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Friday, July 2, 2010

Preguntas y dudas que necesitan respuestas para fortalecer la fe


Ef. 2, 19-22;
Sal. 116;
Jn. 20, 24-29


‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’, nos decía la carta a los Efesios. Celebramos hoy de nuevo la fiesta de un apóstol. Celebramos hoy a santo Tomás. Pero celebramos a Cristo, porque siempre nuestra celebración es celebrar a Cristo y en Cristo, con Cristo y por Cristo dar gloria por siempre al Padre. Hoy la hacemos recordando, celebrando a este apóstol escogido por Cristo para formar parte del número de los doce, el Colegio Apostólico y convertirse así en cimiento y fundamento de nuestra fe cristiana.
Tres son los momentos en que aparece este apóstol en el evangelio, además de los listados que los sinópticos nos hacen de los doce. Más allá del Jordán donde Jesús recibió la noticia de la enfermedad de Lázaro y desde donde Cristo se decide venir finalmente a Betania. Frente a las dificultades que los demás ponen para venir porque tenían lo que podía pasar porque ya sabían cómo atentaban contra Jesús, Tomás decididamente dirá: ‘Vayamos y muramos con El’.
Otro momento será en la cena pascual cuando no termina de comprender lo que Jesús les dice de su marcha al Padre y del camino que ellos han de hacer, que pregunta ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, a lo que Jesús le contestará ‘Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí’.
Finalmente el texto que todos más conocemos y que es el que nos ofrece hoy la liturgia de sus dudas ante el anuncio de los discípulos de que Jesús ha resucitado y se les ha manifestado allí en el Cenáculo. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo’. Finalmente hará la más hermosa profesión de fe ‘¡Señor mío y Dios mío!’, cuando Cristo se les manifieste de nuevo. ‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, que le replicará Jesús.
Cuando hablamos de Tomás siempre hablamos de su incredulidad y de la búsqueda de pruebas para poder creer en Jesús palpando con sus manos, viendo con sus ojos. Un poco podría parecer que sintiéramos lástima de Tomás porque no había creído, como si nosotros fuéramos mejores o no tuviéramos también muchas veces tantas dudas. Sin embargo san Agustín cuando comenta esta llamada incredulidad de Tomás nos dice que eso lo permitió el Señor para ayudarnos a fortalecernos a nosotros en nuestra fe.
Efectivamente creo que contemplar este hecho del evangelio y celebrar a santo Tomás como hoy lo estamos haciendo tendría que provocar en nosotros el deseo de sentirnos fuertes en nuestra fe. Dudas pueden aparecernos de muchas maneras en nuestra vida pero hemos de saber buscar esa fortaleza de nuestra fe. Tomás preguntaba a Jesús lo que no entendía, o quería encontrar razones o respuestas para llegar a creer firmemente.
Algunas veces parece que nos queremos contentar con la fe del carbonero, como se suele decir, porque creemos porque sí, porque así nos lo enseñaron nuestros padres, nos contentamos con lo que nos enseñaron de pequeños, pero simplemente hemos cerrado los ojos para decir que creemos pero no nos hemos preocupados debidamente para hacer crecer y madurar nuestra fe, para formarnos en nuestra fe. Y esa puede ser una cuestión pendiente muchas veces en nuestra vida.
Cuando oímos hablar de Catequesis solamente pensamos en los niños y pareciera que eso no tiene que ver con nosotros, los mayores. Pero la catequesis que es esa formación, esa maduración de nuestra fe la necesitamos en todas las etapas de nuestra vida. Como niños se nos podían plantear unos interrogantes a los que entonces se nos respondió, pero ahora como jóvenes o mayores se nos siguen planteando interrogantes, o tenemos que responder desde nuestra fe a los planteamientos que nos hace la vida con sus problemas y es ahí entonces donde hemos de tener esa fe madura para dar esa respuesta.
Es, entonces, de lo que tendríamos que preocuparnos, es la catequesis y la formación que en todo momento necesitamos, en esta situación de la vida que ahora vivimos que necesitamos. Eso que se preguntaba Tomás, es que no sabemos el camino, no sabemos a donde vas, que son nuestras dudas y nuestros interrogantes a los que hemos de dar respuesta.
Que podamos llegar a confesar nuestra fe en Jesús desde lo más hondo de nuestra vida, diciendo como Tomás ‘¡Señor mío y Dios mío!’ porque en verdad así lo sintamos que es para nosotros. Que lleguemos en verdad a descubrir que Cristo es el camino, y la verdad y la vida para nosotros de manera que no tengamos ya otra manera de vivir sino vivir a Cristo. Que nos sintamos tan fortalecidos en nuestra fe, tan seguros en lo que creemos que no temamos lo que podamos sufrir por dar ese testimonio de nuestra fe en medio de nuestros hermanos los hombres y si tenemos que llegar a dar la vida, como Tomás, también seamos capaces de decir: ‘Vayamos y muramos con El’. Es ese sólido edificio de nuestra vida en que Cristo es en verdad la piedra angular, pero los apóstoles son para nosotros esos sólidos cimientos sobre los que edificamos nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Saturday, April 10, 2010

