Showing posts with label bendiciones. Show all posts
Showing posts with label bendiciones. Show all posts

Monday, December 20, 2010

María bendecida del Señor nos llena de bendiciones

Cantar de los Cantares, 2, 8-14;

Sal. 32;

Lc. 1, 39-45

De lo que desborda el corazón canta la lengua, canta la vida. Lo hermoso que llevamos dentro de nosotros no lo podemos ocultar. Cuando el amor inunda nuestro corazón se desborda y desparrama queriendo llenar de amor y de gracia todo lo que toca.

Así podemos decir que se sentía María. La llena de gracia, la inundada por la gracia del Señor. Había encontrado gracia ante los ojos de Dios y Dios la había bendecido con tanta gracia y hermosura que en sus entrañas se encarnó para dársenos a todos los hombres, para ser Dios con nosotros, Emmanuel, como hemos repetido una y otra vez estos días; para ser Jesús porque quería ser el Salvador de todos los hombres.

Y María sale de sí y corre por los caminos porque tiene que llegar a la montaña, a casa de su prima Isabel. Conoce ella por boca del ángel cómo la misericordia del Señor la había visitado y le había concedido el don de ser madre. Y María, inundada por el amor de Dios, corre a llevar amor, y gracia, y bendición, y santificación. María llena del Espíritu Santo hará que allá donde vaya también todos se llenen de ese mismo Espíritu y de toda bendición.

‘Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel… y se llenó Isabel del Espíritu Santo’ y comenzaría a profetizar, a hablar por la fuerza y la gracia del Espíritu Santo. Y todo serán bendiciones para María, la que con ella llevaba las bendiciones del Señor. Por eso, ‘en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de alegría la criatura en su vientre’, y Juan también alcanzaría las bendiciones de Dios que iban con María.

El que habia de preparar los caminos del Señor porque como su Precursor había venido, ahora ya con la llegada de Jesús con la presencia de María ya comienza a alcanzar esa gracia que el Salvador venía a traer. Si María fue preservada de todo pecado en virtud de los méritos de Cristo porque iba a ser la Madre del Señor, Juan, que iba a ser su precursor que preparase los caminos, era ahora santificado. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y ¿cómo no iba a saltar de alegría si asi era santificado, si así ya desde el seno de su madre estaba contemplando cómo se cumplían las promesas mesiánicas y tendría fruto el anuncio que él tendría que hacer?

Es un diálogo hermoso de bendiciones el que se cruza entre María e Isabel en pocos momentos. ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Era María, su prima venida desde la lejana Nazaret, pero ella sabia muy bien, porque estaba inspirada en su corazón por el Espíritu Santo, que allí está la madre del Señor, la Madre de Dios. ‘¡Dichosa tu que has creido! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.

Contemplamos nosotros esta escena en las vísperas de la celebración del nacimiento de Jesús. ¿Cómo no llenarnos nosotros de gozo también? ¿Cómo no desear acercarnos nosotros a María para llenarnos de esas bendiciones de Dios que ella va repartiendo con su presencia? Acerquémonos nosotros a María y que con ella seamos santificados nosotros también y podamos sentir también esa alegría en lo hondo de nosotros al recibir a Jesús en nuestra vida.

Que María nos ayude a prepararnos, a crecer en la gracia y en el amor, a crecer en la fe y en la santidad de nuestra vida.

Tuesday, December 7, 2010

Bendito sea Dios que nos ha bendecido dándonos a María

Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lcv. 1, 26-38

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ Bendito sea Dios que en Cristo nos ha bendecido dándonos a María ‘para que la gloria de su gracia redunde en alabanza suya…’

Sí, María la bendición de Dios para nosotros, para la Iglesia. Con gozo hoy celebramos esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción porque así nos sentimos bendecidos de Dios en María. Bendición de Dios, podemos decir, porque es la llena de gracia, en quien Dios se ha complacido – ‘llena de gracia… has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel – pero es también en quien Dios ha querido bendecirnos, porque por ella nos ha llegado la gracia y la salvación, por ella nos llegó Cristo, que es la más grande bendición de Dios para nosotros en su salvación. Es la mujer, anunciada en el Génesis, cuya estirpe, Cristo Jesús, aplastaría la cabeza de la serpiente.

