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Saturday, June 25, 2011

Le damos gracias a Cristo en la Eucaristía por poder vivir en comunión con los demás


Deut. 8, 2-3.14-16;

Sal. 147;

1Cor. 10, 16-17;

Jn. 6, 51-58

Para comenzar nuestra reflexión una afirmación que tomamos del evangelio proclamado: ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el Pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo’.

Y una pregunta también al contemplar lo que sucede a nuestro alrededor en este día, ¿qué es lo que mueve a que hoy se movilicen tantas personas en nuestras comunidades y en nuestros pueblos, todo se llene de adornos y de flores, y salgamos a la calle con fiesta y alegría en el corazón?

La respuesta a la pregunta la tenemos en la primera afirmación. Estamos celebrando a quien nos ha dado su carne como Pan para vida del mundo. Pero respondemos también diciendo que esto es lo que cada semana celebramos cuando nos reunimos en el día del Señor, e incluso cada día, cuando celebramos la Eucaristía.

Es la fiesta de la Eucaristía. Es la fiesta del pan partido y entregado que es Cristo mismo que así se nos ha dado para ser nuestra vida, nuestro alimento, nuestro camino y nuestro sentido. Siempre tiene que ser así la fiesta de la Eucaristía. Porque siempre celebramos a Cristo que así se nos da, así se hace Eucaristía, alimento, ofrenda, sacrificio, camino de amor, viático que nos acompaña y nos alimenta.

Misterio admirable el que hoy celebramos y que queremos hacerlo con especial solemnidad, pero con el más profundo amor. En la contemplación de tan maravilloso misterio de amor que es la Eucaristía y como una proclamación firme y fuerte de nuestra fe en la presencia real y verdadera de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía nació en el corazón del pueblo cristiano esta fiesta del Corpus Christi, esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que pronto se extendió a toda la Iglesia.

Ahí vemos, pues, con qué entusiasmo se movilizan nuestros pueblos en torno a la fiesta de la Eucaristía. Muestra de ello esas hermosas alfombras, tapices, pasillos, descansos, arcos triunfales del más puro arte y artesanía, como hacemos en nuestra tierra, que levantamos al paso de Jesús presente en el Sacramento por nuestras calles y plazas, porque hoy no queremos, nos resulta imposible quedarnos dentro de nuestros templos.

Por eso mismo tenemos que considerar con la mayor profundidad el misterio grande que celebramos y que queremos vivir. Porque celebrar a Cristo en la Eucaristía es querer vivir a Cristo que en el Sacramento se nos da como alimento y como vida nuestra. ‘El Pan vivo bajado del cielo… para que tengamos vida para siempre’, como recordábamos y hemos escuchado hoy en el evangelio.

Y si Cristo se hace pan es para que le comamos. No es un alimento cualquiera, ni siquiera como aquel maná, pan venido del cielo, que comieron los israelitas en el desierto, pero que quienes lo comieron murieron. Como nos dice Jesús ‘el que come de ese pan vivirá para siempre’.

Esto nos está diciendo el especial significado que tiene este pan, esta comida. Porque es comer a Cristo, y eso significa hacernos una sola cosa con El. Comemos y nos llenamos de su vida; comemos y significa que estamos haciendo nuestro su amor porque ya tenemos que amar con un amor como el de El.

Comemos a Cristo en la Eucaristía y significa entrar ya en una especial comunión no sólo con El sino con todos los que son amados por El. No podremos decir que entramos en comunión con Cristo cuando le comamos, cuando comulguemos si no entramos en comunión también con los demás. Y eso es comprometido. Es serio. Nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras posturas ante los demás ya no pueden ser las mismas.

Recordemos lo que nos decía hoy Pablo en la carta a los Corintios. Ese cáliz de bendición, ese pan que partimos es comunión con la sangre de Cristo, es comunión con el Cuerpo de Cristo. ‘El pan es uno, afirmaba el apóstol, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan’. Qué hermoso y qué comprometedor. No podemos ir entonces a comulgar de cualquier manera. Iremos a comulgar a Cristo porque queremos comulgar también a los demás, porque ya vivimos en comunión con los demás y queremos estrechar más y más esa comunión. Sin eso no tendría sentido la comunión con el cuerpo de Cristo en la Eucaristía.

Y eso es lo que hoy queremos celebrar. Y por eso es por lo que manifestamos esa alegría grande en esta fiesta de la Eucaristía. Y es que queremos cantar a Cristo y darle gracias por esa oportunidad que nos ha dado de poder vivir en comunión con los demás. Y con El, con su fuerza, con su gracia, con su alimento de la Eucaristía podemos hacerlo posible.

