Showing posts with label Paráclito. Show all posts
Showing posts with label Paráclito. Show all posts

Sunday, May 29, 2011

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’


Hechos, 16, 11-15;

Sal. 149;

Jn. 15, 26-16, 4

‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee vuestra fe… para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Jesús quiere que nos mantengamos firmes en nuestra fe en El. Como dirá más tarde san Pablo ‘nada podrá apartarnos del amor de Dios’. Nada tendría que hacernos temblar. Nada tendría que apartarnos de ese amor de Dios. Por eso nos promete el Espíritu Santo.

Muchas veces nos llenamos de dudas y temores; en ocasiones dar el testimonio de nuestra nos puede ser costoso; los peligros y las tentaciones nos zarandean con mucha frecuencia. Recordamos aquella ocasión en que iban atravesando el lago y se abatió sobre ellos una fuerte tormenta. Allí estaba Jesús, pero los discípulos estaban llenos de miedo. La barca era zarandeada por las olas y parecía hundirse. Gritaron al Señor que los salvara.

Nos sucede muchas veces en nuestras dudas o en las tentaciones. Nos cuesta creer algunas veces porque parece como si todo se nos volviera oscuro. Llegar a comprender todo el misterio de Dios por nosotros mismos se nos hace cuesta arriba en ocasiones. O los que están a nuestro lado nos ponen sus dudas y nos contagian de oscuridad. Por otra parte, los problemas, las enfermedades, la debilidad y flaqueza con que actuamos muchas veces nos hacen temer, poner en duda muchas cosas que parecía que en otro momento las teníamos muy claras. Cuántas preguntas nos hacemos cuando se nos mete el dolor y el sufrimiento en nuestra vida. De cuánto pesimismo nos llenamos.

Sentimos en otros momentos soledad, porque no somos comprendidos o porque nos parece no recibir toda la ayuda que necesitamos y precisamente de aquellos que pensamos que más tendrían que dárnosla. Otras veces serán quizá nuestros orgullos o nuestro propio egoísmo que nos encierra. No siempre nos sucede así, pero es una tentación en la que podemos caer. También muchas veces nos mantenemos firmes en nuestra fe y a pesar de las oscuridades luchamos por alcanzar la luz, tratamos de encontrar el camino en esa misma fe para encontrar la luz.

Hoy nos dice Jesús, lo venimos escuchando repetidamente muchas veces en estos días, que no quiere que se tambalee nuestra fe. Por eso nos promete el Espíritu Santo que nos enviará desde el Padre. ‘Cuando venga el Paráclito, el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

Recordáis lo que decíamos que significaba el Paráclito, algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe. Nos enseñará, estará con nosotros, será nuestra fuerza y nuestra luz, el que nos anime y nos ayude a caminar. Es quien moverá nuestro corazón a lo bueno inspirándonos siempre la buena acción. Es quien nos ayudará a comprender todo ese misterio de Dios que se nos va manifestando en todo lo que es nuestra vida en todas sus dificultades y que algunas veces nos cuesta tanto entender.

Pero nos dice también ‘y vosotros también daréis testimonio de mí, porque desde el principio estáis conmigo…’ ¡Cómo no iba a servirles de fortaleza todo aquello que habían vivido con Jesús a lo largo de todo el tiempo que estuvieron con El y El tan maravillosamente les enseñaba! Nosotros también tenemos un bagaje espiritual en todo lo que hemos vivido desde la fe; cuántas experiencias de fe hemos tenido a lo largo de la vida; no las podemos olvidar; tenemos que apoyarnos también en todo eso que hemos vivido desde la fe, para fortalecer nuestra fe, para dar ese testimonio que tenemos que dar, para iluminar esas situaciones nuevas que se nos puedan ir presentando.

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’

Saturday, May 28, 2011

El mundo no me verá pero vosotros me veréis y viviréis



Hechos, 8, 5-8.14-17;


Sal. 65;


1Pd. 3, 15-18;


Jn. 14, 15-21


‘Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ A eso nos invita la Palabra del Señor con palabras de la carta de Pedro. Dar razón de nuestra esperanza. ¿Dónde está nuestra esperanza? ¿dónde tenemos puesta nuestra esperanza? Sólo podemos dar una respuesta: Cristo, el Señor. Y tendríamos que decir, por eso estamos aquí; la razón de nuestra celebración y la razón de nuestra vida.


