose anonada y pequeña, se sigue sintiendo la humilde esclava del Señor.

El cántico de María es ese cántico alborozado y lleno de gratitud por cuanto Dios se ha fijado en ella como un día Ana, la madre de Samuel, también habia cantado al Señor que en ella también había manifestado su misericordia y le había concedido el don de la maternidad. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura y el cántico que hemos proclamado en el salmo de gran semejanza con el cántico de María.

María canta al Señor reconociendo las obras grandes que el Señor ha hecho en ella y todo es alabanza para el Señor; ‘su nombre es santo’, proclama casi como anunciándonos lo que Jesús nos va a decir cuando nos enseñe a orar y nos proponga el modelo de oración del padrenuestro, ‘santificado sea tu nombre’. Se regocija María porque si bien todas las generaciones la alabarán y felicitarán eso será motivo para que todos también alaben el nombre del Señor.

Pero María no está cantando al Señor sólo por ella misma, sino que en cierto modo es el cántico de los redimidos, es el cántico de todos los que han sentido sobre sí la misericordia del Señor, es el cántico de los hombres nuevos del Reino de Dios que en Jesús se va a establecer. Son todos los pequeños y los humildes que son enaltecidos; son todos los que han sido elevados a una vida y dignidad nueva con la gracia del Señor que en su misericordia quiere derramar sobre todos los hombres.

Se cumplen las promesas del Señor, las que hizo a Abrahán y su descendencia, de las que ahora todos somos beneficiarios. El Señor manifiesta su poder y su gloria, el Señor nos ofrece la salvación, hemos de dar gracias a Dios, hemos de cantar continuamente la gloria del Señor.

Estamos a las puertas de la Navidad. El Señor viene y viene con su salvación. La misericordia eterna del Señor se va a manifestar sobre nuestra vida. sepamos asombrarnos como María ante tanta maravilla de amor en su nacimiento en Belén. No perdamos la capacidad de asombro y que se despierte nuestra fe como María para alabar y bendecir al Señor. De María aprendamos a cantar la alabanza del Señor. Haciendo nuestro el cántico y la oración de María preparémonos nosotros debidamente para hacer que Dios nazca de verdad en nuestro corazón y en nuestro mundo.

Saturday, August 14, 2010

La Asunción siembra en nosotros semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 15, 20-27;
Lc. 1, 39-56