Vivamos con las puertas abiertas porque tenemos a Jesús resucitado


Hechos, 5, 12-16;
Sal. 117;
Apoc. 1, 9-13.17-19;
Jn. 20, 19-31

A los ocho días estamos reunidos de nuevo. Seguimos sintiendo viva en nosotros la presencia del Señor resucitado. También nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor, al encontrarnos con el Señor, al sentir viva en nosotros la presencia del Cristo resucitado. No se ha acabado para nosotros la intensidad con que celebramos la fiesta de la Pascua del Señor. Así queremos vivir y estamos viviendo, lo hemos vivido a través de toda esta semana, la octava de la Pascua.
La Palabra de Dios proclamada en este segundo domingo de Pascua a esto nos ayuda. En el evangelio las apariciones de Jesús a los discípulos reunidos en el Cenáculo el mismo primer día de la semana y ocho días después cuando ya está Tomás con ellos. Lo mismo nos ayuda el testimonio de la vivencia y del crecimiento de aquella primera comunidad de Jerusalén como nos relatan los Hechos de los Apóstoles. Igualmente la figura que se nos presenta en el Apocalipsis, imagen de Cristo resucitado: ‘me volví a ver quien me hablaba y al volverme, vi siete lámparas de oro, y en medio una firma humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho…Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Muchas cosas podemos concluir de los textos de la Palabra proclama que nos ayuden en la propia celebración y para el crecimiento y maduración de nuestra fe personal y de la vivencia de todos como comunidad cristiana. Destaquemos algunas cosas e interroguémonos también por dentro.
La primera, la paz. ‘Paz a vosotros’, es el saludo del Señor resucitado. Por tres veces aparece dicho saludo en el texto del evangelio de hoy. Frente al temor y a las dudas, la paz; frente a aquello que nos tiene rotos por dentro, nuestro pecado y nuestro desamor, la paz. La paz de la seguridad y la confianza que nacen de la presencia del Señor resucitado. La paz de quien se siente amado y perdonado. La paz del que en Cristo encuentra esa armonía interior, pero que será creadora también de comunión y nueva fraternidad con los demás. La paz de quien se siente seguro en el Señor y convencido de ello quiere comunicarlo y compartirlo con los demás.
‘Hemos visto al Señor’, le comunican inmediatamente los que se habían encontrado con el Señor al ausente Tomás. Pero en Tomás siguen las dudas, se seguía sintiendo turbado e inseguro por dentro porque aún no se había encontrado con el Señor. Pide pruebas que no son otra cosa que buscar apoyos donde afianzarse en sus inseguridades. Cuando se encuentre con el Señor, a los ocho días, ya no necesitará las pruebas, recobrará la fe y la paz. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ es su exclamación y profesión de fe.
Es importante esta experiencia de encuentro vivo con el Señor. Algunas veces nos puede faltar a nosotros y vienen también nuestras dudas, inseguridades, turbaciones frente a cualquier problema o cosa extraña que nos pueda suceder. Por eso tenemos que cuidar mucho la forma cómo vivimos nuestras celebraciones alejando rutinas y frialdades, no dejándonos llevar por la tibieza. Importante que nuestros momentos de oración no se reduzcan a un recitar o repetir fórmulas de oración. Necesario siempre ese primer acto de fe para sentirnos en la presencia del Señor. ¡Qué distinto sería todo!