Una de las cosas quizá que más nos hace sufrir cuando tenemos que despedirnos de alguien por mucho tiempo, por ejemplo, por un viaje o un cambio de domicilio, y más aún si la separación es por la muerte, es el que no podamos ver ni estar con aquel ser querido. Esa ausencia que sabemos que se avecina nos hace sufrir y sentir tristeza en nuestro corazón.


Parece que algo así eran los sentimientos que afloraban en el corazón de los discípulos en la noche de la última cena con las palabras de Jesús que les sonaban a despedida porque les hablaba de su vuelta al Padre. Sin embargo las palabras de Jesús quieren sembrar esperanza en su corazón porque su ida o su despedida no significa que no le puedan ver o no le puedan sentir a su lado.


‘No os dejaré huérfanos, les dice, no os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. ¿Qué les estaba queriendo decir Jesús? ¿Cómo podía entenderse ese verle y vivir del que les habla Jesús? Será en verdad algo nuevo y distinto. Tendremos que reconocer que es algo maravilloso.


Quizá nosotros mismos algunas veces en nuestro amor por el Señor deseamos el haber estado en los tiempos de Jesús allá en Palestina para haber podido ver a Jesús, escucharle, y hasta tocarle, manifestándole nuestro amor. En el fondo deseamos allá en lo más hondo de nosotros mismos poder ver a Jesús, poder ver a Dios. Es de alguna manera el deseo de todo creyente. Pero ¿tendremos que resignarnos a que eso no puede ser?


Escuchemos con atención todas las palabras de Jesús. Hoy Jesús ha hecho una promesa muy importante, que repetirá varias veces, hasta cinco, a lo largo de todo el discurso de la cena. ‘Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis porque vive en vosotros y está con vosotros’.


Es la promesa del envío del Espíritu Santo, que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que como Defensor está siempre con nosotros. El Paráclito en expresión griega que es algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe.


El Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo y nos lo recordará todo, como nos dirá Jesús en otro momento. El Espíritu que nos fortalece y nos da vida. El Espíritu que clama en nuestro interior para que podamos llamar a Dios Padre porque nos da la vida divina que nos hace hijos. El Espíritu que guía nuestra oración y ora en nuestro interior.


Es el Espíritu que nos va a hacer sentir presente a Jesús en medio de nosotros. Hará que arda nuestro corazón, como a aquellos discípulos de Emaús para que terminemos descubriendo la presencia de Jesús.


Es el Espíritu que nos hará descubrir a Jesús en los demás, en el hermano, en el que sufre, en el extranjero o en el enfermo, en el que pasa nuestro lado o quizá está alejado de nosotros. ¿No nos dice Jesús que en cada uno de esos humildes hermanos tenemos que verle a El? Eso será posible con los ojos de la fe, eso será posible con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón.


Es el Espíritu Santo que congrega a la Iglesia para que en ella veamos y descubramos a Jesús. Es el Espíritu Santo que hará posible que en los sacramentos podamos sentir la presencia y la vida de Jesús. En cada uno de los sacramentos invocamos la fuerza del Espíritu para que sea posible ese sacramento, para que el agua del Bautismo nos llene de la vida de Dios haciéndonos hijos de Dios, o para que con las palabras del Sacerdote recibamos el perdón de los pecados. ¿No les dijo Jesús en la tarde de Pascua ‘recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’? Pues ahí está Jesús y con los ojos del Espíritu podemos verle y descubrirle. Es el Espíritu que pedimos que descienda sobre los dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús.


‘El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos decía Jesús. Ahora podemos comprenderlo. Podemos ver a Jesús, podemos ver a Dios de forma bien maravillosa. El mundo no lo entiende, como no entiende el sentido de la Iglesia o lo que nos mueve a amar como nosotros queremos amar. Si no hay fe no se puede comprender. Si falta la fe en la presencia del Espíritu no se podrá entender esa presencia de Jesús y no se será capaz de verla.


‘Vosotros me veréis y viviréis…’ Con nosotros está la fuerza y la presencia del Espíritu que es el que nos hace ver y sentir a Jesús en nosotros, y llenarnos de vida. No será con los ojos de la cara, pero para mirar no necesitamos solamente los ojos de la cara porque como se dice en una frase muy conocida ‘lo esencial es invisible a los ojos’. Nosotros vemos con los ojos del alma, con los ojos de la fe, con los ojos del Espíritu Santo que está en nosotros y podremos descubrir a Jesús en todo lo que decíamos antes y mucho más. Algo tan esencial como es la presencia de Jesús y la fuerza de su Espíritu nosotros sí podemos verlo con los ojos de la fe.