Y hoy nos gozamos con María; y bendecimos a Dios con María – ‘proclama mi alma la grandeza de Dios… porque el poderoso ha hecho en mí obras grandes’ que canta María – y bendecimos a Dios por María, porque nos la ha dado no sólo como la mejor madre que pudiéramos imaginar, sino que en ella tenemos el mejor espejo y reflejo en que mirarnos para vivir la santidad de Dios a la que estamos llamados. Elegidos de Dios en Cristo, somos como nos ha dicho san Pablo hoy, ‘para que fuésemos santos e irreprochables an él por el amor’.

En medio de este camino de Adviento nos aparece esta fiesta de María, tan entrañable y tan querida. Todos nos gozamos en esta fiesta de la Inmaculada. Nos aparece en esta fecha en las combinaciones que hacen referencia a su nacimiento y a las otras fiestas del misterio de Cristo. Nos volverá a aparecer la figura de María en el último domingo de adviento ya en la inmediata cercanía de la Navidad. Pero el contemplar hoy a María, Inmaculada en su Concepción, nos puede valer mucho como estímulo y camino en este Adviento que nos conduce a la Navidad, al nacimiento de Cristo.

‘Por la Concepción Inmaculada de la Virgen María, hemos dicho en la oración, preparaste a tu Hijo una digna morada’. Limpia y preservada de todo pecado en previsión de la muerte de Cristo se convirtió en esa digna morada del Hijo de Dios que iba a nacer y que en sus entrañas se encarnaba. María, palacio de Dios, casa de Dios – la podemos llamar -, templo y morada de Dios, y de qué manera, para hacerse Emmanuel, para hacerse Dios con nosotros. Palacio y casa de Dios en su corazón humilde y lleno de amor, que eran las más bellas riquezas que la adornaban para hacerla toda santa.

‘Porque preservaste a la Virgen María ded toda mancha de pecado original para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, que proclamamos en el prefacio. Purísima, la llamamos; sin pecado concebida, le decimos en nuestras invocaciones y jaculatorias.

Podíamos atrevernos a decir que para encarnarse y hacerse hombre Dios se vistió de María, pero al mismo tiempo podemos contemplar cómo fue vestida de Dios con el traje de la gracia y la santidad. Entonces cuando nosotros queremos vestirnos de Dios, porque queremos vestirnos de santidad y de gracia tenemos un modelo de vestidura en María, en su santidad y en su gracia. Vestirnos de María no es ponernos un ropaje externo, sino vestirnos interiormente de todas las virtudes y de toda la santidad de María, que es un vestirnos de Dios, un vestirnos de Cristo que es entrañar a Cristo y vivir a Cristo y como Cristo. San Simón Grignon de Monfort nos habla también del molde perfecto que es María en el que el Hijo de Dios se hizo hombre, se moldeó como hombre podríamos decir, y en el que nosotros podemos introducirnos para así copiar de la manera más pefecta la santidad de Cristo y de María.

Nosotros, es cierto, estamos marcados por el pecado y necesitamos de la redención de Cristo para vernos libres de El y alcanzar el perdón, pero al contemplar así a María, digna morada del Hijo de Dios que en sus entrañas se encarnaba, nos impulsa a cómo limnpiar y purificar nuestro corazón para recibir a Cristo ahora que nosotros también nos disponemos a celebrar su nacimiento. Por eso puede ser tan significativa para nosotros el que celebremos esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María mientras caminamos hacia la Navidad. Es la tarea de purificación, de renovación y de conversión que vamos realizando a través del Adviento.

De María tenemos que aprender; de manos de María tenemos que caminar. ¡Cuánto nos enseña una madre! ¡Cuánto nos enseña María! La carta a los Hebros nos dice que Cristo al entrar en el mundo gritó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’; ahora contemplamos a María que repite lo mismo ‘Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Cristo nos enseñará eso mismo en el evangelio, que seremos dichosos si escuchamos la Palabra, si cumplimos la voluntad del Padre. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra y la cumplen, la ponen en práctica, hacen la voluntad del Padre’. He aquí una hermosa lección de María.