Es hermosa y podríamos decir que bien significativa la forma con que en nuestros pueblos queremos celebrar esta fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Yo me atrevería a decir que en la forma como lo hacemos estamos dando señales de ese Reino de Dios cuando somos capaces de unirnos, de trabajar juntos para hacer todos los preparativos para esta fiesta, y cuando juntos como pueblo de Dios participamos en ella, en la celebración de la Eucaristía y en la posterior procesión con el Santísimo Sacramento por las calles y plazas de nuestros pueblos.

En ese sentido tendrían que manifestarse los frutos de esta fiesta y de esta celebración, pero no en los actos de un día, sino en esa comunión que vivamos cada día alimentados por la fuerza de la Eucaristía.

Celebrar la Eucaristía es algo grande y maravilloso. Algo que nos compromete profundamente y nos pone siempre en camino. Pero la maravilla está en que no nos sentimos solos y sin fuerzas. En la Eucaristía encontramos esa fuerza y esa vida.

Vamos a comer el pan de la Eucaristía que es pan de fortaleza para seguir avanzando en nuestro camino; es pan de esperanza porque la Eucaristía proyecta una luz intenso sobre la historia humana y el cosmos, como nos enseña Benedicto XVI; es pan de generosidad, que se parte y se reparte, y que nos enseña a partir y repartirnos por los demás; es pan de fraternidad porque es ahí donde más fuertemente nos sentimos hermanos y aprendemos a amarnos más intensamente; es pan de unidad y es pan de amor que nos une a Cristo y a los demás y nos hace amar con un amor bien especial.

De la Eucaristía tenemos salir transformados; nuestro espíritu tiene que sentirse especialmente iluminado y hasta en nuestro rostro, o en nuestras actitudes y posturas, en nuestra vida toda tendría que manifestarse ese resplandor de Dios que llevamos dentro. Como Moisés cuando bajaba de la montaña con el rostro resplandeciente. O como Elías cuando comió aquel pan que se le ofreció en el monte de Dios para volver con fuerza a dar su testimonio en el mundo hostil en el que vivía.

Celebremos con gozo grande esta fiesta de la Eucaristía y de la misma manera que hacemos profunda profesión de fe en la presencia real y verdadera de Cristo en el Santísimo Sacramento aprendamos a verlo y descubrirlo en los hermanos que están a nuestro lado, especialmente en aquellos que más sufren.

Comamos el Pan vivo bajado del cielo que es Cristo mismo para que nos llenemos de vida y de vida para siempre.

Friday, October 22, 2010

Todos construimos el Cuerpo de Cristo, la Iglesia

Ef. 4, 7-16;
Sal. 121;
Lc. 13, 1-9

‘A cada uno de nosotros se ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. Comenzaba así hoy Pablo en el texto proclamado de la carta a los Efesios. No nos falta nunca la gracia de Dios. Esa gracia que nos hace crecer a la medida de Cristo, nos hace crecer en santidad a cada uno, pero que no es sólo para nosotros, cada uno por nuestro lado que podríamos decir, sino que es gracia que contribuye al crecimiento del cuerpo de Cristo.
‘El ha constituido a unos apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Nos está hablando, como todos comprendemos, de la Iglesia y los diferentes carismas y ministerios que el Espíritu hace surgir ‘para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Es cierto que no todos tenemos la misma función, pero sí a cada uno el Señor nos ha dado un don. Podemos recordar por otra parte lo que hemos escuchado más de una vez de la parábola de los talentos.
Más adelante nos hablará de esa unidad de todo el cuerpo en la que cada miembro, cada juntura que lo nutre nos dice, realiza su función. ‘Todo el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte se procura el crecimiento del cuerpo…’ Si todos formamos ese cuerpo de Cristo, todos tenemos nuestra función en él. Ninguno puede considerarse ni menor ni inútil porque cada uno tiene su función. Algunas veces, decimos, no valemos, qué puedo hacer yo, soy el último y el más inútil. Cada piedra, cada grano de arena contribuye en la construcción del edificio.
Hay un proverbio chino que dice: ‘un capazo de tierra cada jornada y verás crecer allí una montaña’. Vemos un hermoso edificio de muchas plantas, y mientras se va construyendo contemplamos el trabajo de cada uno de los obreros, se va colocando ladrillo a ladrillo, planta a planta hasta que vemos crecer el edificio. Cuántos ladrillos colocados y cuántas horas de trabajo realizadas. Cada ladrillo ocupa su lugar, tiene su función y en unión con los demás hará que se pueda levantar ese hermoso edificio.
Así edificamos la Iglesia, así construimos el pueblo de Dios. Cada uno de nosotros tiene su importancia. Cada uno aportamos lo que somos. Y ponemos nuestra palabra, y ponemos aquel buen gesto para con los demás, y ponemos nuestra sonrisa o nuestra alegría, ponemos nuestro amor, ponemos lo que sabemos o podemos hacer y con la gracia de Dios vamos haciendo que nuestro mundo sea mejor, que la fe crezca, que se contagie el amor.
Si tú no pones eso que eres o que es tu capacidad faltará esa piedra en la construcción. Y todos somos valiosos. Valioso es también nuestra sufrimiento, nuestra oración callada, el ofrecimiento que hacemos de nuestras cosas. Todo eso es una gracia que Dios ha puesto en ti, para que crezcas tú pero para hacer crecer a la Iglesia, para hacer crecer el Reino de Dios.
Recogiendo también lo que nos dice hoy el Evangelio que el Señor no nos encuentre como higuera inútil o infructuosa. Demos esos pequeños frutos que el Señor espera de nosotros. Que convirtamos también nuestro corazón al Señor viendo las llamadas que nos va haciendo cada día. Y aprovechemos la gracia del Señor.