Esa es la razón de nuestra esperanza, como decíamos al principio que tenemos que dar y manifestar a cuantos nos rodean. Jesús está con nosotros. Jesús es nuestra vida. El nos da la fuerza de su Espíritu para que creamos en El, para que tengamos esperanza cierta en nuestra vida, para que podamos amar con un amor como el de Jesús.


Y amando como Jesús, veremos a Jesús. Amando como Jesús sentiremos a Dios en nuestra vida. Amando como Jesús desde un amor que nace de nuestra fe en El podremos sentir la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros, y tendremos fuerza para amar aún más.


Glorifiquemos en nuestros corazones a Cristo el Señor.

Sunday, May 22, 2011

Mi Padre lo amará, lo amaré yo y me mostraré a él


Hechos, 14, 5-17;

Sal. 113;

Jn. 14, 21-26

‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Espíritu Santo… será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho…’ Comienza Jesús a hacernos anuncios del envío del Espíritu Santo. Quien nos lo enseñe todo, Espíritu de inteligencia, de ciencia y de conocimiento de Dios.

Nos dice Jesús cómo nos ha ido revelando su corazón, ahora que está a nuestro lado. Si nos fijamos bien en estos textos que estos días vamos escuchando, tomados de las palabras de Jesús en la última cena, nos daremos cuenta de cuántas cosas nos va revelando del misterio de Dios; pero de cuántas cosas nos habla de lo que va a ser nuestra vida desde nuestra fe en El. Cómo nos va llenando de su amor; cómo nos habla del amor grande, infinito, que Dios nos tiene. Cómo, si nosotros nos vamos dejando conducir por el Señor y vamos respondiendo con nuestro amor, Dios nos ama tanto que quiere morar en nuestro corazón.

Pero nos queda aún más cuando el Espíritu Santo descienda sobre nosotros. De tal manera nos llena de la vida de Dios que nos hará a nosotros hijos de Dios, partícipes como nos hace de la vida divina. Y podremos comprenderlo y llegar a vivirlo porque el Espíritu nos lo revela, nos lo ensela, nos lo recordará continuamente.

De nuestra parte, nuestra fe y nuestro amor. Aunque pequeña y débil sea nuestra fe, aunque nuestro amor no se todo lo grande que tendría que ser, nos sentiremos amados de Dios. Primero siempre es el amor de Dios, porque El nos amó primero, porque nos amó aunque nosotros no lo mereciéramos –y tendríamos que recordar lo que nos dice san Juan en sus cartas sobre esto – pero la sintonía con ese amor de Dios tiene que ser con nuestro amor.

Un amor que nos lleve a cumplir la voluntad de Dios. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él’. En esa sintonía de amor podremos cada día conocer más a Dios, porque Dios más se nos revelará.

Se me ocurre pensar en los grandes santos místicos que en su unión con Dios llegan a un conocimiento profundo del misterio de Dios y se sientan inundados misteriosa y extraordinariamente por Dios. Pasaron por un camino de ascesis, de purificación interior para irse liberando más y más del pecado y llegar a esa altura de santidad de esa unión tan íntima y profunda con Dios que se les revelaba y se les manifestaba. Aman a Dios y se sienten amados de Dios; aman a Dios y toda su vida es unirse a Dios en el cumplimiento fiel de su voluntad. Y de tal manera van creciendo en su interior, en su espíritu que se sienten transformados por Dios, por un Dios que les ama y se les revela de forma extraordinario.

Alguien podría pensar, bueno, pero eso no es para nosotros, es sólo para los grandes místicos. A eso estamos llamados todos porque si amamos al Señor, todos nos sentiremos amados de Dios y a todos se nos manifestará el Señor. Tengamos fe. Pongamos amor en nuestra vida. Es meta e ideal al que tenemos que aspirar. Yo me siento muy pecador y muy lejos de todo eso, pero no dejo de reconocer que a eso me llama el Señor, a esa santidad de mi vida.

