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Tuesday, April 12, 2011

La fe en Jesús nos conduce a la libertad y a ser hijos de Dios

Daniel, 3, 14-20.91-92.95;

Sal.: Dan. 3, 52-56;

Jn. 8, 31-42

La fe en Jesús nos llena de libertad y nos hace verdaderos hijos de Dios. Así podría resumir en pocas palabras el mensaje que nos ofrece el evangelio. Partimos de nuestra fe en Jesús. Creer en El. Lo que nos dará sentido a todo. Lo que en verdad nos engrandecerá.

‘Dijo Jesús a los judíos que habían creido en El’, nos dice el evangelista. ‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’.

No entendían los judíos. No se consideraban ni querían ser esclavos. Precisamente su gran lucha era en aquellos momentos verse liberados del dominio de los romanos. Pero Jesús hablaba de otra libertad más honda y profunda. Cómo otra había sido la libertad cuando salieron de Egipto. No fue solo verse libres de la esclavitud del Faraón, sino era sentirse un pueblo nuevo, un pueblo libre, un pueblo amado y protegido por Dios que les conduciría a la tierra prometida. Fue grande el proceso que en el interior de aquel pueblo se fue realizando en su camino por el desierto. Con la Alianza realizada con el Señor caminaban hacia la verdadera libertad.

Jesús habla ahora de creer en El, ser su discípulo, conocer la verdad y por esa verdad ser libres de verdad. Una libertad que desde esa fe les llevaba a ser verdaderos hijos de Dios. Porque creyendo en Jesús ya el pecado tiene que estar alejado totalmente de la vida del creyente. Esa es la peor esclavitud en la que podemos caer, el pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos dice Jesús. Y de ahí Cristo nos quiere liberar. Derrama su sangre para el perdón de los pecados, para que nos veamos liberados del pecado para siempre. Por eso su Alianza es definitiva, es una Alianza nueva y eterna.

Protestaban los judíos en su discusión con Jesús porque ellos, decían, eran hijos de Abrahán. Pero no se trata solo de un linaje o una herencia. Es algo distinto a conseguir y solo lo podemos conseguir si verdad ponemos toda nuestra fe en Jesús. Cuando nos unimos a Jesús por el Bautismo nos llenaremos de la vida de Dios, por la fuerza del Espíritu comenzaremos en verdad a ser hijos de Dios. Unirnos a Jesús, creer en El, punto de arranque necesario y esencial.

Todo esto nos viene bien recordarlo y meditarlo y rumiarlo una y otra vez. Porque nuestra fe se enfría muchas veces; porque nos sentimos tentados una y otra vez a volver a la esclavitud del pecado. Y queremos en verdad vernos totalmente renovados en esta Pascua que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Por eso muchas cosas hay que revisar, limpiar, purificar, restaurar para que brilla en nosotros la gracia del Señor, para que vivamos la santidad a la que estamos llamados.

¿Seremos capaces como los tres jóvenes de los que nos habla el libro de Daniel de exponer nuestra vida a la muerte incluso en el tormento por mantener nuestra fidelidad al Señor? ‘Bendito sea Dios que envió a su ángel a librar a sus siervos que, confiando en El, despreciaron la orden real y expusieron la vida antes que dar culto a otro dios que sea el suyo’. Así exclamó el rey finalmente reconociendo la acción de Dios. Ellos se confiaban en el Señor que podía liberarlos, pero, como dijeron en un momento, aunque no lo hiciera seguirían adorando al único Dios y Señor. Ojalá sea así de firme nuestra fe.

Saturday, January 29, 2011

Las bienaventuranzas, un mensaje de esperanzas entonces y hoy


Sof. 2, 3; 3, 12-13;

Sal. 145;

1Cor. 1, 26-31;

Mt. 5, 1-12

Hasta ahora en estos primeros domingos del tiempo ordinario que nos han ido presentando a Jesús en sus primeros momentos de su vida pública casi no hemos oído hablar a Jesús. Invitaba a la conversión porque llegaba el Reino de Dios; el evangelista nos decía que iba por las sinagogas enseñando y ha llamado a seguirle a los primeros discípulos, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, pero pocas son las palabras que le hemos escuchado hablándonos en concreto del Reino de Dios anunciado y cuya aceptación requería la conversión.