Cuando uno escucha los relatos de los Hechos de los Apóstoles ve la intensidad con que vivían aquellos primeros creyentes en Jesús y cómo crecía más y más el número de los que se adherían a la fe, no puede menos que tener también una mirada a nuestra situación actual, el hoy de nuestra iglesia y nuestras comunidades. Y surge la pregunta: ¿Qué signos y señales tenemos que dar los cristianos hoy para que aumente también, como en aquellas primera comunidades, el número de los creyentes?
‘Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo’, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. ‘Los fieles se reunían de común acuerdo…, traían a los enfermos y a cuantos sufrían a los pies de los apóstoles, acudiendo de todas partes… y crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’.
Signos y prodigios, valentía para anunciar el nombre de Jesús a todos y en toda ocasión y se reunían de común acuerdo, y vivían una especial comunión entre todos los que creían en Jesús, como se nos manifiesta en otros textos también de los Hechos de los Apóstoles. Ya se habían abierto aquellas puertas en principio cerradas por miedo a los judíos. Se habían acabado las dudas y los temores. Tenían la certeza y la seguridad de la presencia del Señor resucitado.
¿Es así cómo nosotros lo vivimos? ¿o permaneceremos aún acobardados, con muchas puertas cerradas o encerrados en nosotros mismos porque muchas veces nos encontramos un mundo adverso? Ya sabemos que los momentos en que vivimos no son fáciles ni demasiado brillante quizá y que el mundo y las fuerzas del mal se valdrán de los que sea para oscurecer la labor de la Iglesia y acallar el mensaje de vida que en nombre del evangelio queremos proclamar. Cuántas cosas adversas.
Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe en Cristo resucitado. No nos faltará nunca su presencia ni la fuerza de su Espíritu que es el que en verdad guía la vida de la Iglesia. A través de la historia no han faltado momentos oscuros y difíciles pero no ha faltado tampoco la asistencia del Espíritu Santo que a pesar de todo ha mantenido incólume a la Iglesia. ‘El poder del abismo no la hará perecer’, le prometió Jesús a Pedro cuando lo hizo piedra sobre la que edificar la Iglesia.
Demos signos y señales con nuestra fe y con nuestro amor. La Iglesia, hemos de reconocer, sigue haciendo prodigios de amor a través de tantas personas fieles y santas y a través de tantas obras de amor que se siguen realizando. Tengamos confianza. Tenemos que ser luz con nuestra fe y con nuestras obras de amor. Y Jesús nos enseña en el evangelio que la luz hay que ponerla en alto para que ilumine. ‘Vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo’.
Vivamos ya con las puertas abiertas porque tenemos con nosotros a Jesús resucitado. Puertas abiertas de nuestro corazón para acoger a todos; puertas abiertas que nos pongan en camino para ir a llevar ese anuncio de Jesús a los demás, para anunciar el perdón y la paz, para ir a hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. ‘Hemos visto al Señor’, como le decían a Tomás. Es el anuncio que tenemos que hacer.
El evangelio que hemos escuchado termina diciéndonos que todo esto ‘se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Pedíamos en la oración que se reanimara la fe de la Iglesia con estas fiestas pascuales. Que crezca así nuestra fe y nos llenemos de vida y de paz; que sepamos también trasmitir esa fe para que el mundo crea que Jesús es el Hijo de Dios y, creyendo, tengan también vida en su nombre.
 

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