Ojalá pudiéramos nosotros ir creciendo de esa manera en nuestro interior, en nuestra espiritualidad, en nuestra unión con Dios, purificados de todo pecado y de toda debilidad y flaqueza. Ojalá pudiéramos cada día más crecer en esa unión con el Señor para ir logrando esa oración tan intima y tan intensa que nos haga asi sentirnos unidos a Dios, llenos e inundados de Dios.

Nos queda mucho que purificar en nuestro corazón. Pero es un camino que tenemos que intentar ir realizándolo cada día. Un cristiano que ama profundamente al Señor tiene que estar en esa actitud permanente de crecimiento interior, de crecimiento en el amor de Dios, de crecimiento en santidad.

El Espíritu Santo que nos enviará Jesús desde el Padre nos lo revelará todo, nos decía Jesús. Dejémonos conducir por el Espíritu divino que además de ser nuestra fortaleza es también nuestro Defensor contra las acechanzas del maligno; lo llamamos el Paráclico, el Defensor.

Saturday, May 8, 2010

Vendremos y haremos morada en él


Hechos, 15, 1-2.22-29;
Sal. 66;
Apoc. 21, 10-14.22-23;
Jn. 14, 23-29



‘Concédenos continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado…’ No podemos perder ni la intensidad ni la alegría. Seguimos viviendo la Pascua y la liturgia con la que expresamos nuestra celebración nos invita y nos ayuda a ello. Cristo resucitado sigue llenando nuestra vida, sigue impulsándonos con la fuerza de su Espíritu. Así tiene que ser siempre, pero los ciclos de la liturgia nos ayudan a que no nos durmamos ni caigamos en la rutina.
Se nos sigue manifestando la gloria del Señor resucitado. Son hermosos los textos del Apocalipsis que se nos ofrecen en este ciclo litúrgico. Nos ayudan a vislumbrar esa gloria del Señor en el cielo, pero también la gloria del Señor que se hace presente en nosotros, en nuestra vida, en nuestra iglesia.
Vuelve a hablarnos hoy de la ‘nueva Jerusalén, la ciudad santa, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’, con sus resplandores, con sus puertas santas, con los nombres de los apóstoles del Cordero. Todo manifiesta la gloria de Dios. Todo está lleno de la gloria de Dios. No hay ningún santuario especial en medio de ella porque ‘el santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero’. Todo es resplandor de Luz porque ‘la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero’. ‘Yo soy la luz del mundo… era El la luz que viene a iluminar nuestro mundo’.
La gloria de Dios en el cielo, pero la gloria de Dios que se hace presente entre nosotros, hemos dicho. Es una imagen de la Iglesia, llena de la gloria del Señor. Es una imagen de la Iglesia en la que habita de manera especial el Espíritu de Dios y la gloria del Señor. La Iglesia, verdadero templo del Señor y verdadera morada de Dios entre los hombres, y no me estoy refiriendo el templo edificio material, creo que todos entendemos; ya nos decía que no había ningún santuario especial porque el Santuario era el Señor Todopoderoso. La Iglesia santa en la que Cristo nos ha dejado la fuente de la gracia que son los sacramentos, verdadero alimento de nuestra vida y verdadera presencia del Señor en medio nuestro.
Pero creo que nos está queriendo decir algo más. Unamos esto que hemos dicho de esa morada de Dios en medio nuestro con lo que nos ha dicho Jesús en el Evangelio y nos daremos cuenta que nos está hablando de nosotros que también podemos ser y somos esa morada de Dios. Algo grandioso y maravilloso. ‘El que me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere hacer también morada en nosotros. Plantó su tienda entre nosotros cuando se encarna y se hace hombre, pero no como algo, por así decirlo, por fuera de nosotros, sino en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida.
Ya podemos recordar que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser esa morada de Dios y esos templos del Espíritu Santo. Aquí lo tenemos cómo podemos serlo en verdad. ‘El que me ama, guardará mi Palabra…’ Guardar la Palabra de Jesús; empecemos por aceptar y creer en esa Palabra; Palabra que estaba en Dios y que era Dios, como nos dice el Evangelio de san Juan al principio; Palabra que es vida y que es luz; Palabra entonces que nos ilumina, nos guía, nos conduce a la verdad – ‘yo soy la verdad y la vida’, nos dirá Jesús en el evangelio -.
