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Tuesday, June 14, 2011

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres

2Cor. 9, 6-11;

Sal. 111;

Mt. 5, 43-48

La vanidad es una tentación que nos acecha fácilmente. Nos gusta ser considerados y valorados, que reconozcan lo que somos y valemos, y no nos echamos para detrás si nos dedican algunas alabanzas por lo que hacemos.

Hoy se nos habla mucho de la autoestima y de que nosotros hemos de saber valorar lo que somos. Algunas veces hay quien lo contrapone a la humildad como si esta virtud fuera algo que nos dañara nuestra propia dignidad y valor. Creo que pensar esto no es comprender debidamente lo que es la virtud de la humildad. Pues el que reconozcamos nuestros valores y nuestra propia dignidad no significa que hagamos las cosas simplemente buscando la complacencia y los halagos que los demás puedan hacernos, o queremos que nos hagan.

Cuando no hacemos las cosas por la autenticidad de lo que son, incluso como un desarrollo de nuestras cualidades y valores, sino buscando esos reconocimientos y alabanzas estamos entrando en ese camino de la vanidad. Necesitamos más autenticidad en nuestra vida y esa autenticidad e incluso el desarrollo de nuestros valores y talentos no está reñido con la humildad sino que son muy hermanas, podríamos decir. Porque además los talentos no los podemos enterrar porque los desvirtuaríamos.

Es de lo que quiere prevenirnos hoy Jesús con lo que nos dice en el evangelio. Ante Jesús están las posturas hipócritas de los fariseos y de tantos que hacen las cosas, incluso lo bueno, solamente buscando la alabanza y el reconocimiento. Y como nos dice Jesús, ya tienen su premio que será en consecuencia bien caduco.

‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’. Y nos habla de las posturas concretas de los fariseos enseñándonos esa autenticidad con que hemos de vivir nuestra vida. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’, viene a decirles en referencia por ejemplo a la limosna o al bien que puedas hacer al otro. Y lo mismo de la oración y del ayuno.

No hay que buscar apariencias sino autenticidad. No es necesario que repitamos lo concreto que nos dice Jesús en referencia a todo eso. ‘Tu Padre que ve en lo secreto… que ve en lo escondido, te lo pagará’, terminará diciendo Jesús. Porque con nuestro ayuno pretendemos un sacrificio y la gloria del Señor, con nuestra oración vivir el encuentro con el Señor para gozarnos en El y llenarnos de su fuerza y de su gracia. No es nuestra gloria, sino la gloria del Señor, no es la alabanza de los hombres, sino la gracia del encuentro con el Señor.

Eso no quita para que desde nuestras buenas obras nosotros podamos ser motivo para que otros den gloria también al Señor. En este sentido podemos decir o recordar dos cosas. Hoy san Pablo en la carta a los Corintios que sigue motivándolos para que sean generosos en el compartir para la colecta que hace a favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén, termina diciendo: ‘Siempre seréis ricos para ser generosos y así, por medio vuestro, se dará gracias a Dios’. Por la generosidad del compartir de aquellos que colaboran en la colecta, los cristianos de Jerusalén darán gracias a Dios; eso motivará su oración de acción de gracias y de gloria al Señor.

Y en ese mismo sentido podemos recordar cuando Jesús nos dice que tenemos que ser luz para los demás con el testimonio de nuestra vida ‘para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre del cielo’. Damos testimonio de nuestra fe, de nuestro amor, con nuestra generosidad, con el compromiso de nuestra vida o con nuestras buenas obras, no buscando nuestra gloria, sino que todos puedan reconocer la acción de Dios y así den gloria también al Señor.

‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos…’ pero los que vean vuestras buenas obras den gloria al Padre del cielo.

Friday, April 1, 2011

En la presencia de Dios no caben apariencias ni hipocresías


Os. 6, 1-6
;

Sal. 50;

Lc. 18, 9-14

Ante Dios nunca podemos presentarnos bajo el rostro de la falsedad, la apariencia o la hipocresía. Ni podemos justificarnos por nosotros mismos con actitud arrogante en nombre de nuestras obras porque el único que nos justifica y nos salva es el Señor. Nuestra postura y nuestra actitud tiene que ser otra, tiene que ser siempre la de la humildad y la del amor.

Es lo que nos está enseñando hoy el evangelio, podemos decir también que toda la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. El profeta Oseas denuncia la actitud de aquellos que fingían presentarse al Señor con actitudes de arrepentimiento y quizá vanagloriándose de sus penitencias o de las cosas buenas que hacían pero a los que les faltaba la verdadera misericordia en el corazón.