Alegrémonos todos en el Señor en esta fiesta de María. No podemos menos que comenzar nuestra reflexión manifestando ese gozo grande que sentimos en el corazón en esta fiesta de la Asunción de María. Celebramos el triunfo de María, su glorificación al ser llevada al cielo en cuerpo y alma una vez concluido el curso de su vida terrena, como proclamamos en el dogma de la Asunción. No podía ser menos para quien era la Madre de Dios, quien había prestado sus entrañas para que en ella se encarnara y de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios.
Se alegran los ángeles. Se alegra toda la creación. Nos sentimos llenos de alegría todos los mortales en esta glorificación de María, la mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada de estrellas que contemplamos en el Apocalipsis, porque es anticipo, es camino de la gloria a la que nosotros estamos también llamados. Nos alegramos los hijos de María porque la contemplamos en la gloria del cielo participando ya plenamente de la resurrección de Cristo, del reinado de Cristo.
Siempre recordamos las palabras del prefacio donde expresamos todos los motivos de dar gracias a Dios en Jesucristo y que marca el ritmo y el sentido pleno de nuestra celebración. Hoy María, la Virgen Madre de Dios, ha sido llevada al cielo, y ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. La celebración de esta fiesta de María pone en nuestra alma semillas del gozo futuro que un día nosotros alcanzaremos.
Hoy somos peregrinos en medio de los caminos de esta vida pensando en la meta de nuestra patria del cielo. El peregrino, al que hay momentos en que se le hace duro el camino, muchas veces se pregunta si merece la pena ese esfuerzo que está realizando, esa lucha por superar las dificultades que encuentra en su camino, pero piensa en la meta que un día alcanzará y se siente estimulado en la esperanza del gozo que un día va a sentir cuando llegue a la meta de su peregrinación.
Todos han escuchado, ya que estamos en el año Jacobeo, que en la cercanía de Compostela hay un monte que llaman el Monte del Gozo, porque allá en el horizonte se vislumbras las torres de la catedral de Santiago, y parece que ya entonces su caminar a pesar de los cansancios se hace más ligero para llegar a la meta de peregrinación. Todos se llenan de gozo grande cuando ya ven cercana la meta de su peregrinación.
Necesitamos en ese camino de peregrinación que vamos haciendo por nuestra vida pensamientos luminosos que pongan alas en nuestros pies; necesitamos ese estímulo de los han que llegado antes que nosotros a la meta para pregustar también nosotros el gozo de la gloria que un día alcanzaremos. Podemos nosotros también llegar a la meta, a la patria del cielo.
María es el Monte del Gozo de nuestra peregrinación que nos alienta y nos hace pregustar el gozo que un día alcanzaremos en la gloria del cielo; María ‘es consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’; esta fiesta de la Asunción de María es para nosotros ese estímulo que necesitamos para nuestro caminar. Figura y primicia de la Iglesia, como la proclamamos en el prefacio.
María, al contemplarla en su Asunción gloriosa, siembra en nuestra alma esas semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos. Ella es la Madre que hoy contemplamos glorificada en el cielo, pero que sabemos que no nos ha dejado sino que sigue caminando a nuestro lado alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor. Por eso Cristo quiso dejárnosla como Madre en ese momento solemne de la Cruz. María es ese espejo de santidad en el que nos miramos y de ella queremos aprender para hacer bien nuestro camino.
En el evangelio que hoy hemos escuchado nos enseña muchas cosas. María nos enseña a ir al encuentro con los demás. No caminamos solos, sino que ese camino tenemos que saber hacerlo con los demás; nunca aislados de ellos. Lo primero que nos dice el evangelio de hoy es que, al tener conocimiento de lo que allá en la montaña sucedía con su prima Isabel, ‘se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’.
Cuánto podemos llevar cuando vamos al encuentro de los otros, cómo cuánto podemos recibir de ellos también. Con la presencia de María en aquel hogar de la montaña Dios se hizo presente de manera especial en medio de ellos. ‘Isabel se llenó de Espíritu Santo’, Juan quedó santificado en el seno de su Madre. Con María llegaba Dios, se hacía presente Dios. Con nuestro amor, en nuestro encuentro con los demás, siempre vamos a llevar a Dios y Dios sabe hacer cosas grandes y maravillosas a través de nosotros aunque nos consideremos o seamos pequeños. Y nosotros también podemos llenarnos de Dios porque en los demás, sea quien sea con quien nos encontremos, Dios también quiere venir a nuestra vida. Descubramos siempre cuánto bueno recibimos de los demás.
Hoy escuchamos cantar a María proclamando las grandezas del Señor. Tiene que ser también nuestro cántico, el cántico de los peregrinos que descubren las maravillas que el Señor va haciendo en nosotros en nuestro camino. Es el cántico de la esperanza porque con ese cántico de María nos sentimos también estimulados para esa lucha porque sabemos que con Dios este mundo en verdad se puede transformar. Esa tarea que se nos ha encomendado de vivir el Reino de Dios y de hacerlo presente en nuestro mundo no es una tarea imposible porque con Dios lo podemos realizar.
‘El hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, que canta María. Nos está diciendo, estamos cantando y proclamando con María que esos parámetros del Reino de Dios se realizan y nos llenamos de esperanza. Es lo que canta María y tiene que ser nuestro cántico. No sólo palabras bonitas sino dejar hacer, dejar realizar esa acción transformadora de Dios. La soberbia dejará paso a la humildad, la violencia a la paz, el odio al amor, la envidia y el resentimiento a la generosidad.
Y es que mientras peregrinamos hacia la gloria definitiva nos sentimos comprometidos en hacer mejor nuestro mundo, en hacernos mejores nosotros y en ayudar también a que los demás cambien su corazón. Son las semillas del Reino de Dios que tenemos que ir sembrando en todo eso bueno que hacemos, en esa justicia por la que luchamos, en esa paz que buscamos y queremos construir, en ese amor que queremos ir poniendo en todos los corazones.
Hoy nosotros miramos a María en esa advocación tan querida para nosotros los canarios. Cuántos llegados de todos los rincones van a postrarse ante la Imagen bendita de Ntra. Sra. de Candelaria. Ella nos trajo la luz a nuestra tierra porque ya ella nos estaba enseñando a mirar a su Hijo Jesús antes incluso que llegaran los primeros evangelizadores. Ella ha seguido allí desde su Santuario pero en el corazón de todos los canarios enseñándonos el camino de la luz verdadera y ayudándonos a mantener esa luz siempre encendida en nuestro corazón.
María, portadora de la luz, la Candelaria, nos está diciendo que vayamos al encuentro con los demás llevando siempre esa luz. Que no se nos apague la fe, que no se difumine por ningún motivo la esperanza, que se encienda siempre muy fuerte la hoguera del amor en nuestra vida. La contemplamos glorificada y nos hace levantar la mirada hacia lo alto, para que pongamos altas metas, nobles ideales en nuestro corazón. Para que con ella nos sintamos elevados en su Asunción porque la gloria que en ella hoy contemplamos también puede ser un día nuestra gloria, la que en el Señor alcancemos en el cielo.