Es la Palabra que nos llena de paz, nos da fuerza y seguridad; cuando nos dejamos conducir por esa Palabra de verdad, sabemos bien a donde vamos y tenemos la seguridad y la certeza de la fuerza para realizar el camino. Palabra que es camino, pero que nos sale al encuentro en los caminos de nuestra vida para ir a nuestro lado, para enseñarnos todo, para abrirnos el entendimiento y podamos conocer los misterios de Dios.
Es Palabra que nos levanta y nos pone en pie para que nos sintamos libres de ataduras y de esclavitudes llevándonos a los caminos de la verdadera libertad; que nos arranca de nuestras postraciones e invalideces cuando nos hacemos cobardes, cuando entramos en rutinas, cuando nos dejamos llevar por tibiezas y frialdades – ‘toma tu camilla, levántate y anda’, nos dice tantas veces -.
Es Palabra que nos salva porque es Cristo mismo que se ha entregado por nosotros para que tengamos vida y salvación. Nos anuncia y nos trae el perdón de Dios, nos habla de su misericordia y su compasión y nos enseña cómo tenemos que ser hombres nuevos.
Si le amamos guardamos su Palabra y estaremos entonces experimentando lo que es el amor de Dios, cómo se nos manifiesta en Cristo. ‘Mi Padre le amará y vendremos a El y haremos morada en El’. Somos llenos e inundados de Dios. Dios querrá habitar para siempre en nuestro corazón. Qué maravilla podernos sentirnos así llenos también de la gloria del Dios. Qué belleza en nuestra vida, Dios habitando en nosotros. Es como para volverse locos en pensar en tanta grandiosidad. Qué exigencia de santidad en nosotros en consecuencia. Claro que si guardamos la Palabra de Jesús y le amamos de verdad es que no podemos ser otra cosa que santos.
Nos llena de gozo el escuchar todo esto y el sentirnos amados de Dios de esa manera. Pero cuando miramos la realidad de nuestra vida tan débil y tan pecadora, quizá podemos dudar, aunque no tendríamos por qué temer si mantenemos firme y ardiente nuestra fe en El. Nos dice dos cosas Jesús hoy para que alejemos de nosotros esos posibles temores. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’
¿Por qué? Podíamos preguntarnos. Porque nos ha asegurado la presencia de su Espíritu. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. No nos deja solos. Nos deja la presencia de su Espíritu. Sólo, pues, nos queda a nosotros decir Si, creer en El, amarle, guardar su Palabra. Todo esto nos da para meditar mucho, para dar gracias y alabar al Señor.
Como estamos celebrando en este domingo la Pascua del enfermo quiero traer a colación unas palabras que el Papa Benedicto XVI el pasado domingo en Turín les decía a unos enfermos y ancianos en un centro de acogida. "Viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y Resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo manifiesta que el sufrimiento, el mal, la Muerte no tienen la Última Palabra. Porque de la muerte y del sufrimiento, la vida puede resurgir … Esta casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo', concluyó. Lo decía en referencia concreta a aquel lugar que visitaba, pero que podemos aplicar perfectamente nosotros a este lugar donde estamos acogidos (Hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o Casa de Acogida Madre del Redentor)
Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, ha hecho suyo el sufrimiento de la humanidad. Redimiendo al hombre ha dado sentido al dolor y a la muerte y le ha permitido asociarse a su Pasión; por ello el hombre encuentra el bálsamo a su sufrimiento y crece en él la esperanza del triunfo definitivo’. Así nos han dicho los obispos en su mensaje para esta jornada de la Pascua del Enfermo en la que además se conmemora los veinticinco años del Día del Enfermo a nivel nacional.
 

FREE HOT VIDEO 1 | HOT GIRL GALERRY 1

FREE HOT VIDEO 2 | HOT GIRL GALERRY 2

FREE HOT VIDEO 3 | HOT GIRL GALERRY 3

FREE HOT VIDEO 4 | HOT GIRL GALERRY 4

FREE HOT VIDEO 5 | HOT GIRL GALERRY 5

FREE HOT VIDEO 6 | HOT GIRL GALERRY 6

FREE HOT VIDEO 7 | HOT GIRL GALERRY 7

FREE HOT VIDEO 8 | HOT GIRL GALERRY 8

FREE HOT VIDEO 9 | HOT GIRL GALERRY 9

FREE HOT VIDEO 10 | HOT GIRL GALERRY 10

FREE HOT VIDEO 11 | HOT GIRL GALERRY 11