Si María llegó a esta disponibilidad para sentirse así la esclava del Señor y en ella se hiciera siempre lo que era la voluntad de Dios es porque María se había dejado inundar por Dios, de Dios. La vemos contemplando el misterio de Dios que se le manifiesta en la visita y las palabras del ángel. ‘Se turbó ante estas palabras y se preguntaba que saludo era aquel’. Su turbación no era miedo ni temor, sino admiración y asombro ante lo que Dios le manifestaba, pero dejaba que el misterio de Dios llegara a ella, penetrara en ella, la inundara totalmente. Llena de Dios no podía hacer otra cosa que la voluntad de Dios.

En otro momento del evangelio se dirá que ‘guardaba y meditaba en su corazón’ cuántas cosas le iban sucediendo. Era ese llenarse de Dios y así podría surgir esa disponibilidad, esa generosidad, ese amor que le envolvería toda su vida como la veremos luego en otros momentos de servicio - en casa de Isabel en la montaña -, de atención a las necesidades de los demás – en Caná de Galilea - o de comunión como en el cenáculo con los discípulos de Jesúsn después de la Ascensión.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ que nos ha bendecido en María, dándonos a María. Que en ella nos llenemos de todas las bendiciones de Dios. Que de ella aprendamos a vivir esa vida de gracia y santidad. Que como María, purificándonos de todo pecado, llenándonos de gracia y de amor, seamos también digna morada donde también nazca y reine de Dios, como queremos que sea en verdad en la celebración de la Navidad.

Friday, October 1, 2010

Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino

Ex. 23, 20-23;
Sal. 90; Mt.
18, 1-5.10

‘Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo…’ Así le decía el Señor al pueblo de Israel en el comienzo de su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida.
La liturgia nos ofrece este texto de la Escritura en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios que hoy estamos celebrando. Hermoso y significativo texto que nos ayuda a comprender ese misterio de los ángeles de Dios que están junto a nosotros, porque así lo ha querido Dios, y nos protegen y nos ayudan, nos guardan en nuestros caminos como el ángel del Señor que cuidaba de su pueblo a través del desierto, y nos ayudan a sentir la presencia del Señor y de su gracia en medio de los avatares de la vida.
‘Vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía’, pedíamos en la oración de esta fiesta. Pero aún más diremos en las otras oraciones de la misa del día porque pedimos que ‘nos conceda que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’. No es sólo ahora mientras caminamos los caminos de esta vida, sino que nuestra meta está en la vida eterna que queremos alcanzar con la protección de los santos ángeles. Por eso, quienes hemos sido alimentados con los sacramentos de la gracia, pedimos ser dirigidos ‘bajo la tutela de los ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’.
La liturgia nos ayuda a comprender este misterio de gracia. La liturgia expresa y celebra la fe que tenemos, por eso nos sirve de gran ayuda para penetrar profundamente en ese misterio de gracia. Esto es realmente este misterio de fe que son los ángeles. Vivimos tan embrutecidos algunas veces absorbidos por las realidades temporales y materiales que nos cuesta entender todo lo espiritual. Queremos darnos explicaciones y hasta queremos desprendernos de todo ese halo en cierto modo misterioso por su grandeza que tienen las cosas de Dios. Pero las cosas de Dios no son a nuestra manera sino según el querer de Dios. Y esa es una realidad, misteriosa y espiritual, pero ahí está expresando toda la gloria de Dios al tiempo que nos ayuda a que nosotros también cantemos la gloria del Señor.
Sí, nosotros hemos de cantar la gloria del Señor. Y eso es un misterio grande e inmenso que algunas veces no sabemos cómo expresar. Unámonos a los ángeles que están para siempre ante el Señor, en su presencia y contemplando su rostro, ese rostro misterioso de Dios que a nosotros nos cuesta ver y comprender y que en el fondo tanto deseamos. Que en los ángeles veamos nosotros esta gloria de Dios, esa inmensidad de Dios, ese misterio de Dios. En la Biblia, en el Antiguo Testamento, encontramos muchas veces que para hablarnos de la presencia de Dios junto a los hombres, junto a Abrahán, junto a Moisés, el texto sagrado nos habla del ángel del Señor.
‘Ángeles del Señor, bendecid al Señor’ nos repite la Biblia en muchas ocasiones y nos lo repite la liturgia. Con los ángeles y con los coros celestiales queremos nosotros bendecir también al Señor, cantar la gloria del Señor tres veces santo. Que los santos ángeles nos ayuden y nos protejan, es la misión de los ángeles custodios como hoy los llamamos y los celebramos, para que nos veamos libres de todo peligro, para que nunca perdamos la gracia del Señor; y si de ellos decimos que son santos porque están llenos de la santidad de Dios, ellos todos puros y limpios de pecado, nos ayuden a nosotros a que alcancemos también esa santidad.