Monday, September 20, 2010

Andar conforme a la vocación a la que hemos sido convocados


Ef. 4, 1-7.11-13;
Sal. 18;
Mt. 9, 9-13

‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Así nos relata el propio Mateo en su evangelio su vocación. Así, sencillamente, con disponibilidad total, a la voz del Maestro se dispuso a seguirle. Más tarde lo elegiría Jesús para formar parte del grupo de los Doce, de los Apóstoles.
Jesús que le llama a seguirle. Seguirle para ser su discípulo. Para estar con El y escucharle. Para estar con El y seguirle. Estar con El y participar de la misión de su Reino. Pero un buen testimonio de disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’. Lo dejó todo, como otros un día dejaran las barcas y las redes.
La vida del cristiano es vocación. Porque la vida del cristiano es respuesta también a una llamada. Decimos que nosotros queremos seguir a Jesús y queremos ser cristianos. Pero si ha llegado a haber ese deseo en nuestro corazón, tenemos que pensar que antes el Señor se ha fijado en nosotros y nos ha llamado, nos ha traído a la vida de la fe. Es gracia. Es regalo del Señor que nos ama y nos llama.
San Pablo, en el texto de la carta a los Efesios que hemos escuchado nos invita y nos ruega que ‘andemos como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Es el Señor el que nos ha convocado, nos ha llamado, nos invita a seguirle como a Mateo, como a los otros discípulos. ‘Una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, vuelve a decirnos el Apóstol.
¿A quÉ nos llama? A una vida santa, ‘a la edificación del Cuerpo de Cristo’, nos va explicando el Apóstol. Cuando seguimos a Jesús entramos en una dinámica de santidad. Siguiendo a Jesús tenemos que ser santos, en nosotros ha de brillar el amor, la gracia, la humildad, la comprensión, el sentirnos hermanos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. La gracia que nos hace santos, que nos llama a la santidad, que nos hace entrar en la dinámica de la santidad, como decíamos.
Es más los que nos sentimos llamados por el Señor entramos en una dinámica comunitaria porque entramos a formar parte de la comunidad de los que creemos en Jesús, entramos a formar parte de la Iglesia. Hemos sido bautizados y entramos a formar parte de la familia de los hijos de Dios. Es tal la comunión que tiene que haber entre nosotros y con Cristo que formamos un solo cuerpo con El. Somos el Cuerpo de Cristo. Edificamos el Cuerpo de Cristo. Somos Iglesia.
Esto es algo esencial a nuestra fe cristiana, a nuestra pertenencia a Cristo. Nos ha hablado el Apóstol de que nos esforcemos ‘en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz… un solo cuerpo y un solo Espíritu’.
Pero es aquí donde el apóstol nos habla de otras vocaciones para el servicio de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Esos distintos ministerios, llamadas y vocación también, para el servicio de la comunidad, para ayudar a los fieles a vivir esa santidad a la que todos nos sentimos llamados y que quienes han recibido esa misión especial del Señor tienen que ayudar a los fieles a esa santificación.
Un camino, como terminará diciéndonos Pablo, que nos lleva a la plenitud de la santidad, a la plenitud de nuestra unión con Cristo, a un imitar e identificarnos con Cristo, como nos dice, ‘al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’.
Que san Mateo que con tan generosa disponibilidad siguió al Señor y tanto lo conoció que nos dejó su Evangelio, nos alcance esa gracia del Señor para que así avancemos en ese camino de santidad que no es otra cosa que responder a la vocación a la que hemos sido convocados.

Saturday, September 4, 2010

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Me postro ante ti, Señor,
en profunda adoración;
eres mi Dios y mi Señor;
confieso con la más profunda fe
que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar;
verdaderamente es tu Cuerpo y tu Sangre,
tu alma y tu Divinidad
presente en la Eucaristía;
no es sólo un signo,
como si fuera un recuerdo,
aunque sea signo sacramental,
porque eres presencia verdadera,
estás realmente presente;
eres tú, Señor,
que así quieres darte,
así quieres hacerte presente,
así quieres llegar hasta mi vida.