Sunday, May 30, 2010

La visita de María a Isabel, la visita de Dios


Sofonías, 3, 14-18;
Sal. Is. 12, 2-6;
Lc. 1, 39-56


‘¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?’ Es la pregunta que se hace Isabel cuando María llega a visitarla en aquel lugar apartado de la montaña de Judea.
María, que con la visita del Ángel en Nazaret ha recibido la visita de Dios, que por la acción del Espíritu Santo comienza a ser la Madre de Dios, a llevar al Hijo de Dios encarnándose en sus entrañas ‘se pone en camino y va aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, a casa de Zacarías’.
Es la reacción de la fe y la reacción del amor. No se puede quedar quieta con todo aquello que en ella está sucediendo y las noticias que recibe. Reacción de la fe porque reconoce la acción de Dios en su vida; se ha fijado en ella, en su pequeñez, ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mí’. Reacción del amor, porque su actitud primera es la del servicio; tiene conocimiento de que su prima Isabel, la que consideraban estéril y además era ya entrada en años, va a tener un hijo, y allá va María para servir.
Es así cómo llega María ‘a casa de Zacarías y saludó a Isabel’, como nos dice el evangelio. Llega María hasta Isabel pero con ella va la gracia del Señor y comienzan a realizarse las maravillas. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo’, y comienza a profetizar; es capaz de reconocer quien es María que se ha convertido en la Madre del Señor y comienzan los cánticos de bendiciones y alabanzas. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Juan salta de alegría en el seno de Isabel y queda santificado con la presencia de Dios que llega con María. Va a ser el ‘profeta del Altísimo’ que viene a preparar los caminos del Señor, y ya queda santificado quien va a ayudar a las gentes a prepararse por caminos de penitencia y búsqueda de la santidad a la llegada del Señor que con María ya ha llegado hasta él.
Y María también se llena del Espíritu santo y prorrumpe en hermoso cántico de alabanza y acción de gracias por el actuar del Señor. Dios que actúa en María: ‘el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es santo’. Dios que se manifiesta con su misericordia para con todos los hombres: ‘y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
Pero Dios que llega transformando los corazones: ‘El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’. Serán los humillados que serán enaltecidos, los hambrientos que quedarán saciados; serán los pobres y sencillos de corazón que conocerán a Dios; serán los puros de corazón que verán a Dios.
Es el Dios que cumple sus promesas –‘auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres, a Abrahán y su descendencia para siempre’-. Con la llegada de Dios encarnado en las entrañas de María nacerá un hombre nuevo y una humanidad nueva, el hombre y la humanidad de la fe y del amor.
La visita de María a Isabel es la visita de Dios, no sólo para Isabel sino para toda la humanidad. La visita de Maria a Isabel y cómo ambas mujeres acogen esa llegada de Dios a sus vida es para nosotros ejemplo de cómo tenemos que acoger a Dios que sigue actuando en nuestra vida. Pero nos enseña algo más: como María nosotros tenemos que ir llevando a Dios a los demás, por la fe y por el amor; como María tenemos que hacernos portadores de Dios. El hombre, el mundo de hoy necesita y espera, quizá sin saberlo, esa visita de Dios. En nuestra fe y en nuestro amor está el hacer que Dios llegue a muchos a nuestro lado.
 

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