Muchos sacrificios, muchos regalos para el Señor con ofrendas valiosas quizá, pero no eran capaces de hacer la ofrenda de un corazón auténtico, lleno de amor y de misericordia. Por eso el profeta terminará sentenciando: ‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Podemos ser incluso pecadores, pero si con sinceridad nos ponemos ante el Señor reconociendo de verdad nuestro pecado y con el deseo sincero de dejarnos transformar por la gracia del Señor seremos más agradables al Señor.

Es el sentido del salmo 50 que hemos recitado, que nos ha servido de oración y de respuesta a lo que el Señor nos va diciendo. Pedimos al Señor misericordia y que por su infinita bondad borre, limpie nuestros pecados pero más que sacrificios le ofrecemos al Señor nuestro corazón contrito y humilde. ‘Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’. Así queremos presentarnos al Señor.

Repito que es lo que nos enseña Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos propone de los dos hombres que subieron al templo a orar. Como dice el evangelista ‘dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. ¿Cómo es que si con sinceridad nos presentamos ante Dios para nuestra oración somos capaces de despreciar a los demás creyéndonos nosotros mejores? Nos podría parecer que eso no podría suceder en una vida de sinceridad y autenticidad, pero bien sabemos cómo fallamos en eso porque algunas veces nos dejamos llevar más por la apariencia llenando nuestra vida de falsedad.

Conocemos la parábola y la forma de presentarse ante el Señor del fariseo y del publicano. ¿Qué alardes de nosotros mismos, repito, podemos hacer ante Dios que ve lo que hay en nuestro corazón y no lo podemos engañar nunca con nuestras apariencias? Podemos hacer cosas buenas, pues démosle gracias a Dios con humildad porque con su gracia hemos podido realizarlas. Pero que nunca esas cosas buenas sirvan para subirnos en pedestales o esperar medalles de reconocimientos y honores. ¡Cómo nos halagan los reconocimientos y tan fácilmente caemos en las redes de la vanidad!

El que se sentía pecador con una actitud humilde sólo pedía al Señor que tuviera piedad, compasión y misericordia de él. Y es que todos tenemos que sentirnos pecadores. ¿Tendremos que esperar que quizá Jesús tenga que decirnos que el que no tiene pecados tire la primera piedra?

Como termina diciendo Jesús en la parábola ‘os digo que éste (el publicano que se consideraba pecador) bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

¿Con qué actitud nos vamos nosotros a presentar ante Dios? ‘Mi sacrificio es un espiritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú, Señor, no lo desprecias’.

Tuesday, August 24, 2010

Autenticidad, rectitud, responsabilidad… valores a tener en cuenta

2Tes. 3, 6-10.16-18;
Sal. 127;
Mt. 23, 27-32

Alguna vez nos encontramos en el evangelio páginas con palabras duras por parte de Jesús. Jesús resiste a los soberbios y no soporta ni las vanidades ni las apariencias. Ya sabemos bien cómo se nos presenta Jesús, pobre y humilde, el que siendo Dios quiso hacerse hombre, en todo semejante a nosotros, pasando por uno de tantos, como nos dice la Escritura, y haciéndose el último hasta dar su vida por nosotros. Es lo que nos enseña también cuando los discípulos aspiran a grandezas y primeros lugares.
Por eso le escuchamos hablar con dureza contra aquellos que vivían de apariencias, apetecían honores y primeros puestos, llenando su vida de falsedad y de hipocresía. ‘Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que parecéis sepulcros blanqueados…’ Buena apariencia por fuera pero el corazón lleno de maldad y de pecado. Como un sepulcro blanqueado, nos dice Jesús. ¿Qué es lo que hay detrás de esa blancura aparente del exterior? Bien lo sabemos.
Les denuncia que ahora quieran justificarse con algunas cosas que intentan hacer ‘haciendo sepulcros a los profetas y ornamentando lo mausoleos de los justos’ diciendo que ellos no hubieran hecho lo que hicieron sus padres. Pero Jesús les hace ver que la misma maldad sigue en sus corazones. Y es ahí, en el corazón, donde tenemos que cambiar.
Creo que también nosotros hemos de escuchar este mensaje que Jesús quiere darnos. Nos pudiera parecer que esas palabras duras de Jesús no nos las merecemos. Pero creo que sí tenemos que examinarnos por la autenticidad de nuestra vida. También nos podemos sentir tentados por la apariencia y nos tientan también los reconocimientos que los otros puedan hacer de nosotros.
Pero busquemos con humildad la sinceridad, la autenticidad, la verdad de nuestra vida. Y lo mejor que podemos hacer es tratar de purificarnos de todas esas cosas que se nos pueden meter en el corazón. Esa verdad de nuestra vida tiene que partir de la rectitud con que la vivamos. Una vida auténtica, una vida de rectitud desde lo más hondo de nosotros mismos es lo que tenemos que buscar. Nunca hemos de dejar meter en nosotros la vanidad. Caminemos esos caminos que nos conduzcan a obrar siempre rectamente y haciendo el bien, a buscar en todo lo que es la voluntad de Dios. Esa autenticidad de nuestra vida que nos lleve a obrar rectamente es camino de santidad.
Y un breve comentario a lo que nos dice Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses. Quiere hablarnos el apóstol de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida. Lejos de nosotros, entonces, la ociosidad, el abandono de nuestros deberes y obligaciones, la dejación de la responsabilidad del trabajo que tenemos que realizar no sólo como un medio de ganarnos nuestro sustento, sino además como esa contribución que hacemos al bien de nuestro mundo, de nuestra sociedad.
Quizá ya no lo necesitemos porque tengamos garantizado nuestro sustento, dada la edad y las prestaciones sociales que recibamos, pero siempre hay algo bueno que hacer con lo que podemos contribuir al bien de los demás. Además una vida ociosa sin hacer nada pudiera convertirse en el inicio de una vida viciosa.
San Pablo se pone como ejemplo, cuando teniendo él derecho al sustento, porque el obrero merece su salario y su trabajo era para el Señor en la predicación del evangelio, como les dice, él ha trabajado con sus propias manos para no ser carga para nadie, les dice. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’, concluye. Y les recuerda la sentencia que les había dejado ‘el que no trabaja, que no coma’. Una invitación a la responsabilidad.