¿En que consistía el Reino de Dios que anunciaba? El evangelista Mateo nos dice hoy: ‘Al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándoles…’ Es el llamado sermón del monte que viene a ser como un compendio de todo el mensaje de Jesús. El escenario, por decirlo de alguna manera, nos recuerda a Moisés también en lo alto del monte, para traer las tablas de la ley del Señor. Sentado como un maestro enseña a sus discípulos dándoles las características de ese Reino de Dios anunciado y que llegaba. Nos dice cuáles han de ser nuestras actitudes y valores, cuál ha de ser el estilo de vida y comenzará haciéndonos el anuncio gozoso de las bienaventuranzas. Tendremos oportunidad este año, en los domingos que nos restan hasta que llegue la Cuaresma, de escuchar prácticamente entero el sermón del monte.

Comienza, decíamos, haciendo el anuncio gozoso de las bienaventuranzas. Palabras de dicha y de gozo, palabras que suscitan esperanza, palabras que nos hacen levantar la mirada hacia una vida nueva. Porque nos anuncia dicha y felicidad, - ¿quién no quiere ser dichoso y feliz? -; porque para todos aquellos que tienen inquietud en el corazón se les abre una puerta que los conduce a una dicha de plenitud; porque para los que se sienten atormentados por el dolor o la pobreza se les promete consuelo y esperanza de algo nuevo; porque nos abren un camino que nos lleva a la plenitud de un Dios que nos mira como hijos y que colmará todas nuestras más hondas esperanzas; porque nos dice que es posible la luz de la dicha y la felicidad a pesar de las negruras de nuestros sufrimientos.

¿Quiénes son los que escuchan a Jesús aquel día? ¿a quiénes dirige su mensaje? Ya conocemos la situación del pueblo por lo que vemos en el resto del evangelio. Son los pobres y los humildes; los enfermos y los que sufren por tantas causas; los que sienten arder su corazón en el deseo de algo nuevo; los que están ansiosos de paz y de misericordia porque sienten que les duele el corazon por la violencia o el mal que han dejado meter en él, pero los que también la desean y la buscan para los demás; los que quieren caminar con rectitud, pero que se les hace difícil por el ambiente perturbado por el mal que los rodea; los que algunas veces son incomprendidos y, como un anuncio profético de lo que van a padecer sus discípulos, son perseguidos a causa de la verdad y la justicia.

Pobres, enfermos aquejados de diversos males – las listas que nos ofrecen los evangelistas son bien largas -, muchos marginados a causa quizá de su propio mal – recordemos los leprosos o cualquier discapacitado encerrado en su soledad sin que nadie le tuviera en cuenta -, la gente sencilla y humilde de Galilea, pero también los que han venido de lejos. En medio o al margen, como queramos mirarlos, tantos otros que sólo quieren mirar desde la distancia como si aquello no fuera para ellos, porque se sienten justos y se sitúan por encima de los demás. Sus esperanzas, si las tienen, van por otro camino porque son otras las satisfacciones que buscan, aunque para ellos es también este mensaje de Jesús. Es un variopinto panaroma el que ofrecen todos aquellos que al pie del monte le escuchan.

Pero quizá no sólo tengamos que preguntar por quienes entonces le escucharon, sino por quienes hoy le escuchamos y a quien nos dirige hoy también su mensaje. Mirémonos a nosotros y veamos o seamos conscientes de nuestra propia realidad. ¿En qué lado nos ponemos de toda esa variopinta gama de personas que vinieron a escuchar a Jesús entonces? Seamos de verdad de aquellos a quienes nos llena de esperanza el mensaje de Jesús a pesar, o por eso mismo, de que nos veamos abrumados por tantas cosas que quizá nos hagan sufrir.