Creo, Señor,
creo que estás ahí
y me postro ante ti
en adoración profunda.

Quiero hoy, Señor,
dejarme inundar por tu presencia,
llenarme de tu vida,
que tu amor empape totalmente mi alma
para ser siempre para ti,
para que mi vida,
mis obras y mis palabras
sean siempre para tu gloria.
Gracias, Señor,
por tenerte siempre a mi lado,
acompañándome,
escuchándome,
hablándome
en lo más hondo de mi corazón;
gracias, Señor,
por tu presencia permanente en el Sagrario
donde siempre me esperas;
que yo sepa descubrir aquí
y sentir tu presencia,
que yo sepa escucharte,
que aprenda el camino
que me conduce hasta el Sagrario
para aprender a venir hasta ti
con mis penas y mis preocupaciones,
mis súplicas y mis deseos más hondos;
que aprenda el camino del Sagrario
para aprender a gustar de tu presencia,
para sentirme junto a ti
más cerca del cielo.

Tu Palabra nos dice
que cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz de la Eucaristía
anunciamos tu muerte, Señor,
hasta que vuelvas.
Creo, Señor, en tu Palabra
y cuando contemplo
y adoro este misterio admirable
estoy contemplando
todo tu misterio de salvación y redención,
el misterio pascual
de tu muerte y resurrección;
aquí estás en tu pasión y en tu cruz,
en tu muerte redentora
y en tu resurrección de salvación;
es todo un misterio de gracia
en que te nos das
y nos regalas tu vida;
te has ofrecido en la cruz
para ser nuestro Salvador
y para rescatarnos
de la muerte y del pecado;
cada vez que nos acercamos a ti
en el sacramento de la Eucaristía
estamos rememorando
y haciendo presente
tu muerte y tu resurrección.
Gracias, Señor,
por tanto regalo de amor.

En la sinagoga de Cafarnaún,
después de haber dado de comer milagrosamente
a la multitud con los cinco panes y dos peces,
nos dijiste
que nos ibas a dar
un pan venido del cielo,
que el que lo comiera
no volvería a tener más hambre,
quedaría saciado para siempre,
y ese pan eras tú,
era tu propia carne
que nos dabas para que la comiéramos
y tuviéramos vida para siempre;
mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida,
nos dijiste
y el que come mi carne
y bebe mi sangre
tiene vida en mi
y yo lo resucitaré en el último día;
has querido quedarte en la Eucaristía
para ser también nuestro alimento,
nuestro viático para el camino,
la fuerza que nos hace vivir y amar,
luchar y ser mejores cada día;
pero es también
prenda del banquete eterno de los cielos
del que un día quieres hacernos partícipes,
prenda de gloria futura;
te comemos para tener vida,
te comemos para alcanzar la resurrección,
te comemos para unirnos a ti
y ser una sola cosa contigo,
te comemos para que habites en nosotros
y nosotros habitemos en ti.
Gracias, Señor,
por esa vida eterna que nos das.

Nos has dicho, Señor,
que tenemos que amarnos
porque somos hermanos,
y ese ha sido tu mandamiento,
que nos amemos los unos a los otros
como Tú nos has amado;
Tú, Señor, eres comunión de amor,
porque así eres en tu Trinidad
admirable e indivisible:
tres personas distintas
y un solo Dios verdadero;
pero quieres darte a nosotros en la Eucaristía
para que entrando en comunión contigo
aprendamos a entrar
en comunión con los hermanos;
no podemos comulgarte a ti,
entrar en comunión contigo,
si no hemos aprendido
a entrar en comunión con los hermanos;
tu mandamiento
fue el mandamiento del amor,
un mandamiento que nos dejaste
en el mismo momento
que nos dejabas también
tu presencia en la Eucaristía;
no podemos, pues,
separar nuestra unión contigo
de la comunión con los demás;
por eso has querido ser nuestro maestro
pero también nuestro camino,
eres nuestro ejemplo
pero eres también nuestra fuerza;
que amándote más y más a ti
en la Eucaristía
aprendamos a amar más y más
a nuestros hermanos
para que haya comunión verdadera;
que cada vez que me acerque
a la mesa de la comunión
sea consciente
de a quién estoy comulgando,
porque no sólo estoy comulgando
el Cuerpo del Señor,
sino que tengo que comulgar también
con el hermano;
que encuentre siempre en tu Eucaristía
esa fuerza para vivir la comunión total,
para que todos nos amemos cada vez más
y nos sintamos hermanos.
Gracias, Señor,
por tu Eucaristía y por tu amor.
 

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