Tuesday, June 15, 2010

No nuestra gloria, sino la gloria del Señor

2Rey. 2, 1.6-14;
Sal. 30;
Mt. 6, 1-6.16-18

Tenemos que dar testimonio con nuestra vida y nuestras obras de nuestra fe y de las maravillas que Dios hace en nosotros, pero lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios y no nuestra gloria. Jesús nos manda que seamos luz, lo hemos escuchado estos días, y que la luz tiene que ponerse en alto, en el candelero para que ilumine a todos; pero la luz que tenemos que trasmitir no es la de nuestros orgullos personales por aquello que hagamos, sino siempre la luz del Señor.
Sin embargo sentimos la tentación de querer el halago o la alabanza, buscando nuestra gloria. Cuando actuamos así oscurecemos las obras buenas que podamos realizar, y más bien convertirnos en pantalla que trata de ocultar la verdadera gloria del Señor. Es bueno que nos sintamos valorados, alimentar en cierto modo la autoestima porque veamos que somos capaces de hacer lo bueno. Pero hemos de cuidar evitar el orgullo y la vanidad. No nos puede faltar en la vida una buena dosis de humildad.
De todo esto nos previene Jesús hoy en el evangelio. De entrada nos está diciendo: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’.
Jesús se fija en tres aspectos que eran muy importantes en la espiritualidad y en la práctica religiosa de todo buen judío, y que son también importantes en nuestro camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno.
Pero nos dice y nos repite. ‘No seáis como los hipócritas… como los farsantes…’ las gentes de doble cara, los que se dejan llevar por las apariencias, pues mientras quieren aparecer de una manera su corazón está torcido o lleno de malos deseos. Que no vayamos haciendo sonar la trompeta delante de nosotros cuando vayamos a hacer una cosa buena, a dar limosna o a compartir con los demás. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’, nos dice.
En tu oración no puedes andar disipado, atendiendo más a la gente que te rodea que a Dios que te habla allá en lo secreto de tu corazón. Hace falta un recogimiento interior, un silencio no sólo en lo externo, sino en lo más interior de nosotros mismos. Sólo así podemos escuchar a Dios y entrar en diálogo de vida y de amor con El.
Y nos habla también del ayuno, que no puede ser sólo una cosa externa y formal. Esa renuncia a lo bueno que hacemos como signo de penitencia tiene que ser algo auténtico, surgido y realizado allá en lo más hondo de nosotros mismos. Como nos dice Jesús, ese ayuno no lo tiene que notar la gente sino que quien tiene que verlo es el Señor. Como nos dice ‘cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan…’ Fijaos en lo que dice ‘perfúmate la cabeza y lávate la cara’, porque no buscas que te alaben porque hagas una cosa buena, sino que lo que quieres es la gloria del Señor.
Que no es cuestión solo de renunciar a unos alimentos, sino de doblar en lo más hondo de nosotros mismos tantas apetencias que muchas veces nos hacen sentirnos inquietos y nos hacen perder la paz. En otro lugar el Señor nos dice que no ayunemos dando golpes y puñetazos, que no es ése el ayuno que el Señor quiere. Decimos que nos sacrificamos, pero no somos quizá de dominar nuestras violencias, decimos que queremos hacer penitencias, pero no tenemos amor en el corazón para con los demás, renunciamos a unos alimentos o a unas cosas, pero luego no sabemos compartir con los otros.
Que sea la auténtica conversión del corazón que se doble ante el Señor para reconocer su soberanía y su amor eterno.
 

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