No vengamos hasta Jesús con un corazón saciado y complacido en sí mismo; no nos pongamos a analizar las palabras de Jesús como quien mira desde la distancia, sino vayamos con un corazón pobre y humilde, siendo conscientes de nuestras carencias y de tantas cosas que nos hacen que nos duela el alma; sintamos primero que nada que necesitamos esa misericordia y compasión porque somos los primeros pecadores, pero que eso nos haga tener también un corazón sensible y delicado para compadecer y para perdonar, para consolar y buscar simpre primero el bien del otro; que el ansia que sintamos en el corazón no sea por la posesión de cosas sino la búsqueda del bien y de la verdad, de la paz y de la justicia para todos, aunque eso nos haga sufrir o eso tenga consecuencias para nuestra vida. Es Jesús el que nos saciará plenamente, el que nos hará alcanzar misericordia, el que nos llenará de Dios para verle y poder ser sus hijos. ‘Verán a Dios… se llamarán hijos de Dios… de ellos es el Reino de los cielos’.

Sólo así podremos sentir el consuelo que Jesús nos ofrece a nuestras lágrimas y sufrimientos; sólo con ese corazón limpio seremos capaces de conocer y de ver a Dios que se nos manifiesta y llega a nuestra vida; sólo así seremos dignos del Reino de los cielos que Jesús nos promete y es como alcanzaremos la plenitud que nos anuncia; sólo así podremos aspirar a esa recompensa eterna, esa herencia eterna que nos promete, porque sabemos que sólo allí junto a El, en el reino de los cielos podremos alcanzar esa vida y esa dicha sin fin.

Para nosotros es también el mensaje de Jesús. Para nosotros es esa dicha y felicidad que nos promete. También nuestro corazón tiene que llenarse de esperanza cuando oímos a Jesús. Escuchémosle con sinceridad de corazón, con espíritu abierto, con humildad y con muchos deseos de conocer a Dios y todo el misterio que Jesús nos revela. ‘Buscad al Señor los humildes… buscad la justicia… dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor’, nos decía el profeta Sofonías.

Dejémonos soprender por el mensaje de Jesús y no caigamos en la rutina de los que ya todo se lo saben. Escuchemos su mensaje como si fuera la primera vez que se nos proclamara. Además no es un mensaje para escucharlo una vez y luego pasar página para ir a otra cosa. Es un mensaje que tendremos que rumiar con calma una y otra vez en lo hondo de nosotros mismos y cada día descubriremos algo nuevo, un paso más que dar, una actitud nueva que poner en el corazón. Repasemos de nuevo sin cansarnos ese maravilloso texto de las bienaventuranzas.

Por algo cuando comenzó su predicación a lo primero que nos invitaba era a la conversión y a creer en El. Si lo hacemos así se nos moverá y conmoverá de verdad el corazón, tendremos deseos de seguirle, surgirá ese compromiso entonces de luchar por ese mundo nuevo que llamamos Reino de Dios.

Friday, December 31, 2010

Celebramos a Jesús, contemplamos a María y pedimos por la paz



Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21

La alegría de la navidad se prolonga y se desborda un día y otro. Llegamos a la octava de la Navidad con el mismo entusiasmo y fervor. No es para menos si consideramos el misterio grande que estamos celebrando. No nos cansamos de mirar a Belén para contemplar a Jesús, misterio de Dios que se hace hombre; derroche de amor de Dios que se hace Emmanuel, Dios con nosotros, y viene a buscarnos para ofrecernos la Salvación.

Hoy en la liturgia, en una de sus oraciones, decimos cómo nos llena de gozo celebrar el comienzo de nuestra salvación. Así es, pues todas las promesas mesiánicas las vemos cumplidas en Jesús, desde aquel primer evangelio, primer anuncio de salvacion que ya allá en el paraíso tras el pecado de Adán se nos hizo. Contemplamos a la estirpe de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente maligna.

Pero celebrar la Navidad, que es celebrar el nacimiento de Jesús, no lo podemos hacer sin María. Como nos decía san Pablo hoy ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estábamos bajo la ley para que recibiéramos el ser hijos por adopción…’ Miramos a Belén, miramos a Jesús y miramos a María.

Es María, la madre de Jesús, que así es también la Madre de Dios. Por eso, hoy, octava de la Navidad, celebramos la fiesta grande de la mujer que hizo posible al Emmanuel, al Dios con nosotros; celebramos a María, la Madre de Dios. El don y la grandeza más excelsa de María que, porque iba a ser la Madre de Dios, estaba llena de gracia, llena de Dios. Así la invocamos desde el concilio de Efeso, siendo esta la fiesta más antigua dedicada a María en la liturgia romana. La llamamos Inmaculada o la proclamamos asunta al cielo en cuerpo y alma, la llamamos madre nuestra porque nos la dio Jesús en la Cruz, y contemplamos en ella las más excelsas virtudes, pero todo porque es la madre de Jesús, la Madre de Dios.