Tuesday, July 13, 2010

Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra

Is. 10, 5-7.13-16;
Sal. 93;
Mt. 11, 25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ proclama Jesús en el Evangelio. Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, queremos proclamar nosotros también. Estamos celebrando Eucaristía. Estamos celebrando acción de gracias. Ahora, en la celebración. Cada momento de nuestra vida tiene que ser acción de gracias, tiene que ser Eucaristía.
Es un acto de fe, una proclamación de nuestra fe. Reconocemos, es el Señor; el Señor de toda la creación, Señor de cielo y tierra; el Señor, único Señor de nuestra vida al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Reconocemos su grandeza y reconocemos su amor, le llamamos Padre, como nos lo enseñó Jesús. Un acto de fe, pero una proclamación de amor y de acción de gracias. Es el Padre que nos creó y que nos ama.
Da gracias Jesús porque el Señor del cielo y de la tierra se nos manifiesta, se nos da a conocer. Es Jesús quien nos lo da a conocer; es el Verbo divino, es la Palabra del Padre, es la revelación de Dios. Todos podríamos conocerle porque a todos se nos quiere revelar – ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ -, sin embargo no todos tenemos siempre las verdaderas actitudes en nuestro corazón para poder conocerle. Sólo los humildes, los pequeños, los sencillos podrán conocer a Dios, porque Dios rechaza a los que son soberbios de corazón.
‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’, reconoce Jesús. ¿Quiénes son los que escuchan a Jesús? El se mezcla entre los hijos de los hombres, pero serán los pescadores, los hombres y mujeres sencillos del pueblo, los que labran la tierra y la trabajan con el sudor de su frente, los que son capaces de admirarse ante las maravillas de Dios porque aún tienen un corazón sencillo, son los que escuchan a Jesús y lo reconocerán como profeta porque nadie ha hablado como El, nadie ha hablado cosa igual.
Los que vengan con humildad y corazón abierto hasta Jesús podrán llegar a conocer los misterios de Dios sea cual sea su condición porque lo que importa es el corazón. Habrá entre los principales del pueblo quienes le rechacen y le lleven incluso a la muerte, pero otros, aunque sean principales como Nicodemo, maestro de la ley, o Jairo, el jefe de la sinagoga, o el centurión romano con todo su poder, por citar algunos que aparecen en el evangelio, porque vienen con fe y humildad hasta Jesús podrán conocer los misterios de Dios y alcanzar la gracia con la que el Señor quiere regalarles.
Vayamos nosotros hasta el Señor con ese mismo espíritu de fe, de humildad, de acción de gracias. Como decíamos estamos celebrando la Eucaristía y en ella decimos al comenzar con el prefacio la plegaria eucarística ‘en verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… por Jesucristo, nuestro Señor’.
Por eso le damos gracias ‘porque nos haces dignos de servirte en tu presencia’, como decimos en otro momento en la plegaria eucarística. Y aún decimos más ‘pues, aunque no necesitas nuestras alabanzas ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias para que nos sirva de salvación por Cristo, Señor nuestro’.
Que toda nuestra vida sea siempre Eucaristía, sea acción de gracias nos convirtamos nosotros también en ofrenda viva que en Cristo nos ofrezcamos con lo que somos y lo que vivimos al Señor.
 

FREE HOT VIDEO 1 | HOT GIRL GALERRY 1

FREE HOT VIDEO 2 | HOT GIRL GALERRY 2

FREE HOT VIDEO 3 | HOT GIRL GALERRY 3

FREE HOT VIDEO 4 | HOT GIRL GALERRY 4

FREE HOT VIDEO 5 | HOT GIRL GALERRY 5

FREE HOT VIDEO 6 | HOT GIRL GALERRY 6

FREE HOT VIDEO 7 | HOT GIRL GALERRY 7

FREE HOT VIDEO 8 | HOT GIRL GALERRY 8

FREE HOT VIDEO 9 | HOT GIRL GALERRY 9

FREE HOT VIDEO 10 | HOT GIRL GALERRY 10

FREE HOT VIDEO 11 | HOT GIRL GALERRY 11