Como nos resume admirablemente el Concilio, ‘la Virgen María, al anunciarle el ángel la Palabra de Dios, la acogió en su corazón y en su cuerpo y dio la Vida al mundo. Por eso se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo y unida a El de manera íntima e indisoluble, está enriquecida con este don y dignidad: es la Madre del Hijo de Dios. Por tanto, es la hija predilecta del Padre y el templo del Espíritu Santo’ (LG 53).

Hoy nos gozamos nosotros con María. Es bendición de Dios para nosotros. Por ella nos vino Cristo y, como decíamos recordando el texto litúrgico, es el comienzo de la salvación para nosotros. Nos gozamos con María como todos se gozan con una madre en el nacimiento de su hijo. Cómo no vamos nosotros a gozarnos con su dicha de ser la Madre de Dios.

Pero nos gozamos nosotros con María y damos gracias a Dios porque también la ha hecho nuestra madre. La felicitamos en este día tan hermoso pero nos felicitamos con ella por tenerla siempre junto a nosotros haciéndonos presentes las bendiciones de Dios, pero al mismo tiempo dejándonos llevar de su mano para acercarnos a Jesús, para llegar a Dios y a la salvación. Ella siempre nos conducirá hasta Jesús y nos estará diciendo en todo momento: ‘haced lo que El os diga’.

Una cosa tendríamos que pedirle a María en especial en este primer día del año. Muchas cosas le pedimos siempre a María porque ella es la madre intercesora que nos protege y nos confiamos a ella muchas veces en nuestras peticiones para hacerlas llegar al trono de Dios. Aparte de pedirle que nos consiga siempre esa gracia de Dios que nos haga mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestro amor y que no perdamos nunca la esperanza, en este comienzo del año queremos pedirle especialmente por la paz para nuestro mundo.

Monday, July 19, 2010

Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre…

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 46-50

‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’, se pregunta Jesús. En pocas palabras podemos resumir el mensaje del evangelio diciendo que Jesús viene a mostrarnos quienes y cómo formamos su nueva familia. La ocasión viene motivada porque mientras está hablando a la gente vienen a decirle que su madre y sus hermanos están fuera esperándole.
Aclarar lo que creo que entendemos todos y es que cuando en el lenguaje bíblico se está hablando de hermanos como en este caso lo que se está haciendo es una referencia a los familiares, no sólo a los hijos del mismo padre y madre. También nosotros empleamos ese sentido cuando nos referimos a un pariente muy querido del que decimos que es como un hermano para nosotros. Es un texto que muchas veces se ha utilizado para originar controversias y debates sobre si Jesús tuvo más hermanos, María tuvo otros hijos sin ser Jesús, pero no vamos a entrar ahora en ese aspecto. Valga lo comentado.
‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la manos a los discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Está, sí, la familia a la que nos unen los lazos de la sangre. Pero con Jesús nace una nueva familia, la familia de quienes formamos el Reino de Dios; la familia de los que en verdad reconocen a Dios como Padre y como único Señor de su vida; la familia de los hijos de Dios; la familia de los que creyendo en Jesús vivimos en un nuevo sentido de amor y de fraternidad que nos une con los lazos más profundos; la familia de los que nos hemos dejado inundar por el Espíritu de Jesús para llenarnos de su nueva vida, esa vida que nos hace hijos de Dios; la familia, entonces, de los que queremos plantar en nuestro corazón y nuestra vida la palabra de Dios para cumplirla, para vivirla, para hacerla el único sentido y valor de nuestra existencia.
Por una parte podemos recordar otro texto del evangelio en cierto modo semejante. Una mujer anónima de entre el pueblo bendice y alaba a la madre que dio tal hijo ‘bendito el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron’, pero Jesús exclamará ‘dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, plantándola en su vida, se parecen, se asemejan a María; hoy nos dice los que escuchan la Palabra y la cumplen, son como María, son su madre y su hermano y su madre.
Nosotros, los que creemos en Jesús, aquellos de los que dice el evangelio de Juan ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’ somos esa nueva familia de Jesús desde que nacimos para El por el agua y el Espíritu en el Bautismo.
Pero que no lo seamos solamente porque se haya realizado un rito en nosotros, sino porque en verdad nosotros le hayamos dado ese Sí total de toda nuestra vida a la Palabra de Dios, porque la escuchemos y la plantemos en nuestro corazón. Que entonces por la fuerza del Espíritu nos sintamos transformados, nos sintamos hijos, nos sintamos miembros del Reino de Dios, familia de Jesús.
Escucha, pues, con atención la Palabra de Dios que llega a tu vida, plántala en tu corazón, conviértela en la única razón de tu existir.

Thursday, June 17, 2010

Hagamos profesión de nuestra condición de hijos al rezar el Padrenuestro

Eclesiástico, 48, 1-15;
Sal. 96;
Mt. 6, 7-15

‘Cuando recéis no uséis muchas palabras… vosotros rezad así…’ Y nos propone Jesús como modelo de nuestra oración el Padrenuestro. Ya en lo que escuchábamos ayer nos decía cómo habíamos de interiorizar dentro de lo secreto de nuestro corazón para orar a Dios, para sentir su presencia y escuchar a Dios. Hoy nos propone el modelo de nuestra oración. Mucho tendríamos que meditar sobre ello para aprender a orar de verdad tal como Jesús quiere que sea nuestra oración.
San Cipriano, Obispo y mártir de la Iglesia primitiva y gran doctor de la Iglesia hace una hermosa explicación del padrenuestro que quienes rezamos la Liturgia de las Horas tenemos oportunidad en estos días de leerlo en el Oficio de lectura. Entresaco algún párrafo que nos ayude en esta breve reflexión en nuestra celebración.
‘¡Cuán importantes, nos dice, cuántos y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros – dice el Señor – rezad así: Padre nuestro que estás en los cielos…
El hombre nuevo,
continúa diciéndonos, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa – dice el Evangelio – y los suyos no la recibieron. Pero a cuántos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos’.
Muchos más párrafos podríamos entresacar de los comentarios de san Cipriano, pero bástenos este breve párrafo. Creo que si consideráramos bien la dicha que tenemos de poder llamar a Dios Padre seguro que nuestra oración y nuestra vida toda sería bien distinta. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar. Dios es mi Padre que me ama. Es nuestro Padre que nos ama. Con cuánta confianza hemos de acudir a El no sólo en nuestras necesidades, sino en cada momento de nuestra vida para gozarnos en su amor.
Por ahí tendríamos que comenzar cada vez que rezamos el Padrenuestro, saborear esa palabra, saborear que podamos llamarlo Padre y podemos sentirnos sus hijos. De ahí fluiría nuestra oración de una forma hermosa. De esa dicha vivida en lo hondo de nuestro corazón nuestra actitud hacia Dios sería bien distinta. ¿Cómo no vamos a querer glorificarle en todo momento? ¿Cómo no vamos a reconocerle en verdad como nuestro Rey y Señor, el verdadero centro y motor de toda nuestra vida? ¿Cómo no vamos a mostrarle todo nuestro amor buscando siempre y en todo lo que es su voluntad?
Sabiendo cuánto nos ama, como nos dice hoy, ya no necesitaríamos muchas palabras para presentarle nuestros deseos o las peticiones por aquellas cosas que nos preocupan, porque sabemos que siempre están en su presencia. Sabiéndonos amados así de Dios que es nuestro Padre sentiremos al mismo tiempo su fuerza y su gracia que nos libera del mal, nos hace fuertes en la tentación, nos hace amar de una manera nueva a los demás incluyendo siempre el perdón.
Aprendamos a saborear la oración del Padrenuestro. Meditémosla muchas veces, diciéndola pausadamente, deteniéndonos en cada palabra, en cada invocación. Evitemos toda rutina al hacer nuestra oración. Pensemos siempre cómo estamos en la presencia de Dios que nos ama y con cuánto amor tenemos que amarle.

Saturday, May 29, 2010

Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios


Prov. 8, 22-31;
Sal. 8;
Rom. 5, 1-5;
Jn. 16, 12-15


‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.
 

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